|
CARLISMO
Y RELIGION
Debemos recordar, antes de comenzar el análisis de los efectos de
la religión sobre el carlismo, que la sociedad del siglo XIX español,
sobre todo en su primera mitad, era mayoritariamente rural y artesana, con
fuertes creencias religiosas tradicionales, y no podía hacerse liberal de
la noche a la mañana. De esa base social saldría la mentalidad del
carlismo y los combatientes religiosos que apoyaron el movimiento desde el
principio. Dicha ideología religiosa sería común desde los
pretendientes hasta el último de sus seguidores. Todos ellos le imprimirían
un fuerte carácter religioso a las luchas de las diferentes guerras. En
ellas habría constantes invocaciones por parte de las Juntas al
catolicismo y a Dios. Los voluntarios carlistas, además, solían llevar
junto a las armas estampas de Vírgenes y Santo Cristo, y en ocasiones el
conflicto era presentado como una batalla del bien contra el mal: los
buenos irían a la vida eterna, y los malos al fuego eterno. Se veía a
los liberales como los representantes del mal y de la irreligión.
Evidentemente, esto suponía un cierto espíritu de cruzada, que se
acentuaba cuando los progresistas tomaban medidas contra la Iglesia y
mataban frailes.
Se establecía una identidad entre soldados carlistas y héroes
cristianos y se suplicaba abiertamente la ayuda y la protección del
cielo. De hecho, la guerra estuvo llena de ritos destinados a remarcar
el carácter religioso del ejército de don Carlos. Para recibir ese
auxilio divino, los combatientes debían estar a la altura moral que cabía
suponer en un defensor del catolicismo ; tanto eclesiásticos como
generales lo exigían. Recordemos esas partidas dirigidas por curas con un
alto fanatismo religioso a que nos hemos referido en apartados anteriores
en relación con los acontecimientos político-militares de este período.
¿Qué pasaba? ¿que los isabelinos perseguían el catolicismo como decían
los carlistas? Pues no. Los del otro bando también eran religiosos debido
a ese contexto social de la época, en la que prácticamente toda la
sociedad era creyente ; sólo que entendían el catolicismo de otra
manera: el liberalismo tenía una concepción del hecho religioso muy
diferente a la del carlismo y pretendía, consecuentemente, realizar una
serie de innovaciones en la Iglesia, chocando de lleno por esa razón con
los tradicionalistas. La desamortización de tierras e institutos
religiosos, además de la pérdida de la autonomía e independencia jerárquica
de los eclesiásticos, tendrían un claro oponente en los carlistas.
Estos, como se ha visto, no daban cabida a la menor innovación y
acudían al testimonio del Evangelio, de los padres de la Iglesia, de los
concilios y de los pontífices para legitimar sus posturas de conservación
de lo preexistente. Los ministros y bienes de la religión estaban para la
salvación de las almas en el más allá, y con ellos se obtendría el
apoyo de Dios en la Tierra. La culpa de los males de España se la echaban
a esa tendencia secularizadora procedente de la ilustración y a la
influencia de las malas doctrinas. La sociedad, a su juicio, debía
apegarse a los dogmas y exigencias religiosas existentes, al contrario que
las ideas de los reformistas liberales. En ese sentido, las relaciones con
la Iglesia serían peculiares. La propaganda liberal vincularía a los clérigos
con el carlismo, aunque, como sabemos, tal correlación no siempre se
cumplió. Desde un principio, al comienzo del conflicto de 1833, el clero
mostraría, al igual que los otros sectores sociales, posturas
divergentes. Algunos eclesiásticos se manifestarían isabelinos, y otros,
en cambio, se inclinarían hacia el bando contrario. No obstante, la mayoría
adoptarían cierta neutralidad ante el conflicto dinástico, como pasaba
con la nobleza, sobre todo en las altas jerarquías: sólo cuatro obispos
apoyaron abiertamente al carlismo ; la mayoría siguieron la actitud del
papado, que a pesar de tener don Carlos importantes partidarios en Roma,
de las desamortizaciones y de algunas sanciones, apresamientos y crímenes
contra eclesiásticos, mantendría una opinión neutral sobre la sucesión
al trono español.
A pesar de ello, la Iglesia tendría constantes roces y tensiones
con el Estado liberal español. María Cristina abogó desde un principio
por la defensa del catolicismo, pero los sectores más progresistas que la
defendían provocaban constantemente al Papado y a los obispos con sus políticas
gubernamentales. Pero aún así la neutralidad sería la tónica general
de la Iglesia. La mayoría de los religiosos del bajo clero, por otra
parte, obedecerían, en principio, a sus superiores, manteniendo esa línea
de neutralidad, aunque su corazón estuviese más cercano a los carlistas
que a los liberales. Las minorías más politizadas rompieron en un
sentido u otro. Para el clero secular las innovaciones liberales suponían
una reforma, mientras que significaban la extinción del regular con la
desamortización de los conventos y monasterios. Así se explica que un
importante sector de éste último adoptara actitudes distintas a las de
la generalidad y huyese a las provincias del
Norte a respaldar al carlismo. Al igual que en el conflicto del 33,
con un intermedio de acercamiento eclesiástico hacia el Estado liberal
en la década moderada, en la guerra del 72 la Iglesia mantendrá esa neutralidad,
lo que implicaba no respaldar al Nuevo Régimen en España, pero igual que
antes, tampoco manifestarse a favor del carlismo, a pesar de las
influencias que este partido seguía manteniendo en Roma durante esas
fechas. Con la llegada de la Restauración borbónica, la Santa Sede se
apegaría definitivamente a la monarquía alfonsina, echando por tierra en
1875 una de las esperanzas más firmes de los carlistas, el respaldo
oficial de la Iglesia. Si la posición del Papado durante el tercer
enfrentamiento (el ‘segundo’ según otros autores) fue la misma, tanto
los obispos como el bajo clero secular ofrecerán
menos apoyos al carlismo en esta ocasión, a excepción del ya
mencionado cura Santa Cruz y algún otro ‘trabucaire’.
Pero esto será únicamente a nivel general, porque en el mundo
vasco-navarro y catalán permanecerá el soporte del sacerdocio al
movimiento. __________________________________________ Además
de poseer frailes como partidarios, también hubo curas, y muy famosos por
cierto: Merino, de Castilla, que ya había luchado contra las tropas
napoleónicas, el de Vicamp en Aragón y los de Alló y Lodosa en Navarra Sólo
un obispo, José Caixal y Estadé, con gran celo personal y una estampa de
batallador y cruzado, militaría, como ya hemos mencionado, en las filas
del carlismo en esos tiempos. Tal vez se debiese a que se habían reducido las zonas de conflicto, pero lo cierto es que a partir de entonces, tanto las altas jerarquías como el clero secular se olvidarían, en términos generales, de la lucha carlista. [VOLVER] TRABUCAIRE: Voz catalana ; francotirador armado con trabuco. El término se empleó por primera vez en Cataluña para designar a los irregulares que participaron en la guerra contra la República francesa (1793-1795) y a los guerrilleros de la Guerra de la Independencia (1808-1814). Posteriormente se aplicó a los insurgentes realistas durante el Trienio Constitucional (1820-1823), a los agraviados y a los guerrilleros carlistas (1833-1840). En general, durante esta época, se empleó para referirse de modo preferente a los bandoleros, que proliferaron de 1840 en adelante y que en ocasiones se confundieron con los matiners (1846-1849) y los grupos de insurgentes republicanos de 1848. Aparte de a los posteriores bandidos de extracción campesina, también se dio este nombre a los grupos armados de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., 19, pg. 9.795] [VOLVER] |