PEDRO ALMODOVAR Y LA MUSICA (¿POPULACHERISMO BUSCADO?)

 

 

El cine de Almodóvar no es propiamente musical. Y, sin embargo, la música es sin duda parte integrante con vida propia del cuerpo de sus películas, ya desde la primera de ellas (Folle, folle, folletín, 1978), una divertida y aberrante historia acerca de dos ciegos cantantes con la propia voz del realizador narrando lo que se ve y lo que no se ve en el film. Se nota a todas luces el pasado más o menos musical del realizador (y posiblemente también el presente, pues no nos extrañaría nada que este insólito manchego siguiera, cual Woody Allen a la española, practicando su hobby entre rodaje y rodaje). De todos es conocida su pretérita pertenencia a una significativa banda rockera de la ‘movida’ madrileña, y no en vano sus dos primeros films con cierto renombre -Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón (1980) y Laberinto de pasiones (1982)- constituían más que nada una extensión a otro medio del mundillo que mejor conocía su autor por aquellos entonces.

Como dice (acertadamente, en nuestra opinión) el crítico Carlos Aguilar, Almodóvar “... no es lo que siempre se ha entendido por un director de cine, ni de lejos”. Más bien nos parece un dilettante de esta y otras formas de expresión ; esto no lo decimos, ni muchísimo menos, con afán peyorativo. Pensamos, por el contrario, que su personalidad se inserta a la perfección en la época concreta que le ha tocado en suerte vivir: el ‘postmodernismo’ con su mezcla de estilos y de géneros, la ‘era neobarroca’ de Omar Calabrese con su continua investigación estética sin orden ni concierto. Por eso no podrá jamás convertirse en un ‘clásico’ del Séptimo Arte, puesto que el clasicismo, por definición, repele a su forma de ser. De ahí, posiblemente, los intentos de Pedro Almodóvar de sorprender siempre al respetable. de ‘rizar el rizo’ en todo momento, que le hacen incurrir en más de una ocasión en el feísmo, en el kitsch y en lo populachero (o acaso recurrir a ello) y que a menudo dificultan la labor analítica del crítico frente a sus películas.

Limitándonos al tema musical, es evidente que si Almodóvar utiliza en sus primeros films una supuesta ‘música’ estridente y cacofónica (punk, o rock duro, o como quiera que se llame), no lo hace desde una óptica descriptiva o ambiental, como Fernando Colomo en ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? (1978), por ejemplo, sino que para él la banda sonora es testimonial: se trata de reflejar, con mejor o peor fortuna, lo que el autor siente verdaderamente, una estética que comparte y un estilo de vida con el que se identifica. El susodicho ‘postmodernismo’ se convierte, por tanto, para Almodóvar en una eficaz herramienta para épater les burgueois y, de alguna forma, reírse de una visión del mundo que él desprecia de todo corazón.

Es probablemente en la ambientación musical de sus películas donde Almodóvar acierta con más frecuencia. Podemos referirnos, en efecto, a indudables fallos técnicos o de lenguaje en el aspecto narrativo de gran parte de su filmografía (incluso también en Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¿Qué he hecho yo para merecer esto? o Atame, sus productos más cuidados hasta la fecha), y podemos hablar de una deficiente dirección de actores y actrices -especialmente en las primeras obras- ; pero lo que no se puede negar es que la música en estas películas es por regla general la adecuada para cada situación y que cumple a la perfección su función épatante dentro del conjunto de las mismas: ‘canción española’, pasodobles, boleros, rock, y hasta algún que otro ramalazo de música clásica.

Cuando Almodóvar utiliza música popular, boleros, etc., lo hace para referirse en una forma un tanto sardónica a los restos de un pasado más o menos reciente que aún perviven en el subconsciente colectivo de la sociedad española y que de alguna manera habría que erradicar si queremos que esto cambie. Eso, sin embargo, no obsta para que en esas referencias -como en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), cuando disecta la arrastrada vida de una ama de casa corriente, o cuando arremete despiadadamente Contra el mundillo del toreo en Matador (1986)- no muestre un cierto cariño y nostalgia hacia esas situaciones, a menudo trágicas. Almodóvar sigue siendo (pensemos lo que podamos pensar del valor cinematográfico intrínseco de sus películas) un cineasta español de pura cepa. Veamos en que se convierten las inefables y mundialmente famosos Mujeres ... en su versión yanqui, con Jane Fonda intentando parecerse a Carmen Mauro. Puede resultar incluso divertido.

_______________________________________

El parecido de Pedro Almodóvar con el genio neoyorquino sólo se refiere, por supuesto, exclusivamente a lo musical. Puestos a compararlo, salvando las distancias, con algún cineasta norteamericano de su generación, tal vez gente como John Waters o quizás Paul Bartel darían más la talla. [VOLVER]

Carlos Aguilar, 1990,.Guía del Video-Cine, Madrid, Cátedra [VOLVER]

[ATRAS]