CONCLUSIONES

 

 

            Al comienzo de este trabajo propusimos una serie de premisas a modo de hipótesis de trabajo. Cuando estamos a punto de finalizar este estudio intentaremos comprobar, a la luz de los datos que hemos ido aportando a lo largo del mismo, si dichas conjeturas se ajustaban o no a los auténticos acontecimientos históricos ; tal comprobación nos servirá como una especie de contrastación empírica de nuestras suposiciones iniciales, aunque, por supuesto, tenemos bien claro que la Historia no es en absoluto una ciencia expe­rimental. Nos acogemos, en este sentido, a lo formulado por el filósofo alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911), uno de los fundadores de la corriente ‘historicista’, el cual, tratando de determinar la naturaleza y validez de los instrumentos del ‘saber histórico’, de una forma similar a como Kant había analizado en su momento las ciencias de la naturaleza, estableció lo siguiente:

a) Los objetos del conocimiento histórico tienen un carácter específico que los distingue del conocimiento natural (diferencia HISTORIA«NATURALEZA).

b)   Remontarse del conocimiento histórico a las condiciones que lo hacen posible (El historicismo, como decimos, pretende trabajar a nivel ‘trascendental’, igual que Kant).

            Las categorías específicas del saber histórico a que se refieren los pensadores de tendencia historicista como Dilthey son a grandes rasgos las que siguen:

-         Individualidad (opuesta al carácter ‘genérico’ de la naturaleza)

-         Comprender, operación fundamental

-         Problema de los valores (relación entre el devenir de la historia y los fines o ideales que los hombres tratan de realizar en ella).

            Dilthey, con el objeto de distinguir entre el ‘saber histórico’ y las ‘ciencias de la naturaleza’, utiliza el término ‘ciencias del espíritu’, cuyo objeto, según describe en ‘Introducción a las ciencias del espíritu’, no es otro que el hombre en sus relaciones sociales, en la historia ; tales disciplinas revisten las siguientes características:

-         El mundo histórico está constituido por individuos (“unidades psicofísicas vi­vientes”), elementos fundamentales de la sociedad.

-         El objeto de las ‘ciencias del espíritu’ no es exterior al hombre, sino interior, captado a través de la experiencia interna (‘Erlebnis’).

-         Comprender: La individualidad se presenta en forma de tipo, definiéndose las siguientes ‘categorías de la razón histórica’:

         ‘Modos de conocimiento’ del mundo histórico

         Estructuras’ del mundo histórico, que son las siguientes, según Dilthey:

a)      Vida: Existencia del individuo singular en sus relaciones con los demás individuos (‘espíritu objetivo’)

b)      Conexión dinámica (instituciones, comunidades, épocas históricas, etc.).

            Todo esto que acabamos de decir no significa, ni mucho menos, que nuestros puntos de vista con respecto a los fenómenos históricos se ciñan fielmente a la postura historicista, ya que también aceptamos en lo que vale la afirmación marxista de que, puestos a estudiar la esencia del hombre, no basta con considerar su ‘conciencia’ o interioridad, como propugna Dilthey, sino que hay que tener en cuenta, además y sobre todo, sus relaciones externas con los demás hombres, y éstas son, básicamente, relaciones de trabajo, pues es en nuestra opinión la actividad laboral la que define en última instancia el carácter social del hombre. Tampoco aceptamos a rajatabla, por otro lado, la tesis del ‘materialismo histórico’ según la cual las ideas que dominan en una época histórica determinada son las ideas de la clase dominante ; esa es la postura que propugna, por ejemplo, el ya citado György Lukács cuando comenta en su brillante análisis del pensamiento reaccionario europeo de los siglos XIX y XX, ‘El asalto a la razón’:

            “... ¿qué pasa si el pensamiento ... se detiene y retrocede ante las dificultades? ¿Si la necesaria constelación de factores que aquí se manifiesta (el hecho, concretamente, de que esta situación tenga que repetirse necesariamente en cada uno de los pasos decisivos de avance) se convierte en una situación por principio insuperable, si la incapacidad de determinados conceptos para captar una determinada realidad se hipostasía hasta convertirla en la incapacidad del pensamiento, del concepto, del conocimiento racional en general, para dominar mentalmente la esencia de la realidad? ¿Y si, además, haciendo de esta necesidad una virtud, se considera la incapacidad para captar mentalmente el mundo como un ‘conocimiento superior’, bajo la forma de la fe, la intuición, etcétera?

            Es evidente que este problema surge en cada una de las fases del conocimiento, es decir, cada vez que el desarrollo social y, por tanto, la ciencia y la filosofía, se ven obligadas a dar un salto hacia adelante, para dominar los problemas reales que se plantean. Lo cual indica ya de por sí que la opción entre la ratio y la irratio no es nunca un problema filosófico ‘inmanente’. En la opción de un pensador entre lo nuevo y lo viejo no deciden, en primer plano, las consideraciones filosóficas o mentales, sino la situación de clase y la vinculación a una clase. Vista la cosa a través de la gran perspectiva de los siglos, resulta a veces casi increíble cómo importantes pensadores, en los umbrales de un problema casi resuelto, se detienen, dan media vuelta y, cuando parece que van a encontrar la solución, huyen en dirección contraria. Son ‘enigmas’ que sólo puede aclarar el carácter de clase de la actitud por ellos adoptada”.

            Nuestra posición se acercaría más, en todo caso, a la de otro pensador historicista: Max Weber (1864-1920), el cual, en su tratamiento de la temática económica, adopta una posición crítica tanto frente a la ‘economía clásica’ como en relación con el marxismo dogmático. En opinión de este autor, en efecto, el ‘materialismo histórico’ endurece en forma excesiva la relación entre las formas de producción y de trabajo y las demás manifestaciones de la sociedad, equivocándose de pleno al otorgar una importancia primordial a la estructura económica, relegando la ‘superestructura ideológica’ a ser un simple reflejo de la misma (algo parecido dirían, ya en la segunda mitad del siglo XX, los componentes de la Escuela de Frankfurt).

            En consonancia con lo que venimos diciendo, y huyendo dentro de lo posible de todo dogmatismo, hemos insistido, con José Luis Abellán y otros autores, en que no se puede reducir el carlismo a una simple conspiración clericalista de corte antiliberal, ni tampoco, por supuesto, en una mera defensa por parte de algunos sectores de la sociedad española de lo que ellas consideraban los auténticos valores tradicionales de nuestro país. De hecho, creemos haber demostrado sobradamente lo que anunciábamos en nuestra segunda premisa, a saber, que el carlismo no fue un fenómeno exclusivamente español, sino que habría que inscribirlo en la ristra de movimientos contrarrevolucionarios que se produjeron por toda Europa durante el segundo tercio del siglo XIX como reacción contra el ya imparable tránsito al liberalismo en lo político y al capitalismo en lo económico, con la consiguiente desintegración del Antiguo Régimen y de las monarquías absolutas ; en ese sentido nos hemos referido, aunque brevemente, por salirse de los límites de este trabajo, a fenómenos como la Vendée francesa, el bandolerismo borbónico napolitano, etc. Precisamente esa característica del carlismo de conformarse como uno más de los movimientos contrarrevolucionarios activos en el período a nivel europeo explica, a nuestro modo de entender, su variopinta composición social, donde tenían cabida todas aquellas fracciones de la población española que por una razón u otra se sentían afectadas de manera negativa por la crisis del Antiguo Régimen y por las consiguientes reformas liberales, y en especial por las medidas desamortizadoras de Mendizábal y otros Ministros más o menos progresistas. Tales grupos, en definitiva, se creyeron en el deber de defender con las armas en la mano la tradición, la legitimidad monárquica o la religión, por separado o las tres a la vez.

            Los sucesivos pretendientes carlistas, por su parte, supieron aprovecharse de ese descontento real de la población española y canalizarlo hacia lo que estamos seguros que eran sus intereses más recónditos: acceder al poder de forma violenta, ya que no habían podido conseguirlo por la vía institucional, pues la Pragmática Sanción de Fernando VII se lo había impedido, elevando al trono de España a la hija de dicho soberano, Isabel. Nuestra tesis a este respecto es que nunca existió una ‘ideología carlista’ como tal, sino que los dirigentes del carlismo manipularon a su capricho varias de las ideas del pensamiento reaccionario español, que había surgido lo menos un siglo antes como ideario antiilustrado y que, ya en el siglo XIX, se habían revestido de características antiliberales, todo ello aderezado de un ‘foralismo’ de tendencia medievalizante encaminado, por supuesto, a la restauración de la monarquía absoluta en nuestro país bajo la égida del pretendiente de turno. Lo que sí está claro -y eso también lo advertimos en nuestras premisas y hemos tratado luego de probarlo por medio de oportunas referencias a los acontecimientos históricos- es que las pretensiones de los carlistas, a pesar de contar su movimiento, como hemos visto, con una amplia base popular, sobre todo de pequeños propietarios del campo, amén de otros sectores de diversa índole que hemos detallado oportunamente, no tuvieron la difusión por todo el territorio español que ellos habían pretendido en un principio, y que más bien produjeron a la larga el resultado contrario, contribuyendo a su fracaso final al intensificar la velocidad del tránsito hacia el Nuevo Régimen en nuestro país. Como sabemos, tanto la regente Ma Cristina de Borbón como la reina Isabel II se vieron obligadas contra su voluntad a colaborar con Gobiernos liberales, tolerando en ocasiones los excesos anticlericales de éstos, para así poder hacer frente a las exigencias -principalmente financieras- de la guerra civil.                                                       

 'Carlos VII' rodeado de sus oficiales

            El ‘carlismo montaraz’ -así lo califica Abellán - desapareció definitivamente una vez finalizada la 3a Guerra Civil, pero el carlismo como tal no desapareció por completo, continuando representado, incluso hasta nuestros días, en el ala ‘tradicionalista’ e ‘integrista’ del espectro político español, sobre todo a partir de la década de 1880, fecha de la creación de dicha última formación por el político Cándido Nocedal. Citemos para terminar a Ricardo Beltrán y Rózpide, quien reflejaba como sigue los hechos a que nos estamos refiriendo por aquellas mismas fechas:

            “El carlismo está hoy más dividido aún que ayer. Parte de sus fuerzas han aceptado, con el señor Pidal, la monarquía constitucional, y otra parte considera cuestión secundaria el gobierno con tal que sea católico. El señor Nocedal, jefe del partido hasta su muerte (1885), representaba la tendencia intransigente (integrista) vencedora hasta hace poco, pero hoy vencida ante don Carlos. Integros y mestizos se llenan de improperios en la prensa, y en ningún partido es tan grande la anarquía como en el carlista, que tiene por principal artículo de fe el principio de autoridad”.

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ABBAGNANO, op. cit., pp. 487-88 [VOLVER]

ibid., pg. 489 [VOLVER]

ibid., pp. 491-92 [VOLVER]

FERRATER MORA, op. cit., III, pp. 2.121 ss. [VOLVER]

ibid., pp. 2.148 ss. [VOLVER]

LUKÁCS, op. cit., pp. 79-80 [VOLVER]

ABBAGNANO, op. cit., pp. 502 ss. [VOLVER]

FERRATER MORA, op. cit., III, pp. 1.286 ss. [VOLVER]

ABELLAN, op. cit., pg. 639 [VOLVER]

vid. supra [VOLVER]

BELTRÁN Y ROZPIDE, Ricardo, 1888, Artículo “Carlismo”, en VARIOS, Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes (IV), Barcelona, Muntaner & Simón, pg. 698 [VOLVER]

[ATRAS]