|
DIFUNDIENDO LA CULTURA CINEMATOGRAFICA (Reflexiones
en torno a una gran decepción)
Mi muy apreciado Jesús Díaz Armas, en una entrevista publicada en
«LA TARDE» el 3 de Agosto de 1981 (o sea, en la etapa fundacional de
Yaiza Borges, cuando todavía éramos una Asociación, más o menos), me
preguntaba lo siguiente: “¿Crees necesaria la didáctica del cine en
los colegios e institutos, como actividad extraescolar o escolar
propiamente dicha?” Y yo respondía: "Me parece ésta una
pregunta difícil de responder. En primer lugar se plantea la posible
necesidad de una didáctica del cine. Es indudable que sería de desear
que la gente mostrara un mayor interés por el medio cinematográfico, y
esto se podría tal vez conseguir mediante la oportuna didáctica. ¿Son
los colegios e institutos los lugares idóneos para desarrollarla? Lo
dudo: desde hace mucho tiempo se enseña literatura en estos centros, por
ejemplo, y no por ello se ve estimulada la afición a la lectura, ni mucho
menos ; algo parecido ocurriría con el cine, y quedaríamos en las
mismas. En el mismo contexto se encuentra la segunda parte de la pregunta.
Suponiendo que aceptásemos la enseñanza en colegios e institutos como un
mal menor, ya que hoy por hoy no hay nada que hacer al respecto (ese es,
por supuesto, mi caso: soy profesor de INB) queda un punto muy poco claro:
la separación entre actividades escolares y extraescolares. las primeras
son obligatorias para los alumnos, y los profesores cobran por
impartirlas, mientras que las otras son totalmente opcionales y sólo
sirven, según la 'vox populi', de cara al exterior, para que no digan que
en el centro no hay 'inquietud' y que no 'se hacen cosas' y demás.
Evidentemente, a mí dicha división me parece absurda. creo que cualquier
actividad docente y discente es igualmente importante ; cualquiera que
sepa algo que los demás no sepan debería intentar comunicarlo, y, por lo
mismo, el que no sepa algo que le interese debería tratar de informarse,
y ya está. Por otra parte, como dudo bastante de la eficacia de la enseñanza
escolarizada y obligatoria (sólo aprenden de una manera efectiva y
duradera los que de verdad lo desean), me temo que la segunda parte de la
pregunta se va a quedar sin respuesta. Lo siento".
Mi postura a este respecto en la actualidad sigue siendo básicamente
la misma. Creo, en efecto, que el interés por los temas culturales nace,
no se hace ; cualquier logro en no importa qué segmento del arte es en mi
opinión una tarea individual, no colectiva ; surge a partir de los
intereses personales de un creador, y éstos se derivan de unas vivencias
y experiencias vitales muy particulares: familia, escuela, amistades, ...
La prueba de todo esto está en el diferente derrotero que pueden seguir
los distintos miembros de una misma familia después de haber recibido básicamente
el mismo tipo de educación. Y claro está, si esperamos influir de algún
modo en los gustos cinematográficos de la masa (por ejemplo ; esto se
puede aplicar, como decimos, a cualquier contenido cultural), siempre
estaremos en desventaja frente a la casi todopoderosa acción de los
medios de comunicación de masas, pues éstos, nos guste o no, responden
con mayor eficacia a sus auténticas aspiraciones. En un artículo que me parece decisivo en el tratamiento de esta temática, el estudioso norteamericano Dwight MacDonald, desde su óptica anarquista, no se muestra muy optimista y opina lo siguiente (subrayado nuestro): “Durante
casi dos siglos la cultura occidental ha representado en realidad dos
culturas, la de tipo tradicional, a la que definiremos como Alta
Cultura, reflejada en los libros de texto, y la narrativa, fabricada
para el mercado. Esta última puede ser definida como Masscult,
desde el momento en que no se trata
verdaderamente de cultura. El Masscult es una parodia de la Alta
Cultura ... Y la enorme producción de los nuevos medios de comunicación
como la televisión, la radio y el cinematógrafo es casi enteramente
Masscult”. Para MacDonald, este fenómeno del ‘Masscult’ es “... un hecho nuevo en la historia”. Y no sólo por su baja calidad: “El Masscult es malo de una manera nueva: no tiene siquiera la posibilidad teórica de ser bueno. Hasta el siglo XVIII, el mal arte era de la misma naturaleza que el buen arte, se producía para el mismo público y aceptaba los mismos modelos, La diferencia consistía únicamente en el talento individual. Pero Masscult es algo muy diferente: no es sencillamente un arte fracasado, es no-arte. Es, sin más, antiarte”. A este respecto hay una cita bastante ‘ad hoc’ de André Malraux (de ‘Arte, arte popular e ilusión popular’, 1951), que MacDonald utiliza: “Existe una narrativa de masas, pero no un Stendhal de las masas ; hay una música destinada a las masas, pero no hay ningún Bach, o Beethoven, por mucho que se diga ... Si existe un solo término ... es porque hubo un tiempo en que la distinción entre las dos cosas no tenía significado. Entonces los instrumentos tocaban verdadera música, porque no existía otra”. La principal diferencia entre ambos conceptos de ‘cultura’ reside, según MacDonald, en que el ‘Masscult’ “... no ofrece a sus clientes una catarsis emocional ni tampoco una experiencia estética, porque estas cosas requieren un esfuerzo. La cadena de producción muele un producto uniforme cuyo humilde objeto no es ni siquiera la diversión, pues también ésta presupone vida y, por lo tanto, esfuerzo, sino que es simplemente la distracción. Puede ser estimulante o narcótico ; pero debe ser de su pueblo porque ‘está completamente sujeto al espectador’. Y no da nada a cambio”. Porque la tendencia de la moderna sociedad industrial consiste precisamente, como hemos venido diciendo y MacDonald recalca, en transformar al individuo en un hombre de masa, es decir, en “... una gran cantidad de personas incapaces de expresar sus cualidades humanas porque no están ligadas unas a otras ni como individuos ni como miembros de una comunidad”. A lo único que se sienten ligadas es a ciertos ‘factores personales, abstractos, cristalizantes’: un partido de fútbol, una liquidación, un linchamiento, un partido político, un programa de televisión, etc. De esos medios de comunicación de masas es la televisión, con gran diferencia, el más poderoso agente aglutinador de la nueva cultura de masas, ya desde los primeros años. Si a esto añadimos que en 1958 aquellos que poseían un televisor lo tenían encendido de 5 a 6 horas al día, resulta comprensible que el analista conservador, también norteamericano, Daniel Bell nos hable de ‘motivos de inquietud’ al respecto, por las siguientes dos causas: a) El hecho de que una parte del tiempo televisivo se gaste en comedias insípidas y soporíferas, o en estereotipadas historias de violencia (corrupción irremediable del gusto nacional) b) Por primera vez los EE.UU., aunque burdamente y con cierta perplejidad, reclamaban el leadership moral del mundo. Sin embargo, Bell opone a estos motivos preocupantes otras características que a él le parecen sumamente positivas: · Aburguesamiento de la clase obrera · Expansión de los barrios residenciales suburbanos · Incremento del beneficio · Nueva abundancia. Para este autor, o que el ve como ‘carácter democratizador de la sociedad de masas’ estriba en que “... ésta, al mismo tiempo que incorpora a la sociedad a las grandes masas, crea mayor diversidad y variedad, y una aguda red de experiencias, a medida que un número creciente de aspectos del mundo se pone al alcance del hombre común”. Todo este proceso, teniendo en cuenta que la sociedad “... espera que la cultura pague por sí sola, en vez de estar subvencionada, ...”, conlleva un obvio problema de ‘marketing’, concretizado en dos aspectos: - Los productos culturales (películas, espectáculos teatrales y de televisión), a diferencia de los bienes industriales, no se pueden ‘automatizar’ fácilmente. *
Consecuencia: Los
costos de producción suben más que en cualquier otro sector. - Los productores, con vistas a las ganancias, intentan llegar a un mercado lo más amplio posible. *
Consecuencia: Tendencia
a encontrar el mínimo común denominador en el ámbito de los
entretenimientos que se ofrecen a la gran masa. Este aspecto mercantil del problema constituye, no obstante, según MacDonald, la parte más perniciosa de todo el asunto. Es cierto, en efecto, que los técnicos del ‘Masscult’ toman como norma humana a “... esta monstruosidad colectiva, a ‘las masas’, al ‘público’”, pero al hacerlo lo degradan, “... tratándole como un objeto al que hay que manejar con la misma falta de respeto con que los estudiantes de medicina diseccionan un cadáver, y al mismo tiempo lo adulan y secundan sus gustos e ideas tomándolo como patrón de la realidad (en las encuestas) o del arte”. En este contexto se podría hablar de ‘educación informal’ ; ese término suele utilizarse en contraposición a la formal (escolar) y a la no-formal (intencional y metódica, pero no escolar), pero tal vez la definición más completa sea la propuesta por Coombs & Ahmed (1974): “Un proceso que dura toda la vida y en el que las personas adquieren y acumulan conocimientos, habilidades, actitudes en su relación con el medio ambiente ; esto es, en la casa, en el trabajo, divirtiéndose ; con el ejemplo y las actitudes de sus familias y amigos ; mediante los viajes, la lectura de periódicos y libros, o bien escuchando la radio o viendo la televisión y el cine. En general, la educación informal carece de organización y frecuentemente de sistema”. Las principales críticas a que se ve sometida la ‘cultura de masas’ se refieren generalmente a su superficialidad y ramplonería. Según Bell, esas acusaciones son básicamente las siguientes: a) No se estimula bastante la actividad creativa. b) La obra seria, especialmente la del pasado, ha sido desnaturalizada (en ciertas revistas, por ejemplo, se publica la reproducción de un cuadro famoso al lado de la fotografía de una starlet cinematográfica) c) Ahora las obras mediocres son aclamadas como arte serio, porque parecen difíciles, aunque no lo sean ni al nivel de las intenciones ni al de los temas y del estilo. d) La mayor parte del material de la televisión y de las revistas de masas es barato, vulgar, amoral, degradante e incita a la violencia: “No sólo estimula en el público, en especial en los jóvenes, la violencia y la inmoralidad, sino que le condiciona para que acepte, como un estado de hecho en nuestra sociedad, el comportamiento criminal”. Bell, sin embargo, no le da mucha importancia a estas críticas, que para él no son más que un síntoma de lo que ya destacaba José de Ortega y Gasset en su famoso libro ‘La rebelión de las masas’: que la sociedad de masas “... representa la pérdida de autoridad de una élite cualificada, consecuencia del hundimiento de los estudios humanistas, hundimiento que, a su vez, se debió al progreso de la ciencia”, y que la socióloga Hannah Arendt expresa de manera análoga al afirmar que “... la sociedad –aquella unidad relativamente homogénea de personas educadas y cultas- había tratado siempre a la cultura como una mercancía, y había comprado, permutándola, ciertos valores snobistas”. La opinión de MacDonald a este respecto es –ya lo hemos apuntado- completamente opuesta a la que acabamos de comentar ; él insiste en el extremo de que los medios manipulan a la audiencia, y esa ‘manipulación’ equivale para nosotros, a fin de cuentas, a educación. Con esto el susodicho autor se sitúa claramente (aunque sólo en lo que concierne a la educación informal) entre los partidarios de la famosa ‘teoría de la reproducción’, enunciada por Bourdieu & Passeron con referencia a la ‘educación formal’ en los siguientes dos postulados: 1. Todo poder de violencia simbólica, es decir, todo poder que logra imponer significados e imponerlos como legítimos disimulando las relaciones de fuerza en las que se basa su fuerza, agrega su propia fuerza, es decir, una fuerza específicamente simbólica, a estas relaciones de fuerza. 2. Toda acción pedagógica es objetivamente una violencia simbólica en cuanto impone, a través de un poder arbitrario, una arbitrariedad cultural. Para MacDonald, como hemos podido ver a lo largo de esta exposición, los medios de comunicación de masas están en alguna medida mediatizados por un poder arbitrario (v.gr., el del beneficio empresarial), y sus mensajes, según esta regla de tres, constituyen efectivamente una ‘violencia simbólica’, pues imponen un modelo cultural determinado: el ‘Masscult’. Lo expresa con las siguientes palabras: “Siempre que un Señor y Dueño del Masscult es censurado por la baja calidad de su producción, automáticamente responde: ‘Pero es lo que el público quiere, ¿qué puedo hacer yo?’”. En opinión de MacDonald, en efecto (y en ese punto coincido plenamente con él), el ‘hombre de masa’ no es más que un constructo teórico, una especie de ideal para algunos, de momento inalcanzable. El postula, como ya hemos visto, que no pudo existir una cultura de masas mientras no existieron ‘las masas’ tal como hoy las entendemos, o sea, como el resultado del desarraigo, por parte de la Revolución Industrial, de las gentes de las comunidades agrícolas y su apiñamiento en las ciudades que crecieron en torno a las fábricas. En ese sentido, y dentro de ciertos límites, el ‘Masscult’ es una continuación del Arte Popular, pero con más diferencias que semejanzas: el segundo era una especie de institución del pueblo, mientras que el primero no es más que el resultado de un montaje comercial y publicitario. Todo este esquema es sintetizado por Lazarsfeld & Merton en la siguiente relación de las funciones sociales que tradicionalmente se otorgan a los medios de comunicación de masas: a) FUNCION DE CONCESION DE STATUS · Los medios confieren un status a las cuestiones públicas, a las personas, a las organizaciones y a los movimientos sociales. b) IMPOSICION DE NORMAS SOCIALES · Los medios pueden dar el impulso inicial a la acción social organizada, ‘revelando’ las condiciones que están en desacuerdo con la moralidad pública ; ponen al desnudo ante el público anormalidades bastante conocidas, y, por lo general, esta revelación exige en alguna medida una acción pública contra lo que era tolerado en privado. c) DISFUNCION NARCOTIZADORA · La amplia gama de comunicaciones puede suscitar –frente a los problemas de la sociedad- un interés sólo superficial, y esta superficialidad enmascara a menudo la apatía de las masas ; la constante exposición a la corriente informativa sirve entonces para narcotizar, en vez de para revitalizar, al lector o al oyente medio. Todos estos puntos abundan en la idea general, sustentada por MacDonald y otros y subsidiaria de la ya mentada ‘teoría de la reproducción’, de que los medios de comunicación de masas contribuyen al mantenimiento del sistema social y económico vigente, al estar mantenidos por grandes consorcios de empresas comerciales e industriales. Sin embargo, Lazarsfed & Merton se preguntan lo siguiente: “¿Cuál es la posición histórica de este nivel notoriamente bajo del gusto popular? ¿Se trata quizá de los míseros restos de standards notablemente más elevados antaño, de una aparición relativamente nueva en el mundo de los valores, en gran parte privada de relación con los standards más altos de los que se pretende que es una decadencia, o bien de un miserable substitutivo que bloquea el camino del desarrollo de standards superiores y de la expresión de elevados fines estéticos?” Por lo visto, el espectacular aumento de la educación en las últimas décadas sólo ha servido para que muchas personas adquiriesen lo que se podría denominar ‘alfabetismo formal’, es decir, “... una capacidad de leer, de aferrar significados crudos y superficiales y una consiguiente incapacidad para comprender plenamente lo que leen”. Esta circunstancia le plantea a estos autores un nuevo interrogante: ¿es verdad que los responsables de los medios de comunicación de masas comercializados se han dejado atrapar en una situación en la que no pueden elevar radicalmente el nivel de sus productos, sean cuales sean sus preferencias personales? El planteamiento nos parece, desde luego, interesante, puesto que propone la posibilidad de que la posición defendida por MacDonald y congéneres no sea tan evidente como a primera vista parecía. Lazarsfeld & Merton expresan esto con la siguiente palabras: “Es posible que los standards de formas de arte producidas por un pequeño grupo de talentos creadores, para un público reducido y selectivo, no puedan ser aplicados a formas de arte producidas para el gran público por una industria gigantesca”. Según
estos autores pretenden haber demostrado experimentalmente,
el público de masas ha presentado
una resistencia profunda a los experimentos esporádicos, y por lo tanto,
inconcluyentes, para elevar el nivel de los standards (podría
hablarse, más bien, de un rechazo sistemático por parte de
aquellos a quienes se suponía que iba a beneficiar la reforma). En
consecuencia, es muy probable que las soluciones que se proponen para
estos problemas broten de la fe, en vez de del conocimiento, lo que demuestra
que el asunto es más complicado de lo que se supuso en un principio ;
algunas investigaciones han demostrado, por ejemplo, que los programas
radiofónicos de música clásica tienden a conservar, en vez de crear,
el interés hacia este género de música, y que si nacen nuevos intereses
son predominantemente superficiales. En opinión de Lazarsfeld
& Merton, el papel actual de los medios de comunicación de masas,
por lo tanto, “... se limita, de
ordinario, a cuestiones sociales periféricas y los medios no revelan el
grado de poder social que comúnmente se les atribuye”. Es decir,
que lo que actúa a favor del mantenimiento de la estructura social y
cultural existente, en lugar de actuar a favor de su subversión, son las
propias condiciones que favorecen la máxima eficacia de los medios de
comunicación de masas. Resumiendo, que el sistema se
mantiene a sí mismo, y no necesita del auxilio de los medios para
esta finalidad. Creo
que toda esta digresión viene a cuento a la hora de interpretar de un
modo más o menos razonable el relativo fracaso del proyecto de Yaiza
Borges en cuanto a elevar el nivel de la cultura cinematográfica del
pueblo canario. Suponíamos inicialmente que el mismo estaba ‘sediento
de cine’ y que nosotros íbamos a llenar ese vacío cultural. Se abrió
el ‘Cinematógrafo’ pensando que las masas acudirían a ver buen cine
como las moscas a la miel y que esto nos permitiría recaudar fondos
suficientes para rodar películas. Pero el resultado fue más bien lo
contrario: tras cinco años de mantenerse abierto el ‘Cinematógrafo’
a duras penas y siempre con pérdidas, las deudas contraídas nos
obligaron a cerrar. Descubrimos en carne propia que de lo que los canarios
y las canarias estaban ‘sedientos’ era de diversión, de
‘Masscult’ como diría MacDonald, y no de auténtica cultura
cinematográfica. ____________________________________ MacDONALD, Dwight, 1969,
“Masscult y Midcult”, en VARIOS, La
industria de la cultura, Madrid, Alberto Corazón, pp. 68 ss. ibid., pp. 73-74 BELL, Daniel, 1969, “Modernidad y
sociedad de masas: variedad de experiencias culturales”, en VARIOS, La industria de la cultura, op. cit., pp. 23-25 ibid.,
pg. 36 ibid.,
pp. 46-47 MacDONALD,
op. cit., pp. 75-76 TRILLA, Jaume, 1986, La educación informal, Barcelona, PPU, pg. 21 ibid.,
pg. 34 BELL,
op. cit., pp. 29-30 BOURDIEU, Pierre, y PASSERON, Jean-Claude,
1977, La reproducción,
Barcelona, LAIA, pp. 44-45 MacDONALD, op. cit.., pp. 78-82 LAZARSFELD, Paul F., y MERTON,
Robert K., 1969, “Comunicación de masas, gusto popular y acción social
organizada”, en VARIOS, la
industria de la cultura, op. cit., pp. 249 ss. ibid.,
pp. 263 ss. ibid.,
pp. 270-71 |