CAPITULO I.- Desde 1853 a 1860. Alcalá de los Gazules.

 

Nací en la entonces Villa, hoy Ciudad de Alcalá de los Gazules (Cádiz) el 27 de Febrero de 1853.

Mis padres eran labradores ; poseían una pequeña fortuna, y tuvieron cuatro hijos y una hija, siendo yo el mayor de todos ellos.

Mi primera infancia se deslizó tranquila y deliciosa, siendo mimado como primer varón, no sólo de mis padres, sino de mis abuelos maternos, en cuya casa pasaba la mayor parte del dia.

El primer acontecimiento de mi infancia, que lo recuerdo mejor que sucesos que pasaron ayer, fue el de la Guerra de Africa, en 1859.

Me parece estar viendo aquel magnífico Batallón de Cazadores de las Navas de Tolosa número 14 que llegó a mi pueblo, meses antes de la famosa expedición. ¡Que entusiasmo teníamos todos! ¡Era de ver aquellos apuestos soldados con sus ponchos y mo­chilas hacer el ejercicio en el Prado o en la Alameda de los Pozos! En mi casa, Calle del Carril, No 14, estaba alojado el capitán de la 4a Compañía, señor Caveda, que tenía de asistente a un tal Castañeda, muchacho listo y cariñoso que casi siempre, cuando sus ocupaciones se lo permitían, llevaba de paseo a mis hermanos y a mí, o a presenciar la retreta que la muy completa y afinada charanga tocaba en la Plaza de la Cruz. ¡Cuánto envidiaba yo en aquel entonces a los muchachos mayores de mi escuela, el placer que éllos experimentaban sirviendo de atriles a los músicos! Era el delirio por aquella guerra. Yo no sabía el por qué ni la razón que nos podía asistir ; pero yo oía leer los periódicos y los comentarios de mis abuelos, de mis padres, de un tío soltero que vivía con nosotros, del maestro, de los vecinos, de los chicuelos, de todo el mundo, conformes como una sola persona, en que íbamos a renovar los laureles de la Reconquista, a proseguirla y exterminar la odiosa raza de los Moros, enemigos de los dos sentimientos más grandes del corazón español: la Religión y la Patria.

            De día me pasaba las horas viendo preparar el rancho, limpiar arreos, pasar revistas. Por la tarde, veíamos el ejercicio si lo hacían cerca ; y si lejos, entonces nosotros, los muchachos, con petos de papel, ros de cartón, espada de lata o de caña o fusil de palo, nos íbamos a la Coracha, y allí, ya que no matábamos moros, tronchábamos cabrahigos, jaramagos y zarzales, o apedreábamos algún fragmento de torreón moruno, a falta de alcazabas y mezquitas marroquíes.

            No quiero acordarme de la despedida de aquellos soldados cuando salieron para Africa. Parecía que nos arrancaban un pedazo del corazón. Y sin embargo, los envidiábamos ; queríamos irnos con ellos para vencer a los indómitos hijos del profeta, porque eso sí ... para los pequeñuelos, y aún para los mayores, el éxito estaba descontado ; no podía ser más que favorable. ¡Que fe tan extraordinaria teníamos en la legitimidad de nuestra causa, en el valor de nuestros soldados, y en la protección del Cielo! Mentira me parece que en menos de cincuenta años, sintamos el hielo de la indiferencia y el frío del excepticismo sobre nuestros futuros destinos.

            En casa de mi abuelo nos reuníamos todas las noches las tres familias descendientes de aquel honrado tronco ; y desde mi abuelo, venerable anciano, Doctor en Medicina, hasta yo, que era el más pequeño de los nietos, a quienes se les permitía no acostarse hasta las Animas, nos pasábamos horas y horas haciendo hilas, mientras las mujeres confeccionaban vendajes y escapularios. Todo esto gratuito, espontáneo y a destajo, pues era envidiado el que más adelantaba o sobresalía en su labor. ¡Y qué alegría tuvimos en la noche que se dijo que se había tomado Tanger! Como por ensalmo se iluminaron y colgaron todas las casas ; era de ver los balcones y ventanas con colgaduras de damasco los de los ricos, colchas de zaraza los de los pobres y con modestas sábanas de muselina morena las de los más infelices ; farolillos de colores, vasos de cristal con velas, faroles, velones y hasta candilejas ; repiques de campanas, disparos de escopetas, arcabuces y pistolas; guitarras, panderetas, castañuelas, platillos y violines ; candeladas de corcho que saltaban los chiquillos y aún los jóvenes ; vivas, gritos, abrazos ; los periódicos de mano en mano ; lágrimas de regocijo en todos los ojos.

Covadonga, Navas de Tolosa, El Salado, Granada, cuanto nombre evocaba un recuerdo grato a nuestra mente siempre en los labios, que yo oía con gusto sin saber qué habia pasado en esos sitios o poblaciones, pero que me sabían a “paliza a los moros”, que era lo que ardientemente quería sin duda alguna, por la razón de querían todos.

Pero al día siguiente se desmintió la noticia. O’Donnell había tropezado con una nota de Inglaterra que se oponía a que nos apoderásemos de Tanger. ¡Qué coraje y qué odio se despertó en mí contra Inglaterra! ¡Y qué me llamó la atención el saber entonces por vez primera que había otra nación que no era ni España ni Marruecos! Porque en aquella edad, para mí, el planeta se componía solamente de dos pueblos: uno moro, o sea el enemigo, y otro cristiano, o sea el nuestro.

-         Papá Miguel -le dije a mi abuelo- esa Inglaterra será de moros.

-         No, hijo, que son cristianos los ingleses, aunque protestantes.

Yo no me enteré, y para mí siguieron siendo moros los ingleses.

Pero no importa: allí teníamos a O’Donnell, a Zabala, a Echagüe, a Ros de Olano, y sobre todo a Prim, al que yo me lo figuraba un Santiago a caballo, por haberlo visto en un grabado que pusieron en un cuadro del Casino arrollando moros en Los Castillejos, con sólo el empuje de su brioso corcel, ni más ni menos que como había visto al Patrono de las Españas en la memorable batalla de Clavijo.

Y sucedió que teníamos razón: no entramos en Tanger, pero si en Tetuán, y hasta me alegré de que no hubiera terminado nuestro cometido en Africa con la falsa posesión de Tanger, porque así hubo dos iluminaciones, más días sin escuela y unos para mí soberbios fuegos artificiales (cosa que veía por vez primera) con que el Alcalde se previno para solemnizar los triunfos que, como digo en otra ocasión, es lo único que según todos podía y tenía que suceder.

Terminó la guerra, como yo no lo esperaba, sin conquistar a Marruecos. Me pareció muy poca cosa, por sus efectos, el tratado de Wad-Ras, toda vez que yo sólo vi un jaique de seda a listas blancas y celestes que regaló a mi padre un compañero suyo de Toledo, el entonces capitán Escalante, que más tarde fue ayudante de Prim ; una espingarda en casa de D. Pedro Escobar, que no sé por dónde le vino ; y unos ochavos morunos que entraron en la circulación poco después.

Hoy, con la experiencia que tengo, y habiendo visto con cuán poco esfuerzo se han quedado los Estados Unidos con nuestras joyas coloniales, comparo nuestros sacrificios y legítimas glorias de Africa con las catástrofes que siguieron a Cavite y Santiago, y corroboro mi infantil opinión. España no fue remunerada en su heroico esfuerzo.

De aquella guerra nos quedó a muchos españoles una idolatría por Prim que más tarde nos llevó a mayores infortunios.

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ALCALA DE LOS GAZULES, provincia de Cádiz, hoy partido judicial de San Fernando (antes del de Medina Sidonia), al E de la c.p., a 211 m de altitud. El término tiene 478,52 km2 y cuenta con 7.519 habitantes en la actualidad (9.300 en 1887). Se encuentra ubicada en la Campiña de Medina, en las estribaciories de la Sierra de Las Cabras y Gitana, situada en la falda de un cerro de 900 m de altitud, junto al río Barbate. Monte bajo, dehesas y pastos. Alcornocales. Cultivos de cereales y olivos. Ganado lanar y cabrío. Harineras. Restos de la muralla y del castillo árabe. Esta villa corresponde a la antigua Regina, importante enclave turdetano. Los árabes le dieron el nombre que hoy tiene. Fue conquistada por Fernando III en 1248 cuando en 1339 Abd-el Melek, hijo del rey de los benimerines (Marruecos), se dirigía contra su castillo y fue derrotado y muerto por los cristianos. Felipe II la concedió al marqués de Tarifa, de quien pasó al duque de Medinaceli. Durante la Guerra de la Independencia fue saqueada por los franceses, pero sus habitantes, pese a que lo afirman así algunas fuentes, nunca fueron pasados a cuchillo por aquéllos. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Bajo el gobierno de la Unión Liberal se producen en el exterior varias acciones bélicas que parecen suscitar el entusiasmo nacional, pero de las que finalmente no va a sacar España provecho alguno:

1)      Intervención armada en Cochinchina. junto al ejército francés, para defender los derechos a la predicación de los misioneros ; la victoria militar no tendrá más resultado que el ensanchamiento del Imperio francés en aquella zona.

2)      Guerra de Africa como consecuencia de la agresión de los cabileños a Ceuta. El general Prim, jefe del Partido progresista, cosecha las victorias de Castillejos y Wad-Ras, que aumentan su prestigio y lo convierten en la gran figura del momento. El Tratado de Wad-Ras o de Tetuán (1860) no significa para España ninguna expansión colonial en Africa, a causa de la presión británica (Inglaterra no quiere ver disminuida su influencia en el Mediterráneo, asegurada por sus posesiones de Gibraltar y Malta).

3)      Intervención en México, también junto a los franceses, para establecer allí un imperio a la europea en la persona de Maximiliano de Austria. Cumplido el objetivo primero (el pago de unas deudas exterio­res mexicanas), el ejército expedicionario español, mandado por Prim, se retira. Benito Juárez vencerá después, y mandará fusilar al efimero emperador Maximiliano.

[Enciclopedia Temática de Historia Universal (II), Argos-Vergara] [VOLVER]

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