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Más de una
vez he tenido en
mi mano la pluma para narrar los episodios de mi vida en el accidentado y
difícil período de mi juventud; pero otras tantas he desistido
en mi empresa: porque, a la verdad, después de haber leído las páginas
de Alarcón sobre la Guerra de Africa y las memorias de
Mesonero Romanos y del General Córdoba es
preciso tener alientos de Genio o ridícula pretensión para imitarles y
seguirles. Mas pensando mejor me he dicho: “Ellos
escribieron para la Humanidad ; yo escribo para vosotros ; ellos, para
hacerse inmortales, yo solamente, para que no me olvidéis”. Y como
vosotros tenéis que ser forzosamente indulgentes conmigo, me decido al
fin, y allá van esas páginas, que si bien mal escritas, reflejan en
verdad las vicisitudes por que pasé y las lecciones que aprendí en
cabeza propia.
Después de leer todos sus capítulos se les ocurrirá preguntar:
¿Y mi padre, qué opinión política llegó a tener pasados los hervores
de los primeros años? Eso mismo me pregunto yo ... y es lo cierto que no
sé qué contestarme ; porque al ver que en mi Patria republicano es sinónimo
de anticatólico, y católico es igual casi que carlista o por lo
menos monárquico sin filiación dinástica, me quedo tan perplejo, que no
sé qué partido tomar, y en su consecuencia, he optado y opto por no
pertenecer a ninguno. A mí me parece que en el orden de la realidad católico
y republicano se repelen ; y sin embargo creo que en el orden de la
idealidad, sería la suma perfección. Creo más: que si en España
surgiera un orador elocuente que sintiera sinceramente en su corazón esos
dos sentimientos, religioso y político, y levantara bandera, quizás
formaría un partido robusto y serio que algún día pudiera predominar y
vencer. Pero como ese hombre no ha aparecido, ni tiene trazas de asomar
por los horizontes de la Patria, y yo de fijo no soy ese hombre, me
resigno a encerrarme en mi casa, trabajar cuanto pueda para dejarles a
Vds. educación cristiana y fortuna, y esperar lo más tranquilo posible
la hora de Dios.
Lo que sí les aseguro, que si alguna vez supiera ciertamente la
incompatibilidad de ambos ideales, me abrazaría a la Cruz, y envuelto en
los pliegues de la gloriosa bandera española moriría defendiendo hasta
derramar la última gota de mi sangre los dos sentimientos más grandes de
mi vida: la Religión y la Patria. Medina Sidonia, a 29 de Marzo de 1907_______________________________________________________ Se refiere a Diario de un testigo de
la guerra de Africa (1859), de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891),
novelista granadino que en su juventud abandonó los estudios eclesiásticos
por los de Leyes, que tampoco terminó. En 1853 abandonó la casa paterna
y se dirigió a Madrid, donde intentó abrirse camino como escritor. De
nuevo en Granada, formó parte de la célebre revista ‘Cuerda
Granadina’ posteriormente dirigió en Madrid el periódico antimonárquico
y satírico ‘El látigo’. Una crisis de conciencia provocó un cambio
profundo en sus ideas políticas y religiosas. Intervino en la Guerra de
Africa, y años más tarde se hizo famoso por sus cuentos y novelas, entre
los que destaca el relato corto ‘El sombrero de tres picos’, puesto
en música más tarde en forma de ballet por Manuel de Falla. [Nueva Enciclopedia Larüusse] Memorias de un setentón (1880),
de Ramón Mesonero Romanos (1803-1882), escritor y periodista, la parte más
característica de cuya obra literaria está constituida por sus ‘artículos
de costumbres’, publicados bajo el seudónimo de ‘El Curioso
Parlante’. Al igual que tantos costumbristas, fije sensible al influjo
de escritores como Jouy, Quevedo y Ramón de la Cruz. Pese a su propósito
de registrar los cambios que en las formas de vida operaba la naciente
industrialización y puntualizar aspectos del mundo español frente a
tergiversaciones por autores extranjeros, fue refractario al movimiento
romántico, al interés por la política de su tiempo y a las técnicas
narrativas contemporáneas. Aún así, fue el gran promotor del
costumbrismo
español ; sus artículos -minuciosos, discursivos, de un humor cauto y
bonachón- influirían, en distintos órdenes, sobre novelistas como
Pereda y Pérez Galdós, al cual asesoró en las dos primeras series de
los ‘Episodios Nacionales’. [ibid] Posiblemente se refiera a la Memoria descriptiva de un viaje de exploración al Estrecho de Magallanes (1785), de la que es autor el marino español Antonio de Córdoba y Lasso (+ 1811), a quien, tras participar en las campañas del Norte de Africa (1755-60), se le encomendó en 1762 el transporte de tropas a Cuba, bloqueada entonces por los británicos, que le hicieron prisionero. Cuando se decretó la expulsión de los jesuitas, Córdoba fue el encargado de conducirlos a Civitavecchia. Participó luego en nuevas acciones contra los argelinos ; en 1774 condujo a Cevallos a la región del Río de la Plata y participó en la toma de la Isla de Santa Catalina y de la colina de Sacramento. Permaneció luego en el virreinato de La Plata y en 1785 realizó dos expediciones al Estrecho de Magallanes, que reflejó en la obra arriba mencionada. [ibid] [VOLVER] En efecto, Francisco Pi i Margall (1824-1901), principal ideólogo de la 1a
República Española, se oponía radicalmente a la Iglesia Católica
como aquella institución que encarnaba el principio de autoridad que tan
funestas consecuencias había tenido para España ; así dice: “No
vengáis tampoco a recordarme esa tradicional piedad de nuestro pueblo, de
ese pueblo que aún creéis honrar llamándole católico. ¿Sabéis qué
le debemos a esa constancia religiosa, a esa fe que no pudieron apagar en
el siglo XVI las palabras de Lutero? El letargo intelectual que aún
vivimos, la pérdida de la preponderancia científica que ejercimos en
Europa hasta poco después de la Reforma. ¿En qué hemos participado
desde entonces en el movimiento filosófico? Hoy, después de medio siglo,
hemos empezado a abrir los libros de los grandes genios filosóficos. ¿Dónde
está nuestro Hegel, nuestro Kant, nuestro Descartes? Hace ya cerca de
cuatrocientos años que, negando Lutero el principio de autoridad, lanzó
la razón por una nueva senda y hoy, sólo hoy, empieza nuestra razón a
recorrerla ... ¡Cerca de cuatro
siglos de atraso por esa constancia en sujetarnos a las exclusivas y
estrechas inspiraciones de la Iglesia?’ [ABELLAN, José Luis, 1984, Historia
crítica del pensamiento español, Madrid, Espasa-Calpe, pg. 591] |