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SOBRE ALGUNOS AUTORES NO TAN GRANDES (‘Diario de Avisos’,
21-X-1981)
Dice Harold Truscott en el prólogo a su edición de las Sonatas
para piano de J.N. HUMMEL (1778-1837)
–alumno de Mozart y Clementi
entre otros, amigo y condiscípulo de Beethoven y maestro a su vez de
Czerny,
etcétera- que las obras de este autor varían considerablemente
en cuanto a su nivel artístico. “Esta
variabilidad” –continúa-, “que
no sólo afecta a la comparación de una obra con otra, sino que a veces
puede presentarse dentro de un mismo movimiento, es uno de los puntos
flacos de Hummel, el mayor tal vez, que le convierten, a pesar de haber
alcanzado logros fuera de lo común,
en uno de los compositores más
flojos de su época tomando su obra como un todo”.
Y añade más adelante: “Podríamos decir con cierta razón que ... cuando Hummel era bueno, era muy, muy bueno, y cuando era malo era horrible”. Johann Nepomuk Hummel
Mi interés por Hummel surgió al leer un libro de Adolfo Salazar,
‘El romanticismo musical’, en el cual se dice que hay que contar con
autores como él, Field y Spohr cuando se trata de explicar el
advenimiento del romanticismo a partir del clasicismo vienés (Haydn,
Mozart y Beethoven). Todos ellos tuvieron bastante éxito como
compositores e intérpretes en el primer tercio del siglo XIX ; recuérdese,
por ejemplo, que no conoceríamos actualmente ni los Nocturnos
de Field ni las Sonatas para piano
de C.M. von Weber si no fuera por la edición póstuma que de esta obras
hizo el mismísimo Franz Liszt (alumnos de Czerny, que a su vez lo fue de
Hummel), y si consultamos la crítica musical de la época, veremos cómo,
por ejemplo, en el famoso ensayo de Eduard Hanslick ‘De lo bello en la
música’
(1854) se coloca a estos autores que hoy calificamos de mediocres al nivel
de los grandes maestros.
Volviendo al tema de Hummel, afirma Truscott que “en
las sonatas de piano se encuentra gran proporción de su lado muy, muy
bueno, y sólo un poco de su lado horrible. Muestran, no obstante,
sus virtudes y defectos lo suficiente para pintárnoslo como un compositor
instrumental en sus mejores momentos -¿y para
qué preocuparse
de los peores?-”. El gusto musical sigue unos derroteros en
ocasiones incomprensibles ; se deja llevar excesivamente de la moda de un
momento dado, más que de un análisis sopesado del verdadero mérito
musical, según me parece. Porque, por ejemplo, ¿qué sentido tiene el
fulgurante éxito actual de Telemann –músico mediocre en la mayor parte
de sus obras- si simultáneamente no se desentierra a compositores
contemporáneos suyos que al menos alcanzaron el mismo nivel que él (me
refiero a Hasse, Graupner, etcétera, y sobre todo a Gottlieb Muffat, cuya
obras para clave pueden compararse a veces con las de J.S. Bach)?
Hay infinidad de ejemplos de músicos injustamente relegados al
olvido, contrapuestos a mediocridades resucitadas a toda costa y pese a
quien pese. Véase, si no, la exagerada importancia que se la da a Vivaldi
y a Corelli dentro de la música italiana del XVIII, olvidando de paso a
nombres tan importantes o más que ellos como son Albinoni, Geminiani,
Alessandro Scarlatti, etcétera. Dentro del terreno del teclado se publica
y estudia la obra (bastante floja, a mi juicio) de Händel, y prácticamente
se desconoce a autores mucho más sólidos como el genial (¡sí, he dicho
genial!) Couperin y su gran
compatriota Rameau. ¿Qué se sabe, por último, de la pléyade de
compositores para tecla (Sammartini, Rutini, Paradies, Platti, etcétera)
que desarrollaron la sonata bipartita de Domenico Scarlatti y la llevaron al norte de
Europa para así dar lugar al nacimiento de la ‘forma sonata clásica’
a manos de los Bach y la escuela de Mannheim?
Perdone el lector mi apasionamiento tal vez excesivo y hasta
pedante, y volvamos con Hummel. Al leer el citado prólogo de Truscott me
sorprendió enterarme de que los autores que más influyeron en aquél
no fueron Mozart ni Haydn ni, por supuesto, Beethoven, sino que nuestro músico
se vio influido por dos compositores que en su momento tuvieron una gran
importancia por su desarrollo de la técnica pianística (llegaron a
influir, cómo no, en el mismísimo Beethoven): Clementi y Dussek. Ambos
son perfectamente desconocidos hoy a nivel de salas de concierto ; sólo
los han oído nombrar los estudiantes de piano, el primero por sus
estudios ‘Gradus ad Parnassum’, y el segundo por unas sonatas fáciles
que no son lo mejor de su obra, ni mucho menos. ¿Quién iba a sospechar
que estos dos autores constituyen la clave del romanticismo musical? En mi artículo anterior dije que la mejor forma de llegar a conocer y apreciar verdaderamente la música estribaba en interpretarla, dentro de las posibilidades de cada cual, y por supuesto no me refería a ningún autor en concreto. Estoy convencido de que la historia de la música no se compone únicamente de un par de genios en cada siglo y de una colección de calamidades destinadas al olvido que viven a su sombra. Creo que en todas las épocas hay bastante compositores salvables de la quema (muchos más de lo que se cree) y que sólo de esta forma puede explicarse la evolución del arte musical. Y en ese caso, ¿por qué limitarse a tocar a los autores consagrados por la fama, por muy buenos que sean? ¿No es más divertido y sugerente encontrar valores artísticos insospechados en autores que no figuran ni en el diccionario, en vez de seguir ciega y gregariamente los dictados de la moda? Seguiremos insistiendo sobre esto más adelante. |