EL CATARISMO ALBIGENSE

 

La herejía cátara: origen, doctrinas y ritos

 

Origen del catarismo

 

 

            El término ‘cátaro’ procede del griego (katharos=’puro’) ; esta denominación le fue adjudicada a esta secta, como se ha visto, por uno de sus críticos en Alemania, y en otros lugares de Europa donde se expandió la doctrina les aplicaron otros apelativos ; así, Fernand Niel nos dice que en Italia del Norte, Bosnia y Dalmacia se les llamaba patarinos y en el Norte de Francia poplicanos o publicanos, que no es más que una forma latinizada de ‘paulicianos’, tisserands, o ‘sastres’, porque los había muchos de esa profesión, que fue también, como es sabido, la de San Pablo, y boulgres, deformación de ‘búlgaros’, alusión a la influencia ‘bogomilita’ procedente de Bulgaria. El calificativo de ‘albigenses’ les fue aplicado por primera vez el año 1181 por Geoffry de Vigeois aludiendo a la facción provenzal de esta herejía, que algunos han centrado en la diócesis de Albi, en Languedoc ; sin embargo, se ha demostrado que en dicha localidad los cátaros no eran más numerosos que en otras ciudades de la misma zona por aquel entonces, y se sabe que precisamente en Albi fueron reclutadas muchas tropas durante la Cruzada para combatir la herejía. De todas formas, también tenemos la anécdota de que a principios del siglo XII, el obispo de Albi, Sicard, intentó hacer quemar vivos a algunos herejes, pero que el pueblo llano los liberó ; tal vez sea esa la genuina explicación del apelativo, quizá el más difundido de todos los que se han aplicado a la secta ; Fernand Niel comenta:

“Todos estos calificativos han sido propuestos por los enemigos de los herejes: ¿Cómo se llamaban ellos mismos? Se decían a sí mismos ‘cristianos’, pero es un término vago que puede prestarse a confusión. Probablemente la mayor parte de los creyentes no tenía una denominación general que sirviese para calificar a los adeptos de esa Iglesia dualista, ni siquiera a nivel local. Tanto ‘cátaros’ como ‘albigenses’ eran palabras desconocidas para los dualistas meridionales, que utilizaban una expresión muy particular para designar a sus Perfectos. Los llamaban ‘bons hommes’ [hombre buenos]. La Inquisición nos ha transmitido esa expresión, que constituye un homenaje enternecedor del pueblo del Languedoc para con los diáconos albigenses”. 

            Como ya hemos apuntado, resulta sumamente difícil dar una idea precisa de las doctrinas de los albigenses, ya que nuestro conocimiento actual sobre ellos se basa casi exclusivamente en lo que decían acerca de ellos sus oponentes y de los escasos y poco explícitos textos albigenses que han llegado a nuestras manos. Lo que sí se sabe con seguridad es que los albigenses conformaban antes que nada un partido anticlerical en constante oposición a la Iglesia romana que protestaba activamente contra la corrupción del clero de la época. Los cátaros profesaban un dualismo neo-maniqueo en virtud del cual había dos principios: uno bueno y otro malo, y pensaban que el mundo material era sustancialmente malvado ; el origen primigenio de este punto de vista se encuentra, como recuerda Fernand Niel, en el ‘mazdeísmo’, religión fundada alrededor del año 600 a. de C. por el semimítico profeta iraní Zoroastro, citado por Platón en su diálogo ‘Alcibíades’ y maestro de Pitágoras según Clemente de Alejandría, a partir de la espiritualización de elementos ya presentes en las viejas tradiciones de las riberas del Indo y cuya influencia ha sido inmensa a lo largo de unos 12 siglos, quedando incluso hoy en día restos de estas creencias en los ‘guebres’, o ‘guebaríes’, de Persia y en los ‘parsis’ de la India. Niel cita igualmente al ‘zurvanismo’ (o zervanismo), otro culto iraní que se desarrolló paralelamente al ‘mazdeísmo’, y para el cual los dos principios antagónicos de aquél –Ahura Mazda (dios del Bien) y Angra Mainya (dios del Mal)- procedían a su vez de una entidad superior: Zervan Akarama (el Tiempo).

Ideas similares a las del catarismo, por otro lado, fueron sostenidas con anterioridad en los Balcanes (especialmente en Bulgaria) y en Oriente Medio por los bogomilitas y los paulicianos, con los cuales los cátaros se hallaban íntimamente conectados, como veremos más adelante y como consigna Henri-Charles Puech. Durante la primera mitad del siglo XI grupos aislados de dichas sectas aparecieron por Alemania, Flandes y el Norte de Italia ; a finales del siglo dejó de oírse hablar sobre ellos, pero reaparecieron durante el siglo XII. Durante los 30 años que siguieron a 1140 su crecimiento fue rapidísimo ; en esa época la Iglesia bogomilita estaba reorganizándose, y misioneros suyos, junto con dualistas occidentales que volvían de la 2a Cruzada (1147-49), como ya hemos visto, operaron en Occidente. Estos recién llegados se encontraron, en opinión de Pierre Durban, con el terreno abonado, pues ya desde el siglo V de nuestra el dualismo se había establecido en el Sur de Francia y en todo el Mediterráneo Occidental en forma de la herejía maneísta, una forma de gnosticismo también conocida como ‘johanismo’, sin relación alguna con el maniqueísmo, que se basaba en una lectura literal del Evangelio de San Juan y en el rechazo de los demás textos sinópticos. Según Durban, el monje armenio Pablo, imbuido en Alejandría del neoplatonismo de Plotino, llegó al Africa acompañado de Marcos de Memphis, quien introdujo la herejía en Hispania, siendo Prisciliano uno de sus máximos difusores en la Península, y sería también un hispano, Vigilancio de Caligurris (actual Calahorra), quien la introduciría en Aquitania hacia el año 400 ; allí la penetración de la herejía resultaría relativamente sencilla, teniendo en cuenta que en la región existía ya, aparte de los referidos residuos gnósticos, una base de ‘mitraísmo de oscuro origen zurvánico introducido durante los primeros siglos de nuestra era por las legiones romanas allí radicadas. Durban concluye: 

“De esta forma los misioneros ‘boulgres’ se encontrarían al ‘maneísmo’, ‘cristianismo johánico’ o ‘Iglesia del paracleto’ que ellos mismos predicaban ya instalado en Occitania desde hacía media docena de siglos. Dicho contacto con el bogomilismo fue, por tanto, para el ‘maneísmo’ más que nada un catalizador a partir del año 1000”.

Un asunto interesante a este respecto es el concerniente al famoso Concilio cátaro de Saint-Félix-de-Caraman, presuntamente celebrado el año 1167, como hemos visto, y al cual asistieron por lo visto los obispos Nicetas (‘Papa Niquinta’) por Constantinopla, Robert d’Epernon por la Francia del Norte, Marc de Lombardía y Sicard Cellerie, de la diócesis languedociense de Albi, además de representantes de Carcassonne y del Valle de Arán. Este sínodo, del que no se hacen eco las crónicas de la época, sólo lo conocemos a través de sus Actas, cuya autenticidad resulta bastante contestable según varios autores, entre ellos Yves Dossat. Así, según Auguste Molinier (1933), el redactor del documento en cuestión no tenía más que una noción superficial de la ceremonia cátara del ‘consolamentum’, que refleja como una simple bendición ; tampoco aparece, como constata el padre Dondaine (1946), referencia alguna al cambio en Languedoc del dualismo mitigado de la Iglesia Búlgara al absoluto propugnado por Niquinta, que se llevó a efecto precisamente por esas fechas. Por otro lado, sólo se sabe con seguridad que el obispo de Constantinopla estuvo en Lombardía ; no está claro que cruzase los Alpes, y en todo caso, según el Tractatus de hereticis, ese viaje tuvo lugar en 1174, o sea, nada menos que siete años más tarde que el susodicho Concilio. Otro punto oscuro es el referente a la extensión de la herejía albigense al Valle de Arán, sobre todo si se tiene en cuenta la ausencia total de actividad inquisitorial posterior en esa zona ; también resulta sospechoso que en las Actas no aparezcan representantes del Agnais, una región donde la herejía fue especialmente virulenta, según se sabe. Dossat llama la atención sobre otro detalle: que en el documento se haga mención de una misteriosa ‘Iglesia Milingue’, que englobaría, según esto, a una tribu eslava de ese nombre, y comenta:

“Por otro lado, esa Iglesia de Milingia sobra en el texto. Los eslavos del Peloponeso permanecieron en el paganismo durante largo tiempo, Habían abandonado los Balcanes demasiado pronto para haber llegado a conocer las doctrinas dualistas, y su aislamiento les tuvo a salvo de influencias heréticas. Bizancio inició una obra de evangelización en el siglo IX y las prosiguió en el X, pero los milingues y los ezeritas no fueron afectados más que tardíamente a causa de la masa compacta que constituían. El autentico apóstol de esas poblaciones fue un monje de origen armenio, San Nikon el Metanoíta. Este, después de haber evangelizado Creta, fue a instalarse a Esparta, donde murió hacia el 998. Allí predicó la penitencia, extendiendo su serie de conversiones a los eslavos del Taygetes. Su paso tuvo efectos perdurables, pues dio lugar a la construcción de numerosas iglesias”.

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El vocablo alemán Ketzer, que significa ‘hereje’ y sigue utilizándose en la actualidad, deriva de dicha denominación. [VOLVER]

NIEL, Fernand, 1974, Albigeois et cathares, Paris, PUF, pp. 59 ss. [VOLVER]

Como también designaban, como hemos visto más arriba, a cierto movimiento de ‘pobres voluntarios’ en la misma región. [VOLVER]

Hay más denominaciones: “Muchos padres de la Iglesia y otros autores antiguos consideraban también cátaros a los ‘novocianos’, y así, San Isidoro de Sevilla, en sus ‘Etimologías’, habla de cátaros y de novocianos, afirmando que a pesar de la diferencia de nombres, siguen la misma doctrina ; San Agustín, en su obra ‘De haeresibus’ (XVLI P.L., tomo XLII, col. 36), dice que los miembros de una rama de los maniqueos se llamaban cátaros”. [DALMAU I FERRERES, Rafael, 1960, L’Heretgia albigesa i la batalla de Muret, Barcelona, Rafael Dalmau, pg. 7] [VOLVER]

NIEL, op. cit., pg. 60 [VOLVER]

ibid., pp. 18-19 [VOLVER]

También habría que referirse aquí, aunque indirectamente, al personaje Zaratustra que aparece en las obras de Friedrich Nietzsche, inspirado, sin duda, en el auténtico Zoroastro, pero poco fiel a su doctrina original. [VOLVER]

El hecho de que hubiese un grupo tan importante de dualistas en los Balcanes, y más concretamente en Bulgaria, es explicado por Fernand Niel como sigue: “Los eslavos comenzaron a establecerse al Norte de la Península Balcánica hacia la segunda mitad del siglo VI, fundando allí varias colonias sin cohesión política. Un siglo más tarde, esa cohesión fue asegurada por los búlgaros, quienes crearon una monarquía estable al Sur de Danubio. Fue hacia mediados del siglo IX cuando misioneros cristianos enviados por Roma comenzaron a evangelizar el país, pero el patriarca de Bizancio había hecho otro tanto, de forma que el territorio quedó en una situación muy favorable para la eclosión de una tercera Iglesia. Misioneros paulicianos entraron en concurrencia con los de Roma y los de Bizancio, hasta el punto de que se ha detectado la presencia de maniqueos distribuidos por toda la Península a principios del siglo X. Por supuesto, los paulicianos deportados por Basilio I, más o menos convertidos a la fe ortodoxa, no se opusieron en absoluto a la aparición de una nueva forma de neo-maniqueísmo. Por su parte, los campesinos eslavos, fuertemente oprimidos por los señores búlgaros, se hallaban totalmente dispuestos a aceptar una religión que les suministrase una explicación de sus miserias”. [NIEL, op. cit., pp. 38-39] [VOLVER]

Secta cristiana dualista originada en Armenia a mediados del siglo VII. Fue influida directamente por el dualismo ‘marcionita’, un movimiento gnóstico del cristianismo primitivo, y por el ‘maniqueísmo’. La doctrina fundamental de los paulicianos, al igual que la de los maniqueos, y posteriormente la de los cátaros, era que existía un Dios malo y otro bueno, el primero creador y gobernante del mundo presente, y el segundo del mundo futuro. De aquí deducían que Jesús no era realmente el hijo de María, porque el Dios bueno no podía de ninguna manera haberse encarnado convirtiéndose en hombre. Se guiaban sobre todo por el Evangelio de San Lucas y por las Epístolas de San Pablo, rechazando el Antiguo Testamento y las Epístolas de San Pedro. Tampoco aceptaban los sacramentos, la adoración y la jerarquía de la Iglesia establecida. El fundador del ‘paulicianismo’ parece haber sido un armenio, Constantino, que adoptó el nombre adicional de Silvano (por Silas, uno de los seguidores de San Pablo). Parece ser que la secta protagonizó una intensa rebelión política y militar en el seno del Imperio Bizantino poco después de su aparición. Una expedición enviada por Basilio I en 872 destruyó su poder militar de manera definitiva, pero los paulicianos sobrevivieron en Asia por lo menos hasta la época de las Cruzadas. Después del siglo IX su importancia radicaba sobre todo en Tracia, donde muchos de ellos habían sido trasladados por la fuerza para servir de escudo fronterizo contra los búlgaros. Las doctrinas paulicianas se diseminaron por Macedonia, Bulgaria y Grecia, especialmente entre los campesinos, y parece ser que contribuyeron al desarrollo de las doctrinas y las prácticas de los bogomilitas a principios del siglo X. [Britannica-CD] La identidad del Paulo que dio su nombre a los paulicianos no está bien documentada, pero según Fernand Niel se trata sin lugar a dudas de Paulo de Samosata, obispo de Antioquía en el 260, protegido por Zenobia, reina de Palmira, que fue destituido por Aureliano el año 272 por sus ideas heréticas ; los paulicianos, por otra parte, se consideraban descendientes de una familia semilegendaria oriunda precisamente de Samosata y compuesta por el maniqueo Callinice y sus dos hijos Juan y Pablo. [NIEL, op. cit., pp. 34-35] [VOLVER]

Lo que, de todos modos, no parece ya posible es poner en duda el papel desempeñado por el bogomilismo en la constitución del movimiento cátaro. Determinadas creencias, ritos e interpretaciones escriturales son idénticas en una y otra secta, y el nombre de ‘boulgres’ que a veces se ha dado a los cátaros los relaciona, de algún modo, con los bogomilitas búlgaros, del mismo modo que el de ‘publicanos’ (‘poplicani’, ‘populicani’, ‘publicani’) podría hacer referencia a su relación con los paulicianos. Tenemos, además, pruebas de las relaciones concretas que unían a las comunidades de Francia e Italia con las Iglesias-madres de los Balcanes, y principalmente con la ‘Iglesia de Dugrutia’ (¿Dragovitza, cerca de Plovdiv? ¿Digunithia, en Mesia, junto al Danubio? ¿Dragobitia, en Tesalónica?), que profesaba el dualismo absoluto, igualmente difundido en Constantinopla, y con la ‘Iglesia de Bulgaria’, fiel al dualismo relativo”. [PUECH, op. cit., pg. 329] [VOLVER]

DURBAN, Pierre, 1968, Actualité du catharisme, Toulouse, Cercle d’Études et Recherches de Psychologie Analytique, pp. 86 ss. [VOLVER]

Jean Doresse no está de cuerdo con esa supervivencia del gnosticismo: “En Occidente, el tronco mismo del árbol gnóstico iba a verse brutalmente arrancado. Tras la extinción del priscilianismo en España, los renacimientos del dualismo que se constatan en la Europa medieval con los bogomilitas y los cátaros o albigenses, a los que ciertamente hay que añadir los movimientos milenaristas de finales de la Edad Media, mantienen con las sectas gnósticas de la Antigüedad y con el maniqueísmo unos lazos tan tenues que no es posible atribuir con seguridad una relación genética con ninguno de ellos. A lo sumo puede hablarse de resurgimientos suscitados por la transmisión de escritos gnósticos disfrazados de apócrifos cristianos y parcialmente expurgados de sus doctrinas más virulentas. Este es el caso de un ‘Libro de Adán y Eva’, vinculado por Ivanov a la literatura de los bogomilos o, tal vez, las pretendidas revelaciones de Juan –la ‘Interrogatio Johannis’- utilizadas por los cátaros. Lo mismo sucedió, por lo demás, en el valle del Nilo, donde, en el siglo VI, el obispo Juan de Parallos, denunciaba aún algunas formas alteradas del ‘Libro secreto de Juan’ y determinadas revelaciones en las que San Miguel era reemplazado por Satán a la cabeza de los cielos visibles. Los últimos vestigios de la mitología gnóstica se mantuvieron, pues, presentes por todas partes en las creencias cristianas populares, en las que los restos del dualismo antiguo perdían todo su poder, no obstante, transformados en cuentos de demonios”. [DORESSE, Jean, 1979, “La gnosis”, en VARIOS, Las religiones ..., op. cit., pg. 68] [VOLVER]

Según la lectura ‘maneísta’, la llegada y glorificación de Jesús no fue un hecho arbitrario, sino que respondió a un determinado plan divino. A los discípulos, siguiendo a San Juan, les fue prometido el paracleto, es decir, la Llegada del Espíritu Santo ; fue, pues, necesario que Jesús abandonara nuestro mundo para dejarle lugar. En dicho Evangelio Cristo se describe a sí mismo como perteneciente a un estado superior de realidad. Su reino “no es de este mundo”. Si en los demás Evangelios sinópticos Jesús se refiere constantemente al ‘reino’, en Juan habla sobre todo de sí mismo (v.gr., “Yo soy el pan de la vida”). Igual que Dios en el Sinaí, Jesús pronuncia el ‘Yo soy’ autoproclamándose Mesías, un ser divino, en diversas expresiones teofánicas similares a la anteriormente citada (pan de vida, luz del mundo, buen pastor, etc.), que quedan corroboradas por otras citas como “Yo y el Padre somos uno”, “Antes que Abraham estaba yo”, “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”, y el grito de Tomás después de la resurrección: “Mi Señor y mi Dios”. En el capítulo 11 se intenta demostrar que el poder de la resurrección, de la realidad del ‘eschaton’ (fin de los tiempos), está ya presente en Jesús como Cristo ahora mismo, y no sólo en una época futura. La venida del ‘paracleto’, sin embargo, aún no ha tenido lugar, por lo que la frase “Todo se ha consumado” pronunciada por Cristo al morir en la Cruz hay que interpretarla en el sentido de que lo que se ha consumado es únicamente esa parte del ‘eschaton’. Las numerosas diferencias que se establecen entre Juan y el resto de los Sinópticos pueden resumirse, por otro lado, como sigue: en Juan la vida eterna ya está presente, como decimos, para el que cree, mientras que en los Sinópticos se espera que se lleve a cabo la parousia para que se cumplan las expectativas escatológicas. La teología y la piedad johanitas, por otra parte, se parecen bastante a los puntos de vista que San Pablo critica en 1 Cor., 15. Ese contraste con Pablo resulta aún más evidente si se acepta la muy plausible teoría de que al texto original de Juan se le añadieron con posterioridad pasajes que corregían esa escatología consumada para adaptarla mejor a la escatología futurista oficial que se propugnó como defensa contra el gnosticismo. Véase, por ejemplo, Juan 5: 25-28, un texto que no tiene que ver demasiado con el resto de la obra y que incluso la contradice. La cronología johanita difiere igualmente de la sinóptica. Así, Juan comienza con la expulsión de los cambistas de dinero, mientras que los Sinópticos colocan este episodio como el último antes del arresto de Jesús ; la predicación de Jesús ocupa en Juan dos o tres años, mientras que los Sinópticos la reducen a uno solo ; según Juan, Jesús es crucificado el 14 Nisan, coincidiendo con la Pascua judía, y en los Sinópticos el 15 Nisan. Es probable que la diferencia cronológica se deba, entre otras razones, a que Juan utilizaría un calendario solar, y los Sinópticos uno lunar ; no obstante, cuál fuese la fecha auténtica carecía en realidad de importancia comparado con el hecho de que Juan la hiciese coincidir con el sacrificio del Cordero Pascual para resaltar la identificación de Jesús con aquél. En Juan, por otra parte, no aparece la celebración de la Ultima Cena, pero la alimentación de una multitud en el capítulo 6 da pie a un amplio discurso con referencias eucarísticas. Además, como en este Evangelio se contempla a Jesús desde el principio como el Cristo, no aparece en el mismo la historia de su bautismo ; Juan el Bautista honra a Jesús desde el principio como Cordero de Dios (que, por lo tanto, no está sujeto a la tentación y no precisa que le exorcicen los demonios). Satanás es vencido por la mera presencia del Cristo, el cual proclama triunfante: “Tendréis tribulaciones en el mundo ; pero regocijaos: yo he superado al mundo”. [Britannica-CD ] [VOLVER]

Nos estamos refiriendo al culto a Mitra, divinidad mayor de los persas, cuyo nombre apareció por primera vez bajo Darío I (siglo V a. de C.). Posiblemente derivado del Mitra hindú, venerado en el siglo IV a. de C. por los hurritas de Mitanni, en el Avesta se le considera un genio de los elementos. Dios dotado de los sentidos de la vista y del oído, pesaba las almas de los muertos en el más allá. Los griegos de Asia Menor le representaron de forma convencional en la época helenística. Convertido en el centro de una religión mistérica, fue rápidamente adoptado por el mundo romano, y su culto se difundió a partir del siglo II de nuestra era por los puertos, las grandes ciudades y las guarniciones del Occidente romano, sobre todo en el Rhin, el Danubio e Italia. Fue el mayor rival del cristianismo durante los primeros siglos. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

DURBAN, op. cit., pg. 87 [VOLVER]

DOSSAT, Yves, 1968, “A propos du Concile cathare de Saint-Félix: les Milingues”, en VARIOS, Cathares en Languedoc, op. cit., pp. 201-205 [VOLVER]

ibid., pp. 209-212 [VOLVER]

[ATRAS]