BASE SOCIAL DEL
CARLISMO
En este apartado esbozaremos algunas pinceladas de carácter general sobre la composición social del carlismo. A este respecto resulta curioso observar cómo desde el bando liberal –y también desde el carlista- se calificaba a la base social del mismo. Los liberales llamaban a los carlistas “hordas de miserables”, “populacho excitado y fanatizado”, y a D. Carlos se le llamaba “pretendido soberano de los barrios bajos”. Por su parte, la ‘Gaceta Oficial’ afirmaba cosas como: “... se hubiera visto después cómo S.M. como ‘el pueblo soberano’ pasaba a la taberna inmediata a remojar la palabra [...] venida la hora se hubiera observado entrar en tropel los graves e incorruptibles electores de la alpargata, armar una pelotera como el presidente, que los llamaba al orden ...”. Estamos de acuerdo con Aróstegui cuando afirma que el carlismo, más que un movimiento homogéneo, constituye la respuesta de los estratos de antiguas instituciones sociales contra los grupos que al implantarse el liberalismo han visto sus intereses atacados. Esta respuesta compleja aglutinó a diversos sectores sociales bajo la bandera del legitimismo, por lo que no podemos hablar de un ‘movimiento de clases’, al menos en su sentido estricto, pero sí se puede hablar de una coalición de intereses diferentes, o, en palabras de J. Fontana, “... es conveniente distinguir entre el partido carlista –núcleo de cortesanos, militares, eclesiásticos y otros- y las masas campesinas que le siguen en la lucha contra un enemigo común”. Los grupos atacados por la implantación del liberalismo son aquellos que están en vías de proletarización –artesanos y pequeños propietarios rurales- o que están ya proletarizados –jornaleros-, sectores que no han readaptarse ante las nuevas realidades, como la pequeña nobleza –fuertemente atacada en sus fuentes de renta- y un sector del bajo clero afectado directamente por los procesos desamortizadores y otras medidas liberales de índole anticlerical. Por último, también aparecen en el seno de las filas carlistas algunos miembros de la nobleza, militares de grado medio e intelectuales antiilustrados –que codificarán el discurso político-, que a través de prometer ventajas a los sectores deprimidos económica y socialmente se erigen en el sector dirigente del carlismo. La alta nobleza, salvo un grupo minoritario, no apoyó la causa carlista porque, a diferencia de la aristocracia francesa, se vio favorecida en el plano económico y en el político durante el cambio de régimen, ya que el modelo de tránsito al capitalismo y al sistema sociopolítico liberal en el caso español tiene más similitudes con el modelo alemán –pacto entre la nobleza ‘junker’ y los sectores burgueses- que con el francés, en el que la burguesía se apoyó en la pequeña y mediana propiedad agraria. La alta nobleza española aseguró e incluso amplió sus propiedades, sus fuentes de renta, y acaparó el poder político gracias a las medidas efectuadas por los Gobiernos liberales en relación a la propiedad de la tierra y por el restringido sufragio censitario que se practicaba en el país. Las medidas adoptadas por los liberales que mayor descontento provocaron fueron: • La desamortización de tierras comunales y eclesiásticas, que se llevó a cabo a partir de 1820, provocando un gran impacto en los sectores campesinos y en la hidalguía rural catalana y vasca, ya que contribuyó, entre otras cosas, a la concentración de la propiedad –en el caso del Bajo Aragón, éste fue un elemento fundamental. • Las medidas fiscales y administrativas de signo unificador provocaron encarnizadas resistencias en las áreas de régimen foral, porque implicaban una mayor carga impositiva, la supresión de las aduanas interiore, la generalización de las levas militares y la quiebra del poder de las oligarquías locales. • La ruptura de los valores, instituciones y formas de relación tradicionales motivadas por la implantación del Nuevo Régimen ; esto afectó a las masas populares en la medida en que, como bien dice Olcina, el pueblo lo que conocía era una mezcla de restos de mistificaciones medievales y concretas libertades comunitarias, y el rey se le presentaba como el supremo árbitro al que podía acudir en apelación para defenderse de cualquier abuso por parte de los poderosos, apareciendo éste como un padre protector a los campesinos, que desconfiaban de cualquier otro tipo de jefatura. Si a estas cuestiones le añadimos la crisis económica que afectó a España desde la Guerra de la Independencia hasta la década de los 40, agravada por las consecuencias inherentes a la pérdida de las colonias ultramarinas, por el endeudamiento del Estado y por los ciclos de caída de precios agrícolas en Europa, nos encontramos ante una situación virtualmente explosiva ; esta situación se habría quedado en meras revueltas antioficiales y/o en arranques más o menos violentos poco duraderos si no hubiesen sido canalizadas por las élites para servir a sus intereses, lo que en parte creó una cultura de resistencia que explica, aunque parcialmente, la inusitada duración del apoyo popular a dicho movimiento: Según J. del Moral, hubo tres motivos clave por lo que las masas se adherían al carlismo: a) Influencia ideológica y coacciones varias por parte de los notables rurales de antaño sobre las masas campesinas empobrecidas. b) Rebelión de los pobres frente a los ricos advenedizos que se estaban aprovechando de la bancarrota del erario público, quienes, además, osaban poner en cuestión los valores tradicionales y hostigaban a sus máximos guardadores. c) La persistente crisis económica. A pesar del relativo consenso existente a la hora de calificar al carlismo como un movimiento que incluye diferentes reivindicaciones y que es masivamente popular en el sentido ‘prepolítico’ que Eric Hobsbawn otorga a la mayoría de los movimientos sociales de los tres primeros cuartos del siglo XIX, Francisco Asín y A. Bullón plantean matizaciones a este modelo, ya que afirman que hubo un gran número de aristócratas y eclesiásticos que en el fondo deseaban la victoria de D. Carlos, pero que sin embargo no intervinieron en la guerra, opinión que no compartimos, pues pensamos que el hecho de desear la victoria de un bando, más que implicar un compromiso político, lo que lleva implícito son altas dosis de oportunismo. En cambio, si consideramos como válida la tesis defendida por estos autores que afirma que el carlismo no constituyó simplemente un fenómeno rural, sino que tuvo asimismo un importante componente urbano, y porque es evidente que las conspiraciones se desarrollaron mayoritariamente en los medios urbanos, no prolongándose la lucha en las urbes por ser éstas el ámbito donde era más fácil efectuar la represión. A continuación expondremos cuatro tablas obtenidas por Asín y Bullón sobre la composición social de los carlistas detenidos en algunas áreas de España: PAMPLONA: Muestra ® 565 individuos Con profesión conocida ® 483
DISTRITO DE CALATAYUD: Muestra ®
188 individuos
GALICIA: Muestra ®
592 individuos
CANTABRIA: Muestra
®
familias expulsadas
___________________________________________ MORAL, J., 1979, “Carlismo y rebelión rural en España (1833-1840): algunas notas aclaratorias e hipótesis de trabajo”, en AGRICULTURA Y SOCIEDAD, no 11, p. 207-51 [VOLVER] MADARIAGA, op. cit., doc. 5, pp. 655-56 [VOLVER] RUJULA, P.. 1995,
“Movimientos contrarrevolucionarios en el Bajo Aragónb: realismo,
carlismo y descontento campesino”, en AL-QUANNIS, no
5, pp. 85-112 FERNANDEZ DE PINEDO, E., 1974,
Crecimiento económico y
transformaciones sociales del País Vasco (1100-1850), Madrid, Siglo
XXI, pp. 453-82 OLCINA,
op. cit. Para estas cuestiones, véanse las
dos obras que hemos citado de J.
Fontana. DEL
MORAL, op. cit. Hay una copla popular anterior
a las Guerras Carlistas que a nuestro parecer refleja claramente el
susodicho sentimiento ‘anti-rico’ (citada por BULLON DE MENDOZA, A., y
ASIN, F., 1987, Carlismo y sociedad
(1833-1840), Zaragoza, Aportes): Quiera Dios que se vuelva la
tortilla, que
el pobre se haga rico y
los ricos coman mierda. [VOLVER] HOBSBAWN,
Eric, 1983, Rebeldes primitivos,
Barcelona, Ariel BULLON, op. cit. |