SECCION IX y Apéndice

 

            Concluiremos nuestro trabajo con el último párrafo del capítulo que trata de ‘La unidad de la especie humana’, de César Cantú:

Pero no se nos censure por haber insistido demasiado sobre este punto ; nos parece de capital importancia ; y no sólo en el órden espiritual, para ofrecer testimonio del pecado original y de la Redención, por consiguiente, sino también en el órden histórico, puesto que de este conocimiento depende el hecho de averiguar si la especie humana, ese conjunto de tantas miserias y de grandeza tanta, ha caído de un paraíso, ó se ha elevado desde la condición del mono ; se debemos buscar el desarrollo de la materia, cuyo perfeccionamiento lo haya producido todo, ó bien celebrar la elevación sucesiva del espíritu, creyendo que el destino del hombre y de la humanidad es unirse ó mejorarse para el restablecimiento de la armonía en la conciencia ; si, en suma, son o no nuestros hermanos aquellos á quienes una política cruel y sañosa llama nuestros enemigos naturales. De aquí, y nada más, podemos sacar reglas para la justicia, que es el fundamento de la historia. ¡Cuánto no había de variar sus fallos, si Moisés, Mahoma, el Emperador Cristóforo ó Iturbide, les son tan extraños como el rengífero y el elefante! ¡Bajo cuán diferentes impresiones admirará las instituciones de Manés y los poemas de Calidoso ; compadecerá a Moctezuma y á los Incas, llevados al suplicio por los españoles ; y a los negros, de que hacen tráfico los ingleses, si hemos de ver en ellos séres de distinta raza que la nuestra!”.

 

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APENDICE A LAS ‘RAZAS HUMANAS’

 

            Habiendo sido el objeto principal de nuestro estudio la refutación del darwinismo, nos parece oportuno añadir aquí, por vía de ampliación, algunas nuevas objeciones sobre el particular.

El darwinismo está contenido en esta tésis general: “Todas las especies vegetales y animales, desde el musgo y el liquen, hasta el cocotero y la encina, desde el zoófito más imperceptible hasta el hombre, deben su origen á la transformación sucesiva y ascendente de tres ó cuatro tipos primitivos, y tal vez de uno solo.

            Los géneros, las clases, las especies, las familias, incluso el hombre, deben su existencia á las mismas causas y leyes, siendo todas estas variedades de los séres que existen, representaciones de momentos de ser, de un solo tipo fundamental y progresivo.

Las leyes que presiden á estas evoluciones son, la selección natural y la lucha por la existencia”.

Como dice muy bien el sabio Arzobispo de Sevilla, padre Fray Zeferino González, en su tratado de ‘Filosofía Elemental’, dos vicios se descubren por lo pronto en las doctrinas de Darwin:

Refiérese el primero al punto de partida de la teoría, y el segundo al método general empleado en su desarrollo.

Con efecto: bajo el punto de partida la base del darwinismo estriba en la existencia hipotética del prototipo primitivo, cuyo prototipo no existe, como ya lo hemos expuesto, y que ni él, ni los suyos saben presentar, ni menos demostrar.

Con respeto al método general que sigue, se le ve acudir á lo desconocido y al acaso, confundiendo toscamente lo real con lo ideal.

Aún admitiendo la hipótesis de que el más fuerte vence al más débil, y que los organismos más complicados vencen y destruyen á los más elementales, ¿cómo explicar la actual existencia de los infusorios, de los musgos, de los insectos microscópicos? Y ¿cómo el hombre, animalmente considerado, siendo más débil no digo que el león, la pan tera y el tigre, sino que otros, no tan feroces, á todos los domina y con todos sobrevive y prospera?

Si el pitecoides ó sea el mono-hombre, tipo intermediario, ha sufrido extravío en las convulsiones geológicas, ¿es verosímil que no sólo éste, sino todos, absolutamente todos los tipos intermedios entre los demás seres, les haya pasado lo propio?

¿Será posible que el pueblo egipcio de la tercera y cuarta dinastías no hubiera hallado un tipo de transición para observar su representación ó su esqueleto en sus misteriosos hipogeos?

Si el hombre, por la perfección, es el superior en virtud de la selección de las imperfecciones, ¿por qué no ha conservado la vista del lince, el oído y ligereza del perro, la rápida natación del delfín, la fuerza del león y las alas del águila? ¿Serán, acaso, imperfecciones estas cualidades?

Bianconi ha medido por medio de arena las capacidades craneoscópicas del hombre y del mono en los períodos de la infancia y de la edad adulta, y hé aquí los resultados que obtuvo:

 

Gramos

Cráneo del hombre á los tres Años de edad

1.000

Cráneo del mismo, adulto

2.086

Cráneo del orangután en la Primera infancia

512

Cráneo del mismo, adulto

567

Además, en el cerebro del hombre se desarrollan los pliegues y circunvoluciones de los lóbulos en sentido inverso que en el del mono. Los pliegues y circunvoluciones frontales aparecen y se desarrollan en el hombre antes que los témporo-esfenoidales, mientras que sucede en el mono lo contrario.

Ley es de la naturaleza que lo semejante se desarrolla de una manera semejante, y la embriología y la anatomía nos dicen que no existe esta semejanza entre el gorila y el hombre.

El hombre, como dijo Achy, es isla separada, la cual no comunica por ningún puente con la tierra vecina de los mamíferos.

Por último, del estudio practicado sobre la doctrina de Darwin, venimos á sacar en claro que á su inteligencia superior no se le debió ocultar la enormidad de su teoría, pero á impulsos de la vanidad que ciega á los hombres, prefirió, á no dudarlo, disfrazar á la ciencia con un tinte de novedad trascendental, para alucinar así á los incautos y á los espíritus inquietos, formar escuela y pasar á la inmortalidad con el privilegio bien triste, pero al fin privilegio, de haber sustentado unos principios, que jamás habían tenido ; ¡digno maestro y aprovechados discípulos!

¡Aspiración satánica que, por desgracia, ha tenido y tiene muchos imitadores!

 

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Ceferino González y Díaz Tuñón (1831-1894), filósofo y prelado español. Ingresó en la orden de predicadores (1844). Marchó a Manila, donde prosiguió los estudios teológicos, y llegó a ser subdirector de la Universidad de Santo Tomás en esa ciudad, ejerciendo la Cátedra de Teología (1859). Vuelto a España (1866), fue elegido rector del Colegio de Ocaña. Obispo de Córdoba (1875), cardenal (1883) y arzobispo de Toledo (1885), fue el más constante defensor de la filosofía tomista en la España del siglo XIX. Se le deben, entre otras obras, Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás (1864) e Historia de la Filosofía (1878-1879). [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Cosa que, por otra parte, también hacen los tomistas, que como hemos visto fundamentan todo su razonamiento antidarwinista –inspirándose en Aristóteles- en la existencia de Dios como primera causa. Ahora bien, ateniéndonos a la lógica, si Dios es el fundamento u origen del ser y no simplemente otro ser, aun el ser supremo o más elevado que concebirse pueda, entonces no existe en el sentido en que se encuentran las cosas en el mundo. Puede ser incluso engañoso decir, “Dios existe”, aunque es el modo tradicional de hablar. Creer en Dios es tener fe en el fundamento último del ser, o confiar en la racionalidad última y la virtud de la disposición completa de las cosas. Este modo de expresar el tema deja en el aire las cuestiones de la trascendencia e inmanencia, ser personal e impersonal, entre otras. El fundamento principal para creer en Dios debe, por tanto, encontrarse en la experiencia, y en concreto en la experiencia religiosa. Para un incalculable número de personas estas experiencias del Ser Sagrado son auto-autentificadas, y sienten que no necesitan indagar más. Toda experiencia humana, sin embargo, es falible. Errores de percepción son experiencias cotidianas, y concepciones falsas del mundo natural, la Tierra, los cuerpos celestes y otras análogas han prevalecido durante miles de años. Es por lo tanto posible que la experiencia del Ser Sagrado sea ilusoria, y esta posibilidad ha llevado a algunos creyentes a buscar una base racional para sostener su fe en Dios con la confirmación de la propia experiencia. Numerosos intentos se han llevado a cabo para probar la realidad de Dios. El teólogo escolástico medieval San Anselmo afirmó que la misma idea de un ser de quien nada más perfecto puede ser concebido supone su existencia, pues la existencia es en sí misma un aspecto de la perfección. Muchos filósofos han negado la validez lógica de la transición de la idea a la existencia real, pero todavía se discute este razonamiento ontológico. El teólogo del siglo XIII Santo Tomás de Aquino rechazó el razonamiento ontológico, pero propuso otras cinco pruebas de la existencia de Dios que todavía son aceptadas de forma oficial por la Iglesia católica apostólica romana: (1) la realidad del cambio requiere un agente del cambio ; (2) la cadena de la causalidad necesita fundarse en una causa primera que no es causada ; (3) los hechos contingentes del mundo (hechos que pueden no haber sido como son) presuponen un ser necesario ; (4) se puede observar una gradación de las cosas desde lo más alto a lo más bajo, y esto apunta hacia una realidad perfecta en el punto más alto de la jerarquía ; (5) el orden y el diseño de la naturaleza demandan como fuente un ser que posea la más alta sabiduría. El filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant rechazó y refutó los razonamientos de Tomás de Aquino, pero sostuvo la necesidad de la existencia de Dios como el soporte o garante de la vida moral. Estas razones para afirmar la realidad de Dios han sido sometidas todas a repetidas críticas y siguen siendo replanteadas para recibir nuevas apreciaciones. Hoy día está aceptado de un modo general que ninguna de ellas constituye una prueba, pero muchos creyentes dirán que los razonamientos acumulan una fuerza que, aunque tiene poco de prueba, supone una fuerte probabilidad, sobre todo en conjunción con la evidencia de la experiencia religiosa. En último extremo, la creencia en Dios es, como muchas otras creencias importantes, un acto de fe, una fe que tiene que estar enraizada en la experiencia personal. Algo parecido ocurre con la creencia en la inmortalidad del alma. En general, el alma se concibe como un principio interno, vital y espiritual, fuente de todas las funciones físicas y en concreto de las actividades mentales. La creencia en alguna clase de alma que puede existir independiente del cuerpo se encuentra en todas las culturas conocidas. En el judaísmo primitivo se define la personalidad humana en su conjunto, sin hacer una clara distinción entre el cuerpo y el alma. Hacia la Edad Media, sin embargo, el alma era definida como el principio de vida, y era considerada capaz de sobrevivir a la decadencia corporal. La doctrina cristiana del alma se apoyó, por supuesto, en las filosofías de Platón y Aristóteles. La mayoría de los cristianos cree que cada individuo tiene un alma inmortal y que la personalidad humana en su conjunto, compuesta de alma y de cuerpo resucitado, debe, a través de la fe, garantizar la presencia de Dios después de la vida. La teoría neoplatónica del alma como prisionera en un cuerpo material prevaleció en el pensamiento cristiano hasta que en el siglo XIII Santo Tomás de Aquino aceptó el análisis de Aristóteles sobre el alma y el cuerpo como dos elementos conceptualmente distinguibles de una sola sustancia. La fe en la existencia de las almas puede tener efectos sociales importantes mediante el reforzamiento de los deberes morales y servir como principio guiador en la vida. El significado cultural de la creencia en las almas refleja la universalidad de los problemas para los cuales representa una respuesta: la compleja cuestión de la personalidad humana, las experiencias morales y espirituales de la vida, y la eterna cuestión de la inmortalidad. [Encarta 2000] [VOLVER]

Falto de otras razones de más peso, nuestro autor intenta aquí, a la desesperada, un último recurso: la ‘argumentación ‘ad hominem’, consistente básicamente en descalificar moralmente al adversario.

[ATRAS]