LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (1833-1840)

 

 

En los meses anteriores a la muerte de Fernando VII se iniciaron, como hemos visto, las primeras sublevaciones en favor de D. Carlos, siendo la sublevación J.B. Campos y España, en Diciembre de 1832, la primera. A ésta le siguieron sublevaciones de voluntarios realistas en Madnd, Alicante, Santiago, Toledo, Cataluña y Leon -en esta última estuvo implicado el obispo R. Abarca, que tuvo que exiliarse a Portugal y fue el primer Mi­nistro Universal de ‘Carlos V’. Ante esta situación, el Gobierno de Zea Bermúdez creó en Enero de 1833 la Comisión Regia de Causas de Estado, que tuvo como principal logro la promulgación de la Ley de Delitos de Estado. A los dos días de la muerte de Fernando VI D. Carlos publicó el Manifiesto de Abrantes para hacer valer sus derechos dinásticos. En este escrito no se invocan razones ideológicas, salvo alusiones sobre la función del rey legítimo en relación con Dios, a lo que el Gobierno respondió el día 4 de Octubre con un Manifiesto que planteaba no aceptar ‘innovaciones peligrosas’ y mantener a la religión, aunque afirmaba -eso sí- la necesidad de realizar reformas administrativas de corte ilustrado. Este Manifiesto no pudo frenar, no obstante, la guerra civil, a pesar de su clara intención de atraerse a la derecha rea­lista. La guerra siguió diferentes ritmos en función de los frentes donde se desarrollaba -País Vasco, Navarra, Cataluña, Bajo Aragón o Norte de Valencia-, por lo que utilizaremos el modelo de Julio Aróstegui para analizar el desarrollo en la Zona Norte, refiriéndonos circunstancialmente a los principales acontecimientos de las demás zonas:

 

1)      EL ALZAMIENTO:

         Esta primera fase del conflicto se caracterizó por la dispersión de las parti­das alzadas, su desorganización y falta de sincronía -posiblemente por la desarticulación inherente a la Junta Carlista de Madrid, que era la encargada de coordinar a las Juntas Locales- y la rápida reacción del Gobierno, que desarticuló sin demasiada dificultad a los principales grupos conspiradores. Esta primera fase constituyó un auténtico fracaso para el bando carlis­ta, ya que todas las insurrecciones que se produjeron fueron rápidamente li­quidadas por las autoridades afectas a la Regente, salvo en Navarra, donde ya estaba formada la correspondiente Junta de Gobierno desde el 5 de No­viembre.

         Una muestra de la intensidad de los levantamientos estaría compuesta por los que enumeramos a continuación:

Voluntarios realistas en Talavera de la Reina (3-X-1833)

La Rioja (B. García)

Castilla (varios alzamientos, dirigidos por J. Merino e 1. Alonso)

Bilbao (F. Zavala y el coronel Novia de Salcedo ; sofocada el 25-XI)

Vitoria (Verástegui; sofocada el 21-XI)

Oñate (12-14 X)

Morella (Barón de Hervés ; ahogada, en sangre)

Andalucía (intento de la Duquesa de Benamejí de levantar a 10.000 hombres, y fracaso de las intentonas del brigadier Malavila y del coronel Matías de Castro)

etc.

Tras estas intentonas sólo quedaban unas partidas y grupos de bandoleros dispersos que tardarían meses en constituirse en ejércitos, bajo el mando de Zumalacárregui, quien se haría cargo de la Zona Norte el 14 de Noviembre de ese mismo año.

 Zumalacárregui

2)   EPOCA DE ZUMALACARREGUI (Diciembre de 1833 - Junio de 1835):

         El mando del coronel T. de Zumalacárregui fue reconocido por D. Carlos en Mar­zo de 1834. En el transcurso del primer semestre de dicho año aquél reorganizó las partidas del Norte convirtiéndolas en un ejército que tenía como base estratégica el Valle de las Amézcoas. A partir de este momento se inicia el hostigamiento a las tropas isabelinas, provocando la sucesión de generales en el bando cristino y la derrota del ejército de Valdés en las Amezcoas (Abril de 1835 ; 2.000 bajas) ; a partir de este momento los carlistas pasan a la ofensiva.

                                                                                     

         En Julio de 1834 D. Carlos llegó a España y, en consecuencia, Zumalacárregui perdió parte de su poder a favor de la camarilla del pretendiente. Zumalacárregui pretendía ocupar la llanada alavesa y avanzar seguida­mente hacia Castilla, para acabar la guerra pronto ; pero el ‘rey’ y sus compinches optaron por hacerle sitiar Bilbao -la “tumba del carlismo”, según Unamuno. Zumalacárregui murió el 24 de Junio de 1835, y los carlis­tas se vieron obligados a levantar el sitio de la ciudad el 1 de Julio de ese mismo año ante la operación de socorro dirigida por Espartero.

B. Espartero

         D. Carlos juró los fueros de Vizcaya y Guipuzcoa (1834-35), y la guerra se fue extendiendo progresivamente a la Sierra del Maestrazgo.

Escaramuza frente a Villar 

3)      ETAPA DE LAS EXPEDICIONES (1835-1837):

         En estos dos años se mantiene un equilibrio de fuerzas y se empiezan a vislumbrar posibles salidas pactadas a la guerra. Los acontecimientos principales de este período son la derrota carlista en Mendigorría (Octubre de 1835), que provoca la sustitución en el mando del general González Moreno por Eguía, quien, tras conseguir algunos éxitos locales, se estrella contra Bilbao -nuevo sitio que duró desde el 25 de Octubre de 1836 hasta la victoria de Espartero en Luchana el 24 de Diciembre de 1836. Pero lo más importante de estos años en el plano político-militar es la opción sustentada por los cortesanos carlistas, contra la opinión de los militares, por iniciar un tipo de guerra, las ‘expediciones’, que tenía como principal objetivo ayudar a los territorios de presunta opinión adicta y liberar al País Vasco-Navarro de la esquilmación.

         La primera ‘expedición’ fue la Guergué, que logró establecer contacto con las partidas carlistas del Pirineo catalán, pero no pudo crear un frente en la 4 zona. La segunda fue la ‘expedición’ del general Gómez, que salió de Orduña el 26 de Junio de 1836 y recorrió casi toda la Península huyendo de los 4 ejércitos isabelinos, pero no consiguió alzan nuevas zonas Tras este fracaso se planeó la expedición real, que según Vicente Palacio estaba motivada por las siguientes razones:

-         Necesidad de sostener el decaimiento moral de los combatientes

-         Obtener, quizás, apoyo efectivo de Austria y Prusia

-         Alcanzar un pacto con la Regente.

         La segunda ‘expedición’ salió de Estella el 15 de Mayo de 1837 y llegó hasta las afueras de Madrid, aunque no está claro si hubo contactos con la Regente ; sí se sabe, en cambio, que los carlistas no atacaron Madrid y que la presión de Espartero los hizo retirarse sin ofrecer combate, regresando a Navarra en Octubre.

 Rafael Maroto

4)      LOS AÑOS FINALES (1837-1840):

         Según Aróstegui, el resultado de la ‘expedición real’ convenció a liberales y a carlistas de que no existía una solución militar a corto plazo ; además, el carlismo había perdido gran parte de su credibilidad internacional.

         Desde Octubre de 1837 el Gobierno carlista estaba en manos de los ‘ultras’ (también llamados apostólicos), y el ejército estaba a la órdenes de Guergué. Los ‘apostólicos’ sospechaban que la expedición real había sido organizada por los ‘transaccionistas’, pero lo único que está claro es que en aquellos momentos se estaba confirmando la progresiva escisión en el seno de los cuadros dominantes del carlismo, lo que se veía venir ya desde la muerte de Zumalacárregui. Los militares tenían una concepción más moderada del absolutismo, mientras que la Corte -que controlaba el aparato ideológico y administrativo- era más integrista. Los sectores más propensos a pactar la paz empezaron a tomar poder tras la llegada desde Francia de R. Maroto en Junio de 1838 para asumir el mando militar, y los ‘apostólicos’ conspiraron contra él. Maroto desencadenó, en Febrero de 1839, un ‘golpe de Estado’ y comenzó los contactos con Espartero, siendo los elementos centrales de las discusiones los fueros y las compensaciones a los combatientes ; este acercamiento se realizó en dos fases:

-         Febrero-Marzo 1839: Maroto se plantea como posible solución la boda del heredero de ‘Carlos V’ con Da Isabel ; a tal fin sondeó la opinión al respecto de Francia y de Inglaterra. Esta última pidió la renuncia de D. Carlos y que se aceptase el Estatuto Real de 1834.

-         Julio-Agosto 1839: Los marotistas se representan a sí mismos y firman el 31 de Agosto el Convenio de Vergara, concluyendo de esta forma la guerra en el Norte.

Cabrera despidiéndose de sus tropas en la frontera francesa

         D. Carlos cruzó la frontera en direc­ción a Francia el 14 de Septiembre de 1839, aunque todavía el frente del Maestrazgo estaba activo -1838 es el gran año del nuevo mito carlis­ta: R. Cabrera-, pero el ejército isabelino, libre de las cargas que representaba la guerra en el Norte, reconcentró sus fuerzas y ocupó Morella el 30 de Mayo de 1840, retirándose Cabrera hacia el Norte y cruzando los Pirineos el 4 de Julio de ese mismo año.

El Abrazo de Vergara, según un grabado de la época

3)      EL CONVENIO DE VERGARA Y LAS OTRAS ALTERNATIVAS A LA PAZ:

         Dicho Convenio no creó las bases de una paz duradera, ya que simplemente se limitó a ofrecer una vaga promesa con respecto a los fueros para tranquilizar a la población vasco-navarra y asegurar el reconocimiento de los grados militares del ejército de Maroto. Su contenido se resume en los dos primeros artículos:

Art. 1.- El Capitán General D. Baldomero Espartero recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los fueros.

Art. 2.- Serán reconocidos los empleos, grados y condecoraciones de los generales, jefes y oficiales y demás individuos dependientes del ejército del mando del Teniente General D. Rafael Maroto, quien presentará las relaciones con expresión de las armas a que pertenecen, quedando en libertad de continuar sirviendo, defendiendo la Constitución de 1837, el Trono de Isabel II y la Regencia de su augusta madre, o bien de retirarse a sus casas los que no quieran seguir con las armas en la mano.

R. Narváez

         Estas condiciones no lograron satisfacer a todos los carlistas -6.000 pasaron a Francia, no acogidos al Convenio. Antes de la firma del Tratado hubo otros intentos de encontrar una solución pacífica, pero se vieron abortados, tanto por la actitud de D. Carlos y los ‘apostólicos’ de un lado como de Espartero por otro.

         En 1837, ante los problemas de insubordinación del ejército isabelino y el avance de la ‘expedición real’, Espartero se convirtió en el árbitro indiscutible de la situación. Así, evitó todas las formas propuestas para terminar la guerra; por ejemplo, se opuso a los planes de Narváez -mantener una actitud defensiva en el Norte y limpiar de carlistas el resto del territorio-, e introdujo en los principales puestos del Ejército a sus partidarios, los ayacuchos ; dentro de estas maniobras destaca la sustitu­ción del Barón de Meer por J. Valdés en la Capitanía General de Cataluña y que el brazo derecho de Espartero, General Alaix, ocupase el Ministerio de la Guerra en Julio de 1839. Con estos nombramientos Espartero se hizo con el control casi total del Ejército y pudo hacer la guerra que le convenía, bloqueando a su antojo proyectos como el de Paz y Fueros propuesto por J.A. Muñagorri (1838) -un ‘liberal’ que, como la gran mayoría de los vas­cos, tanto carlistas como liberales, era foralista y vasco antes que nada-, que planteaba quebrar la lealtad a D. Carlos en Vascongadas mediante el reconocimiento de los fueros. El proyecto de Muñagorri fue duramente criticado por los carlistas ‘apostólicos’, como bien indican los siguientes fragmentos sacados del Boletín de Navarra y las Provincias Vascongadas (no 79, 6-VII-1838, pp. 317-18):

            “... el objeto que se proponían los directores de Muñagoni, era precisamente introducir entre nosotros esa discordia fatal, que dividiendo nuestro ánimo, dé en tierra con aquella homogeneidad de principios [...] y la segundad de un triunfo definitivo ; y que esa mentida paz, esa palabra seductora de que se vale Muñagorri, es un lazo en que se nos quiere enredar, para entregamos atados en manos de la revolución ...”.

            “... el zelo de Muñagorri por los fueros es una quimera. Mal, muy mal puede ser tan zeloso de los fueros un hombre que fue liberal rematado el año 22 y de consiguiente enemigo de los fueros”.

         Espartero y los progresistas boicotearon, además, una iniciativa similar a la de Muñagorri que propuso el moderado Marqués de Mataflorida para con­seguir la paz en Cataluña, por lo que podemos concluir que el Convenio de Vergara no fue la única paz posible, sino la que convino más a los intereses de Espartero y de los progresistas.

 

5)      LAS POTENCIAS EUROPEAS ANTE LA GUERRA CARLISTA:

         Podemos consideran a la Primera Guerra Carlista como un elemento de las luchas entre el emergente liberalismo y la contrarrevolución a escala europea. Los dos bandos enfrentados trataron de apoyarse en Inglaterra y Francia -los isabelinos-, o bien en las potencias absolutistas -los carlistas.

5.1. Las potencias contrarrevolucionarias

Los países absolutistas europeos apoyaron, al menos moralmente, a la causa carlista desde antes del comienzo de la guerra, por ejemplo, en los Sucesos de La Granja. Estos Estados, en especial desde Septiembre de 1833 -Convención de Münchengraetz- intensificaron en todo el continente sus acciones para evitar cualquier avance del liberalismo y de los incipientes nacionalismos. Ninguna de las potencias en cuestión reconoció a Isabel II hasta 1848, aunque tampoco reconocie­ron directamente a D. Carlos por temor a Inglaterra, pero sí le prestaron apoyo moral, y en el caso de Nápoles y Cerdeña-Piamonte, económico y político -rompieron relaciones diplomáticas y económicas con España en 1836. Los carlistas reivindicaron el reconocimiento como beligerantes y apoyos económicos, que consiguieron parcialmente, pero desde 1838 la causa carlista se vio desprestigiada por la ausencia de avances militares y por las luchas intestinas que se registraron en su seno, lo que provocó un progresivo distanciamiento de las potencias absolutistas.

Lord Palmerston, Primer Ministro británico

5.2. Francia e Inglaterra

La respuesta franco-británica a Münchengraetz fue la formación de la Cuádruple Alianza en Londres el 22 de Abril de 1833. Francia e Inglaterra pactaban con el Gobierno español de la reina regente y con el portugués de Da María la ayuda inglesa a los liberales, tanto españoles como lusos. Estas ayudas británicas nunca llegaron a satisfacer del todo las peticiones de los Gobiernos de Martínez de la Rosa, Mendizábal y Calatrava, ni en el plano militar -legión inglesa de tropas de deshecho y apoyo naval- ni en el económico. Donde si tuvo cierta importancia la intervención de los británicos fue en las gestiones encaminadas a humanizar la guerra, evitando crueldades innecesarias, mediante el Convenio Eliot, firmado por Zumalacárregui y Valdés (27-V-1835), que establecía el canje periódico de prisioneros, el respeto a los mismos y la libertad de heridos y enfermos hospitalizados, y un acuerdo similar suscrito el 3 de Abril de 1839 en la zona del Maestrazgo entre Van Halen y Cabrera. La opinión carlista ante el apoyo inglés a la causa isabelina queda muy bien representada en los siguientes párrafos:

“... se pretendió por aquel infausto tratado alagar á los pueblos y favorecer el progreso de las luces ; pero lo que verdaderamente se ha intentado es esclavizar a un pueblo fiel y religioso [...], se ha hecho la guerra al pueblo [...1; por fin en el siglo XIX se hizo el tratado de la Cuádruple Alianza para destruir la causa más nacional que hubo jamás para acabar con la opinión general de la católica España” (‘Gaceta Oficial’, no 130, 20-I-1837, pg. 624)

“... Palmerston debía saber también, que a los realistas a quienes supone se­dientos de sangre e insensibles á los gritos de la humanidad, nos apresuramos a enco­miar con toda la sinceridad de nuestro corazón el convenio firmado por Van Halen y el Conde de Morelia: pero también ha debido oír el noble Lord los aullidos de la prensa li­beral contra ese convenio ...“ (‘Boletín de Navarra y las Provincias Vascongadas’, no 188, 23-VI-1839, pp. 769-70)

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AROSTEGUI, op. cit. [VOLVER]

Para el tema de la formación de dichas Juntas, véase la detallada exposición que hace A. Bullón de Mendoza en su tesis. [BULLON DE MENDOZA, A., 1993 La Primera Guerra Carlista (1833-1840), Madrid, Actas] [VOLVER]

PALACIO, op. cit., ibid. [VOLVER]

AROSTEGUI, op. cit. [VOLVER]

Los 8 Artículos restantes arbitran las condiciones del resto de los militares, prisioneros, viudas y huérfanos según lo estipulado en el 2o Artículo. [VOLVER]

Probablemente evitó la transacción ; para una exposición detallada de estos temas, véase SANTIRSO RODIRGUEZ, M., 1995, “El Convenio de Vergara y otras paces descartadas (1837-1840)”, en HISPANIA, LV/3, no 191, Madrid, CSIC, pp. 1.063-92 [VOLVER]

La estrategia de Espartero fue la inversa: primero derrotar a los carlistas en el Norte, para posteriormente ‘limpiar’ el maestrazgo y Cataluña. [ibid.] [VOLVER]

En el ejército isabelino se podía distinguir, según M. Santirso, tres grupos: los viejos generales de la Guerra de la Independencia (Castaño, Sarsfield, Amarillas, etc.), los ‘americanos’ (Espartero, Rodil, Alaix, Seoane, etc.) y un grupo heterogéneo constituido por Narváez, Espinosa, Fernández de Córdoba, etc. [VOLVER]

MADARIAGA, J. y TAMAYO, J.A., 1981, “Una lectura de la Primera Guerra carlista: los editoriales de la ‘Gaceta Oficial’ y el ‘Boletín de Navarra y las provincias Vascongadas’”, en HISPANIA, op. cit., no 149, pp. 641-70, doc. 10, pg. 662-65 [VOLVER]

ibid., doc. 2, pp. 650-51, y doc. 13, pp. 669-70 [VOLVER]

[ATRAS]