CAPITULO XIV.- 1875. Continuación de la campaña del Maestrazgo.
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Iba diciendo en el capítulo anterior que no era tan fácil mi
incorporación, porque siendo estrecha la vereda no se podía ir más que
unos tras de otros, y a veces con precaución, sobre todo los de a
caballo, por los precipicios que había que salvar. Cuando hallaba algún
trozo de senda algo amplio galopaba o trotaba mi caballo, pero nuevas
estrechuras o masas de hombres me lo impedían de continuo.
Pasé por entre las fuerzas de mi antigua Brigada de Baile, no sin
saludar a mis conocidos y notar las sonrisas de los unos y la compasión
de los otros, porque indudablemente me esperaba por lo menos una fuerte
reprimenda por mi descuido, y al llegar al centro de la columna me encontré
de manos a boca con Jovellar, Azcárraga y el Cuartel General.
Paré en firme mi caballo e hice un saludo militar, procurando
luego espolear mi cabalgadura para quitarme de en medio lo más pronto
posible, pero no me valió, porque Jovellar me hizo señas con la mano
para que me acercara a él. Así lo hice, y me dijo:
-
¿Adonde va Vd
,
y
de donde viene?
-
Mi general, voy a incorporarme a mi batallón, que es el Segundo de
Cuenca, y vengo del hospital de sangre carlista, en donde, por cierto,
acabo de enterarme [de]
que en la acción de ayer ha muerto Villalain.
Y sucedió lo que yo esperaba: que el general, aguijoneado por la
curiosidad de tan importante noticia, se olvidaría de reñirme y
desarrugaría el ceño.
Efectivamente, el Cuartel General se detuvo ; yo conté con todos
sus detalles lo que me dijo Toscano. Azcárraga tomó apuntes y expidió
parte al Gobierno. Peris Mancheta, corresponsal del ‘Mercantil
Valenciano’, y el hijo del Marqués de Santa Ana, director de ‘La
Correspondencia de España’, que iba de sargento en la escolta de
Jovellar, también tomaron notas. Jovellar me despidió afectuosamente, y
como por ensalmo la noticia circuló por delante y por detrás de boca en
boca, de suerte que en mi segunda parte de expedición ya era yo el héroe
de la jornada, deteniéndome los Jefes del Primero de Cuenca, de los
Cazadores de Madrid, del Cuartel General de la Brigada Chacón, para que
les contara el luctuoso suceso, que fue para mí la varita mágica con la
que me abrí paso en aquella ocasión.
¡Triste condición humana, en la que se ve una vez más que las
desgracias de los unos es la felicidad de los otros!
Por fin llegué a la cola de mi Batallón, en donde iba mi capellán,
y me coloqué a su lado, que era mi puesto, y así seguimos hasta las
proximidades de Cantavieja.
Quisiera ser ingeniero, o por lo menos topógrafo, para describir a
Cantavieja y sus alrededores. Pero como esto no puede ser, daré a mi
manera y como Dios me de a entender una idea de ella.
Figúrense mis lectores un inmenso sombrero calabrés ; pongan en
la cúspide o pequeña planicie de la copa de este gran sombrero una plaza
fortificada que está aislada por un profundo barranco que
la circunda. Supongan después que las alas tienen faldas hacia dentro y
hacia fuera y háganle tres escotaduras de manera tal que dejen entre sí
tres montañas llamadas ‘molas’ por una escotadura y que las otras dos
una esté al Noroeste y otra al Nordeste. Coloquen una casi
imperceptible vereda a media falda entre la escotadura Sur y la mediación
de la mola del Oeste y que donde termina, esta senda se ahueca para seguir
frente a la plaza, cruzar un puentecillo sobre el barranco y llegar a
ella, y así tendréis una idea aproximada de lo que vi.
Pues bien ; ya mis fuerzas habían trepado por la escotadura o
valle del Sur e iban avanzando paulatinamente por la senda paralela a la
mola del Poniente. Una avanzada de Caballería llegó al recodo y se dirigía
con lentitud marcada hacia el puentecillo y la plaza.
Nosotros estábamos ya llegando al puerto del valle para entrar en
la mola ; veíamos la plaza, que parecía fantástica e imponente, erizada
de cañones, y a los reflejos del sol que la inundaba veíamos también
brillar las bayonetas enemigas.
De pronto surgió una descarga formidable, aterradora, y desde Cantavieja y desde trincheras de la mola hacía el enemigo un fuego
horroroso.
Allá por las otras ranuras o valles se veían dos interminables
filas de soldados ; indudablemente que eran dos cuerpos de ejército, y
aunque luego supimos que uno era una división nuestra procedente de Aragón
mandada por Montenegro, y el otro otra división de Cataluña mandada por
el mismo Martínez Campos, que con precisión matemática se presentaron
en el mismo teatro de operaciones y en la misma hora, nosotros no
podíamos
a tal distancia precisar si eran amigos o enemigos.
En este momento verdaderamente sublime y grandioso sonó claro y
vibrante el cornetín de órdenes de Jovellar, y como por encanto
repitieron todas las cornetas de la División la misma orden, que era de
‘alto y atención’.
Mientras tanto el fuego era horrible, y comenzaron a caer heridos y
muertos. El soldado penúltimo de mi batallón vino al suelo traspasado el
pecho por una bala, y si bien nadie podía moverse de su sitio, yo me bajé
del caballo, y auxiliado por los camilleros desviamos al herido de la
senda, y tras de una peña que nos ocultó de la plaza empecé la curación.
No tardó en sonar nuevamente el cornetín de órdenes del General,
y fue de ver la presteza con que los nuestros se desplegaron en
guerrillas, el fuego con que se contestaba al enemigo, la ligereza de los
Ingenieros abriendo entre la maleza espacio para la Artillería, lo pronto
que ésta enfiló sus cañones contra la plaza y la rapidez con que 30.000
hombres venidos los unos de Aragón, los otros de Cataluña y nosotros de
Valencia desalojábamos a los carlistas de sus trincheras encerrándolos
en el recinto murado y haciéndoles imposible la huida. Así comenzó
este memorable sitio, uno sin duda alguna de los más notables de aquella
guerra civil.
Dominadas por nosotros las tres molas,
seguí curando hasta siete heridos a medida que avanzaba a las alturas, y
una vez atrincherados en la meseta los nuestros, comenzaron a establecer
el campamento en la falda opuesta a Cantavieja. No había en ella más que
una ‘masía’, o casa de campo, que se subdividió en alojamiento del
Cuartel General y hospital de sangre en el que ondeó bien pronto la
bandera de la Cruz Roja.
Las fuerzas,
como no tenían
tiendas de campaña y el frío era intenso, principalmente por la noche,
comenzaron a levantar barracas o chozones con ramas cubiertas con trigo
verde, pues allí estaba empezando a espigar, y en aquellas improvisadas
viviendas pernoctamos desde el 30 de Junio en adelante.
El día 1o de Julio, muy de mañana, fui llamado
al hospital de sangre, y allí recibí la orden de trasladarme con un
sanitario y mi asistente al hospital de sangre de Iglesuela del Cid para
asistir precisamente a los heridos carlistas, mis antiguos conocidos, pues
Jovellar había recibido del Alcalde de este pueblo un oficio en el que le
decía que no habiendo en la villa más que un médico, pero que no era
cirujano, estaban sin asistencia facultativa aquellos desgraciados.
Dejé mi espada y revólver en el campamento, y acompañado de mis
dos hombres salí para la Iglesuela.
No se puede uno formar idea de lo bien que fuimos recibidos. Me
alojaron en la mejor casa de la villa, que era la del rico propietario D.
Manuel Matutano, diputado provincial, cuya mansión tenía honores de
palacio por la amplitud y lujo de sus salones y por no carecer de cosa
alguna, hasta el punto de tener una magnífica mesa de billar en donde el
hijo de D. Manuel, estudiante de Derecho, y yo jugábamos a las
carambolas, que era mi juego predilecto.
Componíase aquella noble familia, además de D. Manuel y su hijo,
de la señora, que era arrogante matrona de porte distinguido y con
aquella naturalidad y franqueza aragonesas que tanto realza a las mujeres
de esta comarca, y por último, de una hermosísima doncella de 18 a 20 años,
alta, blanca, rubia, sonrosada, de carnes amplias sin llegar a ser obesa
y que era el más preciado tesoro que encerraba aquella vetusta mansión.
Me dieron de almorzar espléndidamente ; alojaron a mi caballo, que
se dio vida regalada, hasta el punto de que a los pocos días parecía
otro. Y ya repuestas las fuerzas fuimos al hospital, en donde tuve la
fortuna de reducir luxaciones, colocar buenos apósitos y vendajes en las
fracturas y extraer sus balas a dos heridos haciéndoles contraaberturas
con buen éxito.
Yo estaba en la Iglesuela como la propia rosa. Ni había atención
que se me dispensase, ni obsequio que no me dieran, no distracción o
recreo de que no participara en aquellas horas que me lo permitían mis
deberes profesionales. Hasta tomaba parte en el juego de pelota que jóvenes
y adultos practicaban en las calles sin distinción de rango y jerarquía.
Pero es el caso que a los dos o tres días de estar en aquella
localidad recibí un oficio del general Azárraga en el que se me ordenaba
que me pusiese de acuerdo con el Alcalde y estableciera, con la urgencia
que el caso requería, uno o varios hospitales de sangre para los heridos
y enfermos de las tropas sitiadoras, y que si en la Iglesuela no había
camas suficientes, que oficiáramos a los pueblos vecinos pidiéndoselas a
las respectivas autoridades.
En efecto, me avisté con el Alcalde y me dirijí a la Parroquia,
único templo que había en aquella villa capaz de contener cien camas y
que, por lo precioso y alegre, daba nombre a la población.
La señora de Matutano me llamó, y uniendo sus súplicas a las de
su hija me pidieron por favor que no utilizara el templo.
-
Señoras -les dije-, por mí no ha de quedar ; yo soy tan fervoroso
creyente como lo puedan ser Vds., pero si no se encuentra otro edificio
con que sustituirla, yo creo que el mismo Jesucristo, que tuvo su
predilección por los pobres, bajaría del tabernáculo, se despojaría de
su Alcázar y asistiría a los desvalidos.
Por suerte dimos con dos grandes casas que nos cedieron
inmediatamente sus dueños ; colocamos los colchones y catres que aquel
reducido vecindario nos pudo proporcionar, y al día siguiente Mosqueruela,
Cinco Torres y otros lugares vecinos mandaron sus caritativos
contingentes pedidos al efecto por el Alcalde y por mí. Y pocas horas
después de mandar oficio diciendo que todo estaba listo como se pedía
empezaron a llegar convoyes de heridos con sus correspondientes
sanitarios, caja de operaciones y material de campaña para la asistencia
de tanto infeliz. Y he aquí que tenía a mi cargo simultáneamente tres
hospitales: dos de heridos nuestros y el otro de los enemigos.
Para todo hubo tiempo, y en buena hora lo diga, me dio Dios
tal acierto que apenas tuve bajas en los hombres puestos a mi cuidado y
asistencia.
Convalescientes los carlistas, oficié a Azcárraga preguntándole
qué se hacía con aquellos hombres. Me contestó que les consultara a
ellos adónde querían irse y los dejara en entera libertad para que
hicieran lo que quisiesen ; con lo cual se disolvió del todo aquel
hospital.
Una mañana, ya bien avanzado el mes de Julio, oí un repique
extraordinario de campanas y vi además poner colgaduras en los balcones:
-
¿Qué pasa de extraordinario? –pregunté al Sr. Matutano.
-
Pues que Cantavieja ha capitulado, y vienen ya muy cerca, si no están
entrando, las tropas del Gobierno con los prisioneros carlistas.
No escuché más ; me puse el uniforme y me fui a la entrada de la
villa por el lado de Cantavieja, en donde estaban el Alcalde, el Párroco
y el Juez Municipal esperando la llegada de las fuerzas.
Diez minutos después pasaban por delante de nosotros un escuadrón
de Caballería que no conocí, pues era de las columnas que operaban en
Cataluña, después un Regimiento cuya banda de música se situó
tocando un pasodoble en un ensanche de calle con honores de plazoleta que
había frente a donde nosotros estábamos ; luego más batallones, tras
los cuales apareció un general con su Estado Mayor, que a las primeras
de cambio, no obstante no haberlo visto jamás, conocí que era el mismo
Martínez Campos en persona.
Al llegar esta comitiva echó pie a tierra el autor material de la
Restauración Borbónica y saludó con efusión, dándoles la mano, a las
autoridades de la Iglesuela, cuyos individuos, una vez hecho el saludo, se
retiraron.
Entonces, dirigiéndose a mí, me dijo:
-
¿Y Vd. qué hace aquí?
Yo empecé a contarle por qué me hallaba en aquel sitio, toda vez
que como no era de su jurisdicción, Martínez Campos ignoraba lo que
ocurría.
Y estando en estas explicaciones apareció el brigadier carlista
Albarrán, defensor de Cantavieja, con su estado Mayor, seguido de las
fuerzas capituladas.
Pero es el caso que en el cuartel general de Albarrán venía de
Jefe de Sanidad un farmacéutico jorobado sobre un brioso corcel, y como
la banda militar estaba a diez pasos batiendo marcha y el pobre boticario
era muy mal jinete y hombre de pocas fuerzas, su caballo se encabritó y
comenzó a dar corcobos reculando sobre nosotros. Martínez Campos daba
unos pasitos de perdigón -quizás por estar entumecido de la larga
caminata-,
y el dichoso caballo cada vez más encima.
Yo veía de un momento a otro en peligro al héroe de Sagunto y a
mi propia persona, que éramos los más perseguidos, y en trance tan
apurado y viendo que se le echaba encima el caballo al general Martínez
Campos, sin encomendarme a Dios ni al diablo empuje al más tarde vencedor
de la Seo por el brazo izquierdo, lo metí de golpe y porrazo en la
casa-puerta inmediata y me deslicé tras él en el momento preciso en que
el caballo del boticario desconchaba con las nalgas y las patas el quicio
de aquella puerta.
Pero no fue eso lo más singular. Lo gracioso del caso fue que
habiendo salido de este peligro me encontré en otro mayor, porque el
general Martínez Campos, hecho un basilisco, despidiendo fuego por los
ojos, salió de la casa-puerta con la mano derecha en la espada como para
sacarla, y encarándose conmigo me dijo:
-
¡Doctor,
...
me
ha matado Vd.!
Calcúlese el curioso lector cómo me quedaría: ... como quien ve
visiones.
-
Mi general —le dije-, no sé con qué he matado a V.E. ; si he
estado irrespetuoso en la forma, perdóneme, porque mi ánimo ha sido
solamente el de librarle de un peligro cierto.
-
1Quítese
Vd. de mi presencia!
Y como yo intentara aclararle más mi acción, acercándoseme un
coronel ayudante me dijo:
-
1Váyase
..., váyase!
No pude contenerme, porque me rebosaba la indignación. No pensé
en el peligro que tenía la desobediencia en aquel caso, ni temí que me
hubiera atravesado el general con su espada ... Había una cosa que se
sobreponía al instinto de conservación, y era la dignidad humana, lo que
yo consideraba una ingratitud y una injusticia.
Pero acercándose el ayudante -que si duda alguna comprendía bien
lo que por mi pasaba- me dijo al oído:
-
Retírese, que ya sabrá el por qué.
Y entonces, lleno de desaliento y amargura, me fui a mi
alojamiento, conté a mis patrones el caso, y unánimemente convinimos en
que lo mejor en el mundo es no estar nunca cerca de los que mandan y
tienen poder. Es preferible vivir entre los humildes.
Pero no paran en esto mis desventuras.
Como mi casa era la mejor del pueblo, allí alojaron también a
Martínez Campos y al mismo Albarrán.
Saberlo yo e irme para la cocina todo fue uno. Verdad es que las
cocinas en el Bajo Aragón son una de las mejores piezas de la casa.
Poco tiempo llevaba sentado y de conversación con la familia de
Matutano, cuando Martínez Campos, Albarrán y los ayudantes de ambos
generales vinieron a saludar a la señora y a calentarse al amor de la
lumbre mientras les preparaban la comida ; y lo que más me aterró fue
ver todavía a Martínez Campos haciendo los mismos visajes que cuando lo
salvé de las patas del caballo.
-
Señora
—dijo el general después de saludarla-, dispense Vd. que haga estas
contracciones, que le parecerán ridículas, pero me ha ocurrido ...
-
Adios
-dije para mi capote-, el general no me ha conocido (porque estaba yo de
paisano), y ahora me va a poner de bárbaro y de animal que no va a haber
por dónde cogerme.
-
Mi
general -le dije, interrumpiéndole su disculpa-, yo fui el que,
desgraciadamente y con la mejor intención, tuve la inoportunidad de
producirle lo que le aqueja. Le pido nuevamente mil perdones.
-
Ah, ¿era
Vd., Doctor? No le había conocido. Pues bien, me alegro de verle para
darle las gracias y suplicarle me dispense lo duro que estuve con Vd.
Deseaba darle una explicación. Desde que estuve en Cuba, y a consecuencia
de la guerra aquella, tengo no sé qué cosa en el brazo izquierdo que no
puedo resistir a veces ni el uniforme, por lo cual al llegarme a ese sitio
veo todas las estrellas del firmamento por largo rato, y esa es la razón
de mi brusquedad ; e hizo bien en retirarse, porque no soy dueño de mi
persona.
Muchos años después vi en Madrid al general en la calle de Alcalá
e instintivamente me fui a la acera opuesta. No sé por qué, me parecía
que llevaba aquella constrición dolorosa, y que sin yo darme cuenta
iba a tocar en el punto vulnerable de aquel nuevo Aquíles.
Y cuando la guerra de Melilla, al embarcar Martínez Campos en
Málaga, refirió ‘El Liberal’ que dijo a su ayudante al darle la
mano éste para entrar en el buque:
-
Mucho
cuidado con el brazo izquierdo.
Y el periódico ponía como comentario -no sé si bien o mal
informado- que el General tenía un aneurisma y que sufría horriblemente
al rozar con cualquier cuerpo extraño.
¡Que me lo digan a mí!
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CANTAVIEJA.- Villa de la provincia de Teruel, partido judicial de Alcañiz,
al Sur de la capital, a 1.200 m de altitud. El término tiene 125,03 km2
y cuenta en la actualidad con 1.034 habitantes (1.934 en 1888). Se
encuentra ubicada en la comarca de Las Sierras, cerca de la Muela Monchen.
Su origen fue una fortaleza que no se sabe si fue construida por los
cartagineses, por los romanos o por los árabes. Conquistada a los
musulmanes, pasó a poder de los caballeros templarios y de San Juan de
Jerusalén. Durante la 1a Guerra Carlista figuró como
una de las plazas más importantes de los carlistas en el Bajo Aragón. Ya
en la 3a Guerra -a la que, como sabemos, se refiere el
texto- fue atacada en Abril de 1874 por el general Despujols, que tuvo que
retirarse. En el verano de 1875 marchó contra la plaza el general Martínez
Campos -el episodio que aquí se nos narra-, consiguiendo hacerla
capitular tras siete días de asedio. [Diccionario
Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura. Ciencias y Artes] La villa se halla situada en un llano rodeado de montañas, sobre fuerte peñón, en las inmediaciones de la provincia de Tarragona. Cruzan su término tres arroyos, que unidos forman el río de Cantavieja o Albaredos. La Iglesia Parroquial, dedicada a la Asunción, es un edificio magnífico construido entre 1730 y 1745. En el antiguo oratorio de San Miguel, que fue iglesia de templarios, se conservan sepulcros de piedra con estatuas de los caballeros que en ellos yacen. Su castillo, tan antiguo que se ha llegado a decir que es de la época de Anibal, aunque esta hipótesis no se ha podido demostrar, fue destruido casi por completo por los carlistas en 1840. [ibid.] [VOLVER]
En 1836 (durante la 1a
Guerra Carlista) Cantavieja fue
ocupada y fortificada por Cabrera, quien estableció allí una
maestranza para recomposición de armas y fundición de cañones. En
Octubre del mismo año la sitió y tomó el general San Miguel. El 25 de
Abril del año siguiente el cabecilla Cabañero recuperó la plaza gracias
a la traición de algunos de sus vecinos. Cabrera la abandonó el 11 de
Mayo de 1840 después de haber incendiado parte de la población y volado
el polvorín del castillo. [ibid.] Nuestro autor compara en esta ocasión al general Martinez Campos con Aquiles, en la mitología griega el mayor de los guerreros griegos en la guerra de Troya, quien también tenía, como se sabe, un punto vulnerable en su cuerpo, por lo demás imbatible. Aquiles era hijo de la ninfa del mar, Tetis, y de Peleo, rey de los mirmidones de Tesalia. Cuando era un niño su madre lo sumergió en la laguna Estigia para hacerlo inmortal. Las aguas lo hicieron invulnerable menos en el talón, por donde lo sostenía su madre. Tal como se nos narra en la Ilíada de Homero, en su ataque a los muros de Troya fue mortalmente herido en ese talón por Paris, el héroe troyano. [Encaria-99] [VOLVER]
Desde mediados del siglo XIX Melilla estuvo en repetidas ocasiones en el
centro de la politica española ; en 1859, la campaña de O’Donnell
(‘Guerra de Africa’) consiguió una ampliación de los términos
jurisdiccionales, ratificada por la paz de Wad-Ras (1860). En Septiembre
de 1893 (posiblemente el episodio a que se refiere nuestro autor), tras el
incidente armado de Sidi Aquarich con los rifeños se firmó un tratado de
paz que estipuló la constitución de una zona neutral entre la plaza y
las cabilas. [Nueva Enciclopedia
Larousse] |