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“DIOS,
PATRIA, FUEROS, REY”
Tras haber esbozado las bases ideológico-filosóficas del
carlismo, pasemos ahora a la profundización en las mentalidades de sus
seguidores a partir de la frase “Dios, Patria, Fueros, Rey”, que iremos desglosando a lo largo de
los correspondientes apartados. Este famoso lema carlista ejemplifica y
resume, para empezar, el pensamiento del movimiento carlista durante todo
el siglo XIX. En general, su ideología tendrá un fuerte componente
religioso, patriótico, anticentralista y legitimista; aunque, claro está,
con las correspondientes divisiones internas y evolución que cada partido
conlleva, como veremos más adelante.
En primer lugar, Dios va
a ser una constante en la mentalidad carlista, no sólo en el siglo XIX,
sino también en el XX. La religión católica será uno de los pilares más
importantes del movimiento, desde las bases hasta la cúpula, de unas
regiones a otras, y de unas facciones a sus contrarias. Los ideólogos
exaltarán la importancia del catolicismo en sus escritos y reivindicarán
un Estado ‘teocrático’, sin separación entre el trono y el altar.
Los campesinos y los dirigentes locales lucharán a causa de las
desamortizaciones y por los ataques liberales a la Iglesia, con asesinatos
de frailes y quemas de conventos. El soldado carlista se sentirá el
defensor de Dios y de la religión católica frente a los que este bando
considera como los antieclesiásticos y anticatólicos, los liberales,
que, como veremos, también eran católicos, pero desde otro punto de
vista. Según los tradicionalistas, la primera necesidad para una
reconstrucción de España era aceptar de nuevo la visión sacralizada de
la sociedad. Esto se lograría si el país se comprometiese otra vez a
mantener los valores cristianos en la vida pública del reino. Sus
peticiones más importantes seguirán siendo, en la etapa de la última
guerra, la confesionalidad del Estado, la unidad religiosa y la
independencia de la Iglesia. Los carlistas rechazaban tanto las regalías
dieciochescas como las persecuciones decimonónicas por parte de los
liberales. Querían, en definitiva, que los valores cristianos
permaneciesen en el mundo político y en la legislación, y que la
Iglesia, como institución, fuera libre para llevar a cabo su misión de
forma neutral, sin el entrometimiento del absolutismo borbónico ni la
secularización liberal.
Todos los carlistas defendían la grandeza de la patria,
que se había perdido, según ellos, a causa de los males ilustrados y
liberales que habían venido desde Francia. El Imperio había decaído por
haber perdido España la conciencia de sí misma, y creían que si se
volviesen a encontrar las raíces y la personalidad españolas se podría
defender lo que quedaba, evitar invasiones en el futuro y volver a
hacerse respetar en la política internacional. Defendían una monarquía
tradicional que rescatase las leyes fundamentales del país, de tradición
histórica y no impuestas despóticamente por el monarca, que debía
convocar cortes tradicionales, es decir, estamentales, que servirían
al mismo tiempo de consejeras y de controladoras en caso de que se
quisiese cambiar alguna de las leyes fundamentales. En definitiva, lo que
defendían algunos de sus teóricos más importantes, más que una monarquía
absoluta propiamente dicha, era una de tipo medieval. Esta vuelta al
pasado hispano permitiría que las cosas le fueran mejor a ‘las Españas’,
que habían decaído por los despotismos, tanto ilustrado como liberal.
Los fueros, el tercer
componente del lema, fueron desarrollados con mayor amplitud en la época
de la Tercera Guerra. De la defensa de los fueros vasconavarros ya
existentes, el carlismo pasó a reivindicar el sistema de autonomías para
toda España. Dentro de su dinámica de reclamar las tradiciones hispánicas,
aunque en este tema haya divisiones ideológicas internas, como veremos en
el apartado correspondiente, los teóricos carlistas-foralistas pedirán
la reinstauración de los usos y costumbres tradicionales de todas las
regiones. Para ellos, las autoridades locales debían administrar en sus
dominios y el rey dedicarse a políticas de ámbito general y exteriores.
Eran, por tanto, contrarios a la centralización que suponía el
liberalismo de Madrid y a la división provincial. Querían, pues, una
España anterior a la de los Borbones, con el correspondiente respeto de
las leyes y de la fiscalidad propias de cada uno de los antiguos reinos de
‘las Españas’.
Y por último, el Rey
era otra de las razones de ser de este movimiento, que apoyaría el
derecho al trono de don Carlos V y sus descendientes, como defensor de la
monarquía tradicional hispana. Al igual que por Dios, los carlistas también
lucharán por el Rey, otorgándole a éste un carácter divino, en esa unión
entre corona y altar. Este último elemento del lema abarcaba tres temáticas,
como hemos visto: soberanía real, legitimidad
de origen y legitimidad de
ejercicio. Respecto al primer asunto, los hombres que apoyaban la
causa querían libertad para solucionar sus problemas locales con poca
interferencia de Madrid, pero a la vez deseaban que el soberano tuviese la
autoridad para solucionar cuestiones nacionales con efectividad. La
‘legitimidad de origen’ significaba que el príncipe llamado a ceñir
la corona según las leyes tradicionales no perdiese sus derechos y fuese
capaz de asumir sus responsabilidades. La legitimidad de ejercicio tenía
que ser reafirmada por cada monarca a lo largo de su reinado. Se haría no
abusando del poder y siendo fiel a los principios que habían engrandecido
a España en una época más feliz que el desdichado siglo XIX. Hasta aquí, a modo de introducción, se han desarrollado los principales puntos de la ideología y de la mentalidad carlistas, pero todos ellos tienen matizaciones según las diferentes facciones internas del movimiento y las diversas tendencias regionales. A su vez, estos conceptos tendrán una evolución temporal, que junto a las divisiones internas, serán explicados y profundizados en el capítulo que viene a continuación. |