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CARLISMO Y NACIONALISMO(S) “¿Quién puede negarlo, sobre todo en España, donde esas regiones forman una verdadera personalidad histórica? ¿Quién puede negarlo aquí, donde la unidad nacional es posterior a las entidades regionales y que, en cierto modo, se ha establecido por pacto implícito, formando eso que yo llamaba, con asombro de algunos, monarquía federal? Porque aquí, la nación, mejor diré, el Estado central, ha sido la resultante de la unión de varias regiones que antes eran independientes, pero que al unirse no han podido perder aquellas prerrogativas y facultades esenciales a toda entidad jurídica, sobre todo si es de un orden tan superior como lo son las regiones"” Este
texto, escrito en 1890 por un político carlista, Vázquez de Mella, fue
utilizado para defender en el Congreso la personalidad jurídica de la
región catalana. El ideólogo catalán mostraba en sus exposiciones todo
el bagaje de la formulación ‘regionalista’ del carlismo: sistema
federal, pactismo, antecedente histórico ... La defensa de las
especificidades jurídicas y fiscales, como vemos aquí, no serían
exclusivo de los regionalismos o incipientes nacionalismos políticos. El
carlismo, aunque a su manera, como ya venía haciendo con la defensa de
los fueros tradicionales de la monarquía hispana, también abogaría por
un autonomismo regional parecido al de los nuevos movimiento
territoriales, aunque eso sí, mantendría una dura pugna política con
ellos para conservar a las masas que hasta entonces le habían apoyado.
Observamos, por tanto, evidentes relaciones ideológicas en estos aspectos
con los nuevos nacionalismos catalán y vasco de derecha que, como demostraremos a
continuación, se alimentarán paulatinamente de las antiguas bases del
integrismo carlista, aprovechándose de la coyuntura del partido a finales
del siglo XIX: la derrota de la Tercera Guerra y la ruptura interna de
1888. En este sentido, esa vinculación dogmática con las recientes
fuerzas nacionalistas constituirá una curiosa paradoja del pensamiento
carlista. Por un lado eran los máximos partícipes del nacionalismo
español, como veremos a continuación, y por otro, crearon
inconscientemente las bases de los nacionalismos periféricos en la época
del tercer conflicto bélico contra los liberales.
Los seguidores de ‘Carlos VIII’, igual que los de los
anteriores pretendientes, se definían como los únicos, buenos y
verdaderos españoles. Según ‘El Cuartel Real’, periódico oficial
del carlismo, este partido era el auténtico nacional y los liberales no
podían merecer el título de españoles. Los orígenes extranjeros del
liberalismo eran subrayados sin tregua por los carlistas y lo consideraban
como una introducción de filósofos afrancesados, impíos y herejes.
Eran, pues, “... tenebrosas
consignas venidas de fuera para falsear y degradar el carácter nacional”,
como señalaba Bienvenido Comín, inspirándose
en manifestaciones de pensadores que le precedieron. Asimismo, Cándido
Nocedal veía la necesidad de “... reparar
la ofensa liberal y devolver España a los españoles. El carlismo es la
garantía de la independencia nacional, sus partidarios son los hermanos
de los que combatieron a Napoleón”. En ese sentido, el jesuita Vizcaíno
Goirinea afirmaba que el combate carlista no era una guerra civil,
“... sino una guerra a ultranza
contra el extranjero y contra quienes le defienden”.
Todos ellos añoraban aquella nación que fue respetada y admirada
por el mundo en su época imperial, y que argumentaban existió gracias a
los fundamentos de su nacionalismo: la religión católica y la tradición
hispana. Algunos, los más radicales, como Dorronsoro entre otros,
protagonizaron una lucha encarnizada contra el abandono de Cuba,
imaginaron la reconquista de Gibraltar y una marcha triunfal sobre África,
así como una reincorporación de Portugal. Las causas de la crisis del 98
y de la pérdida definitiva del Imperio las atribuirían los carlistas a
los tiempos liberales en España. Por otro lado, el papel del carlismo,
según algunos ideólogos como Monterola, no debía limitarse a nuestro país,
sino extenderse a Europa y al mundo entero. Concernía en particular a
toda la familia latina: unión de los pueblos latinos. ‘Carlos VII’
era partidario de que la raza latina fuese de nuevo la dueña del mundo.
Con respecto a este carácter internacional, debemos recordar las notables
influencias de los textos extranjeros sobre el carlismo. A pesar de las críticas
de todos los males que venían de fuera, los carlistas se nutrieron de los
tradicionalistas europeos, especialmente de los franceses: Veuillot, Gaume
o Segur.
A pesar de ese marco ideológico del discurso nacionalista español
a ultranza, el carlismo, como hemos dicho, crearía las bases para las
ideas de los incipientes nacionalismos de finales del siglo XIX, y muy
especialmente el vasco. En primer lugar, la doctrina tradicionalista venía
defendiendo las ideas descentralizadoras en el foralismo, que como sabemos
eran profundamente sentidas y vividas por el pueblo vasco. La abolición
foral tras el tercer conflicto, sería, pues, motivo de aborrecimiento
hacia el centralismo liberal. En segundo orden, el País Vasco se
constituyó como uno de los últimos refugios del carlismo en esa etapa,
ya que en los años 70 no les quedaba ninguna posibilidad de poder en
Madrid, y tuvieron que mantenerlo a duras penas en las tierras del Norte.
Para conseguir sus fines irían creando una idea de exaltación del pueblo
vasco, que les apoyaba fielmente, identificándolo en un plano ideal con
la causa carlista ‘per se’. En ese sentido se fomentaría un
resentimiento para con los poderes de Madrid, acusándoseles de querer
destruir los más profundos cimientos del pueblo vasco en la guerra. Esta,
a su vez, propició traumas y odios contra los liberales de otras zonas de
España, los guiris, que quedarían
en la memoria colectiva de la población. Resentimientos que servirían de
maravilla de cara a la confección del buen futuro arsenal ideológico que
utilizaría, entre otros, Sabino Arana, padre del nacionalismo vasco e
hijo de carlista, por cierto.
En Cataluña sucedería algo parecido, ya que tanto catalanistas
como carlistas, como vimos en la cita de Vázquez de Mella, serían
igualmente afines en lo referente al regionalismo foralista. Y por ese
sentimiento común de autonomismo, al igual que en el País Vasco, un buen
número de militantes del carlismo fueron arrastrados, de forma lenta pero
inexorable, hacia quienes estaban en situación
de ser escuchados. Los catalanistas aportarían que para defender la
fe cristiana, la tierra, la familia y hasta la industria y el comercio, o
que para luchar contra el liberalismo centralista de Madrid no
era necesaria la fidelidad al rey. Carlismo y nacionalismo de derechas
entrarían entonces en una dura pugna política por ganar fieles. A pesar
de los intentos de la Lliga de Cambó (hijo de carlista como Sabino
Arana), ya entrado el siglo XX, de unificar fuerzas anticentralistas
catalanas en la Solidaritat, que fracasó por la disparidad
de creencias de los partidos que la formaban, la disputa por ganar
afiliados continuaría la ya iniciada decadencia del carlismo catalán,
a causa del transfuguismo y de las divisiones internas. Muchos clérigos,
políticos, periodistas y campesinos carlistas se pasarían al nuevo
catalanismo de derechas. En Valencia, mientras tanto, también se intentó
hacer una Solidaritat, abanderada por carlistas y republicanos, para
reclamar las fueros peculiares de ese antiguo reino, pero la misma fue
abortada por un seguidor del Gobierno Central en esas tierras, Blasco Ibáñez,
quien levantó a sus masas enfrentándolas a esa posibilidad ; se produjo
un enfrentamiento armado entre carlistas y blasquistas antes de la
celebración de un mitin favorable a la Solidaritat valenciana. El
carlismo, defensor de las antiguas instituciones y de la tradición foral,
contribuiría, por tanto, a crear los antecedentes de las ideas
autonomistas de los nacionalismos incipientes, que adquirirán un gran
desarrollo a lo largo del siglo XX, llegando hasta la actualidad, con la
instauración del Estado de las Autonomías. _____________________________________ BULLON, op. cit., pg. 104 [VOLVER] ibid. ibid., pg. 103 Recordemos la crisis del carlismo tras la última guerra por su falta de credibilidad y las escisiones internas. [VOLVER] La lucha carlista catalana se había basado en las convicciones religiosas, y por aquello que unía al hombre con su pasado, la tierra que cobijaba sus muertos, todo aquello que el jacobinismo liberal quería relativizar o destruir. [VOLVER] Nacionalistas republicanos, federales, republicanos unionistas, Unión Catalanista y carlistas [VOLVER] |