CAPITULO XV.- 1875 y 1876. Fin de la guerra

 

            La guerra puede decirse que tuvo el principio del fin en Monlleó y Cantavieja, porque, libre el Ejército del Centro de enemigos, se unió al de Cataluña, y ambos, después de rendir la Seo de Urgel, que era el mejor baluarte de la insurrección en el antiguo Condado, pudieron luchar, unidos al del Norte, con fuerzas infinitamente superiores a las del carlismo.

            Yo tuve la buena suerte de no pasar a Cataluña, porque allí hubo un Savalls que tuvo la inhumanidad de sacar de un hospital de los suyos a un médico provisional nuestro y fusilarlo sin tener en cuenta que no era un voluntario, que le amparaba y protegía la Convención de Ginebra y que estaba curando y asistiendo a los heridos de su propio campo.

            Permanecí, pues, hasta bien entrado Agosto en Iglesuela, no sin tener que ir a Cantavieja para celebrar una consulta con el médico titular sobre el curso de la herida de un oficial nuestro, y por fin fuerzas procedentes de Morelia vinieron por los convalescientes de Villafranca y de Iglesuela del Cid, teniendo por este motivo la satisfacción de incorporarme a mi compañero Abelardo Medina. Juntos ya todos, fuimos por Cinc-Torres a MorelIa y me encargué, por orden del Gobernador Militar Sr. Plasencia, de la dirección de aquel hospital, por ser yo, de los médicos provisionales, el más antiguo.

            Morella despertaba en mí los recuerdos de la otra guerra civil, máxime viendo aquellos lóbregos calabozos del Macho y del Cacho en donde tuvo Cabrera prisioneros a los soldados de la División Paradiñas. Eran de ver las estalactitas y estalagmitas de sus húmedas cuevas y el barranco al parecer imposible de escalar por donde fue asaltada la plaza y sorprendida la guarnición cristina.

            Una iglesia hermosísima y una plaza rodeada de porches es lo más notable, aparte de sus fortificaciones.

            Estaríamos quizás un mes, y lo que no se me olvida es el frío que sentía por las tardes y noches. Baste decir que a las tres nos teníamos que poner los capotes, a pesar de ser Agosto.

            Una tarde nos anunció el Gobernador Plasencia que el jefe de Sanidad nos reclamaba para Valencia, y al día siguiente, provistos de nuestros respectivos pasaportes, salimos para San Mateo y Castellón de la Plana.

            Como todos éramos jóvenes y volvíamos libres y sanos a descansar de la campaña, se nos ocurrió la idea de dar en el camino una broma a un sanitario que era muy corto de espíritu. Al efecto, y como yo era el jefe de la expedición, qué se componía del otro médico, seis sanitarios y dos asistentes, propuse, en evitación de una sorpresa del enemigo -pues pudiera haber alguna partida de merodeadores, que suelen quedar al concluirse una guerra- que uno de nosotros fuera a caballo de vanguardia o exploración, y elegimos al comenzar la jornada al sanitario pusilánime, al que di mi revólver, no sin antes quitarle las cápsulas, diciéndole que en caso de encuentro se defendiera y nos diera aviso del peligro con los disparos, y aprovechando un recodo o rodeo que daba la carretera mandé a los asistentes, que con pañuelos anudados por las cuatro puntas y remetidas éstas simulando boinas blancas y con palos que parecieron de lejos fusiles se emboscaron en lugar por donde iba a pasar el explorador y le dieron la voz de ‘alto’.

            Efectivamente, así lo hicieron los muchachos con tal suerte, que nuestro sanitario, a quien no le dio juego el revólver, volvió grupas a todo correr gritando desaforada­mente: “¡Los carlistas! ... ¡los carlistas! ...”, quedándose a retaguardia bien pronto, porque sacando yo la espada (acto que no imitó Medina, porque la suya era peor que la de Bernardo) y diciendo: “¡a ellos!” hicimos correr a los otros y volvimos regocijados a celebrar nuestro triunfo en unión de aquel pobre muchacho, que ignoraba el valor que infunde un simulacro.

            Y sin más peripecias llegamos a San Mateo aquella tarde, y al otro día a Castellón de la Plana, con un sol de justicia y saludados por las cigarras, que en la arboleda frondosa de la carretera nos cantaban sus alegrías. No quizás tan grandes ni tan intensas como las nuestras.

            En Castellón vendí mi célebre caballo en dos duros menos que [lo que] me costó, y eso que estaba gordo y lucido como nunca ; y sin más ni más tomamos el tren y re­gresamos definitivamente a la ciudad de la eterna primavera, de los pensiles amenos, de las ricas frutas y de las mujeres más encantadoras.

 

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            Ya todo lo que sigue es vulgar y sin interés, como no sea para mi familia.

            En Septiembre, una vez establecido con carácter permanente, mandé por mi esposa e hija y nos fuimos a vivir a un modesto piso de casa junto al Hospital de San Pío V, en donde tenía a mi cargo la sala de San Fermín y las de viruelas y sarampión.

            El 31 de Diciembre de 1875 falleció mi pobre madre sin que tuviera yo el triste consuelo de recoger su último suspiro.

            Y en Mayo de 1876 se me exploró por si quería pasar a Cuba con el empleo inmediato o establecerme con licencia ilimitada y sin sueldo donde quisiera. Obedecía esto a que ya D. Carlos había traspasado la frontera por el puente de Arnegun ; ya no hacían falta nuestros servicios, y los médicos que no pertenecíamos al Cuerpo en propiedad éramos una carga inútil que el Estado no quería soportar.

            De haber estado soltero, quizás hubiera ido a Cuba, pero casado y con una hija me pareció más prudente aceptar la titular que mi propio pueblo, Alcalá de los Gazules, me ofrecía, y con los escasos fondos que ahorré en Valencia, donde gané algún dinero en el Banderín de Ultramar con los reconocimientos de los voluntarios para Cuba, regresé a mi patria querida, donde mi padre y mis hermanos salieron a esperarme, pero en donde me faltaba el primero de mis afectos, mi santa madre, que tanto sufrió por mí y que no tuvo el gusto de verme sano y salvo al final de tantas campañas.

            Si yo me hubiera hecho carlista en Santurce, siendo traidor a mi bandera, si después, haciendo otra traición, me hubiera unido a los que con Cabrera aceptaron la monarquía alfonsina, tal vez no hubiera tenido que ser titular de Alcalá ni terminado como empecé.

            Pero no por eso siento arrepentimiento.

            Quédense para el que tenga otro modo de pensar y sentir las recompensas y los honores, que yo, con mis pobres y sencillos pasadores y mi modesta cruz roja, y aún sin nada de esto, traje a mi casa un caudal que vale más que todas las grandezas del mundo, y es la tranquilidad de conciencia por haber cumplido siempre y en todo caso con mi deber y el título de hombre honrado, que vale mucho más que cien reinos.

 

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Epílogo

 

            Con el fin de hacer un resumen de los acontecimientos posteriores a la guerra, tal sólo consignaré los hechos principales de mi vida, con sus fechas:

1877.- Tengo que devolver al Estado la paga del mes de Febrero de 1874, que pasé en Santurce prisionero y enfermo y que cobré en Zaragoza, y los pluses de campaña del Centro, por no estar “justificadas sus cobratorias suficientemente ; reclamé sobre la paga y conseguí que no me la cobrasen, pero como se la cargaron en cuenta al caballeroso y honrado Comandante Colón, que había autorizado el abono, yo no lo consentí y se la envié, como era de justicia.

1882.-  Fallece mi primera mujer, dejándome, de tres hijos que tuvimos, la mayor, llamada Eloísa, hoy Sor María Ignacia en el Convento de la Compañía de María de Jerez de la Frontera.

1883.-    Contraje segundo matrimonio con mi prima Clara de Puelles, que por sus virtudes y excelentes dotes de laboriosidad y gobierno ha contribuido poderosamente al bienestar de mi numerosa familia, y de cuyo matrimonio hemos tenido quince hijos, de los cuales viven los llamados Joaquín, Antonia, Antonio, José, Eloy, María, Eusebio y Concepción.

1883.-    Renuncio la titular médica de Alcalá y comienzo en curso primero de Derecho en Madrid, teniendo por catedráticos a Ortí y Lata, de Metafísica, D. Mariano Viscasillas y D. Francisco Sánchez de Castro en Literatura, y a D. Miguel Moraita en Historia. Escribo, a petición de Viscasillas y Moraita, dos trabajos sobre el Teatro Español y las Razas Humanas que me valieron salir Sobresaliente en todas las Asignaturas y que ambos escritos se publicaran con éxito en un periódico médico y otro literario de la Corte.

1884 a 1887.- Escribi varios artículos científicos y literarios en ‘El Diario Medico-Farmacéutico’ y en ‘El Popular’, ambos de Madrid.

1885 a 1889.- Cursé libremente los cinco restantes años de Facultad, estudiando desde Alcalá y dedicado al ejercicio de la medicina, obteniendo buenas notas y el titulo con la calificación de Sobresaliente, debido en gran parte al eficaz auxilio de mi querido amigo y compañero D. Julio Puyol y Alonso, actual Secretario de la Junta Superior de Reformas Sociales, que me favoreció con una constancia nunca bien celebrada con sus luminosos y bien escritos apuntes de Derecho, que me los remitía quincenalmente.

1891.- Hice oposiciones a Notarías vacantes en el Ilustre Colegio de Sevilla, obteniendo la de Zufre, distrito de Aracena, provincia de Huelva.

1892.- Falleció mi padre cristianamente, dedicado en sus últimos años a lecturas piadosas, dejándonos casi por completo el corto patrimonio que heredara, no obstante de habernos costeado a tres la carrera de Medicina y a uno la de Farmacia.

1901.-    Obtengo en concurso por méritos -turno tercero de Notariado- la Notaría de Medina Sidonia, que actualmente desempeño.

 

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            Sin duda alguna he tenido la suerte de ejercer la Medicina en mi juventud, profesión que requiere actividad y bríos, y el Notariado en la ancianidad, cuando se apetece una vida sedentaria, y en donde he tenido la recompensa a tantos trabajos como experimenté en el primer período profesional, habiendo alcanzado cuatro realidades hermosas:

·         Vivir alejado de la política, que me es repulsiva.

·         No ejercer la Medicina.

·         Obtener, en modesta esfera, aunque superior a mis méritos, la consideración y el aprecio de mis convecinos.

·         Y gozar de paz en la conciencia, base firmísima de toda felicidad.

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El carlista Tristany estableció alli su cuartel general en 1874, hasta ser expulsado por el general Martinez Campos (1875), cuyo hijo recibió el ducado de la Seo de Urgel en 1888. [ibid.] [VOLVER]

Francesc Savalls (1817-1886), se alistó en 1835 en las fuerzas carlistas y luchó en la Guerra de los Siete Años (1a Guerra Carlista), alcanzando el grado de capitán. Al finalizar la campaña huyó a Francia y luego a Italia. En 1870 se ofreció al pretendiente Carlos VII, quien le nombró comandante general de la provincia de Gerona. Después de la impresionante victoria de Alpens (1872) tomó Bagá, participó en la rendición de Igualada e intervino en el sitio de Berga (1873). Savalls, junto con Tristany, fracasó más tarde en su intento de tomar Puigcerdá, pero se apoderó de Vich y de Castelló de Ampurias. Nombrado por Carlos VII capitán general de Cataluña, accedió a entrevistarse (1875) con Martínez Campos. En adelante se hizo notar por su inactividad, pues aunque realizó un tercer ataque a Puigcerdá, no acudió en socorro de la Seo de Urgel, hecho que motivó su destitución y proceso. Al finalizar la guerra pasó a Francia. [ibid.] [VOLVER]

Durante la 1a Guerra Carlista Morella desempeñó un papel de gran importancia militar: en 1833, gracias a la traición del gobernador de la plaza, fue tomada por los facciosos, que se vieron obligados a abandonarla a los pocos días. Cabrera la ocupó tras un largo asedio en 1838 y la convirtió en su cuartel general ; en Agosto de ese mismo año el general Oraa fracasó en su intento de recuperarla, lo que logró Espartero en 1840. En la última guerra carlista, pese a los varios bloqueos, los rebeldes no consiguieron entrar en ella. [ibid.] [VOLVER]

[ATRAS]