| COSAS DE LA VIDA
TITULO ORIGINAL: Les choses de la vie
Resulta curioso que el que ha interpretado cinematográficamente a nuestro españolísimo Jorge Manrique haya sido Calude Sautet, es decir, un francés. Pero, bien mirado, esto no es tan extraño si tenemos en cuenta que el caso ya tiene precedentes ; en efecto, nos basta recordar, por ejemplo, a nuestra Novela, novela entre novelas, el «Quijote», llevada a los platós por un ruso, Grigori Konsintzev, y «Los 4 jinetes del Apocalipsis», trasladado al cine por el norteamericano Vincente Minelli. La muerte espera al protagonista del film en un cruce de carreteras. Adopta esta vez la forma de un camión y una furgoneta que se cruzan inesperadamente en su camino, provocando un aparatoso accidente. El coche siniestrado da varias vueltas de campana y acaba por estrellarse contra un árbol, mientras que su conductor es lanzado al exterior. Pero nuestro hombre no muere en seguida ; tiene tiempo aún para recordar, como en un sueño, las 'cosas de la vida'. Cosas de la vida, en efecto, lejanas y banales cosas de la vida es lo que le parecen desde su nueva perspectiva todos sus antaño agudos y complicados problemas. Porque, aunque nuestro hombre confía en escapar con vida, lo desea vehementemente para poder llevar a cabo sus buenos propósitos, ¿no siente acaso en su interior la omnipresencia de la muerte, "imposibilidad de toda posibilidad" en su pleno sentido kierkegaardiano? Los recuerdos se agolpan, se confunden en su mente moribunda. El estaba casado, pero se había separado de su esposa para irse a vivir con otra mujer. No obstante, había seguido viendo a su mujer periódicamente ; durante estas visitas se había dado cuenta de que aún la seguía queriendo en su subconsciente, así como a su hijo. Por ello retrasa lo más posible el viaje que tenía proyectado hacer en compañía de su amante, a la que no por eso deja de querer. Hay una escena violenta entre ambos, durante la cual la muchacha, que quiere a nuestro hombre con locura, se da cuenta de que lo está perdiendo por momentos. Atormentado por todos estos problemas, nuestro héroe decide cambiar de aires, estar solo algunos días. Arranca su automóvil y se va, pero por el camino se da cuenta de que en realidad quiere a la chica ; la necesita, y decide casarse con ella. La Llama por teléfono para que se reúna con él. Pocos minutos después interviene la muerte: al acercarse a un cruce a gran velocidad se le atraviesa un camión ; el coche cae en la cuneta, da varias vueltas de campana y acaba estrellándose contre un árbol, mientras su ocupante es catapultado al exterior. Multitud de curiosos se agolpan alrededor de los restos del coche ; viene una ambulancia. Desde la camilla, nuestro hombre distingue la cara del enfermero ; unas facciones que enseguida se intermiscuirán en sus sueños de manera insistente: ¿es esto un presagio? El hospital ; una camilla de ruedas. El herido se imagina con su esposa y su hijo a bordo de un balandro ; de pronto, cae al agua. Grita con todas sus fuerzas, desesperadamente, pidiendo socorro ; pero nadie viene, nadie le oye, nadie le presta ayuda, y el náufrago va hundiéndose poco a poco, sumiéndose silenciosamente en la nada que todo lo envuelve. La mujer del difunto es la primera en enterarse de la aciaga noticia. La amante, por el contrario, se entera de una manera casual: al dirigirse en su automóvil a encontrarse con su amor, pasa por el lugar del accidente. Desesperadamente se dirige al hospital, pero llega tarde: lo inevitable ya se ha consumado ; la muerte ha hecho acto de presencia y ha relegado todas sus esperanzas, todas sus alegrías, todas sus penas, todas sus ansias y temores a simples y secundarias 'cosas de la vida'. Claude Sautet nos ha ofrecido una magnífica versión del tema medieval de la muerte, vertido éste a los tiempos actuales. A primera vista, quizás resulte su visión un tanto fatalista, per, ¿cómo dejar de serlo ante algo que lo es tanto como la muerte? Esto no quiere decir, ni mucho menos, que este mundo sea un valle de lágrimas y que lo único real sea el hipotético 'más allá', pero podríamos decir, con Calderón:
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