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Concluiremos nuestro trabajo con el último párrafo del capítulo
que trata de ‘La unidad de la especie humana’, de César Cantú: “Pero
no se nos censure por haber insistido demasiado sobre este punto ; nos
parece de capital importancia ; y no sólo en el órden espiritual, para
ofrecer testimonio del pecado original y de la Redención, por
consiguiente, sino también en el órden histórico, puesto que de este
conocimiento depende el hecho de averiguar si la especie humana, ese
conjunto de tantas miserias y de grandeza tanta, ha caído de un paraíso,
ó se ha elevado desde la condición del mono ; se debemos buscar el
desarrollo de la materia, cuyo perfeccionamiento lo haya producido todo,
ó bien celebrar la elevación sucesiva del espíritu, creyendo que el
destino del hombre y de la humanidad es unirse ó mejorarse para el
restablecimiento de la armonía en la conciencia ; si, en suma, son o no
nuestros hermanos aquellos á quienes una política cruel y sañosa llama
nuestros enemigos naturales. De aquí, y nada más, podemos sacar reglas
para la justicia, que es el fundamento de la historia. ¡Cuánto no había
de variar sus fallos, si Moisés, Mahoma, el Emperador Cristóforo ó
Iturbide, les son tan extraños como el rengífero y el elefante! ¡Bajo
cuán diferentes impresiones admirará las instituciones de Manés y los
poemas de Calidoso ; compadecerá a Moctezuma y á los Incas, llevados al
suplicio por los españoles ; y a los negros, de que hacen tráfico los
ingleses, si hemos de ver en ellos séres de distinta raza que la nuestra!”. oooOOOooo APENDICE A LAS ‘RAZAS HUMANAS’ Habiendo sido el objeto principal de nuestro estudio la refutación del darwinismo, nos parece oportuno añadir aquí, por vía de ampliación, algunas nuevas objeciones sobre el particular. El
darwinismo está contenido en esta tésis general: “Todas
las especies vegetales y animales, desde el musgo y el liquen, hasta el
cocotero y la encina, desde el zoófito más imperceptible hasta el
hombre, deben su origen á la transformación sucesiva y ascendente de
tres ó cuatro tipos primitivos, y tal vez de uno solo.
Los géneros, las clases, las especies, las familias, incluso el
hombre, deben su existencia á las mismas causas y leyes, siendo todas
estas variedades de los séres que existen, representaciones de momentos
de ser, de un solo tipo fundamental y progresivo. Las
leyes que presiden á estas evoluciones son, la selección natural
y la lucha por la existencia”. Como
dice muy bien el sabio Arzobispo de Sevilla, padre Fray
Zeferino González, en su tratado de ‘Filosofía Elemental’, dos
vicios se descubren por lo pronto en las doctrinas de Darwin: Refiérese
el primero al punto de partida de la teoría, y el segundo al método general empleado en su desarrollo. Con
efecto: bajo el punto de partida la base del darwinismo estriba en la existencia hipotética
del prototipo primitivo, cuyo prototipo no existe, como ya lo hemos
expuesto, y que ni él, ni los suyos saben presentar, ni menos demostrar. Con
respeto al método general que
sigue, se le ve acudir á lo desconocido y al acaso, confundiendo
toscamente lo real con lo ideal. Aún
admitiendo la hipótesis de que el más fuerte vence al más débil, y que
los organismos más complicados vencen y destruyen á los más
elementales, ¿cómo explicar la actual
existencia de los infusorios, de los musgos, de los insectos microscópicos?
Y ¿cómo el hombre, animalmente
considerado, siendo más débil no digo que el león, la pan tera y
el tigre, sino que otros, no tan feroces, á todos los domina y con todos
sobrevive y prospera? Si
el pitecoides ó sea el mono-hombre,
tipo intermediario, ha sufrido
extravío en las convulsiones geológicas, ¿es verosímil que no sólo
éste, sino todos, absolutamente
todos los tipos intermedios entre los demás seres, les haya pasado lo
propio? ¿Será
posible que el pueblo egipcio de la tercera y cuarta dinastías no hubiera
hallado un tipo de transición
para observar su representación ó su esqueleto en sus misteriosos
hipogeos? Si el hombre, por la perfección, es el superior en virtud de la selección de las imperfecciones, ¿por qué no ha conservado la vista del lince, el oído y ligereza del perro, la rápida natación del delfín, la fuerza del león y las alas del águila? ¿Serán, acaso, imperfecciones estas cualidades? Bianconi
ha medido por medio de arena las capacidades craneoscópicas del hombre y
del mono en los períodos de la infancia y de la edad adulta, y hé aquí
los resultados que obtuvo:
Además,
en el cerebro del hombre se desarrollan los pliegues y circunvoluciones de
los lóbulos en sentido inverso que en el del mono. Los pliegues y
circunvoluciones frontales aparecen y se desarrollan en el hombre antes
que los témporo-esfenoidales, mientras que sucede en el mono lo
contrario. Ley es de la naturaleza que lo semejante se desarrolla de una manera semejante, y la embriología y la anatomía nos dicen que no existe esta semejanza entre el gorila y el hombre. El
hombre, como dijo Achy, es isla separada, la cual no comunica por ningún puente con la tierra
vecina de los mamíferos. Por
último, del estudio practicado sobre la doctrina de Darwin, venimos á
sacar en claro que á su inteligencia superior no se le debió ocultar la
enormidad de su teoría, pero á impulsos de la vanidad que ciega á los
hombres, prefirió, á no dudarlo, disfrazar á la ciencia con un tinte de
novedad trascendental, para alucinar así á los incautos y á los espíritus
inquietos, formar escuela y pasar á la inmortalidad con el privilegio bien
triste, pero al fin privilegio,
de haber sustentado unos principios, que jamás habían tenido ; ¡digno
maestro y aprovechados discípulos! ¡Aspiración
satánica que, por desgracia, ha tenido y tiene muchos imitadores! ooooOOOOoooo ____________________________________ Ceferino González y Díaz Tuñón
(1831-1894), filósofo y prelado español. Ingresó en la orden de
predicadores (1844). Marchó a Manila, donde prosiguió los estudios teológicos,
y llegó a ser subdirector de la Universidad de Santo Tomás en esa
ciudad, ejerciendo la Cátedra de Teología (1859). Vuelto a España
(1866), fue elegido rector del Colegio de Ocaña. Obispo de Córdoba
(1875), cardenal (1883) y arzobispo de Toledo (1885), fue el más
constante defensor de la filosofía tomista en la España del siglo XIX.
Se le deben, entre otras obras, Estudios
sobre la filosofía de Santo Tomás (1864) e Historia de la Filosofía (1878-1879). [Nueva Enciclopedia Larousse] Cosa que, por otra parte,
también hacen los tomistas, que como hemos visto fundamentan todo su
razonamiento antidarwinista –inspirándose en Aristóteles- en la
existencia de Dios como primera causa. Ahora
bien, ateniéndonos a la lógica, si Dios es el fundamento u origen del
ser y no simplemente otro ser, aun el ser supremo o más elevado que
concebirse pueda, entonces no existe en el sentido en que se
encuentran las cosas en el mundo. Puede ser incluso engañoso decir, “Dios
existe”, aunque es el modo tradicional de hablar. Creer en Dios es
tener fe en el fundamento último del ser, o confiar en la racionalidad última
y la virtud de la disposición completa de las cosas. Este modo de
expresar el tema deja en el aire las cuestiones de la trascendencia e
inmanencia, ser personal e impersonal, entre otras. El fundamento
principal para creer en Dios debe, por tanto, encontrarse en la
experiencia, y en concreto en la experiencia religiosa. Para un
incalculable número de personas estas experiencias del Ser Sagrado son
auto-autentificadas, y sienten que no necesitan indagar más. Toda
experiencia humana, sin embargo, es falible. Errores de percepción son
experiencias cotidianas, y concepciones falsas del mundo natural, la
Tierra, los cuerpos celestes y otras análogas han prevalecido durante
miles de años. Es por lo tanto posible que la experiencia del Ser Sagrado
sea ilusoria, y esta posibilidad ha llevado a algunos creyentes a buscar
una base racional para sostener su fe en Dios con la confirmación de la
propia experiencia. Numerosos intentos se han llevado a cabo para probar
la realidad de Dios. El teólogo escolástico medieval San Anselmo afirmó
que la misma idea de un ser de quien nada más perfecto puede ser
concebido supone su existencia, pues la existencia es en sí misma un
aspecto de la perfección. Muchos filósofos han negado la validez lógica
de la transición de la idea a la existencia real, pero todavía se
discute este razonamiento ontológico. El teólogo del siglo XIII Santo
Tomás de Aquino rechazó el razonamiento ontológico, pero propuso otras
cinco pruebas de la existencia de Dios que todavía son aceptadas de forma
oficial por la Iglesia católica apostólica romana: (1) la realidad del
cambio requiere un agente del cambio ; (2) la cadena de la causalidad
necesita fundarse en una causa primera que no es causada ; (3) los hechos
contingentes del mundo (hechos que pueden no haber sido como son)
presuponen un ser necesario ; (4) se puede observar una gradación de las
cosas desde lo más alto a lo más bajo, y esto apunta hacia una realidad
perfecta en el punto más alto de la jerarquía ; (5) el orden y el diseño
de la naturaleza demandan como fuente un ser que posea la más alta
sabiduría. El filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant rechazó y
refutó los razonamientos de Tomás de Aquino, pero sostuvo la necesidad
de la existencia de Dios como el soporte o garante de la vida moral. Estas
razones para afirmar la realidad de Dios han sido sometidas todas a
repetidas críticas y siguen siendo replanteadas para recibir nuevas
apreciaciones. Hoy día está aceptado de un modo general que ninguna de
ellas constituye una prueba, pero muchos creyentes dirán que los
razonamientos acumulan una fuerza que, aunque tiene poco de prueba, supone
una fuerte probabilidad, sobre todo en conjunción con la evidencia de la
experiencia religiosa. En último extremo, la creencia en Dios es, como
muchas otras creencias importantes, un acto de fe, una fe que tiene que
estar enraizada en la experiencia personal. Algo parecido ocurre con la
creencia en la inmortalidad del alma. En general, el alma se concibe como un principio interno, vital y
espiritual, fuente de todas las funciones físicas y en concreto de las
actividades mentales. La creencia en alguna clase de alma que puede
existir independiente del cuerpo se encuentra en todas las culturas
conocidas. En el judaísmo primitivo se define la personalidad humana en
su conjunto, sin hacer una clara distinción entre el cuerpo y el alma.
Hacia la Edad Media, sin embargo, el alma era definida como el principio
de vida, y era considerada capaz de sobrevivir a la decadencia corporal.
La doctrina cristiana del alma se apoyó, por supuesto, en las filosofías
de Platón y Aristóteles. La mayoría de los cristianos cree que cada
individuo tiene un alma inmortal y que la personalidad humana en su
conjunto, compuesta de alma y de cuerpo resucitado, debe, a través de la
fe, garantizar la presencia de Dios después de la vida. La teoría
neoplatónica del alma como prisionera en un cuerpo material prevaleció
en el pensamiento cristiano hasta que en el siglo XIII Santo Tomás de
Aquino aceptó el análisis de Aristóteles sobre el alma y el cuerpo como
dos elementos conceptualmente distinguibles de una sola sustancia. La fe
en la existencia de las almas puede tener efectos sociales importantes
mediante el reforzamiento de los deberes morales y servir como principio
guiador en la vida. El significado cultural de la creencia en las almas
refleja la universalidad de los problemas para los cuales representa una
respuesta: la compleja cuestión de la personalidad humana, las
experiencias morales y espirituales de la vida, y la eterna cuestión de
la inmortalidad. [Encarta
2000] Falto de otras razones de más peso, nuestro autor intenta aquí, a la desesperada, un último recurso: la ‘argumentación ‘ad hominem’, consistente básicamente en descalificar moralmente al adversario. |