DISCURSO

LEÍDO POR EL SEÑOR

D. JOSÉ Ma DE PUELLES Y PUELLES

EN LA SESIÓN SOLEMNE CELEBRADA EN LA REAL ACADEMIA HISPANO AMERICANA DE CIENCIAS Y ARTES, EL DÍA 20 DE MAYO DE 1928, BAJO LA PRESIDENCIA DEL EXCMO. SR. GOBERNADOR CIVIL D. MANUEL LAULHÉ PAVÍA

 

ALGO SOBRE LA VIDA CIENTIFICA ESPAÑOLA DURANTE LOS SIGLOS XVI Y XVII

(Bosquejo histórico de reivindicación científica)

 

Excmo. Sr. ; Señores:

 

Los que asistieron al banquete-homenaje, que con los mejores deseos, hubo de ofrecer el Colegio Gaditano al activo y batallador Presidente del de Sevilla Sr. Escolar, propagador del próximo Congreso Farmacéutico Ibero-Americano, hubieron de sentir en el animo de todos, el deseo de que se inauguraran por nuestro Colegio conferencias de cultura científica, de índole general, respondiendo así a su espíritu cultural, y dando fe de vida en el concierto científico de las presentes actuaciones.

Idea simpatiquísima, encontró pronto calor y entusiasmo en nuestra Corporación dispuesta siempre a laborar en pró de 1os ideales cumbres de cultura y progreso, que elevando los prestigios corporativos, animan hacia el estudio a sus colegiados y hacer renacer la fe en las propias iniciativas, entusiasmo también comu­nicado por el dignísimo Sr. Gobernador civil, que me escucha, protector decidido de todo lo que signifique cultura, y ayudados por esta Real Academia, cuyo presidente Sr. Quintero, ha sido propicio a facilitarnos el local y su adhesión más cordial.

Mas cometieron el grave error que ahora pagaréis vosotros con la pesadumbre de escucharme, de señalar mi personalidad modesta, para inaugurarlas, llevados sin duda mas del afecto, que crea un trato continuado, que de mis escasos o nulos merecimien­tos, sirviéndome sólo de conformidad en este punto, el saber que después de mi trabajo, habéis de escuchar, los selectos conceptos del Sr. López Pérez, honor del Cuerpo de Farmacéuticos de la Armada y ameno conferenciante, supliéndo mis buenos deseos y espíritu de obediencia pronta a indicaciones superiores, a aque­llas escogidas frases, que con dificil facilidad hemos de oir todos, de mi colega, al término de esta conferencia, y que vuestra buena voluntad disculpe la osadía de iniciarla.

Señores, buscar la verdad, tratar de conocerla con certeza, separarla de sus apariencias engañosas y difundirla con ardor, es empresa que deben acometer con entusiasmo y celo, los que se interesan por descubrirla y se hallan animados del deseo de hacer crítica imparcial, por medio de un espíritu de equitativa justicia. Y este deber sube de punto, llegando a convenirse en gratísimo co­metido, cuando la verdad ansiada, la que buscamos con desvelos, pertenece a la índole de aquéllas que elevan el concepto de nuestra Patria, muy calumniada en unos de sus varios aspectos, porque España, señores, la nación pródiga de sus energías, la que aun a costa de la suya dió vida a tantas naciones, ha sufrido con mansedumbre digna de mejor causa, que se le moteje de inculta e ignorante en este período que nos ocupa, achacándosele por autores extranjeros, una labor científica nula, y presentándosela a los ojos del mundo como ejemplo de naciones atrasadas y fanáticas. Deber de amor a la verdad y a la justicia y también deber pa­trio, es tratar de reivindicar como merecen sus altos prestigios y su nombre glorioso, saliendo a la palestra a defender sus merecimientos, tantas veces relegados al olvido y aún silenciados por ignorancia o mala intención, aunque sea con tan escasas fuerzas como las mías, sólo sobradas de buena voluntad.

Y en esta época en que la incesante injuria y antiguo desprecio de los enemigos del buen nombre de nuestra patria, extendidos por desgracia aun entre sus mismos hijos, ha sucedido un movimiento de afecto y cordialidad, conquistado con esfuerzos de clarividentes gobernantes y de altísimas personalidades hispanas, necesario es contribuir a realzar esos prestigios en parte devueltos, probando que no se nos hace más que justicia, y de ese modo, volviendo a ser considerado nuestro pueblo, el culto y progresivo que por tradición le corresponde, podremos volver también a lo que fuimos únicos y peculiares en nuestras ideas y realidades, nación que imitar y no imitadores burdos de otros países, que tuvieron a gala seguir en pasadas centurias en pos de nuestras iniciativas y nuestras concepciones.

Aprendiendo las enseñanzas de nuestros mayores con el es­tudio de los mismos, nos emularemos en el deseo de conservar lo genuinamente español evitando la pérdida de las ciencias castiza y nacional y con ello los caracteres típicos de sus ideas y costumbres y tal vez de su integridad nacional, mejor defendida con baluartes de saber y cultura, que con el más pertrechado campamento ; que los pueblos sólo son autónomos, cuando en su seno palpita el alma nacional y ésta sólo se realza esculpiendo ideas y cultura científica en la conciencia de todos.

Y como la labor de la historia debe ser, no sólo recoger hechos con solicitud, examinándolos con la debida imparcialidad, sino la de deducir enseñanzas para difundirlas con autoridad y prestigios, creo interesante difundir nuestro pasado, para que ilumine el sendero del presente, contribuyendo así a la prosperidad de esta madre a quien todos deseamos ver escribiendo nuevas páginas en el libro de la historia, relatando las virtudes de sus ciudadanos y los inventos de sus sabios.

Ocasión es la actual, en que se prepara el resurgir y amanecer de una nueva España, y en que un grupo de hombres de buena voluntad, con la intención recta y la vista en alto, se aprestan a labrar los surcos, en donde van sembrando con prodigalidad y fé un porvenir venturoso, el volver los ojos con cariño a nuestro pasado científico, que con legítimo orgullo podemos presentar a la faz del mundo, aún en épocas en que se nos discute y desprecia, rememorando a este fin el alto ejemplo que siempre supieron dar los hombres de nuestra raza y deduciendo orientaciones y fuerzas a nuestros espíritus que le animen a lograr un porvenir científico digno del pasado, que aunque relegado al olvido y puesto en tela de juicio por los que quisieron ocultarlo, no pudieron conseguirlo, como no es posible tampoco ocultar de un modo continuo el sol de la verdad histórica ante los ojos del mundo imparcial, porque con el tiempo resplandece con mayores fulgores, de entre los celajes torpes y encubrimientos falsos que la ocultaban.

Y entre los fantásticos relatos que acerca de nuestra vida científica corren por el mundo, aparece como verdad incontrovertible la falsa idea de nuestra carencia de vida intelectual y científica durante los siglos que nos ocupan, negándose por sistema las manifestaciones científicas de nuestro espíritu y criticándosenos sin piedad ni justicia. Eran aquellos tiempos en que posponiéndose el sectarismo religioso y político al espíritu de la cultura imparcial, preferían dejarse llevar los autores por rutinarismos y prejuicios, antes que a descubrir la verdad con el estudio; este ambiente que empezó a difundirse en el siglo XVI, a raiz de la Reforma, fué fomentado por los celos de otros países, acerca de nuestra prosperidad y grandeza y acuciados con campañas antirreligiosas y sectarias, exacerbadas en los periodos críticos de nuestra patria y de su vida nacional, para tratar con ello de debilitar la fé en nuestra raza y de hacerle perder la médula de su espiritualidad gloriosa (véase Juderías, «La Leyenda Negra»).

En ello algo y aún algos, hemos contribuido nosotros a crear esa atmósfera y desfavorable concepto, por nuestro probado desdén hacia la historia, dejándola abandonada y sin cariño, no sintiendo ese entusiasmo por lo nuestro, como sucede loablemente en el extranjero, amante de lo suyo y al carecer de esa base esencialísima, hemos tenido que estudiar y aprender, al decir de un ilustre desfacedor de leyendas y sinrazones, en los libros de nuestra historia, escritos por extranjeros e inspirados por lo general en el desdén hacia España, de lo cual tenemos ejemplo en los libros de texto de algunas Universidades españolas.

Corrijámonos de ello, hagamos renacer en nosotros las esperanzas de un porvenir científico lleno de realidades, y fundado en el estudio y propia perseverancia, en la confianza y té en nuestros esfuerzos y en el entusiasmo por el esclarecimiento de la verdad histórica, tantas veces mancillada y solo fulgente por el esfuerzo formidable de escasos pero preclaros hijos, como los Carracidos, los Laverdes, Pidales, Juderías, Fernández Vallín. Cánovas del Castillo, Menéndez Pelayo y otros, a quienes debemos esfuerzos ad­mirables de amor a la verdad, siendo modelos a seguir por sus sanas orientaciones en pró de la afirmación rotunda del espíritu científico de aquella España, más satisfecha de su brillante y sólida cultura, que de aquellos extensos dominios donde no se ponía el Sol.

Yo no quisiera, señores, que hubiera que repetir, ante el poco afán por las obras y estudios de nuestro pasado científico, aquellas tristes palabras que el eximio Valera escribiera a Menéndez Pelayo: «Quizás, quizás, tengamos que esperar, decía, a que los alemanes u otros extraños se aficionen a nuestros sabios, como ya se aficionaron de nuestros poetas, para que nos convenzan de que nuestros sabios no son de despreciar». En verdad, es lamentable la ignorancia en que se suele estar de nuestro pasado intelectual, apartándonos de su estudio como cosa baladí, y aprendiendo las ciencias forasteras mientras ignoramos la propia.

Por eso yo invito a nuestro Colegio, en donde toda idea cultural tiene acogida, a que establezca concursos y premios anuales para los autores de monografías y memorias, de la labor de nuestros positivos valores científicos en todas las edades y en especial en esta tan combatida, con lo que fomentándose estos estudios se realizaría una labor útil, que dando a todos honra y enseñanzas provechosas, divulgaría conocimientos pasados, ofreciendo a la vista de todos el proceso de nuestra cultura, con lo que al excitarse el ardor a nuestro pasado científico, se realzarían las figuras olvidadas de tanto sabio ilustre y se recordarían muchas enseñanzas abandonadas.

El tema escogido invita a tratar de la ciencia española en general, debiendo reducirlo a las Ciencias Naturales, Físico-Químicas y Médico Farmacéuticas, sin omitir algo de Cosmografía, Geografía y Navegación con aquellas relacionadas, porque de otro modo obligaría a una competencia que solo poseen los colosos de la erudición, como el maestro de maestros Menéndez Pelayo, a quien debemos recordar con veneración los que creemos pensar castizamente en español y sentir los anhelos de aquel gran creyente, formidable sabio y fervoroso patriota, que arremetiendo con inusitado ardimiento y empuje sin igual contra los develadores de nuestra cultura científica, hizo más que una legión de graves y sesudos varones. ¡Bien es verdad que él valía por un ejército!, en frases de su maestro Laverde y que sus méritos fueron tales que, al decir de Pidal, su figura constituye la personificación majestuosa de la ciencia española, que marca con su nombre una nueva etapa en nuestra vida cultural.

Reconociendo yo mis escasas fuerzas, he de limitar mi cometido a dar a conocer de modo somero, la labor científica desarrollada en los indicados siglos, por ser los más cruelmente censurados, haciendo especial hincapié en las ciencias señaladas, por encontrarse en más inmediato contacto con los conocimientos y menesteres propios de nuestra profesión.

Es de anotar, ante todo, como debido tributo de justicia, al frente de nuestra cultura de aquellos siglos, a nuestros navegantes y exploradores, en los que marchó España a la cabeza de las demás naciones, «con anhelos sobrehumanos», en frase de Lunmis, y al así hacerlo adelantó a las demás naciones en las ciencias con aquellas empresas relacionadas, la Astronomía, la Geografía, la Mecánica, Navegación e Ingeniería, probandolo el Padre Acosta, de quien dice Humbolt, que el fundamento de lo que hoy llamamos la Física del Globo, se encuentra contenido en su magnífica obra intitulada «Historia Natural y Moral de las Indias», Lebrija con su «Cosmografía», Alonso de Santa Cruz con el «Libro de las Longitudes», Pedro Núñez en el «Tratado de la Esfera», Céspedes con su «Teoría con los Planetas». El Brocense, autor de un tratado sobre la esfera, Simón de Tovar con su notable obra (al decir de los doctos), llamada «Examen y Censura del modo de averiguar la altura de la Tierra por la de la Estrella Norte», el farmacéutico Felipe Guillén, de Sevilla, de quien dijo Humboldt que a pesar de lo poco que de su vida se sabe (y aquí invito a los compañeros sevillanos a investigarla) es lo bastante para que merezca renombre europeo, por haber inventado la brújula de variación, según Chyarlone y Mallaina, en los comienzos del siglo XVI, aceptándose las doctrinas copernicanas en España. cuando aún eran rechazadas en Europa, no obstante la supuesta actitud de la lnquisición, causa, según los detractores de nuestra patria, de sus atrasos e ignorancias ; errores e insidias desechas por el gran Menéndez Pelayo, que sin mostrar su conformidad con aquel Tribunal, le aplaude en parte al considerarlo fórmula del pensamiento de unidad que rige la vida de nuestra nación a través de los siglos, no considerándolo opresor del espíritu genuino del pueblo español y negando en su magna obra «La Ciencia Española», las supuestas persecuciones a la ciencia que se le achacan, y con ello la carencia de actividad científica de estos siglos y los retrasos cul­turales que injustificadamente se le atribuyen.

Text Box:

Los estudios geográficos se desarrollan en esa época con inusitado esplendor; pruébanlo los trabajos de Eduardo López en sus relaciones «Del Viaje a Africa», Juan de la Cosa, autor del primer Mapamundi [véase], así como García de Céspedes lo fué del primer Atlas de América, llamado el «Islario general», que hizo por mandato de Felipe II. Frecuente es ver el nombre de este rey tan combatido por la extranjera crítica (Fidel Pérez Mínguez «Psicología de Felipe II») ligado a empresas científicas, fomentándolas y dedicándoselas a él con frecuencia los autores. Aquel supuesto fanático, enemigo del progreso, ofrecía seis mil ducados de rentas al que descubriera el modo de calcular la longitud por medios astronómicos: cedía terrenos de su patrimonio para la realización de los planes de Lagasca ; mandaba estudiar los eclipses de sol y de luna, y fué, por último, sostenedor entusiasta en su época de todo movimiento de progreso. Justicia obliga a así reconocerlo, rindiendo a su calum­niada memoria el debido tributo de respeto, y a la verdad histórica el homenaje que ella siempre merece.

Y aun siendo los españoles, según acertada frase de un comentador de la época, «pródigos en las fazañas y parcos en escribilla», ello es que sencillos y modestos, nos legaron en sus obras maestras, datos de inapreciable valor dignos de estudio y fuentes de enseñanza. Asombra pensar qué hubieran dejado, si siguiendo otro sistema hubieran legado a la posteridad el caudal copioso de sus trabajos y conocimientos; contrastando la concisión de sus escritos con los usos de hoy, en que con cualquier pretexto se escribe farragosos tomos llenos de pesadumbre.

Portulario de Juan de la Cosa

Conquistada América, marcharon tras las armas, comisiones científicas para conocerla y estudiarla, ofreciendo ocasión para probar el fecundo ingenio de nuestros antepasados, con múltiples trabajos de Metalurgia. Destacan Bartolomé de Medina y Antonio Boteller inventores del método de amalgamación en Méjico, Bernal Pérez de Vargas autor de la obra «De re metálica» que siguiendo a Jorge Agrícola en sus métodos, fué el primero y más antiguo de los que escribieron en castellano acerca de los metales ; Juan Arphe de Villafánc, autor del «Quilatador de la Plata, Oro y Piedras», importantísimo tratado de platería, joyería y aleaciones ; Juan Capela, inventor de un método de sacar la plata con azogue ; Carlos Corzo, que empleó un nuevo beneficio de metales, consistente en «amolar hierro en piedras, hechando las moleduras de ello mezcladas con azogue» ; Fernández Montano, que perfec­cionó el método añadiendo sulfato de cobre y otros elementos; Contreras que perfeccionó los hornos de javeca, ello sin olvidar al padre Acosta cuya ya citada obra detalla el beneficio de la plata tal como se practicaba en el Potosí ; Jerónimo de Allans, autor de una balanza de ensayos, de los hogares fumívoros, del dinamómetro y de la escafandra ; Saavedra Barba inventor de los hornos busconiles, aún en uso en Almadén y sobre todo el más práctico de ellos, el que destaca de modo extraordinario sobre todos, el gran Alvaro Alonso Barba inventor del método de amalgamación en caliente, cuya obra, traducida a varios idiomas, constituye objeto de estudio aun en tiempos modernos. Titúlase ésta «Arte de los metales», conteniendo sabia doctrina, llena de experiencias y observaciones personales demostrativas de un espíritu de observación no común. (Para consulta puede verse la Bibliografía Minerológica de los Sres. Maffer y Rua Figueroa y para el estudio de Alonso Barba deben conocerse los «Estudios histórico-críticos de la ciencia española», del maestro Carracido).

También las Matemáticas fueron estudiadas con provecho por nuestros mayores en tal período y así Juan de Herrera funda una Academia de Matemáticas protegido por Felipe II, que plantea en 1594, en Salamanca, una verdadera Facultad de Ciencias, mandan­do enseñar Arte militar, Náutica, Astronomía. Geografía y otras ciencias, señalando como texto las mejores autores conocidos para la parte astronómica, y así, las obras de Nicolás Copérnico, de Closio y Regio-Montano, fueron bien conocidas y estudiadas en España.

Son de anotar en esta época, entre un número copioso de especializados en esta rama del saber, Fray Juan de Ortega, domi­nico, autor del «Tratado sutilísimo de Aritmética», a quien Echegaray cita con legítimo orgullo, al lado de Leonardo de Vinci y de Regio-Montano, encomiando sus trabajos que considera llenos de originalidad y sabiduría ; Gaspar Lax, profesor que fué en la Sorbona y autor de la «Aritmética especulativa demostrada»; Alonso de Molina y Cano, notable por la suya de «Descubrimientos Geométricos» ; Marco Aurelio Alemán, autor de un tratado de «Aritmética Algébrica», y los Núñez, Rojas, Ciruelos, Muñoz y otros de tanta notoriedad como los citados, cuyas obras corrieron como modelo de enseñanza con profusión por extrañas tierras.

Las Botánica y Zoología, no quedaron relegadas al olvido en este período, siendo, a juicio de Folch, muy importante en su desarrollo, por ser hombres estudiosos y observadores de la naturaleza los que se ocuparon de tales enseñanzas. Así tenemos desde mártires científicos como Tomé Peré, que herborizando en la China, murió víctima de su amor a la ciencia, y naturalistas eminentes como Gonzalo Fernández dé Oviedo, primer tratadista de la Historia Natural de América, y meritísimas figuras como Fragoso, Estévez, Jaraba, Cristóbal Acosta y Nicolás Monardes (que fundó el primer museo farmacológico de España, al mismo tiempo que se establecía en Padua el primero del mundo), hasta Andrés Laguna que estableció el primer jardín botánico en España, haciéndose admirar en Alemania por su talento y saber, pasando por Nebrija, Núñez Pinciano, Paez de Castro y Simón Tovar que poseyó en Sevilla un magnífico jardín botanico dando a conocer el Nardo o tuberosa y escribiendo la Epístola a Clusis.

Todos ellos forman una pléyade de ilustres botánicos que honraron a su patria con sus conocimientos y enseñanzas, debiendo hacer especial mención de Simón de Tovar, el autor de la «Hispalensium Pharmacopoliorum» y de «Compositorum medicamentorum examine», para loor y honra de la clase botánica hispalen­se y de su compañera la farmacéutica cuyo presidente me escucha.

Tampoco debemos de olvidar a Jiménez Gil y Bernardo de Sahagún, que fue el primero que dió concretas noticias sobre la vainilla ; ni a Diego García del Palacio que lo hace del bálsamo de tolú ; ni Pedro Cieza de León, que con Monardes comparte la gloria de haber dado las primeras noticias, acerca de la zarzaparrilla como antisifilítico ; incluso a López de Gomara que dió a conocer la patata y el cacao. Esto sin olvidar a Lorenzo Pérez llamado por Sprengel «Doctisimus vir» y el «emulo de Maranta», que herborizó por España, Italia y Austria ; a Francisco de Micó, descubridor de treinta especies nuevas, descritas en la historia de Dalechomp, a Arias Montano, Cienfuegos y Salvador Pedrol, amigo y colaborador de Tournefort, llamado éste «Phoenix gentes suae» y dedicándole un género de plantas, fundador que fué en Barcelona de un jardín botánico y otros que sostuvieron los prestigios científicos de nuestra patria, cuando se la suponía entregada sólo a empresas guerreras de conquista y a gozarse con cruelísimo deleite en las hogueras de la lnquisición.

No hablemos de la Mineralogía, porque no se desarrolla en España al igual que en todo el mundo, como ciencia, hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Desconocida la composición química y la estructura cristalográfica de los cuerpos, no existía el concepto de especie mineralógica y por ende las descripciones y agrupaciones fueron muy imperfectas en todo el mundo.

Y pasando de esta ciencia a la Zoológica, podemos decir que las primeras noticias de los animales del Nuevo Mundo las proporcionaron los españoles, al frente de los cuales marchan Fernández de Oviedo, José de Acosta y Francisco Hernández, en especial el primero, de nombre inmortal entre los naturalistas. Notables autores de este período son Bustamante de la Cámara, que estudió la metamorfosis del gusano y la estructura de las víboras, siendo elogiado por Humboldt ; Acosta, por su obra llamada «Historia Natural del Nuevo Mundo», traducida a varios idiomas y que valió a su autor el justo dictado de Plinio del Nuevo Mundo; Arias Montano fué también naturalista de mérito sobresaliente, siendo muy elogiado por Pérez Arca en su recepción en la Academia de Ciencias, y otros que no cito por no cansar en demasía.

La Ciencia Médica arábiga española, cede en este periodo ante la hipocrática, floreciendo el fundador del tercer anfiteatro anató­mico de Europa, creado en Valladolid por Rodríguez de Guevara ; el inventor de las figuras anatómicas Juan Valero ; se descubre la circulación pulmonar por Miguel Servet ; imagínase por Da Oliva Sabuco de Nante, el sistema del surco nérveo, introduciéndose por españoles el uso del mercurio y de los leños de la Indía y pu­blicándose los primeros ensayos de Farmacopea con Bernardino de Laredo y Fernando Sepúlveda ; descúbrese la válvula ileocecal por Laparán ; se construyen las más antiguas tablas anatómicas por Luís Vasseo, Loredo de Avila escribe el tratado de higiene llamado «Vergel de Sanidad o Banquete de Caballeros», que ofrece además interés por el estudio que en él se hace de los vinos medicinales, mientras Pedro Jiménez, famoso anatómico, descubre el hueso estribo del oído, Gómez Pereira expone sus doctrinas acerca de la fiebre, en las que coincide con Sidenhan ; Vallés, el Divino, llena de fama este período, haciendo decir a Borahave que el alma de Hipócrates había transmigrado a la suya.

Entre tanto, Juan Fragoso se dedica a la Medicina legal dan­do mucha luz a esta rama de la ciencia, Sabuco de Nantes establece, antes que Vichal, la diferencia entre la vida orgánica y la vida de relación ; se descubre por Hidalgo de Aguilera, el método de la vía seca o pustular, discurriendo Dionisio Daza, con gran originalidad, sobre las heridas de armas de fuego ; el rabí Zacuto Lúdano, cultivaba la Historia de la Medicina y el alienista Andrés Velázquez escribía su «Libro de la Melancolía».

En el siglo XVII y por españoles, se introdujo la quina en la terapéutica con Juan de Vargas, fundándose la primera Academia de Medicina y en Sevilla, en 1647, en cuya época Caldera Heredia escribe sus estudios sobre los tubérculos del pecho, describiéndolos antes que Morton y publicándose en la etapa de que me ocupo varias y notables monografías, entre las que destacan las que sobre el crup escribieron Juan Alonso de los Ruices y Villarreal.

Especial mención merece la obra de Gómez Pereira, de Medina del Campo, publicada en 1554, y llamada «La Antoniana Margarita», que dedicó a sus padres y que se encuentra llena de copiosa erudición y ciencia médica, valiendo a su autor el ser nombrado por Felipe II médico de su hijo el príncipe D. Carlos. Combate a Galeno porque a su singular juicio, el médico de Pérgamo ignoró las causas, esencias y especies de la fiebre y con su ignorancia, dice de modo textual, «causó irremediables daños a las generaciones que le tuvieron por luz y espejo de la Medicina», concediéndosele gran valor a sus observaciones sobre la lepra elefantiasis, fiebres intermitentes o interpoladas (así llamadas entonces), sobre el tifus y la viruela. (Para el estudio de la Medicina en este periodo de brillante historial, deben ser consultadas las obras de Chinchilla «Historia de la Medicina», de Hernández Morejón «Medicos españoles del siglo XVII» y de Chiarlone y Mallaine «Historia de la Medicina»).

Morejón encuentra en la obra de Gómez Pereira los fundamentos del vitalismo de Sthal, siendo el primero que, rompiendo las cadenas del galenismo, hubo de leer por sí mismo algunas de las páginas del gran libro de la Naturaleza, de aquel que, al decir de Palissy, está abierto para todos y en donde, por medio de la observación, debemos saber leer. Su opinión sobre el automatismo de los animales, a los que niega el sentido, explicando sus ope­raciones por simpatías y antipatías, fué recibida en Europa con tanta novedad y aplauso cuanto rechazado en España con críticas acerbas. Sus Paradojas alcanzaron mayor notoriedad cuando después las expuso el inmortal Descartes, por encontrarlas ajustadas al divorcio que él establecía entre la materia y el espíritu, el pensamiento y la extensión, siendo su opinión más ingeniosa y complicada que la de Descartes, al pensar de Menéndez Pelayo, y apareciendo en la quinta parte del «Discurso del Método», no entrando en su exposición porque nos llevaría fuera de nuestro tema. Sí podemos decir con el Obispo de Arranche, Pedro Daniel Huet, que «nadie defendió con más calor ni enseñó más a las claras las doctrinas del automatismo, que Gómez Pereira, rompiendo con ello las cadenas del Lyceo en que había sido educado y dejándose llevar de la libertad de su genio, divulgó por España esta y otras paradojas».

Y aunque sea solo a la ligera, es de justicia mencionar también los trabajos de Francisco Sánchez el escéptico, los de Cipriano Maraja, primero que observó la virtud antisifilítica del sublimado corrosivo ; Alonso de Burgos, autor de un notable trabajo de la peste ; Bravo de Sobremonte, partidario de la teosofía paracelsiana ; Miguel Heredia, autor de un estudio sobre la disentería, sin que quedaran olvidados los estudios de Hidrología Médica dig­namente representados por Simón Mateos.

Al mismo tiempo, se practicaba la vacuna en Galicia mucho antes de haberla estudiado los ingleses ; según Vallín y Picatoste (Vallín «Cultura científica de España en el siglo XVI» y Picatoste «Apuntes para una biblioteca científico española del siglo XVI»), se crean las primeras casas de alienados, antes que en Francia, Alemania e Inglaterra ; según el Dr. Ullesperger, se inventa el mé­todo de enseñar a los ciegos por Alejo de Venegas, y el arte de enseñar a los sordos mudos por el benedictino Pedro Ponce y el aragonés Juan Pablo Bonet, hechos todos que, al decir de Ambrosio de Morales, «Plineo encareciera y ensalzara sin saber acabar de celebrarlo», enriqueciéndose la terapéutica gracias a los espa­ñoles, con la zarzaparrilla, el guayaco, el sasafrás, el alcanfor, nuez moscada, la jalapa, y sobre todo, la quina, por lo que Fernández Vallín cree que merece este periodo, por derecho propio, un puesto de honor, si no el primero en el cuadro general de los estudios científicos del mundo, en esta centuria durante las cuales tan refulgente brillo, dice, alcanzara nuestra ilustración y nuestra cultura.

Las ciencias químicas no habían alcanzado en el período que me ocupa, el concepto de tales, denominación que como ciencia moderna nace con Lavoisier si bien inicia sus primeros balbuceos con Paracelso, el creador de la yatroquímica.

Por tanto no pasa en el siglo XVI del estado de empirismo, general en los demás países, llegándose a mediados del XVII a un período de gran lucha entre la escuela galénica y la yatroquímica, lucha aumentada en los finales del siglo y que terminó en España con el triunfo de esta última escuela. Entonces estaban concentrados los conocimientos de esta materia en los alquimistas, que si desorientados con sus elucubraciones acerca de la piedra filosofal y del elixir de larga vida, es lo cierto que sus incesantes trabajos en pró de las ansias panaceas, fueron fructíferos por las observaciones practicadas, sembrando con ello, inconscientemente, el germen que en siglos posteriores había de dar fruto a la verdadera Química, aunque no fueron todo lo útiles que pudieran, obcecados con quiméricas pretensiones, que les impidieron obtener toda la enseñanza aprovechable. Esta alquimia alcanzó en España y sobre todo en Aragón, gran favor y predicamento, siendo protegida incluso por reyes embaucados por hábiles alquimistas, que les prometían riquezas capaces de sostener sus muchas guerras de conquista.

Alquimistas notables fueron Borrel, Rodrigo de Passera, Álvarez Chance, el célebre Pedro Ciruelo y otros muchos cuyo es­tudio puede hacerse en la eruditísima obra de José R. Luanco «Los Alquimistas en España», muy estimable y recomendada por Carracido en la suya intitulada «Estudios histórico-críticos de la cien­cia española», ambas utilísimas para los que quieran profundizar en este período en verdad curioso, de nuestra vida cultural.

De propósito he dejado para el fin el exponer ligeramente algo de nuestra profesión en este período. Razones de natural y debida deferencia me han obligado a hacerlo así, dando preferencia en la exposición a las ciencias hermanas,

La Farmacia en España marcha en esta época al lado de la Medicina, a la que auxilia con sus trabajos prestándole colaboración útil y bien apreciable, manteniendo asimismo contacto con la Alquimia, a quien debe conocimientos prácticos y rayando, al decir de Murúa, a mayor altura que en el resto de Europa, por haberse dispensado en España los compuestos mercuriales antes de la reforma paracelsiana, como lo prueban las obras de Pedro Pinto, Villalobos y Ruíz Díaz de Isla y por haberse publicado las prime-ras farmacopeas del mundo, por Pedro Benedicto Mateo, Fernando de Sepúlveda y Bernardino de Laredo, reeditada la del primero en el siglo XVI y publicada las otras dos por vez primera en este siglo. En Barcelona se publica la famosa intitulada «Concordia Farmacopoiorum Barchinonensis» y en Zaragoza, las «Concordia Aromatiarum» y la «Cesaraugustana». De este siglo son las obras de Alonso de Jubera «Dechado» y «Reformación de todas las medicinas compuestas», y las de Luís Oviedo «Método de recolección y reposición de las medicinas» ; de Antonio Castell «Teoría y práctica de Boticarios»; de Lorenzo Pérez, «De las drogas y sus falsificaciones» y «El tratado de la Theriaca», etc., y de este modo nuestro país contribuía a los progresos farmacéuticos con pruebas espléndidas del valor de sus hijos.

En el XVII se compuso por un compañero ilustre, Pedro Barba, catedrático de Valladolid, el primer tratado sobre las quinas, creándose en Valencia y por el Colegio de Farmacéuticos una cátedra de botánica (la primera de España), adquiriendo nuestra profesión en virtud de «justos y reconocidos merecimientos», el carácter de arte científica, igual a la Medicina, por Felipe IV, pudiendo citar de modo rapidísimo los nombres ilustres de nuestra profesión de Vélez Arciviaga, De la Fuente Pieróla, Castro Medinilla, Juan del Castillo, Martínez de Leache, Alfonso Limón Montero, Estéban de Villa, Gutiérrez de Arévalo, Pérez Durán, Ortiz de Vargas y otros cientos para orgullo de nuestra profesión en aquel siglo, cuyas obras y méritos pueden estudiarse en la de Murúa y Valerdi «Historia de la Química y de la Farmacia» y en la del doctor Folch titulada «Elementos de Historia de la Farmacia».

El cuadro ofrecido rápidamente prueba, que no se encontraba España en letargo, como se expone por algunos autores, que no era España la nación adormecida y hechizada por el mágico conjuro de la Inquisición, ni se encontraba embrujada por las supersticiones reinantes, sino que como águila caudal supo votar por sí misma, en caminar majestuoso por los horizontes científicos entonces conocidos, estudiándolo todo, con ansias de saber, descubriendo mucho y asimilando siempre con facilidad y comprensión, no sólo las ciencias anotadas, sino también las demás del humano saber, pudiendo decirse con Vallín que españoles eran los que daban reglas para el régimen social, los que asistían a los reyes y a los papas más poderosos, cómo médicos, los que intervenían en sus consejos y daban forma a sus decisiones, los que enseñaban a los ejércitos de Europa la táctica militar, en tal forma, señores, y en tales términos, que recorriendo las demás ciencias y artes, se podrían citar en todas ellas descubrimientos en que nos anticipa­mos en cerca de un siglo a todas las demás naciones. (Véase la obra de Eguilaz «Descubrimientos españoles atribuídos a los extranjeros»).

Con ello voy terminando este ligero bosquejo histórico-científico y al acabarlo debo exponer que no ha sido escrito movido por halagos de vanidad patriótica exaltada, sino por rendir el tributo de amor que merecen la verdad y la justicia, desoyendo a veces la voz del sentimiento para dar paso solo a los hechos y realidades probadas, guiándome con preferencia por juicios extranjeros siempre que ha sido posible, y anteponiéndolos a los propios cuando han existido, no perdiendo de vista aquellas frases del eminente estadista Cánovas del Castillo, que no deben ser olvidadas: «No merece, decía, porvenir de gloria, ni aún el de ser nación independiente, la mísera generación que desdeña los recuerdos gloriosos de sus padres, fundando su tradición en el enojo de la compasión afrentosa de los pueblos extranjeros». Porque la nación que olvida las concepciones de sus mayores y al perder los restos de su ciencia castiza, pierde también su lengua, su arte y sus costumbres, está amenazada en su independencia territorial, que mejor que con lanzas y cañones se defiende con la unidad de creencias, de sentimientos y de recuerdos, que son alma y vida de los pueblos.

Y como recuerdo del amor que nuestro venerable maestro Carracido tuvo hacia los estudios históricos-científicos, voy a terminar esta conferencia, avalorándola con una frase suya, feliz y llena de enseñanzas, como todas, rindiendo así póstumo homenaje a su esclarecida memoria: «Todos amamos a España y todos deseamos verla exuberante de fuerza y de riqueza ; pero inútil será el empeño, si antes no nos saturamos de espíritu científico, recordando y apreciando las enseñanzas del pasado, únicas que hoy dan el triunfo en las grandes empresas nacionales. El dominio del mundo real, solo mediante las leyes de la realidad puede alcanzarse y la Ciencia es la única y legítima depositaria de su Código».

Y después de estas frases inolvidables del maestro, debo enmudecer, cerrando con ellas el curso de mi conferencia.

HE DICHO.

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Conocemos como ‘leyenda negra’ la peculiar distorsión de la historia española llevada a cabo con el objeto de descalificar las actitudes políticas de la Monarquía Hispánica en la época durante la cual era una de las mayores potencias mundiales. Julián Juderías (autor que aquí se cita), en La leyenda negra y la verdad histórica (1914), de cuyo título parte el término, definía la leyenda negra como “el ambiente creado por los relatos fantásticos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en todos los países, las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y colectividad, la negación o por lo menos la ignorancia sistemática de cuanto es favorable y hermoso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte, las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España“. En el triunfo de la leyenda negra han coincidido varios hechos: en primer lugar, la ignorancia y hasta la mala fe de cuantos han asignado a los españoles adjetivos muy duros y humillantes, tales como holgazanes, cobardes, torpes, lujuriosos, incultos y ultramontanos. Tampoco debe perderse de vista la gran credulidad por parte del pueblo ignorante capaz de creerse todo lo que otros han propagado, aunque sea absurdo. Y por último, el victimismo de los propios españoles al defender que Europa siempre ha despreciado y vilipendiado a España. Aunque el término, como hemos visto, nació en 1914, la leyenda negra empezó a convertirse en un instrumento útil de propaganda antiespañola desde finales del siglo XVI. Así, por ejemplo, Guillermo de Orange-Nassau escribió lo que vulgarmente se conoce como Apología de Orange, en la que atacaba sin contemplaciones al gobierno de Felipe II. La actividad de la Inquisición se convirtió también en un objeto inagotable a la hora de difundir panfletos antiespañoles. En 1590 aparecía un opúsculo titulado Antiespañol, redactado en Francia, en que se trataba muy mal a todo lo hispano. Ahora bien, el gran pilar de la leyenda negra se encuentra en lo relativo a la interpretación de la conquista de América, sobre todo en los textos del fraile dominico Bartolomé de Las Casas. Su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias, publicada en 1552, llena de apasionamiento y exageraciones, iba a servir en bandeja todo lo que necesitaban los cultivadores de la leyenda negra. [Encarta 2003] [VOLVER]

José de Acosta (1540?-1600), misionero, naturalista y escritor español. Nació en Medina del Campo e ingresó en la Compañía de Jesús en 1551. Veinte años después marchó al virreinato del Perú como misionero, ejerciendo como provincial de su orden desde 1572 hasta 1585. Fue rector del Colegio de Lima en 1575, fundó el seminario de San Martín en 1583 y participó en el III Concilio limeño en 1583. Ese mismo año redactó Doctrina cristiana y catecismo para la instrucción de los indios y el catecismo bilingüe Catecismo en la lengua española y en la aymara del Perú. Regresó a la península Ibérica, donde fue designado visitador de las provincias de Aragón y Andalucía, y en 1598 fue nombrado rector del Colegio de los jesuitas de Salamanca. Se le recuerda, sobre todo, por su monumental trabajo sobre historia natural y costumbres de los pueblos aborígenes de Hispanoamérica, Historia natural y moral de las Indias (1590), traducida a las lenguas europeas más importantes, antes de que pasaran 15 años desde su publicación. [ibid.] [VOLVER]

Antonio Martínez de Cala (1441-1552), conocido como Elio Antonio de Nebrija, y no ‘Lebrija’, más famoso por sus importantes obras filológicas, entre las que destaca la célebre Gramática castellana (1492), también público, efectivamente, una Cosmographia (1498), en la que intenta determinar el tamaño de la Tierra. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Alonso de Santa Cruz (c. 1505-c. 1572), cosmógrafo español. Debió nacer en Sevilla, ciudad en la que residió habitualmente. En 1536, fue nombrado cosmógrafo de la Casa de Contratación y, tres años después, el emperador Carlos V (rey español como Carlos I) le nombró su maestro de astronomía y cosmografía. En 1545, se trasladó a Lisboa para estudiar las cartas de navegación portuguesas relativas a las rutas que conducían a las Indias Orientales y, particularmente, las variaciones magnéticas que los pilotos portugueses habían detectado. Sus estudios sobre las variaciones de la aguja quedaron reflejados en cartas magnéticas para la navegación. Se ocupó también del problema de la determinación de la longitud, e inventó fórmulas y aparatos para calcularla a partir de la posición de la Luna. Trabajó también en la solución al problema de la construcción de mapas que tuvieran en cuenta la esfericidad de la Tierra, anticipando la necesidad de realizar proyecciones geográficas. Sus preocupaciones científicas quedaron recogidas en una serie de obras que nunca se publicaron. Hacia 1563 fue nombrado por Felipe II cosmógrafo mayor del rey e inició el diseño de cuestionarios para recoger información geográfica de los territorios españoles en América (las denominadas Relaciones geográficas de Indias). Debió fallecer en 1572, año en que le sucedió en el cargo Juan López de Velasco. [ibid.] [VOLVER]

Se trata –suponemos- de Francisco Sánchez de las Brozas (1523-1600), escritor y gramático español, que recibió el apelativo ‘el Brocense’ por haber nacido en Brozas (Cáceres). Fue regente de Retórica (1556) y catedrático de Lenguas clásicas en la Universidad de Salamanca (1559). Entre sus obras de carácter científico, figura, en efecto, Sphaera mundi ex variis autoribus concinnata (1579). Escribió comentarios sobre el ‘Arte poética’ de Horacio, las ‘Silvae’ de Poliziano, los ‘Emblemata’ de Andrea Alciato, Garcilaso de la Vega y Juan de Mena. Fue censurado y procesado por la Inquisición, debido a sus críticas de los errores en algunas traducciones de la Biblia y de los excesos en el culto de las imágenes. Murió en Valladolid. [ibid.] Advertimos aquí una pequeña errata del autor: efectivamente, pensamos que el título del tratado ‘Sphaera mundi’, al tratarse de un libro de Geografía, no se refiere, evidentemente, como dice el texto, a ‘la esfera’, sino más bien a la bola del mundo. Puede que nuestro pariente confundiera al ‘Brocense’ con el también citado Pedro Núñez, del que no hemos encontrado referencia alguna. [VOLVER]

Se refiere, en realidad, a Simón Tobar (+1596), médico, naturalista y matemático español. Cuando Felipe II comisionó a Pedro Ambrosio Ondériz, su cosmógrafo mayor, para revisar las cartas de marear y los instrumentos matemáticos de la Casa de Contratación, trazó Tobar el proyecto de un trabajo análogo respecto del uso de los instrumentos y de los medios que se empleaban generalmente para hallar la longitud, la posición de los astros y otros elementos astronómicos, a fin de completar, según dice él mismo, esta reforma y corrección empezada por aquel. El resultado fue el tratado que se menciona en el texto, del cual comenta Picatoste: “El libro en que expuso sus observaciones tuvo indudablemente gran mérito en su época, ... No buscó, como otros, en vanas y absurdas teorías una corrección que era esencialmente matemática, sino que empleo el Cálculo y la Trigonometría esférica para buscar la exactitud y la causa del error, con-siguiendo, apenas publicó su obra, lo que deseaba: que los matemáticos doctos la aprobasen y combatiesen la rutina”. [Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes] [VOLVER]

Felipe Guillén, boticario de Sevilla, hombre de mucho ingenio y aficionado a los estudios, fue, efectivamente, el primero en sacar partido de la variación de la aguja observada en el descubrimiento de América, pretendiendo deducir de la misma el apartamiento del meridiano y, por tanto, la longitud, que era el gran problema astronómico de aquella época.. El aparato que construyó a partir de esta suposición y que fue adquirido por el rey de Portugal en 1525, fue la primera brújula de variación que hubo en Europa. No obstante, su diseño no resultaba práctico en el mar: el movimiento del buque perjudicaba la exactitud de la observaciones, y no daba el mismo resultado que en tierra, donde se habían hecho los primeros ensayos. [ibid.] [VOLVER]

Eduardo López, viajero español nacido en Extremadura, partió para el Congo en 1578. Según cuenta, el rey de este país le encargó en 1587 la misión de informar al Papa y a Felipe II del triste estado de la religión cristiana en esas latitudes, llevando a la vez alguna muestras de metales preciosos y ofrecer a los portugueses el libre comercio. Una vez llegado a la Península, nadie en Portugal ni en España hizo caso a López, quien optó por dirigirse directamente a Roma, donde el Papa Sixto V tampoco le prestó atención, esta vez por razones políticas: prefirió remitir tales asuntos a la corte de España. López, por su parte, que a la sazón se había hecho fraile, logró interesar a favor de su empresa a Antonio Migliore, obispo de San Marcos, quien encargó a Philippo Pigafetta pusiese por escrito y tradujese al italiano los informes que López le enviase desde el Congo, adonde había vuelto. Todo ello fue publicado con el título de Relación del reino del Congo y de sus países vecinos. López, a imitación de otros viajeros, cuenta en sus informes muchas cosas de oídas, por lo que su testimonio resulta en ocasiones poco fiable. Por otro lado, las investigaciones de este explorador son atribuidas a menudo a Pigafetta, que no sentó nunca su pie en la costa de Africa. [ibid.] [VOLVER]

El nombre de Juan de la Cosa (1449-1510) ha pasado a la posteridad sobre todo, por su Carta de Marear o Mapamundi realizado en el Puerto de Santa María en 1500, según figura en una inscripción de esta joya de la cartografía que se conserva en el Museo Naval de Madrid después de numerosos avatares, ya que, en principio, fue archivado en la Casa de Contratación de Sevilla, de donde fue robada y posteriormente vendida al barón Walcknaer en 1832. A la muerte de éste fue subastado y adquirido por el gobierno español por 4.200 pesetas. El mapamundi está trazado en una hoja grande de pergamino de forma ovalada. Su gran mérito es el representar las Indias Occidentales en el momento en que fueron reconocidas. Es admirable la semejanza con la realidad del trazado de las Antillas y de Tierra Firme, desde el Amazonas hasta Panamá. Supone el reconocimiento de la independencia del Nuevo Mundo respecto de Asia, y representa el enlace entre la vieja tradición medieval de elaboración de portulanos y el nacimiento de la nueva cartografía. Se sabe que Juan de la Cosa elaboró otros mapas importantes, entre ellos los de la costa Cantábrica, pero no han llegado hasta nosotros. [Encarta 2003] [VOLVER]

Andrés García de Céspedes (+1611), profesor de la Academia de matemáticas y cosmógrafo mayor de Indias. Levantó numerosas cartas náuticas, y en su Libro de instrumentos nuevos de geometría (1606) se atribuye la invención de varios instrumentos de navegación. En rigor recoge la tradición medieval sobre el tema, imperante aún en la Europa de su época. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Bartolomé de Medina (1530-1580), minero español que introdujo el sistema del beneficio de patio en las minas del México colonial. Nació en Sevilla, España. Casó con Catalina Rodríguez y fue padre del fraile Bartolomé de Medina, que con el tiempo alcanzó renombre como promotor de obras sociales y religiosas. Se trasladó a México en 1553. Trabajó varios años con el mineral del yacimiento de Pachuca, en donde inventó, en 1555, un procedimiento para sacar plata de los minerales. Logró de las autoridades de la Nueva España monopolio o derecho por su descubrimiento en las minas de Pachuca, Taxco, Sultepec, Zacualpan, Guanajuato y Temascaltepec. A este procedimiento industrial de amalgamación de los minerales de plata se le conoce como beneficio de patio, y por más de tres siglos y medio continuó aplicándose sin modificaciones relevantes. En 1927 el historiador mexicano Francisco Fernández del Castillo descubrió en Jilotepec, Hidalgo, el documento que corrobora la paternidad del invento y el año de su consumación. [Encarta 2003] [VOLVER]

Bernal (o Bernardo) Pérez de Vargas, físico y naturalista español nacido en Madrid en el primer tercio del siglo XVI. Se ignora la fecha de su muerte. Poseyó grandes conocimientos en Cosmografía, Geografía y Matemáticas, pero se dedicó principalmente al estudio de los metales y de su elaboración y beneficio. Su tratado De re metalica, en efecto, constituye una obra completa en este género, y tan adelantada en todo lo que se refiere al conocimiento de las propiedades metálicas que no desdice de ninguna de las obras similares que se escribieron en aquel tiempo en España o en el extranjero. [Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes] [VOLVER]

Alvaro Alonso Barba (1569-1661), sacerdote y metalurgista español. Fue párroco de varios pueblos del Perú, donde realizó investigaciones y estudios sobre el beneficio de los minerales, y en especial de la amalgamación, expuestos en su Arte de los metales (1640), que contiene una descripción de la riqueza argentífera del subsuelo americano, y un descubrimiento sobre la descomposición de los sulfuros de plata mediante el mercurio, sin el cual no hubiera sido posible la explotación de las minas de plata de las colonias de América ; fue objeto de múltiples traducciones (inglesa en 1674, alemana en 1676, francesa en 1733 y 1751). [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Juan de Ortega, matemático español nacido en Palencia y muerto entre 1540 y 1550. Enseñó matemáticas en España e Italia. En 1512 publicó su Tratado subtilissimo de aritmética y geometría (ése es el auténtico título de la obra que se cita en el texto), objeto posteriormente de numerosas reediciones. La importancia de este libro radica en que, por primera vez en Europa, se expone un nuevo procedimiento para extraer raíces cuadradas –independiente de los de Herón y Bombelli- basado en un desarrollo de fracciones continuas. [ibid.] [VOLVER]

Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), historiador español, cronista de Indias. En 1493 fue mozo de cámara del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, con quien compartió, hasta su muerte prematura en 1497, las enseñanzas y el refinamiento propios del ambiente cortesano. De esta rica experiencia dejó testimonio Oviedo en su Libro de la Cámara del Príncipe don Juan. Tras la muerte de don Juan, pasó a Italia. La estancia italiana fue decisiva para la formación de Fernández de Oviedo. Regresado a España, entró en la corte de Fernando el Católico. En 1506 fue nombrado notario público y secretario del Consejo de la Santa Inquisición, amén de otros cargos que desempeñó con posterioridad, y en 1514 se embarcó hacia América en la expedición del gobernador Pedrarias Dávila a Castilla del Oro (Panamá), con el cargo de veedor de las fundiciones de oro. A partir de ese momento realizó sucesivos viajes a España para denunciar ante la Corona los abusos y el mal gobierno de Pedrarias. En 1549 fijó definitivamente su residencia en el Nuevo Mundo. Autor de una extensa obra, inicialmente titulada Sumario de la natural historia de las Indias, más tarde ampliada bajo el nombre de Historia general y natural de las Indias. [Encarta 2003] [VOLVER]

Nicolás Monardes (1507-1588), médico y botánico español. Estudió en Alcalá de Henares y luego se instaló en Sevilla, donde reunió y aclimató en su jardín botánico numerosas plantas procedentes de América y determinó su valor farmacológico. Publicó Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias occidentales, obra que pronto fue traducida a varios idiomas. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Andrés Laguna (1499-1559), medico y humanista español descendiente de conversos. Después de estudiar en Salamanca pasó a París, donde estudió griego y medicina y publicó, en 1535, sus primeras obras. En 1536 regresó a España y se vinculó a la corte de Carlos V, lo que le llevó a viajar por toda Europa, ejerciendo como médico en diversos lugares. En sus obras demuestra tener idea del modo de propagación de los helechos y la fecundación de las plantas fanerógamas. Consiguió que Felipe II creara en Aranjuez un jardín botánico, uno de los primeros de Europa si no contamos los que existieron en España durante los siglos X-XII, bajo la dominación musulmana. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

vid. supra  [VOLVER]

Francisco López de Gómara (1511-1566), historiador de Indias español. Estudio en la universidad de Alcalá, donde se ordenó sacerdote y adquirió una amplia formación humanística ; en Italia estuvo en contacto con el también historiador Saxo Grammaticus. Su fama se debe a la Historia general de las Indias y conquista de México (1552), escrita básicamente con los datos que le facilitaron Cortés y otros exploradores, puesto que él nunca estuvo en América. En su estilo se nota la influencia de Pedro Mártir de Anglería y de Gonzalo Fernández de Oviedo. Arrancando de una posición contraria a la de Las Casas, Gómara, si bien trata objetivamente a los indios, señala la conquista de América por los españoles como un hito esencial en la historia de la humanidad. La Historia tuvo un gran éxito, pero, tildada de demasiado libre, al año siguiente de su publicación fue recogida por orden del Consejo de Indias y no pudo volver a publicar-se íntegramente hasta 1727. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Benito Arias Montano (1527-1598), humanista español, es famoso sobre todo por su coordinación de la Biblia Regia o de Amberes, reedición corregida y aumentada de la Políglota complutense. Toda su labor se centró en la exégesis bíblica, y su Historia Naturae, escrita en 1594 y publicada en 1601, a la que posiblemente se está refiriendo el autor del texto, no es en realidad un libro científico, sino la segunda parte del igualmente bíblico ‘Libro de la generación de Adán’. [ibid.] [VOLVER]

Miguel Servet (1511-1553) Médico y teólogo español. Estudió derecho en Toulouse y se interesó por la teología. Sostuvo diversas controversias con teólogos católicos y protestantes en Bolonia, Augsburgo y Estrasburgo y publicó importantes obras, entre las que destacan De Trinitis erroribus (1531) y Dialogorum de Trinitate, libri duo (1532). Se inició en la medicina en Lyon y posteriormente fue a París, donde perfeccionó sus estudios. Su aportación más notable a la ciencia médica fue haber observado la circulación pulmonar de la sangre. Su libro Christianismi restitutio (1546) le valió la enemistad de Calvino, quien lo acusó de hereje, por lo que fue juzgado y sentenciado a morir en la hoguera. [Enciclopedia Multimedia Planeta DAgostini 2002] [VOLVER]

Antonio Gómez Pereira (1500-1558), médico y filósofo español. Estudio en la Universidad de Salamanca por la época en que ya se había desatado la hostilidad entre nominalistas y realistas, lo que le obligó a plantearse el problema y tomar partido. Era médico y ejerció su profesión en Valladolid ; sin duda ello había de marcarle decisivamente. Por un lado, se vio abocado al experimentalismo ; por otro se movió en el ámbito del autodidactismo, dando a su meditación un tono original y ajeno a los dogmas de escuela. En general, y especialmente en su obra principal, Antoniana Margarita, parte de la escolástica, pero al tratar de comprenderla en un sentido materialista se va inclinando hacia el subjetivismo, el nominalismo y el voluntarismo. Tanto Pereira como Sánchez 'el escéptico' pueden considerarse, dentro de la historia del pensamiento europeo, como precursores de autores tan importantes como Bacon de Verulam o Descartes. [ABELLAN, José Luis, 1979, Historia crítica del pensamiento español II, Madrid, Espasa-Calpe, pp. 189 ss.] [VOLVER]

Francisco Sánchez (1551-1623), médico y filósofo portugués conocido como 'el Escéptico' para distinguirlo de su contemporáneo Francisco Sánchez 'el Brocense'. Nacido en Braga, fue médico y profesor en Montpellier (Francia) y representa algunos valores intelectuales del renacimiento europeo. Se opuso radicalmente al aristotelismo y propugnó el valor de la observación frente a las abstracciones de los escolásticos aristotélicos. Sánchez pensaba que sólo pueden conocerse los accidentes de las cosas (no sus esencias), si se aplica el juicio y la experiencia. De hecho, lo único que se puede conocer es el mundo exterior. Defendía la necesaria limitación del conocimiento y afirmaba el valor de la duda, así como la correcta aplicación de un método para guiar el conocimiento, anticipando de esta forma algunas de las posturas de René Descartes. Su principal tratado es: Quod nihil scitur (1581). [Encarta 2003] [VOLVER]

Son los puntos de vista originales de Paracelso, seudónimo de Theophrastus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), médico y químico suizo. Polémico y vitriólico, Paracelso rechazó las creencias médicas de su época afirmando que las enfermedades se debían a agentes externos al cuerpo y que podían ser combatidas por medio de sustancias químicas. Obtuvo el título de médico, probablemente en la Universidad de Viena, y viajó mucho en busca del conocimiento alquímico, en especial en el campo de la mineralogía. Criticó con acidez la creencia de los escolásticos, procedente de los escritos del médico griego Galeno, de que las enfermedades se debían a un desequilibrio de los humores o fluidos corporales, y de que podían curarse mediante sangrías y purgas. Dado que creía que la enfermedad procede del exterior, Paracelso creó diversos remedios minerales con los que, en su opinión, el cuerpo podría defenderse. Identificó las características de numerosas enfermedades, como el bocio y la sífilis, y usó ingredientes como el azufre y el mercurio para combatirlas. Muchos de sus remedios se basaban en la creencia de que “lo similar cura lo similar”, por lo que fue un precursor de la homeopatía. Aunque los escritos de Paracelso contenían elementos de magia, su revuelta contra los antiguos preceptos de la medicina liberaron el pensamiento médico, permitiéndole seguir un camino más científico. [ibid.] [VOLVER]

IATROQUIMICA: Teoría médica, generalmente asociada a Paracelso, que consideraba que todos los fenómenos orgánicos, sin descartar la teoría de los humores, eran de carácter químico. [CID, Felip, e.a., 1982, Historia de la ciencia,  Barcelona, Planeta] [VOLVER]

[ATRAS]