|
LAS DIFERENCIAS IDEOLOGICAS EN EL SENO DEL CARLISMO Y
SU EVOLUCIÓN En
los sucesos políticos abordados con anterioridad ya se ha podido observar
que, efectivamente, el carlismo no es un movimiento homogéneo ni social
ni ideológicamente hablando, y que por ello dio lugar a diversas
tendencias y rupturas. Ahora abandonaremos los hechos para tratar,
diferenciar y dejar claras las diversas posturas del movimiento. Se puede
decir que todos sus seguidores, como ya se deja entrever con anterioridad,
tienen las mismas inclinaciones en torno a la religión, al patriotismo y
a la legitimidad de su pretendiente. Aquí lo que nos interesa, pues, son
las diferencias en relación a la organización del Estado que surgen
desde un principio. La cuestión foral, la autoridad del monarca y la unión
o separación de la Iglesia con el Estado serán los principales puntos de
divergencia. Simplificando, podemos establecer -como ya hemos comentado
anteriormente- dos posiciones claras dentro del carlismo: los moderados o
‘transaccionistas’ y los tradicionalistas o ‘apostólicos’. Las
diferencias entre ellos son claras y se observan ya desde la Primera
Guerra, como lo demuestran los acontecimientos relatados más arriba, que
supusieron la separación tras el Convenio de Vergara de estos dos
sectores. Vayamos,
entonces, a la ideología, que es lo que debemos analizar aquí. Los moderados
o transaccionistas son los herederos del pensamiento ilustrado que
apoyaron a ‘Carlos V’ contra el liberalismo isabelino. Al contrario
que los ilustrados que desembocan en el liberalismo, reaccionan contra los
cambios que supone la Revolución Francesa y están muy cerca de otros
sectores, reformistas pero no revolucionarios, que apoyan a la rama
isabelina. Pretenden separar la esfera religiosa de la política y quieren
continuar con las iniciativas ilustradas de Carlos III, otorgándole al
monarca una autoridad indiscutible ; por ello al final de la Primera
Guerra se unirán a la derecha moderada de Isabel II, que era más afín a
sus ideas que los carlistas propiamente dichos. Estos, los apostólicos
o tradicionalistas, formarán el núcleo fundamental de la ideología
carlista y nunca abandonarán el movimiento a lo largo del siglo XIX. Serán
los continuadores de aquellos pensadores que durante el XVIIl combatieron
a la ilustración y que abogaron por la tradición frente al creciente
aumento de la autoridad monárquica propiciado por los Borbones. A pesar
de las inevitables diferencias internas entre ellos, en general defenderán
la unión entre Altar y Trono, ya que en su opinión la política
debía estar inspirada por los principios religiosos, un rey absoluto,
pero no despótico, es decir, supeditado a las leyes fundamentales de la
monarquía, que trataremos más adelante y que no podrían ser cambiadas
sin el consentimiento del pueblo. En
lo foral también habrá importantes diferencias entre unos y otros,
aunque serán más tardías, y en cierta medida perdurarán durante el
siglo XIX hasta que ‘Carlos VII’ haga extensivos los fueros a todas
las regiones hispanas en la Tercera Guerra, cuando el sector neocatólico
abandonó el carlismo, como hemos dicho. El tema de discusión se centrará
en ampliar o no los fueros a otras regiones históricas donde ya habían
sido abolidos, ya que los fueros vasconavarros serían aceptados por
todos los componentes del carlismo. Por un lado, los ‘carlistas
ilustrados’ son partidarios del proceso de centralización llevado a
cabo en reinados anteriores, si bien se muestran respetuosos con los
fueros de Navarra y las Provincias Vascongadas, que eran los que existían
en ese momento, como ya se ha indicado. Como buenos continuadores de la
ilustración querían mantener los Decretos de Nueva Planta de Felipe V y
en virtud de ellos no extender el sistema foral a los antiguos reinos de
la Corona de Aragón (Cataluña, Aragón y Valencia). Así, Cruz Mayor
estuvo en contra de la ampliación foral, y Erro manifestó un término
medio al omitir el tema foral aragonés y catalán. El
pretendiente don Carlos, por su parte, reconocerá los usos. y costumbres
vasconavarros desde los inicios de la guerra de 1833-39, pero no se sabe
si por principios ideológicos o por meros motivos pragmáticos, al tener
en cuenta el fuerte apoyo que suponían el País Vasco y Navarra si el
monarca respaldaba sus fueros ; en tal caso sería visto por aquellos
pueblos como un rey paternalista, bondadoso y severo, de raigambre
claramente medieval y que, además, respetaría la autonomía de su
tierra. Resulta significativo a este respecto que antes del conflicto el
rey sólo se refiriera a la cuestión religiosa y a la sucesoria, puesto
que hasta Marzo de 1834 no se posicionó
claramente hacia este asunto, diciendo en una carta a Zumalacárregui:
“Vosotros [los mandos
militares y las autoridades vascas] sabéis
lo que conviene a esas provincias en el orden civil y administrativo.
Sentado sobre mi solio he de conservar sus fueros”. Parece, por
tanto, como afirma Evarist Olcina, que la presión popular influyó
decisivamente en ‘Carlos V’ a la hora de manifestar su visto bueno
acerca de los fueros del Norte. En
este sentido, no habrá importantes divergencias en el primer período del
carlismo con respecto a los fueros, pero esa defensa inicial de los ya
existentes pondrá las bases para un posterior desarrollo de la idea
descentralizadora y autonomista en el carlismo. Había, en efecto, una
conciencia foral fuerte en las comunidades que mayor continuidad habían
tenido en sus libertades regionales, tanto en las que lo mantenían
vigente como en las que las vieron abolidas con la llegada de los Borbones.
En este sentido, serán los ideólogos de estas zonas periféricas los que
reclamen la restauración de sus antiguos fueros, en especial los ideólogos
carlistas catalanes, que en el marco del desarrollo doctrinario propulsado
por las publicaciones carlistas en el lustro de
posguerra (1840-45) se mostrarán partidarios de una ampliación foral
a los demás reinos hispanos. Entre ellos Vicente Pou, quien abogaba por
una renovación de las instituciones políticas nacionales antiguas, que
habían declinado paulatinamente a lo largo de mucho tiempo, como las
Cortes de los antiguos reinos, que habían sido víctima de los Decretos
de Nueva Planta ; Pou no duda en defender un foralismo
que abarque a todas las regiones españolas: “Las leyes antiguas del Reino, las formas de su gobierno, los usos y
veneradas costumbres de los pueblos, los fiieros y derechos de las
provincias acomodados a las circunstancias de la localidad, de carácter,
de relaciones de intereses y necesidades, todo desaparece para sustituir
la que plazca importar del extranjero ... Rompiendo
los antiguos vínculos que unían las diferentes provincias de un modo el
más suave y fuerte, trabajan por sustituirles la centralización que su
limitado talento admira a la otra parte de los Pirineos”. Jaime Balmes
La
verdadera concreción doctrinal del foralismo llegaría con los documentos
de Da María Teresa de Braganza, que sucedería al
destituido Don Juan, como sabemos. Una carta de la princesa de Beira,
redactada conjuntamente por Pedro de la Hoz y José Caixal (ambos ‘apostólicos’
o integristas), muestra un claro retorno al ámbito ideológico del
Antiguo Régimen frente al acercamiento al moderantismo de los anteriores
dirigentes del partido. El escrito nos ofrece un excesivo confesionalismo
religioso y una fijación definitiva de las doctrinas del partido en la
motivación foral. El Rey tendría, según el mismo, el deber inexcusable
de someterse a esas libertades de los pueblos
peninsulares: “La fiel
observancia de las veneradas costumbres, fueros, usos y privilegios de los
diferentes pueblos de la monarquía fueron siempre objeto de altos
compromisos reales y nacionales ... Porque
el monarca en España no tiene derecho a mandar sino según religión, ley
y fuero”. Tras este predominio integrista o apostólico volverá a
aparecer el sector del moderantismo por la coyuntura de 1868 (La Gloriosa
Revolución). Con la llegada de ‘Carlos VII’, el partido se verá
reforzado en número y apoyos por la incorporación de neocatólicos y
moderados de indudable adscripción isabelina e ideología conservadora,
que se verán defraudados por el proceso revolucionario y acudirán a
unirse al carlismo por conveniencia política, como ya hicieran, según
hemos visto, algunos ilustrados reformistas y antirrevolucionarios en el
33. A
partir de este momento serán los neocatólicos los que lleven las
directrices programáticas y doctrinales del partido, sobre todo en sus
posturas y propagandas oficiales. Defenderán, a diferencia de los
liberales isabelinos y como buenos tradicionalistas europeos a la
francesa, una monarquía paternalista y una unión indisoluble entre el
Altar y el Trono, como venían haciendo los ‘apostólicos’ en el
carlismo anterior, pero se volverá a descuidar la cuestión foral, lo que
chocará con las ideas de los sectores más integristas del partido.
Debido a las presiones populares de estas ficciones del integrismo
regionalista, sobre todo las catalanas, en la última Guerra Carlista, en
1872, ‘Carlos VII’ redactará un Manifiesto en el que se
‘devuelven’ los fueros a Valencia, Aragón y Cataluña, además de
reconfirmar los vasconavarros en el árbol de Guernica. No obstante,
‘Carlos VII’ impulsará un importante retroceso doctrinal hacia el
moderatismo en 1874 con el Manifiesto de Montemolin: aceptaba bienes
comunales vendidos, tanto los de la Iglesia como los municipales ; no hacía
alusión al respeto y mantenimiento de los fueros, aunque luego haría una
rectificación foral para el País Vasco y Navarra tras su definitiva
abolición por los liberales en 1876, y se declara ardiente enemigo de la
revolución. Evidentemente, el cambio tan radical que suponía el primer
punto, así como el descuido de los fueros, supondrán la perdida de
confianza de las bases apostólicas y foralistas hacia el pretendiente.
Por ello, en 1888 se producirá una escisión en el carlismo que ya se veía
venir. Los integristas se separarán del monarca y sus seguidores y lo
calificarán de “reo de modernismo
y de política cesarista”. A partir de aquí muchos de los apoyos a
los futuros e incipientes nacionalismos vendrían motivados por esa pérdida
de confianza hacia el partido carlista por parte de muchos sectores del
pueblo, como explicaremos en el apartado sobre carlismo y nacionalismos. A
modo de conclusión podemos decir que se observan dos posturas definidas
en el seno del carlismo: una que se acerca al moderantismo, al que
eventualmente acudirá abandonando el movimiento según sus intereses y
que será adoptada en varias ocasiones por los pretendientes al trono, y
la otra, que a nuestro juicio constituye la verdadera esencia del
carlismo, que era la ‘apostólica’ o integrista, que desarrolló todos
los postulados de la monarquía tradicional relacionados con paternalismo,
unión entre altar y trono, cortes consejeras de los antiguos reinos,
leyes fundamentales y fueros para controlar el posible despotismo del rey.
No obstante, y a causa de todas las divisiones internas explicadas en este
apartado, el carlismo no pudo conseguir una homogeneidad ideológica,
hecho que imposibilitó la existencia de una doctrina clara en el
movimiento y de un programa político definido para alcanzar el poder. __________________________________________ Entre ellos destacan Lassala, Alzaa, Iturriaga, Elio, Gómez, Zaratiegui, Urbizondo o Latorre. [VOLVER] Son significativos en este primer período Fray Magín Ferrer, Vicente Pou, Ruiz de Luzuriaga, Casares, Lamas Pares, etc. [VOLVER] OLCINA,
op. cit., pg. 160 Los pensadores más importantes de este período fueron Vicente Pou, Magín Ferrer, Mariano Roquer, Pedro de la Hoz, Atilano Melguizo y Félix Lázaro, todos ellos sacerdotes a excepción de la Hoz, que fue director de ‘La Esperanza’, el periódico oficial del carlismo durante el reinado de Isabel II. [VOLVER] BULLON, op. cit., pg. 621 [VOLVER] Jaime Balmes (1810-1848): En relación con este trabajo resulta especialmente interesante su filosofía política, que procuró aplicar a situaciones concretas de la España de su tiempo, así como su trabajo apologético en favor del catolicismo como elemento civilizador de Occidente ; en este último aspecto compara el protestantismo con el catolicismo y crítica las opiniones de Guizot [vid. supra], expresando ideas tanto conservadoras como moderadas en relación con el tema de la tolerancia [FERRATER MORA, op. cit., 1, pg. 286]. A partir de 1844 dirigió la revista política El pensamiento de la nación, en la que desarrolló todo su ideario: monarquía con verdadero poder político, reunir a todos los españoles, liberales y carlistas, en un programa que colocara los intereses nacionales por encima de los de partido y que representara verdaderamente los intereses de los españoles y restablecer las relaciones con la Santa Sede después de reparar, en lo posible, las consecuencias de las leyes de desamortización. De todas las campañas que dirigió desde la revista, la mas famosa fue la de intentar que se celebrase un matrimonio real entre Isabel II y el conde de Montemolín, el plan más ambicioso de su carrera política, y también su mayor fracaso [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., 2, pg. 976] [VOLVER] OLCINA, op. cit., pg. 171 [VOLVER] |