LOS VELATORIOS

(Cuadro de costumbres sociales)

José Ma de Puelles y Centeno (1886)

 

Publicado por primera vez en el ‘Diario Médico-Farmacéutico’, de Madrid, en los meses de Julio y Agosto de 1886.

 

No me propongo, ni mucho menos, estudiar la etimología o el origen histórico de los velatorios.

Quédese este trabajo crítico para las personas eruditas ; ni yo sabría hacerlo, ni en la estación presente de calor, languidez y modorra se leería con paciencia una disquisición filosófica o una excursión histórica sobre la esencia, marcha y desarrollo del velatorio, sobre si los persas, chinos, indios, egipcios y caldeos lo celebraban de esta o aquella manera, sobre, en fin, si son o no son convenientes y adecuados a una necesidad más o menos sentida.

A mí me basta con saber que en todos los pueblos y todas las edades han existido los velatorios, y sostengo afirmación tan absoluta porque yo me digo: prescindiendo de lugar y de tiempo, el hombre siempre ha padecido enfermedades, toda enfermedad ha tenido su curso, todo curso sus días, cada día sus noches ; si es cierto que el hombre padece de noche lo mismo que durante el día, sí es no menos cierto que el enfermo no se basta a su asistencia y si a esto se agrega que de noche la necesita más delicada y precisa, claro está que han existido vigilantes y enfermeros, y en su consecuencia, éstos, en unión con el enfermo, han constituido el velatorio. Póngasele un nombre griego, latino, chino o ruso a esto, llámese como se quiera, pero el hecho de velar al que padece no variará de naturaleza y por ‘fas’ o por ‘nefas’ resultará probada siempre mi afirmación categórica.

Ahora bien, no voy a tratar de la Hermana de la Caridad o de la Sierva de María, o de la atribulada esposa o de la madre infeliz.

Cada uno de esos ángeles necesita para su descripción la pluma de un ángel, no la grotesca y pobre mía, que lejos de encerrar en marco afiligranado de dulces conceptos la ternura, rebajaría con pinceladas groseras de brocha gorda lo inenarrable de la sublimidad de esas mujeres.

Cuando oigo hablar de ellas, me conmuevo ; cuando las veo alrededor de la desgracia, me infunden tal respeto y tan profunda admiración, que a pesar de que todo se gasta y amortigua con la repetición de actos, mi entusiasmo se agiganta y mi corazón se dilata y extasía cada vez más al contacto de tanta grandeza.

Voy a bosquejar en breves brochazos esa serie de ‘parásitos de la agonía’ que con el nombre de parientes más o menos contrahechos y amigos de escayola y cartón-piedra se aglomeran en las noches tristes cerca del lecho moribundo con el especioso pretexto de ayudar, o ‘por lo que ocurra’.

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D. Robustiano Chaparro era un buen sujeto que no tenía de robusto más que el nombre, aunque con el apellido guardara más afinidad.

Cuando le conocí en la consulta que tuve sobre su gravísima pulmonía en la inmediata aldea, donde ejerce mi buen amigo D. Inocencio Paciente (antiguo conocido de los lectores del ‘Diario Médico-Farmacéutico’), supe que era cesante de no sé que Ministerio y que tenía cuatro ‘ex’: de empleado, miliciano, casado y rico.

Pero en medio de su relativa pobreza aún conservaba algunas peluconas y unos créditos, seis cabras, un pollino, una guitarra y el uniforme de Nacional con morrión y plumero, en buen uso.

Como era viudo, claro es que no tenía mujer propia, y aunque no quiero meterme en vidas que no me interesan, no sé hasta qué punto no la tuviera ajena.

Yo lo que sé es que Da Concha del Alamo (que, dicho sea de paso, entrecasaba bien su apellido con el de D. Robustiano) regía con tino magistral ora las tijeras para los cáusticos, ora el clíster, ya la cucharilla de la pócima, ya el cuenta gotas o el reloj de arena.

Item ; por una escaramuza que presencié entre ella y la joven Da Soledad Chaparro, sobrina del paciente, saqué en conclusión:

  1. Que la legitimidad representada en Da Soledad estaba destronada.

  2. Que la voluntad soberana del enfermo había elevado al último grado de omnipotencia a la dictadora Da Concha

  3. Que no había testamento.

  4. Que el principio histórico enfrente del revolucionario iban a dar una batalla que tenían por corona y remate las seis cabras, el morrión y el jumento.

(Nota.- Suprimo lo de las peluconas, porque sobre ellas el elemento tradicional estaba en la persuasión de que, vencedor o vencido, no las vería)

Aquella noche (porque era de noche cuando se celebró la consulta) estaba medio pueblo de velatorio.

Da Concha, que dicho sea de paso era muy amiga de cubrir las fórmulas sociales, dejó a medio curar un vejigatorio al pobre D. Robustiano, no sin antes sacarle un par de túrdigas de pellejo con intrepidez marcial, porque decía era preciso ocuparse del chocolate, aguardiente y bizcochos para los asistentes, allá para cuando el gallo cantara y las estrellas dejaran de brillar.

Alrededor del paciente estaban, a más de la sobrina, el novio de la sobrina, la mamá del novio de la sobrina, el marido de la mamá del novio de la sobrina (segundas nupcias se llama esta figura), un hijo del marido de la madre del novio de la sobrina, dos hermanas de éste (es decir, del marido en cuestión, que hasta ahora no se confunde con otro porque es el único casado), tres hijos de las hermanas susodichas y ..., pero, en fin, a qué más: total diecisiete personas, entre ellas dos suegros, un perro, dos canarios, un brasero encendido y un armatoste de pino, encima del cual brillaban el pompón y los botones de la casaca del patriota.

  • ¡Válgame Dios! –dijo D. Inocencio, entrando en la alcoba después de saludar a más de cuarenta vecinos que estaban de refuerzo en la habitación contigua-, ¡válgame Dios! ¿Cómo queréis que este pobre hombre se ponga bueno, si lo estáis envenenando con el carbón encendido y vuestras respiraciones? ¿No os tengo dicho que el enfermo debe estar no más que con un par de asistentes?

  • Es que ...

  • Verá Vd., ... los amigos ...

  • No se pudo oír más ; tal y tan grande y tan confuso griterío se armó, que mi amigo D. Inocencio sentía en el alma haber originado aquel chaparrón de explicaciones.

Llamó aparte a Da Concha y le dijo:

  • ¡Señora de mi alma! ¿No está Vd. viendo que el pobre enfermo se asfixia? ¿No le tengo prevenido lo que se debe hacer?

  • Verá Vd., D. Inocencio ; hay cosas en la sociedad que son inevitables. Si yo prohibo la entrada a Soledad, dirán que por tener secuestrado a Robustiano hago eso ; así y todo, dicen que yo me voy a guardar lo que pueda, haciendo con los muebles la procesión del niño perdido. ¡Mire Vd. que decir eso! ¡Cuando después de todo sería lo mío!

Dos lágrimas del tamaño de garbanzos bajaron ‘silenciosas’ (como diría cualquier novelista de los que hacen el distingo entre éstas y las parlantes) por las mejillas de Da Concha.

  • Bueno –replicó el doctor-. Bien está que su sobrina entre a ayudar a Vd., y por derecho propio ; yo respeto los vínculos estrechos de familia y aplaudo el cumplimiento de un deber, pero ¿y los demás zánganos?

  • Los demás son la consecuencia de la primera concesión ; el uno es el novio de Soledad, la otra es la madre del novio, aquel, el marido de la madre, Juana, la hija del marido, Berta, ...

  • Basta, estoy al corriente. ¿Pero se trata de cerezas o de personas, señora Da Concha? Vamos a sacar en limpio que la alcoba no es alcoba, sino cuadra, y esas pobres gentes no son seres racionales y libres, sino una recua de mulos unidos por fuerzas ronzales.

  • Yo no sé lo que son ; lo que sí sé es que necesito más libras de chocolate que de pan un cortijo, y más aguardiente que el que hay en Ojen ; si el pobre D. Robustiano tarda mucho en arribar nos quedamos en la estacada de esta hecha.

  • Paso a otra cosa. ¿Qué tal ha tomado la poción?

  • ¡La poción! Vd. dirá ‘la porción’ ... Pues la porción se le ha untado muy bien en el costado izquierdo ; digo, me parece que en el derecho ; ¡ah ..., sí ..., sí ..., en el hombro ...!

  • Vamos, ¿a que Vd. no sabe en dónde? ¡Pero señora! Si era una poción antiespasmódica para tomar a cucharadas, ¿no se lo dije cien veces?

  • Entendí que ...

  • Señora, si me dijo Vd. quedar enterada.

  • Verá Vd., creí que ..., me pareció que ...

  • Eso es, siempre lo mismo. El ‘creí que’, el ‘pensé que’, el ‘entendí que’, el ‘me pareció que’ son las cuatro vulgaridades del no creer, no parecer, no saber ni entender ; o sea, los cuatro abuelos del ‘tonteque’.

En este momento del diálogo que acabamos de relatar D. Inocencio fue llamado precipitadamente a la cabecera del enfermo.

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El pobre D. Robustiano no podía más ; su respiración era muy difícil, ya por la estrechez de los capilares bronquiales inflamados, ya por la fiebre, a la sazón altísima, ya por el dolor pleurítico que el enfermo trataba de no exasperar con una respiración más amplia, ya finalmente por aquella atmósfera de carbón, aire expelido, ácido sudórico y valeriánico, humo de tabaco, éter de la poción de la disputa y esencias ‘cursis’ de las aldeanas constituidas ‘motu propio’ en celebridades de campanario.

Mi amigo el médico apenas divisaba la cama del paciente y no pudo por menos que disponer se desalojara el salón y se renovara el aire, con las precauciones convenientes.

Inútil es decir que predicó en desierto.

No se retiraron de la alcoba ninguno de los asistentes, porque creían cometer un delito de lesa cortesía y humanidad separándose del enfermo, cuando tal vez iba a fallecer en breve espacio.

Y no hicieron lo segundo, porque sólo en la mollera de un D. Inocencio cabe el renovar el aire y ventilar una alcoba en donde está un hombre enfermo de pulmonía, ¡precisamente por causa del aire! ...

  • ¡Pícaro aire! ¡Qué inútil y cuán perjudicial eres! ... Tú acatarras, constipas, llevas los microbios, trasladas los gérmenes pestilenciales ... ; va a ser preciso hacer una exposición al Gobierno contra el aire, y si no nos hace caso, haremos una revolución ... ¡Pues no faltaría más!

Así discurrían aquellas cabezas de chorlitos ..., mejor dicho, aquellas patas de chorlitos, porque yo creo que si las cabezas de los animales pudieran discurrir, no discurrirían con tanta absurdidez e ignorancia. La verdad es que cuando oigo y veo cosas por el estilo (y lo he presenciado en ciudades y hasta en capitales de provincia) me he dicho: "Va a ser preciso en convenir en una teoría de evolución del discurso que, empezando en el discurrir con los pies en unas generaciones, se llegue alguna vez por otras a hacerlo con la cabeza".

Así me explico por qué hay quien supone que nos falta todavía otro piso encima de los parietales, una a manera de buhardilla en donde se encarame el sentido común, ya que parece que bajo el frontal y demás vecinos anda tan escaso y exprimido ...

Mientras mi compañero iba a pulsar a D. Robustiano, Soledad se desmayaba casi en mis brazos ; el novio la abanicaba con impulso, lo que hacía bien, porque el calor era insoportable, y se inclinaba a aflojarla el corsé, en lo que hay que distinguir: desde el punto de vista higiénico hacía bien, desde el moral no hacía bien, pero como estaba ante una colisión de deberes, mi hombre creyó que el mal menor era preferible al mayor, e intrépidamente iba a practicar una obra de misericordia cuando recibió un pellizco tan agudo y fino, que el pobre chico, después de ponerse más rojo que una amapola, por poco sí se desmaya ‘de veras’.

Repitiose la escena. D. Robustiano se agravó o pareció agravarse, Paciente fue a reconocerle, Soledad se desmaya, se trae tila y colaguala en calderas, pero el novio no se atrevió ni a abanicar a la chica, conformándose con decirle al oído (no sin que yo me enterase, por estar muy cerca de la pareja):

  • Soledad ..., Soledad ..., mira, que lo de tu tío no va todavía de veras ...

Mágica palabra con la que la chica dejó la posición artística adquirida.

Serían como las dos de la noche cuando un nuevo refuerzo de ‘velatores’ ingresó en la sala contigua ya mencionada.

Componían este refuerzo Da Brígida, viuda del tercer matrimonio, con sus dos hijas y los novios de sus hijas. Esta Da Brígida era amiga de toda intimidad de Da Concha.

Por la tarde había tenido sus luctuaciones, pues según se decía, era muy impresionable y se afectaba mucho en lances semejantes ; pero sus niñas le habían hecho ver que su ausencia sería muy notada y que se había de hablar mucho y mal. (Aquí para nosotros, esta teoría de las muchachas era debida a que so pretexto del velatorio se obtenían tres o cuatro horas de confianza amorosa, y como la ocasión la pintan calva, no era oportuno el desperdiciarla).

La dificultad mayor estribaba en que Da Brígida era una señora regalona y tan aficionada a dormir que en la aldea la conocían como ‘la lirona’.

La buena mujer conocía su flaqueza, pero a la objeción que hizo le replicaron:

  • Nada, Mamá ; Vd. duerma ahora, que son las cuatro, hasta las once. Luego cenamos y nos vamos al velatorio.

No obstante cumplirse al pie de la letra el programa de la función, con el aditamento de pasarse esas horas las chicas perfilándose y enjalbegándose las caras con un colorete trasnochado y rancio, la verdad es que Da Brígida convirtió en ‘dormitorio’ el ‘velatorio’, y las hijas en ‘pelatorio’, no ya de pava, sino de pavas, puesto que eran tres entre ellas y la sobrina las que simultáneamente estaban descañonándose.

Como en las salas no faltan filósofos, aunque no pretendan plazas de tales, no quiero renunciar a decirle a mis lectores lo que a los demás asistentes se les iba ocurriendo y decían ‘sotto voce’ a sus interlocutores:

Uno que llamaríamos sentimental: "Esto es horrible ... ¡qué siglo! ¡qué tiempos! ¡qué costumbres! ¡cuánta profanación! ... Míralas ..., locas, alegres, incitadoras y pecaminosas, mientras el pobre D. Robustiano ronca probablemente los últimos estertores de la vida".

Otro que llamaríamos krausista: "Desengáñate, Pedro ; esas parejas van caminando a la realización del contenido de sus esencias ; en la vida limitada e imperfecta del hombre se necesita buscar la condicionalidad en donde quiera que se encuentre ; si el hombre fuera a la par varón y hembra, o no fuera ni hembra ni varón, tu censura estaría en su lugar, pero el ser y el no ser al mismo tiempo establece esa atracción armónica que busca en un sincretismo perfecto el equilibrio de la humanidad que progresa y vive".

  • Pero, ¿y el momento? ¿y el moribundo?

  • El moribundo es un organismo que se apaga ; las miradas y las palabras de esos chicos son preludios de organismos contingentes en potencia que en su día tendrán organización completa. El momento lo creo oportuno por exigirlo así la ley de los contrastes.

Un mecánico: "Yo creo que se explica por la ley del equilibrio. ¿Qué es D. Robustiano? Uno menos en el festín de la vida, un presupuestívoro del Cosmos que cesa en sus funciones digestivas y reproductoras ... ¿Qué son esas parejas? Los elementos compensadores que conspiran inconscientemente a sumar nuevos seres que ocupen la vacante del fallecido. Todo en el mundo es cuestión de más o menos: en la alcoba se resta, en la sala se suma, allí se sustrae, aquí se multiplica".

Un católico a la antigua: "Yo creo algo más: allí el ser que pronto va a rendir el tributo de los mortales para que en juicio inapelable y sublime alcance en el tribunal de Dios su premio o su castigo, aquí una sociedad que se despeña en el torbellino de la sensualidad y de la miseria ; allí la desgracia digna de respeto, aquí el olvido de la solemnidad de estos momentos ; allí los destellos fugaces de una vida que se apaga, aquí los fulgores libidinosos de las pasiones que se agitan. En un lado debieran verse las lágrimas del arrepentimiento, en el otro, los auxilios de la oración ; lágrimas y oraciones, que son las flores benditas de la tierra, con cuyos aromas y matices el Dios de las misericordias se apiada de aquél para darle corona de gloria, de éstos para que obtengan en no lejanos días la paz del hogar y la bendición de los hijos en la santidad del matrimonio".

"Por los poros de la sociedad se respira esa envenenada ponzoña del materialismo más refinado y sus letales efluvios alcanzan hasta las más recónditas aldeas".

"No, señores, no es progreso ese egoísmo que todo lo marchita y envilece ; no es progreso, no, atenciones de cortesía velada de conveniencia y solicitudes de artificio".

"El que no quiere sufrir y ayudar a un moribundo quédese en buena hora en casa, pero no venga a insultar con sus sonrisas y su indiferencia los úl timos momentos del que expira, ni a envenenar con su aliento la atmósfera enrarecida de una alcoba en donde falta el aire".

"Cuidados, solicitudes, silencio, paz, caridad, oración, eso es lo que falta aquí, que no es este espectáculo trágico en donde se va a ver, como en el circo romano, cómo sucumben los gladiadores, ni a contar los estertores del que finaliza su existencia, ni a criticar la mayor o menor tristeza, atención y cuidados de los buenos pacientes y deudos, si los hubiere".

"Vosotros veis un conjunto armónico y tal vez bello a su modo ; ¡yo veo un hombre que muere y una sociedad que lo insulta!".

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Serían las dos de la madrugada cuando fui llamado a celebrar segunda consulta con D. Inocencio.

El examen que hice fue breve, y la consulta no muy larga, porque a más de estar impuesto en la historia de la enfermedad y del enfermo, la indicación era más bien del orden moral, por hallarse a mi juicio las relativas al terapéutico perfectamente cubiertas por el profesor de cabecera.

La causa ocasional de esta consulta inopinada la expuso D. Inocencio en estas o parecidas frases:

  • Querido Doctor, no pensaba molestarle en el momento preciso en que Vd. se acababa de retirar para el descanso de la noche si la urgencia de ciertas indicaciones de un orden más elevado que el terapéutico no me impeliese a tomar su dictamen para asesorarme más bien, al par que para que me auxilie con su autoridad y prestigio (caso de coincidir con mi opinión) en la difícil tarea de hacer entender a estas buenas gentes lo que a ser ellas más avisadas y solícitas deberían haber adivinado.

Aparte del giro que aún pueda to mar la pulmonía, sería engañarme y engañarle si no le dijese que en mi opinión este enfermo ha de tener un triste desenlace.

Pero si la gravedad no es en este momento muy notoria para la ciencia, daría pruebas de ignorancia supina si esa sobreexcitación patológica que tanto anima a sus asistentes, ese hablar tumultuoso y esas risas nerviosas que pudieran mejor llamarse muecas del subdelirio, no me indicaran claramente que la ataxoadinamia se nos viene encima con su delirio peculiar y sus trastornos consiguientes.

Ahora bien, yo creo, salva la opinión de Vd., que se le debe hacer comprender a los que le asisten que ha llegado la hora de aconsejar al paciente que haga aquellas diligencias que tanto en el orden jurídico como en el orden religioso las leyes y la conciencia aconsejan, establecen y mandan.

Estuve de acuerdo con tan sensato dictamen, y a más de alguna indicación secundaria acordamos propinarle al paciente unas píldoras de almizcle, que tan buenos resultados dan casi siempre en las pulmonías delirantes.

Aquí lo difícil era, como vulgarmente se dice, ‘ponerle los cascabeles al gato’.

D. Inocencio lo comprendía muy bien, y aunque no tenía el temor de perder la casa, por él ser el médico único de la aldea, preveía sin embargo la posición falsa y de desconfianza en que se iba a colocar, máxime mientras yo estuviera en la localidad.

El caso idéntico, aunque a la inversa, habría ocurrido en condiciones opuestas. ¿Quién de mis compañeros no sabe esto? ¿Cuál puede decir con orgullo que haya sido siempre el vencedor y no el vencido? ¿Quién no recuerda esas noches amargas de insomnio en las que pasan por nuestra imaginación la sátira estúpida de un pedante, la reticencia de una marisabidilla, el apóstrofe injusto de una madre, digna por otros conceptos de respeto y admiración, la llamada y proposición de una visita furtiva de otro colega, la suspensión del tratamiento prescrito para sustituirle con algún emplasto de coles o alguna ceremonia supersticiosa, cuando no criminal y atentatoria a los cortos instantes del que padece?

Comprendí su situación y me encargué del cometido. Yo estaba en terreno menos resbaladizo, y de todo aquello lo peor que pudiera ocurrirme sería sufrir una disminución en los honorarios. ¡Cuán poco importa esto! Honorarios, riquezas, todo lo pierde el médico con gusto, con verdadera satisfacción, cuando influye en el bien del prójimo y cuando salva con la integridad de su conciencia la integridad de su honra ...

Pero hay que decirlo muy claro y muy alto: el profesional médico tiene, como cada hombre, derecho a la honra indiscutible, permanente y sagrado como todo derecho individual, y ese derecho es por lo común desconocido y pisoteado por una sociedad divinizada y pagana que quiere la inmortalidad del cuerpo y no se preocupa por la del alma, por una sociedad que pide imposibles, que olvida los consuelos que proporciona ‘aquel’ a quien nadie consuela fuera de su pobre mujer y de sus hijos, por una sociedad que se paga del Dios Exito y para la cual una farsa de curandero con oportunidad vale más, se celebra y paga, que cien desvelos y cuidados y afanosos estudios de un médico a quien se le muere un enfermo, porque los enfermos no se le han de morir al zapatero de la esquina, ni al sereno que guarda la calle.

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  • Sra. Da Concha –le dije-, el Sr. Robustiano presenta síntomas que revelan una grande complicación.

Sin perjuicio de que se ponga bueno más o menos pronto, puesto que la pulmonía es de por sí enfermedad de las grandes crisis y de las grandes esperanzas, ello es lo cierto que el cerebro empieza ya a regir mal, y es fácil que más tarde siga rigiendo peor. Vd. es cristiana, él también creo que lo es ; intereses tal vez no falten, créditos, etc. ... que requieran operaciones de importancia ...

La consecuencia de lo que antecede Vd., en su buen juicio, la ha de sacar ; pero si bien todo lo dicho es cierto y conveniente, advierto que no lo es, ni con mucho, el apocarse y entristecerse demasiado, puesto que el caso en cuestión es a manera de medida preventiva, por aquello que dice el refrán: "más vale un por si acaso que un quién pensara".

Da Concha reprimió con mal disimulado estudio la contrariedad de su espíritu.

No creo le causaban novedad mis explicaciones, pero allá en el fondo había alguna cosa que ella no podía revelar a nadie y que, sin embargo, se adivinaba.

  • Está bien, señor Lascutense, está bien ..., ¿pero el Sr. D. Inocencio, por qué no me ha dicho una palabra? ¿Dónde tiene los ojos ese buen señor? ¿Pues, y la lengua? ... Vamos, que hay que darle la razón al pueblo ... [A] D. Inocencio habrá que jubilarle y traer otro ...

  • Señora, repóngase Vd. y no se precipite ; vea que está Vd. ofendiendo a un caballero, a un profesor dignísimo amigo y compañero del que le escucha, vea que se ofende Vd. a sí propia entregándose a exageraciones que no por ser precipitadas y cuando la razón más firme se desquicia y trastorna, no por eso dejan de ser temerarias, injustas y atentatorias al honor de un hombre dignísimo, vea, en fin, que yo no puedo consentirle se exprese delante de mí en esos términos ; por lo tanto, le suplico que me escuche.

D. Inocencio ve, no lo que Vd. dice que ha visto, puesto que la gravedad aún no es suma, sino que la cabeza del enfermo se trastorna, y que no va a estar tal vez mañana en condiciones para tratar de los asuntos más arduos de la vida ; él fue el primero en preveerlo, él me avisó para ver si había conformidad de criterios o no, él, por último, me confió este penoso cometido, no por temor a reproches quien como él tiene conciencia de sus actos, sino por serle más sensible trasmitir dolorosas nuevas a personas que trata con frecuencia y de personas a quien tanto estima y tanto cariño le tiene como al Sr. D. Robustiano.

  • Quedo enterada, Doctor, y procuraré satisfacer cumplidamente tan penosos deberes.

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Vds. creerán que se llevó a cabo tal cometido por Da Concha ..., pues no, señor ... ¡qué se había de llevar! ... Desde el momento en que empezó a circular la noticia, todo varió de aspecto.

Da Concha tenía el convencimiento de que se había cometido una indiscreción por mí, excitado por el ‘ojo triste’ de D. Inocencio ; Da Brígida interrumpió los ronquidos para tomar tila y decir: "Jesús, qué barbaridad" y continuar durmiendo.

Los asistentes al velatorio convinieron unánimemente en que D. Robustiano sonreía y estaba expresivo, señal indudable de próxima convalecencia, y sólo uno o dos decían que el dictamen de los médicos debía prevalecer, no sin mil distingos, peros y atenuantes para no resultar notas discordes en aquel plebiscito tan docto y tan correctamente negativo.

Pero en lo que sí acordaron obrar fue precisamente en el régimen terapéutico.

Las píldoras de almizcle, que hubo de traer de la ciudad vecina y que llegaron a las cuatro de la mañana, en el momento del aguardiente, el chocolate y los alfajores, tenían escandalizados a todos los presentes.

La primera píldora estaba dada, y D. Robustiano seguía con fiebre y en el mismo estado que antes de tomarla.

  • Esto es terrible, insoportable, criminal. ¡Qué médicos! ¡Qué médicos! Son los del día –decía D. Casiano-. Ellos no sangran ni ponen sanguijuelas ni colocan cáusticos de arriba abajo, ni apenas se permiten dar purga ligera como a monja descolorida y enteca ... ¡Si abriera los ojos aquel D. Pascual, que a pesar de no tener titulo, tenía el principal de nuestra gratitud, se moriría de sonrojo al ver tanta ignorancia! Esas píldoras endiabladas que apestan a mil leguas a la redonda no se le deben dar, porque se va a achicharrar ; como que serán de quinina, de ese medicamento que inventó el mismísimo demonio para irritar y volver locos a los pobres que caigan en poder de estos ‘matasanos’ del día.

  • Eso digo yo –corroboró una de las hermanas del marido de la madre del novio de la sobrina de D. Robustiano-, eso es lo que digo ; estos médicos del día todo lo componen con quinina y con opio, esos dos medicamentos capaces de envenenar y matar a todo el que los tome. Yo opino que el enfermo lo que tiene es una fuerte irritación, y que en vez de las píldoras se le dé un cocimiento de pepitas de calabaza con hojas de tomatera y aceite de escarabajo negro ; a más, lavativas de yeso para contenerle esa diarrea antes de que tome proporciones mayores y hojas de gordolobo a lo largo del espinazo. Así se curó mi difunto esposo de un tabardillo, y no se hubiera muerto si D. Inocencio no le hubiera hecho beber una ‘bebida amarga’ en los primeros días.

  • Pues yo opino que lo mejor es volverlo a sangrar, ponerle siete docenas de sanguijuelas en la rabadilla y favorecerle con ventosas la salida de esa sangre negra e irritada que lo abrasa.

  • Señores, nada de eso ; aquí el enfermo de lo que se queja principalmente es del vientre, aunque digan los doctores que es del costado ... ¡qué saben ellos! ..., y claro está que lo que tiene es ‘pedrejón’. Llámese a mi comadre la ‘melliza’, que además de serlo, nació en Viernes Santo, y Vds. verán como lo cura en un dos por tres.

  • Yo opino –exclamó una de las niñas de Da Brígida-, que lo mejor sería la ‘meopatía', que es la que usamos ‘yo’ y mi hermana con permiso de mamá, que está a la antigua, pero que dice que nosotras somos modernas y podemos curarnos a la elegancia ... ¡Ya se ve! Como que mamá tiene tan buen talento, no desconoce las conveniencias sociales y lo que está de moda.

Como sería interminable el exponer los pareceres de los concurrentes, pues hubo tantos como personas o algo más, porque algunos tenían dos y aún tres sucesivos, voy, como Dios me las de a entender, a exponerlos en síntesis, clasificándolos por escuelas, si puedo, y en su consecuencia comenzaré como sigue:

Escuela Tradicional.-

Diagnóstico, tabardillo ; pronóstico, que se cura con el plan que a continuación se expresa ; tratamiento, sanguijuelas y ventosas hasta que reviente, purgantes enérgicos, cáusticos, desde la nuca hasta la planta de los pies, diez o doce calderas de palo dulce, borrajas, higos negros, azufaifas, altea, migas de pan, arroz, escorzonera, grama, flores de violeta, amapola, cebada y saúco, tres cobertores y dos mantas, cerrar las rendijas de las puertas y las cerraduras de las llaves, dos braseros y un puñetazo limpio al primero que estornude en la alcoba para que la agitación de ese aire no vuelva atrás en su inmediata convalecencia el enfermo.

Escuela de la Irritación.-

Diagnóstico, ‘pedrejón’ ; pronóstico, igual que el anterior, con la sola condición de adoptar el siguiente tratamiento: sobar bien el vientre con manteca y vinagre, ponerle cataplasmas de malva, linaza y parietaria con bastante grasa, limonadas con cremor, vinagradas, horchatas y aceite de castor, lavativas de afrecho con vinagre, aceite, etc., una a manera de gazpacho fresco, y por si le falta algo, cáscaras de pepino a las sienes y al pecho, baños templados con hojas de algarrobo, de nogal, de luisa, habas verdes, cebollas y rosas, cura del ‘pedrejón’ por la ‘melliza’ y vapores de poleo, incienso, romero, tomillo, contueso y cornicabra.

Escuela supersticiosa.-

Diagnóstico, cualquier cosa ; pronóstico, ya se presume ; tratamiento, una faja de un niño que nació en Navidad, tres cuentas que se encontraron al pie de un pino cercano a la ermita de la aldea y que debieron ser un ‘santazo’, aceite frito con romero de camposanto y un cocimiento de astillas de acebuche procedentes de un cayado que usó Matusalén.

Escuela fatalista.-

Lo que ha de suceder, sucederá ; en su consecuencia, suprimir todo tratamiento, darle el caldo que pida y lo que pida. ¿Qué quiere una sandía? Pues darle una sandía ... ¿Qué revienta? Pues que reviente ... ¿Qué no quiere tomar nada? Pues si se ha de curar, con nada se cura y con algo no se muere.

Escuela ecléctica.-

Todo es bueno y todo es malo, de donde resulta que no pudiendo ser todo bueno y todo malo a un mismo tiempo, ni todo es malo ni todo es bueno ; por lo tanto, lo que se requiere y conviene es parte de todo y no el todo de cada escuela: désele sangrías y lavativas, vapores y amuletos, friegas por la ‘melliza’ y dieta severa ; así en un conjunto armonioso y sintético no serán cuatro y cuatro ocho, ni cuatro y cuatro diez, sino nueve ; todos quedan contentos, y el enfermo se muere por sufragio universal.

Inútil es decir que este plan predominó, y con un barullo espantoso y en confusión que aumentaba con las raciones de aguardiente dieron una batalla tan descomunal a D. Robustiano que si de ella salía vencedor daba muestras de tener una naturaleza a prueba de bomba con las que en comparación resultaban pequeñitas las de los Sansones, Hércules y Cides de las historias sagrada, profana y patria.

Vds. creerán, después de haber leído lo que antecede, que D. Robustiano se murió aquella noche.

Pues no, señor ... D. Robustiano no sólo no se murió, sino que obtuvo alguna remisión en la fiebre. Y su cerebro comenzó a despejarse.

Misterios de la naturaleza, de la que sólo se vislumbran algunas de sus impenetrables leyes.

Sea porque las horas de la madrugada son las de remisión y despeje, fuese porque la fuerza medicatoria obtuviera uno de esos paralelos triunfos que admiran mucho más en los momentos de las grandes catástrofes y de las supremas angustias, ello es cierto que se mejoró visiblemente, contribuyendo a que la ‘melliza’ y el de la ‘irritación’, el partidario del plan antiflojístico y el del ecléctico, el supersticioso y el fatalista, todos en fin, cobraran alientos y seguridades en sus planes absurdos, contraproducentes y mortíferos.

Verdad [es] que el alivio fue pasajero ; cierto que horas después la gravedad era suma ; indudable que la ataxodinamia exigió más tarde una camisa de fuerza improvisada ; ciertísimo que sin aquel cúmulo de desatinos criminales y con un plan racional tal vez el desventurado hubiese obtenido salud y vida, pero esto no lo alcanzan tantas pobres gentes y tanto vulgo como rodea el lecho de un moribundo.

La verdadera ciencia es el conocimiento cierto y evidente de las cosas por sus causas, y la inmensa mayoría de la humanidad, gracias que se da cuenta de los efectos que más de bulto saltan a la vista.

No saben que hay naturalezas tan privilegiadas y con tantos ocultos resortes dotadas, que no solamente se curan sin plan racional y por sus propios esfuerzos, sino contra el plan y a pesar del plan de estúpido curandero.

Ignoran las condiciones de lugar, de tiempo, de temperamento, los accidentes mil de ese organismo complejo y delicado, y seducidos quedan en las meras coincidencias con una convicción tan profunda que raya en el fanatismo.

El ignorante afirma o niega por-que sí ; el sabio nada. Aquél lo encuentra todo hacedero ; éste ve los escollos. El primero se embriaga, ufana y ensoberbece creyendo que todo lo sabe porque todo lo ignora ; el segundo medita y calla, porque ignora si algo sabe.

Decía Sócrates en sus diálogos sublimes que el divino Platón ha trasmitido que los oráculos y las pitonisas habían afirmado que él era el más sabio de los mortales en aquella tierra de tantos portentos.

  • ¿Cómo –se decía Sócrates- me llaman el más sabio, cuando existen tantos y tantos genios en la inmortal Atenas?

Viajó, visitó a los hombres más ilustres, los examinó de cerca y vio que eran pequeños, fatuos y endiosados. Cada uno tenía su doctrina filosófica y cada cual se creía a sí propio el primero entre los primeros. Entonces se reconoció a sí mismo y vio que él sabía lo mucho que ignoraba ; era conocedor profundo de la limitación del ser finito y vio, por comparación, que los demás le eran inferiores, y entonces le dijo a su discípulo:

  • Con razón el oráculo pregona mi sabiduría. Ellos son unos fatuos ; yo soy un pobre hombre que reconozco mi ignorancia, y bajo este concepto soy más sabio que esos endiosados pedantes, porque sé lo mucho que ignoro.

Que estos hechos se repiten en la práctica por más que sean los más raros no hay que ponerlo en duda. Muchos de los que me leen habrán observado casos semejantes, y para que no vean que es pura fantasía lo que les refiero, présteme atención en el siguiente caso práctico, que di a conocer en fecha no lejana y que certifico de su exactitud por haber sido testigo de mayor excepción.

En una ciudad de Andalucía cuyo nombre no hace al caso, allá por el año 188... ejercía [yo] como titular mis penosas funciones de médico.

Una tarde del mes de Marzo fui llamado, en unión de otro compañero encanecido en la práctica y tan docto como modesto y prudente, a reconocer a una joven casada en estado de gestación, de temperamento linfático, constitución pasiva, mal alimentada, en el quinto mes de su embarazo, precisamente en el que en otras dos gestaciones anteriores había abortado, y que acababa de sufrir un puntapié feroz en el vientre de un amante antiguo a quien legítimamente negaba sus favores.

Dados estos antecedentes, habiendo en cuenta la intensidad y extensión del equimosis, el flujo vulvar sanguinolento y el dolor que acusaba en la región lumbar con irradiaciones hacia las ingles, creímos del caso reservar el pronóstico por considerar posible, y aún probable, una complicación abortiva.

Pasó a su humildísima vivienda, extramuros de la población, y se le prescribió el régimen que se creyó oportuno.

Serían las once de la noche. Un viento tempestuoso y huracanado soplaba con intensidad medrosa ; el agua caía a torrentes y los vecinos más trasnochadores se disponían a dormir cuando llamaron precipitadamente en mi casa.

¿Qué ocurría? Poca cosa. La casa extramuros en donde se albergaba la infeliz se acababa de desplomar ; los agentes de la autoridad y algunos vecinos humanitarios abrían a duras penas una brecha en aquel montón informe de cascotes, vigas podridas y negras cañas.

De entre los escombros se extrajo al marido de la heroína con grandes contusiones, a la heroína con otras mayores en el vientre y en el pecho producidas por la techumbre y a una vecina ya cadáver.

Con las penalidades consiguientes pudieron trasladarse los lesionados al Hospital.

Se les prescribió lo que estimamos oportuno y dimos dictamen en el cual hacíamos constar la gravedad del caso, que la posibilidad abortiva era probabilidad, que en caso de aborto no se podría precisar el tanto proporcional de las dos concausas ocasionales en concurso con la causa predisponente.

Al día siguiente fui a visitar al matrimonio ; el esposo estaba en cama, pero la cama de la esposa estaba vacía.

  • ¿Se habrá muerto? –me decía sin querer entregar la carta. Pero me replicaba que si bien las lesiones eran de importancia, no habíamos encontrado mayor gravedad fuera del estado espasmódico que era natural y el flujo menorrágico que ya he manifestado presentaba. De mi certidumbre me sacó bien pronto la enfermera.

  • Vd. –me dijo- no sabrá lo que ha pasado aquí anoche. Se negó la enferma a tomar lo que Vds. le mandaron ; no ha hecho nada, absolutamente nada de lo aconsejado. Esta mañana se ha ido a lavar al río y me ha dicho que no piensa volver.

  • Pero, señora, ¿y Vd. cómo se lo ha consentido?

  • ¿Por qué? Pues bonita es la niña para sujetarla. Decía que ella no quería estar en un hospital, y por último me ha puesto como un trapo y por poco sí me pega.

No la pude ver hasta pasados algunos días. El flujo se contuvo, las equimosis desaparecieron y volvió a su estado normal pasadas unas semanas.

Pero lo que no creerán mis lectores es que dio a luz con toda felicidad, a su tiempo, un ‘robusto infante’, como diríamos en lenguaje cancilleresco.

¿Qué consecuencias se desprenden de todo esto?

Según el vulgo, que para la mujer predispuesta a los abortos el mejor tratamiento curativo consiste, al llegar a los cinco meses, en no hacer caso de los médicos ni de la medicina, recibir un puntapié descomunal de un bárbaro, ponerse bajo techumbre que se desploma e irse a lavar al río cuando se esté más magullada.

Para nosotros, que donde menos se piensa salta una liebre y que no se ha de arrepentir nunca un médico de su exceso de prudencia y reserva en el pronóstico aunque le parezca un enfermo más muerto que los que se ven en los anfiteatros de disección o más próximo a la salud que un sarnoso en el último día de sus lesiones.

Para el filósofo, que es necesario tener en cuenta la finitud y limitación del hombre, no sólo para apreciar lo contingente, sino que también lo necesario, y que siendo el porvenir de la vida de cada hombre indescifrable, no se puede más que aventurar el ‘me parece’, que es el conocimiento subjetivo que cada cual tiene de su propio saber, y no el ‘es’ o ‘será’, que corresponde a la ecuación del entendimiento con al cosa, o el conocimiento objetivo de lo que, por ser lo así, está fuera de nosotros.

Volviendo a reanudar nuestra interrumpida tarea daré a conocer a mis lectores algunos peregrinos detalles de la visita de por la mañana.

Las seis serían aproximadamente cuando D. Inocencio y yo entrábamos en la casa del enfermo.

En la sala roncaban a pierna suelta dos de los contertulios (por cierto, los afiliados a las escuelas fatalista y mecénica) una soberbia ‘turca’ que habían adquirido aquella noche sin necesidad de visitar los bazares asiáticos ni los serrallos de Constantinopla.

Eran los últimos soldados de aquel ejército de ‘vigilantes’, que después del asalto que dieron a D. Robustiano con aquel multiforme tratamiento dormían sobre los laureles adquiridos la estupenda fisiológica acción de un aguardiente de ‘pita’ capaz de hacer más estragos que los ejércitos de Atila en su triunfal carrera por Europa.

Ambos estaban tendidos en el suelo envueltos en una nube de humo procedente de los ‘tagarninos’ de Virginia ; acá y acullá se veían esparcidos, en desorden sin igual, pedazos de abanicos, colillas de cigarros, envolturas de moriscos alfajores, hojas de cien otros tantos hierbajos, pucheros, cacerolas, jícaras, jeringas y demás adminículos que son de rigor en estos casos y casas semejantes.

En la alcoba, sentado a la derecha e izquierda del lecho del paciente, estaban Da Concha y Soledad bastante satisfechas, más por el alivio del enfermo, por hacerle ver a D. Inocencio y a mí lo precipitado y erróneo de nuestro dictamen.

Debo decir que ambos ignorábamos en aquel entonces la serie de desatinos que se habían cometido contra el sentido común y la vida de aquel desgraciado.

Reconocimos de buen grado la mejoría ; llamamos aparte a los asistentes y tuvimos las explicaciones siguientes:

D. Inocencio.- "Veo con satisfacción el alivio de D. Robustiano, alivio tanto más apetecible y conveniente, cuanto que siendo una tregua del mal, servirá provechosamente para el cumplimiento de sus deberes religiosos y sociales".

Da Concha.- "¿Qué dice Vd.? ... ¡Hombre! ... ¿Está Vd. loco? ¿Con que porque está mejor debe ahora confesar?"

D. Inocencio.- "Señora, yo no tengo empeño, ni a mí se me ha de exigir responsabilidad como médico, porque D. Robustiano se viatique y teste ; yo, como facultativo, cumplo con decirle a la familia el riesgo que corre y que ha llegado la hora de las grandes determinaciones. Si Vd. no quiere o él, Vds. allá en su conciencia".

Da Concha.- "Pero señor D. Inocencio de mi alma, si yo no lo digo por tanto ; yo lo que sostengo es por lo mismo que está mejor, menos lo debe necesitar, puesto que habrá menor peligro".

Un servidor de Vds.- "Mire Vd., Da Concha: que hay alguna mejoría y más despejo, nadie lo duda, pero de convenir en esto a sacar en consecuencia que D. Robustiano está fuera de peligro hay mucha diferencia. Ya se le ha dicho que esta enfermedad es de aquellas de las grandes alternativas y de las grandes esperanzas ; pero por lo mismo también es de los grandes desengaños".

El momento actual es de tregua ; los combatientes por un instante han equilibrado sus fuerzas. ¿Quién vencerá? No lo sabemos, pero lo que sí podemos decir, con Breno, [es] "¡Ay del vencido!", y el vencido bien pudiera suceder que fuera el principio vital, el enfermo en una palabra.

Por lo mismo que la lucha ha sido empeñada y los contendientes vigorosos, las fuerzas están por cada parte mermadas y en apuro, y así la victoria no es nuestra, y arma al brazo no avisamos el peligro, y zozobra el buque y se pierde el buque y se pierde el pasaje, los intereses y un alma por nuestra falta de diligencia en avisar los escollos para la arribada. ¿A quién culparán Vds.? ¿Quién será el responsable? ¿Quién tranquilizará nuestras conciencias?

D. Inocencio.- "Ni una palabra más sobre este punto, hemos dicho cuanto teníamos que decir ; ahora bien, yo deseo que me digan cuántas píldoras ha tomado y qué se le ha dado de alimento".

Soledad.- "Verá Vd. ..., píldoras, ..., una ...".

Da Concha.- "No, mujer, cuatro ..., yo creo que cuatro ...".

Soledad.- "Sí, una .., y luego ..., sí ..., luego ..., tres ...".

Da Concha.- "Miren Vds., a las cuatro se le dio una".

Soledad.- "Eso es ; una a las cuatro ...".

Da Concha.- "A las cinco ...".

Soledad.- "A las cinco ...".

D. Inocencio.- "Ninguna, ¿no es eso?"

Da Concha.- "La verdad ..., verá Vd. ..., yo no lo sé, porque tuve que dar una vueltecita al chocolate y encargué a Soledad del reloj de arena".

D. Inocencio.- "Eso es, precisamente, en donde si algo faltaba no sería Vd., sino que sobrarían algunos, por no decir que todos. Vd. se lo encargó a Juanito, Juanito se lo encargó a su mamá, su mamá a su esposo, el esposo a su hija, la hija a su marido y su marido al moro Muza, de donde resulta que Vds., en ‘convención’, han suspendido el tratamiento en la segunda píldora, o que unos por otros y la casa sin barrer han ido, como quien juega a la pelota, echando el hombro fuera y dejando la prescripción facultativa en la caja del olvido o de la negligencia.

¡Siempre así, amigo Lascutense! Siempre nos hemos de encontrar solos, pero completamente solos, en estos combates titánicos que todos los días hemos de sostener. Curanderos, asistentes, enfermos, marisabidillos, fatuos y sabios, locos y cuerdos, todos, son otros tantos enemigos que despedazan la honra y destruyen cuanto el médico edifica. En cada asistente un rival, en cada tertulio un enemigo, en cada lengua un veneno, en cada corazón un mar de ingratitudes".

= = =

Luego que salimos y nos encontramos a solas, no pude menos que decirle a mi amigo que me llamaba la atención aquel desvío que demostraba la familia por lo que respecta a los intereses morales y materiales, a lo que me dijo D. Inocencio:

  • Querido Lascutense, en esta casa ocurre lo siguiente: D. Robustiano es hombre del día, de aquellos que quieren disfrutar las ventajas del casado sin sus inconvenientes, ocurriéndoles precisamente todo lo contrario.

Si se le consulta, demostrará animadversión al cumplimiento de ciertos deberes cristianos, pues es de los que oyen misa, van a los jubileos y se asustan de la confesión. Hombres débiles, faltos de lógica, que quieren ser creyentes y lo son a medias, que desean estar con todos y no lo están con nadie, que luchan entre los principios que sus conciencias les dictan y lo que el apetito sensitivo les inclina y propone. Espíritu fuerte, siendo muy débil, suscriptor de novelas pornográficas y devoto asiduo de novena en donde no pidan ni comprometan con rifas de escapularios.

Por lo demás, presta sus ahorrillos al veinte y ocho por ciento y da sus limosnas el Viernes a tres pobres, que constituyen un plural para cada caso en que convenga sacarlo a relucir.

No es mal hombre fuera de estos defectos, que no son flojos, y es tan cumplido en su trato social que necesita media hora en cada saludo para contestar a sus preguntas sobre la salud de Vd., su familia, amigos ausentes, perros, gatos, loros y jilgueros que tenga Vd. en su casa.

Da Concha es casada, amiga de D. Robustiano y sin responder si en amistad queda la compañía ; por la aldea se murmura que es más allegada. Tal vez por lo expuesto una y otro no se muestren propicios a tomar medidas en el orden religioso.

Por lo que respecta al jurídico, me parece que no lo había de realizar sin antes hacer sus diligencias de cristiano, por no atreverse a sentar en esta localidad una jurisprudencia hasta ahora desconocida ; Soledad no muestra en esto interés, porque de testar perdería toda probabilidad de herencia.

Vd., amigo Lascutense, creerá que en las aldeas se conserva esa buena fe y pureza de costumbres que se suele pintar en las novelas.

Así, efectivamente, era antes. Pero hoy, ni con mucho.

Yo recuerdo, ahora cuarenta años, que en el registro de la Iglesia no había en diez años un hijo ilegítimo, ni recuerdo haber conocido más que dos amancebamientos, que nos tenían escandalizados.

Hoy es tan frecuente, que de seguir así, la poligamia y la poliviria se establecerán como en los pueblos salvajes.

La parte externa aún se conserva, pero de la interna hay mucho que decir.

En este año llevo vistos ya siete casos de sífilis, cuando en los primeros años de práctica olvidé lo poco que aprendí de sifiligrafía allá en la Facultad de Medicina.

No es que los años y la disminución de las células grises, como dirían los positivistas, me hagan ver con fatídicos colores lo que en años juveniles pudieran parecerme idílicos y pastoriles cuadros dignos de la pluma de Lamartine o de Garcilaso y Meléndez Valdés, no ; porque a los que tal digan les privaría con esa ciencia de los números que los modernos ensalzan llamada la estadística y les haría ver cómo la moralidad desciende y como el vicio se propaga.

Antes no se necesitaba avisar a las familias [de] que somos mortales y perecederos, porque sobradamente lo sabían ; hoy no parece sino que el elixir de la eterna vida circula por las venas de todos los mortales, o que existe un mágico talismán a cuya presencia se conjuran las tempestades de la muerte.

Si esto es mejor que aquello, Vd. podrá apreciarlo, que a buen seguro que no será Vd. el último en poder comprobar lo que digo.

= = =

Todo el día aquel fue de prueba para el enfermo, los asistentes y los médicos.

El delirio adquirió un incremento tal, que fue necesario emplear una a manera de camisa de fuerza, porque los esfuerzos de tres robustos aldeanos que se tomaron a jornal no eran suficientes para contrarrestar los de D. Robustiano.

Después de la ataxia, la adinamia, pero entre una y otra hubo cierta especie de tregua en que un delirio erótico repugnante y obsceno se apoderó del paciente.

Era de ver aquel rostro desencajado, aquellos brazos escuálidos, aquella fisonomía tan horriblemente descompuesta: ... risas, chistes y equívocos, actitudes cómicas, señas picarescas, todo ese conjunto de nimiedades lúbricas que forman el repertorio de los viejos verdes y de los jóvenes disolutos desfilaban como en mágico caleidoscopio por aquella alcoba mortuoria.

Soledad, horrorizada (no sé si en verdad o en fingimiento), no entraba ya en la alcoba, si bien por el hueco de la cerradura exploraba de vez en cuando con profunda atención la marcha trágica de aquellos momentos de agonía.

Nosotros entrábamos y salíamos como cangilones de noria, sufriendo interrogatorios insoportables y acerbas reconvenciones.

Más de una vez estuve tentado por coger el camino de mi casa y renunciar a tan insoportable inquisición.

Por lo que respecta al pobre D. Inocencio, de más está el decir lo que sufriría, y convencido de ello, para hacerle más llevaderos aquellos trances me comprometí a espera el desenlace, que a mi juicio no se haría de esperar mucho.

En los pequeños pueblos no tenemos refugio para el descanso ; se nos sigue la pista como a pieza de caza por podencos de exquisito olfato, y de delación en delación y de espionaje en espionaje pronto se llega a donde el médico reposa y no se para ni se sosiega hasta que se le quite aquel miserable momento de reparación, no sin reconvenirle por su ineficiencia y pereza.

Y es tal la unanimidad de pareceres, que todo médico de partido rural ha de ser comodón, inactivo, apático y amigo de dormir la siesta, así sea más diligente que un corneta de órdenes, más servicial que un esclavo, más complaciente que enamorado trovador con la adorada dueña de sus pensamientos y más vigilante que general honrado en plaza sitiada por astuto enemigo.

Y es tal la atmósfera que se forma, que poco a poco lo llega a creer la familia y no faltan reproches en el hogar ..., y que, por último, el médico mismo se convence, y aunque a nadie se lo dice, allá para sus adentros está persuadido de que su cuerpo es perezoso y desmayado y que no guarda proporcionalidad correcta y paralela con su constante deseo y voluntad perpetua de servir al prójimo.

= = =

  • Aquí para nosotros –me dijo aparte Da Concha-, ¿y a Vd. no le parece que D. Inocencio ha debido sangrar estos días al enfermo? ¿No le parece a Vd. que le debió poner dos cáusticos en los molleros de los brazos?

  • Lo que me parece –le dije- es que Vd. no sabe ni lo que dice, ni a quién se lo pregunta. D. Inocencio ha hecho lo que cualquier médico de ciencia y consciencia hubiera dispuesto, y yo le aseguro bajo mi palabra honrada que apruebo y aprobé en todo y por todo lo hecho y prescrito por mi dignísimo compañero.

  • Pues entonces, ¿por qué está peor? ... ¿No ve Vd. en ello los efectos de alguna torpeza?

  • En las preguntas que Vd. hace sí veo esos efectos ; en lo que ha dispuesto D. Inocencio, no. La ciencia médica tiene sus recursos y verifica sus prodigios admirables, pero no realiza imposibles. Si Vd. ve que una casa amenaza ruina podrá llamar a un perito para que la apuntale. El arquitecto le colocará sólidos soportes y vigas maestras, pero si un terremoto imprevisto o la fuerza del desplome supera a los elementos de resistencia y de lucha, el edificio vendrá al suelo. Si la Medicina hubiera descubierto el elixir de eterna vida, habría contrariado la Ley de Dios, que sujeta a los hombres a la muerte y descomposición de su organismo.

  • Sólo el que da la ley puede dispensarla ; sólo el que dio la mortalidad al hombre podría darle la inmortalidad.

  • Pero, ¿Vd. cree que se muere D. Robustiano?

  • Señora, yo sí lo creo ..., ahora, lo que ...

  • ¿Qué me dice Vd.? ... ¡Jesús! ... Tila, tila, que me desmayo ...

Y diciéndolo y desplomarse sobre una butaca fue cosa de un momento.

  • No me ha dejado Vd. concluir ... Yo lo que le he dicho es que sí creo que D. Robustiano se muere, como creo que Vd., y yo, y todos, hemos de morir. Esta mañana le dije la última palabra sobre el particular y no puedo, ni quiero, decir una más sobre este asunto.

  • Pero Vd. sabe lo que va a suceder, y yo quiero que me lo diga terminantemente y sin rodeos ; yo tengo pecho y corazón para saberlo todo, y yo quiero saberlo todo.

  • Si Vd. deseara saber lo que yo opino, podría satisfacerla si quisiera, porque yo sé lo que me parece le va a ocurrir a D. Robustiano, pero una cosa es que yo sepa lo que creo, y otra el que sepa lo que sucederá.

Si los médicos fuéramos como los no médicos, mil veces pronosticaríamos de plano y más de novecientas acertaríamos, pero vosotros sois poco indulgentes con nuestras fiabilidades. El maestro barbero y la comadre, el sacristán y el vecino de enfrente dicen o que se cura o que se muere un enfermo ; si aciertan recuerdan el pronóstico y se pavonean, enorgullecen y engríen como si hubieran descubierto la cuadratura del círculo, sin echar de ver que es una repetición del burro flautista, pero si no aciertan, u olvidan lo que dijeron, o caso de recordarlo salen del paso con un "pues no faltaba más" ..., "yo qué sé" ..., "¿Acaso soy médico?"

Pero que esto le ocurra al médico, y entonces ... `cielos! ... entonces, ¡pobre médico! ... No sabe una palabra, erró la cura, tiene un ojo muy ‘triste’ o muy ‘alegre’, es un desaplicado, un bruto, un asesino ..., y eche Vd. en las alforjas, porque este viaje de dicterios, ofensas y mayúsculos insultos no se acaba nunca.

  • De modo que Vd. lo que sabe es para su avío, y el que quiera saber más, que vaya a Salamanca ..., ¿no es eso?

  • Lo que yo sé es lo que Vd. sabe y todos sabemos sin salir de estas cuatro paredes, y lo que yo sé también es que no se llama a hombres formales que viven en sus pueblos tranquilos y respetados para insultarlos con irónicas y desmerecidas frases, ¡no faltaría más! ...

  • Vd. dispense, Sr. Lascutense ; Vd. conocerá que el dolor me hace decir ...

  • Lo que Vd. por lo visto sabe decir sin dolor ...

  • Mire Vd., que mi ánimo no ha sido otro que el de cerciorarme del estado de mi pobre Robustiano y que ...

  • Está Vd. dispensada, Da Concha, y beso a Vd. los pies y hasta luego, que voy a ponerle cuatro letras a la familia para que me manden el caballo.

  • ¡Doctor de mi alma! Vd. no se va hasta que el enfermo no se ponga fuera de peligro o Dios disponga de él. Se lo suplico, Sr. Lascutense, se lo suplico ...

  • Sea, pues, señora, y por mi parte depongo todo resentimiento. Quedo a sus órdenes y hasta luego.

= = =

Estamos por segunda vez en pleno velatorio. Son las once de la noche.

Por las desiertas callejas de la aldea apenas sí se ve, de vez en cuando, algún pequeño grupo que avanza farolillo en mano hacia la casa del enfermo.

Fuera del ruido de las pisadas de estos transeúntes no se percibe más que el canto de las ranas que turban la paz de las tranquilas lagunetas.

Dentro de la casa y en la sala vemos formando pequeñas tertulias a nuestros antiguos conocidos, reforzados con algunos vecinos más que han creído de rigor acudir a aumentar las filas de los consumidores del piñonate y aguardiente de Da Concha.

Estamos en el primer período del velatorio. Digo que estamos en el primer período porque yo creo que todo velatorio se puede dividir en tres:

  1. El primero, desde la diez a la una, que yo le llamo ‘de cuchicheo’.

  2. El segundo, desde la una a las cuatro, que le designo ‘el de los ronquidos’.

  3. Y el tercero, de las cuatro a las seis, que bien merece llevar el nombre de ‘período del aguardiente’.

Si la elegancia no tolera estos nombres, llámese al uno ‘de parlamento’, al otro ‘de reposo’ y al tercero ‘de lunch’ (en castellano desayuno) y no he de reñir por esta nomenclatura de más extraño corte, aunque de más excelsa presencia y significación.

El enfermo ha caído en la más espantosa adinamia ; apenas articula algún que otro monosílabo incoherente y hasta ininteligible. Su respiración es penosísima y entrecortada. El envenenamiento por el ácido carbónico le hace tomar a sus labios y rostro el tinte peculiar que lo acredita.

Un ligero estertor que va poco a poco acentuándose avisa la proximidad de la agonía ; el velo glutinoso, la intermitencia en las radiales, ese sudor viscoso que hiela a su contacto, todo acusa que la jornada de la vida de aquel infeliz va tocando a su término.

Da Concha, Soledad y otras mujeres rodean el lecho, afanosas por darle un vaso de cocimiento, una cucharada de jarabe, una píldora o ponerle sinapismos.

El cocimiento se escurre por entre la comisa y el pecho, el jarabe queda pegado a la barba canosa del enfermo y la píldora se adhiere a los dientes del moribundo.

Nueva carga y nuevos ensayos, más cucharadas y más pociones y friegas calientes y botijos y mantas.

Si es el afán de un alma atribulada, ¡cuán noble es el afán! ..., y ¡cuán inútil! ; pero si es la rutina, como sucede muchas veces, de la ignorancia oficiosa ..., ¡cuánta responsabilidad no se contrae aumentando las angustias del ser más angustiado de la tierra!

Pero apartémonos de cuadro tan triste, que sobradas ocasiones tenemos de abrevarnos en los dolores ajenos y en nuestros propios dolores ; pasemos a la sala: allí tal vez, ante lo supremo e imponente del caso, veremos propósitos elevados, almas delicadas, tiernas lágrimas, algo que deje en su amargor el aroma del sentimiento, la dulzura de la gratitud y el encanto de la amistad sentida.

Pero como vamos a llevar[nos] un desengaño, mejor es pasar a otro capítulo, porque éste formaría un contraste con el que sigue, como el que presentarían en las naves de gótica catedral en día solemne los grotescos arlequines en comparsa cómica danzando con mímicas contorsiones algún baile ultrapirenaico.

¡Era de ver la sala en aquella noche!

Con dificultad podía darse un paso ; tal y tan grande era la afluencia de contertulios, que constituían un macizo impenetrable.

Tengo la seguridad [de] que entre los moradores de la aldea que en aquellas horas estuvieran en sus casas respectivas sería difícil formar un grupo más numeroso.

Da Concha había tenido aquella tarde que pedir a todas sus conocidas sillas, jícaras y platos para presentar un servicio proporcionado ; así y todo se había de ver apurada, hasta el punto de tener que utilizar para asientos los banquillos de un catre de madera que estaban arrinconados por inservibles.

Aquella colmena humana formaba un conjunto indescriptible. ¿Quién puede seguir el hilo de tan varias conversaciones? ¿Quién expresar en cuadros que no resulten desmayados aquel tiroteo de preguntas, chistes, bostezos, ronquidos, cuchicheos y carcajadas?

Yo confieso que no sé cómo abordar de frente el compromiso de dar a conocer lo más culminante de la noche.

Pero como ello es preciso, comenzaré por dividir aquella tertulia en grupos y clasificarlos.

Bien podemos asegurar que había más de cuatro: uno masculino, otro femenino, otro mixto, y al último le llamaremos ‘coro de ángeles’. En todos y entre todos se veían acá y acullá figuras decorativas de prójimos durmientes que rompían la homogeneidad de los que gesticulaban, reían y charlaban por los codos.

Empezando por el femenino, diremos que lo formaban las hermanas de Da Brígida (ésta, de vez en cuando, se permitía un bostezo como prueba de su vigilancia y solicitud) ; el resto seguía durmiendo: la hermana del marido de la madre del novio de Soledad, Da Catalina, modista de tercera fila en Cádiz, pero que, como recién llegada a la aldea y en atención a sus melindres, ocupaba un alto puesto en aquella sociedad, y otras muchas más que ni las conozco ni hace el caso conocerlas.

  • ¡Pobre D. Robustiano! –dijo la primera hermana de Da Brígida- Estoy convencida [de] que se muere, pero ¡qué casa! ... ¡qué casa! ... Aquí no hay ni pies ni cabeza ; se ponen a hacer un candiel y se les corta, van a llevar una taza de ‘agua sucia’ a la que llaman caldo y se la riegan al enfermo ..., luego ¡qué desaseo! ... ¡cuánto desorden! ... Hay que convenir en que tanto Dà Concha como Soledad son muy descuidadas.

  • Son casas propias de los pueblos chicos –objetó la costurera gaditana, no sé si en son de disculpa o de desprecio- ; en Cádiz no pasa esto, porque si se corta un candiel, se manda por una docena a la fonda, si el caldo sale claro, se le agrega extracto de carne y otros ingredientes elegantes de la civilización y se saca tan confortable y rico que no hay más que pedirle, pero aquí no hay conservas, ni huevos de gallina de capital, criadas con el afrecho de las tahonas, ni tocino de los Estados Unidos, que es, como si dijéramos, traído del otro mundo, ni otras mil cosas que son de buen tono y que constituyen indispensables medios para satisfacer estas menudencias de último hora que se nos ocurren a cada paso de la vida cuando a alguien no se le antoja morirse. Por lo demás, noto falta de previsión en esta casa en todo ..., hasta en traernos anoche un plato de loza basta, por cierto con una mella escandalosa.

La maestra de escuela, que estaba presente, se mordió los labios en este momento, y no faltó quien dijera que la pobre señora era la dueña de aquel plato que, fuera de aquella imperfección, estaba en muy buen uso, y en mucho más para servir de base de sustentación a una jícara de chocolate.

  • Pues yo digo –añadió una tercera- que Da Concha demasiado hace para lo que D. Robustiano se merece ; verdad que tal para cual, pero hija, es mucho tío. Si no estuviese enfermo el pobre señor, ... cualquier día habría hecho yo liga con ese cernícalo. Vaya un tío grosero, gruñón, miserable y antipático.

  • Es muy cierto –dijo una cuarta- todo lo que dices, pero yo creo que si tú te hubieras visto en el caso de Da Concha, hubieras hecho lo mismo. Yo no me acuerdo de cuándo vinieron, pero sí sé que antes de conocerse ambos, Da Concha era en Málaga una escardadora que salía en las cuadrillas a coger garbanzos y cardos silvestres, ni más ni menos que lo hace aquí la Tía Zampatortas y el tonto Guarrillo. Hoy la ves hecha una señora, con más viento que una levantera y más humos que los de Río Tinto, y aunque nos da un chocolate aguachirle y unos mantecados invisibles y unos alfajores que parecen dedos meñiques, ello es cierto que monta a la madrugada su servicio de atenciones con la misma prosopopeya que la alcaldesa pudiera hacerlo, a querer.

  • Pues buena se va a armar así que D. Robustiano estire la pata –agregó la quinta-, porque por lo que veo, se va al hoyo sin hacer testamento, y Soledad va a ser el ama ... ¡Cómo nos vamos a divertir con la grimpola que se va a armar! Si va a tener esto más que ver que una corrida de toros ; ja, ja, ja, ... qué chistoso va a ser el lance, y qué cara de vinagrillo la de Da Concha y de Pascua la de la niña, ... ja, ja ...

  • Oiga Vd., señora –replicó airada la hermana del marido de la madre, etc.- ¿Se ha figurado Vd. que no hay más que burlarse de mi sobrina?

  • ¿Su sobrina de Vd.? ... Pues yo he dicho algo de sobrina?

  • Sí, señora ..., y tanto como [que] ha hablado Vd. mal de mi sobrina.

  • Pero, ¿pudiera saber, a todo esto, quién es su sobrina?

  • ¡Vamos, hágase Vd. ahora la chiquita y la nueva! ... ¡Tendría que ver que Vd. no supiera que Soledad es mi sobrina! ... ‘miste que rediós’ ... a otro perro con ese hueso ..., que no pasa por mis tragaderas, aunque las tengo muy grandes.

Y diciendo y haciendo abría la buena señora tan hermosa y dilatada boca que más parecía can de Terranova ante presa mayor y codiciada que débil ser de los que visten por abajo.

  • Señora, yo ignoraba que Soledad ...

  • Fuera mi sobrina, ¿no es eso? Pues lo es, y a mucha honra ..., o mejor dicho, lo será cuando reviente su tío ..., sí, señora, se casará, y tres más con el hijo de la mujer de mi hermano ..., me parece que bien la puedo llamar sobrina ... ¿estamos?

  • Pues llámela como guste y que le aproveche el parentesco, que a mí lo mismo me da ..., ¿está Vd.?

La reyerta iba tomando proporciones mayores y tal vez hubiera terminado con algún escándalo mayúsculo si en aquel momento Da Brígida, que estaba soñando con que un ratón le iba por las piernas arriba, no hubiera comenzado a gritar "... ¡Socorro! ... ¡Socorro! ... ¡un ratón!", a la par que se subía en la silla echándose las faldas por cima de la cabeza y dejando descubiertos a las miradas de los profanos los dos esqueletosos remos de su facultad locomotriz.

Eran de ver las carreras, saltos y piruetas de las damas: quién se subía en la mesa de la sala, cuál en las rodillas del vecino, aquella se desmayaba en los brazos de su Adonis, estotra buscaba la puerta de la calle ; gritos, risas, exclamaciones, sillas por el suelo, trastos rotos, bastones por el aire, tremendamente empuñados por Roldanes, Bernardos y Cides, todo en confusión caótica, inenarrable, increíble.

Aquello parecía un torbellino, un huracán, un cuadro de a bordo en próximo naufragio o una cueva de refugiados que ven llegar al ejército enemigo dispuesto a llevarlo todo a sangre y fuego.

Pero no, señor, no era esto, ni muchísimo menos ; era tan sólo un ratón que soñó ver una señora que despierta no ve cosas mayores que en casa donde hay muchachas con novio, pueden ver los menos linces.

= = =

El grupo de mamás y solteronas respetables que hemos llamado ‘femenino’ ocupaba la extrema derecha de la sala, el ‘mixto’, o sea, el de ‘pollas’ y ‘pollos’, la derecha y parte del centro, el ‘masculino’ la izquierda y el ‘coro de ángeles’ la extrema izquierda, frente por frente de sus madres respectivas.

Al armarse aquella confusión y gritería las personas que estaban en la alcoba salieron asustadas y atropellaban a las niñeras que se encontraban al paso.

Aquellas pobres mujeres creyeron que había ocurrido un incendio ; todas huían despavoridas, incluso Da Concha, que había puesto pies en polvorosa, no si decirle al moribundo trágicamente: "Adiós, Robustiano querido, hasta el Valle de Josafat".

Como es consiguiente, los niños se despertaron, y fue tal el llanto y los gritos que armaron en aquella universal confusión, que a pesar de ser las menos, sus chillonas notas aturdían el firmamento.

Restableciose por fin la calma gracias a que un chusco, gran conocedor de la debilidades mujeriles, dio un tremendo garrotazo a la entrada de la puerta y entro con aire triunfal diciendo: "Señores, acabo de matar al ratón. ¿Queréis verlo?" "¡No! ¡No!" –dijeron cien voces al unísono.

Y el ratón fue muerto aunque no sepultado por entonces, para la imaginación del sexo débil.

Los chiquillos entraron en razón gracias a los valiosos argumentos que sus madres reservaban debajo de sus corpiños, y la paz fue por algunos instantes señora de aquel agitado aposento.

Vamos a sorprender algunos dimes y diretes del grupo ‘mixto’.

Componíanle novios y novias y aspirantes a novios y novias, es decir, los verdaderos usufructuarios de aquella velada, que si era de dolor y amargo trance para alguno, para ellos era de solaz y delicioso pasatiempo en donde se echaba una cana al aire y se ponía alguna piedrecita en el edificio del matrimonio para los honestos, o en el nido de las voluptuosas concupiscencias para los de más libre pensar, sentir y querer.

Soledad, en sus intervalos de asistencia al enfermo, tomaba asiento, y por derecho propio, en aquellos escaños en donde también brillaba la incipiente calva de su amado Juanito.

Allí rara vez se departía en colectividad ; quedito y en secreto, dos a dos.

Demasiado sé que mis lectores adivinan de lo que trataban.

Yo pasaría en alto estos coloquios, pero el de Soledad y Juanito ‘tiene miga’, como se dice en estos tiempos, y me parece conveniente que de ellas todos participen.

El.- "Mira, Soledad, ¿cómo está tu tío? ¿qué dice?"

Ella.- "Mi tío, cada vez peor ; nada dice ..., nada ..., pobrecito de mi corazón".

El.- "Mujer, parece que lo sientes mu-cho ..., ¿pues no estabas siempre trinando contra él?"

Ella.- "Sí que es verdad, pero al fin se ha puesto tan demacrado y tan fatigoso, que me da miedo verle".

El.- "¿Y por eso le compadeces? ..., ¿eh?, ... Me parece que te compadeces de ti misma".

Ella.- "No lo sé, pero el pobrecillo merece nuestra gratitud , al fin y al cabo no ha hecho testamento".

El.- "No era de esperar con el cariño que te profesaba".

Ella.- "¡Ah!, no lo creas ; gracias a las píldoras de opio de D. Inocencio, que apestan a demonios encendidos".

El.- "¿Pues no dijeron que olían a almizcle?"

Ella.- "Eso dijeron, pero el tío Roque asegura que son de opio".

El.- "¿Te parece que durará mucho así?"

Ella.- "Yo creo que no, y si se va a morir, más vale cuanto antes, que ya me duele el alma de darle friegas y calentar botijos y ladrillos".

El.- "¿Por qué no duermes ahora aquí un rato? Yo te avisaré cuando se muera para que llores un poco y ...".

Ella.- "Me temo que no voy a llorar gran cosa ... ¡estoy tan cansada! ... y es un desavío, porque ¿qué dirán luego en el pueblo?"

El.- "¿Quieres que entonces te tire un pellizco retorcido que te duela?"

Ella.- "Tíratelo tú, gran pillastre ... Mira, Juanito, que no me gustan esas bromas y que se lo voy a decir a tu mamá".

El.- "No te lo decía para hacerlo, sino por broma".

Ella.- "Por broma o no broma, pero tú eres muy capaz de hacer cualquier barbaridad ..., ¿te parece que no te conozco?"

Sería interminable si fuera a relatar los mil incidentes de estos diálogos ecuatoriales. Calor hacía en la habitación aquella noche, pero si se tiene la desgracia de ocupar un asiento en este centro de la gente joven, yo les aseguro a algunos que pronto tendrían que acudir a las bebidas atemperantes y mucilaginosas para restablecer el equilibrio funcional. Aquella era una atmósfera digna de los trópicos, y aquel lenguaje capaz de derretir la nieve de los Alpes y del Himalaya.

El grupo [de] más importancia, y del que nos hemos reservado hablar para lo último, lo formaban los hombres graves y sesudos de la aldea y sus alumbres.

Componíanlo el viejo D. Roque, albéitar, Casimiro, maestro de escuela de hecho, aunque no de derecho, Servandito, estudiante por tres veces calabaceado en Anatomía, pero que ya había averiguado que el calcáneo no se articula por ninguna parte con el coronel y que la arteria subclavia no se ramifica ni se anostomosa en la pantorrilla, y los señores que con los nombres de las escuelas filosóficas a que podían pertenecer vimos figurar la noche antes, mas diez o doce alcornoques y acebuches que por equivocación habían encarnado en aquellos seres al parecer racionales ; explicándolo así, con perdón sea dicho de los evolucionistas, por intrusarme en sus secretos siendo profano.

Decía un pobre diablo que pudiéramos llamar en el lenguaje moderno un ‘arqueólogo del pensar’ que en aquellos instantes era escandalosa la conducta ligera y galanteadora de los mozalbetes y las murmuraciones de las señoras mayores, que le parecía mejor la antigua costumbre de ‘rezar’ por el alma de aquel que pronto iba a aparecer ante la Justicia de Dios o preparar con decoro la habitación para llamar a las puertas de la Parroquia por los auxilios espirituales tan propios en trances semejantes.

Reíase de ello a mandíbula batiente Servandito, hombre de porvenir que odiaba de corazón a los búhos de los mechinales, a los obscurantistas de lo pasado, a aquellos de atrofia senil en sus células cerebrales, por donde no circula el éter divino de la inspiración y de la ciencia.

  • Vamos, hombre, vamos andando –decía Servandito-, déjese Vd. de chocheces de viejos que lastiman el sentido común de los que podemos sustraernos a esas supersticiones del pasado. El mundo es material, y tan materia es la roca que el huracán desafía como el pez que surca los mares, el liquen y el musgo de los árboles como ese complicado animal que Linneo denominó ‘Homo sapiens’. El universo es un conjunto armónico de fuerzas encontradas en equilibrio ; lo uno se destruye y lo otro renace, aquí se extingue un planeta y allí aparece una nebulosa. Ese cuerpo que se descompone no muere, sino que de sus partículas y de sus átomos surgen miríadas de nuevos seres que van a gozar en el festín del mundo el breve momento de su existencia feliz. La lucha por la existencia todo lo explica ; las resistencias de D. Robustiano son débiles para oponerse al infusorio que se agita, al microbio que despierta, al fósforo que va a pasar a fuego fatuo en las constelaciones de los cementerios, al pasto de la inmunda sabandija, el jugo del aromoso romero que crecerá al pie de su lecho funerario.

  • No estoy conforme –le interrumpió D. Casimiro- con esos principios materialistas que Vd. profesa porque los cree de buen tono. Vd. debe conocer que el pensamiento es algo inmaterial que Vd. no ha podido encontrar en las celdillas del cerebro, como sí ha encontrado la bilis en su vejiga, la orina en la suya, la saliva en sus glándulas y el aire en los pulmones.

  • Ese ser racional y libre que quiere o no quiere según le place, tiene algo superior que lo eleva, engrandece y dignifica.

  • Y ese principio es el espíritu, espíritu que no creo yo que tan fácilmente va de esta mansión a la que la ortodoxia católica afirma, sino, como dice Camilo (este Camilo es el astrónomo francés Flammarion), a las regiones del espacio infinito, en donde va perfeccionándose.

  • El hombre es un ser progresivo ; díganlo sus deficiencias cuando nace, su torpeza al balbucear cuatro palabras, su desarrollo, en fin, laborioso, de lo que podemos llamar vida sensitiva. Llega un día que su imaginación adquiere vuelos admirables que se debilitan y obscurecen ante el sol radiante de su razón que alborea ... Más tarde muere, pero es imperfecto ; ha cometido faltas y torpezas que requieren nuevos ensayos y perfecciones. ¿Volverá a empezar? ¡Nunca! Porque entonces serían sus vidas y períodos telas de Penélope, siempre tejidas y destejidas ... Va a uno de esos astros gigantescos y allí conserva su unidad en el principio inmaterial de su espíritu y toma elementos corpóreos en armonía con aquellas floras gigantescas, aquella fauna imponente y aquellas condiciones atmosféricas y climatológicas extrañas.

  • ¡Quién sabe de dónde venimos y adónde vamos!

  • A mí me parece que soy la décima encarnación de algún maestro troglodita que cuando no podía hacerle aprender la lección a algún discípulo y no le pagaban, se lo comía vivo.

Y esta sospecha sube de pronto cada vez que el hambre me aprieta, y la necesidad arrecia y el casero me echa a la calle, y los chicos se burlan en mis barbas.

¡Pobre encarnación la mía, retrospectiva y desgraciada, en la que a la sazón me encuentro!

  • Todo es una misma cosa, señores –dijo uno que hasta entonces había permanecido mudo-, lo visible y lo invisible, el cielo y el suelo, el alma y el cuerpo, la piedra y el hombre, la luna que está al romper las nubes en ese horizonte que divisamos a través de la ventana y esta mesa en donde apoyo mis brazos.

Ese conjunto de substancias y accidentes, minerales, vegetales y animales, todo eso es Dios.

Salimos de él y a él volvemos ; así, ni nacemos, ni morimos. Es cuestión de figura, de dimensión, de lugar: ayer, silvestre cardo, mañana, producto fecal de rucio desmayado, después, pomposa coliflor en vistosísimo plato aliñada para ser manjar de dama soñadora, luego inmundicia, rata, polvo, torbellino ..., ¡quién sabe! ... ¡esta es la vida! ... ¡y esto es lo que dice la ciencia! ...

  • Buena está la ciencia, si la ciencia fuera ese cúmulo de errores panteístas que Vd. acaba de exponer –dijo un seminarista que había tomado asiento en la tertulia poco después de haber comenzado su discurso Servandito.

  • ¡Esto es incalificable! –exclamó con énfasis el estudiante de las calabazas.

  • ¡Siempre el fanatismo en contra de la luz y de la ciencia! –añadió el último perorante.

  • Señores, poco a poco, escuchad ..., escuchad, que el mismo derecho tengo yo a hablar que Vds. ; permitidme aclarar la proposición y luego juzgaréis.

Así se expresaba el seminarista, sin poder hacerse oír por la concurrencia alborotada.

Por fin se restableció el orden y consumió su turno en estos o parecidos términos:

  • Señores, con profundo dolor de mi corazón he seguido paso a paso el giro de los diversos pareceres, causándome tal novedad y extrañeza que aún no puedo darme cuenta de lo que me pasa.

El progreso verdadero, que debe ser triple en su carrera como lo es en sus órdenes, lejos de dilatar horizontes, se apaga y muere al siniestro resplandor de la duda.

En el orden físico, aquí seguiremos en aquel lamentabilísimo olvido en que pudiera hallarse un pueblo del interior de Africa, sin carreteras, ni puentes, ni telégrafos, ni alumbrado público, ni aún vigilante nocturno, ni un peatón de correos que diariamente nos comunique con el mundo.

En el orden moral, a la pureza de costumbres y a la vida patriarcal de antaño ha sustituido la desconfianza y la usura, el amancebamiento y la impiedad.

Papeluchos inmundos que debían circular por los albañales ven, con descaro sin igual, la clara luz del día, y los grabados en donde se ostentaban las excelencias de la virtud y las heroicidades del martirio se han trocado por cromos y láminas pornográficas e irreverentes.

En el orden intelectual se ha retrocedido, puesto que aquellas verdades madres de la filosofía cristiana, con cuyo calor y aliento poderoso la vida se idealiza y el corazón bate de amor se han sustituido por una confusión extraordinaria de opiniones, una Babel de absurdos en donde asoman sus negras cabezas el espiritismo y el positivismo, los principios panteístas y los darwinistas, un abigarrado conjunto de mal digeridas doctrinas que entenebrecen los cielos de vuestras inteligencias con vapores de vanidad y ensoberbecimiento.

Mucho pudiera decirles a Vds. en refutación de sus doctrinas, pero se necesitarían días y aún semanas para hacerles ver las mil incongruencias de sus teorías peregrinas.

¿Quién duda que tenemos alma?

¿Quién no ve esa renovación incesante y periódica de la materia en su propia persona y ese ‘quid divinum’ permanente?

Quitad a un sujeto una pierna, un brazo, las cuatro extremidades, y el sujeto es el mismo que antes fuera ; ¿no dice vuestra decantada ciencia que cada siete años se renuevan todos los tejidos del organismo humano?

Pues a través de esas renovaciones siempre me reconozco el mismo ; hoy tengo este cabello negro, mañana cano, algún día no lo tendré tal vez, y sin embargo ‘yo’ soy ‘yo’.

Si ayer fui joven y ligero y mañana anciano y torpe, ¿quién probará al sentido íntimo que entre aquél y éste no hay perfecta unidad?

¿Quién podrá decir que el pensamiento es secreción de la materia? ¿Cómo lo divisible produce lo indivisible, lo material lo inmaterial?

Si una cosa material pensara, como, por ejemplo, el cerebro, el alma constaría de partes, porque se confundiría con aquella entraña, o sería la entraña misma cerebral.

En este caso, cada una de las células percibiría el objeto total, o una parte de él ; si afirmáramos lo primero, podríamos asegurar que habría tantas percepciones como de partes se compusiera ese alma material, si aseguramos lo segundo, faltaría la unidad de la percepción, porque cada una de las partes que percibieran no podrían comunicarse entre sí sus impresiones, porque cada parte tiene su ser propio, y por consiguiente su acción propia e incomunicable.

Esas evoluciones de la materia, sea[n] en buena hora ; pero a través de los mil accidentes de la vida, el principio inmanente de la personalidad es uno y el mismo.

El conjunto de doctrinas antiguas relegadas al olvido y resucitadas con vistosas piedras falsas y oropeles de guardarropía que se conocen como ‘magnetismo animal’, positivismo, materialismo y panteísmo no son más que las múltiples fases del error, que en pugna con la verdad se disfraza, transforma y renueva.

Porque de seguir con las mismas formas y con idénticos ropajes, bien pronto no tendría un adorador que le incensase, ni un corifeo que le siguiese.

Sólo la doctrina de Aquel que es la verdad y la vida no necesita ni la pedrería deslumbradora, ni los fuegos de artificio, ni las renovaciones periódicas.

Fija, grave, majestuosa, sublime, ella se abre paso con la sangre de sus mártires y la fe de sus doctores.

Ni teme la discusión ni le arredra la lucha.

Diez y nueve siglos ha que permanece resplandeciente y pura, desafiando lo mismo la persecución fiera de los Césares y tiranos que la mansa de Julianos y filósofos sectarios.

= = =

En este interesante momento de su peroración iba el seminarista, cuando sonaron gritos en la alcoba. Algo extraordinario ocurría.

Efectivamente, D. Robustiano estaba gravísimo y en aquel instante había presentado tal aspecto, que convinieron los presentes en llamar simultáneamente a D. Inocencio y al párroco para que administrara la Extremaunción.

  • D. Inocencio! ¡Sr. D. Inocencio! ... Abra Vd. ... y vístase de seguida ..., y véngase con nosotros. Que le han dado unas fatigas a D. Robustiano se nos ha quedado muerto entre las manos.

Así decían como a las once y media de la noche un coro de chillonas mujeres a la puerta de mi compañero.

Para mi amigo no era ninguna sorpresa la llamada ; la tenía prevista, y conociendo la impaciencia rústica de aquella sociedad y en el convencimiento de que quieras o no hay que levantarse, se había acostado vestido, fuera de aquellas prendas que son demasiado enojosas para dormir y que se ponen prontamente.

Mi hombre encendió su palmatoria, bajó rápidamente la escalera y dijo:

  • Pues vamos a ver, ¿no dicen Vds. que se les ha quedado muerto entre las manos?

  • ¡Ah! ¡Sí, señor! ... Así es ...

  • ¿Pues entonces, a qué me llaman Vds.?

  • Ahí verá Vd. –dijo una de las más despiertas del grupo-, es que si se nos ha quedado muerto, no es ‘muerto del todo’, sino como muerto, ¿comprende Vd. ahora?

  • ¡Vaya si comprendo! ... Vamos andando.

Y efectivamente, poco después llegaba a la cabecera del enfermo, casi a la par que entraba el cura de la aldea para administrar los últimos sacramentos.

Era gravísimo el estado del pobre D. Robustiano, pero aún tuvo un momento de lucidez: reconoció al sacerdote, apretó su mano en señal de arrepentimiento y recibió la Extremaunción.

Inútil es decir que Da Concha y Soledad formaban un dúo de gritos e imprecaciones que atronaban la casa.

Luego que se desahogaron a su gusto, la emprendieron con reproches y cargos a mi compañero, el que tuvo por último que salirse de la alcoba por no aumentar las tribulaciones del moribundo.

Afortunadamente, el enfermo se mejoró algún tanto.

Así como la luz de una lámpara que se apaga despide súbita claridad momentos antes de extinguirse para siempre, así suelen sobrevenir esas llamaradas fugaces de vida que por horas, y a veces por instantes, hacen brotar la última esperanza para anegar de lleno en irreparable desconsuelo.

Esta última tregua que la familia y los asistentes creyeron debida a la toma de una cucharada de poción cordial, hizo la reacción en el ánimo de Da Concha, que cogiendo por la solapa al médico, se expresó así:

  • Sr. D. Inocencio de mi vida, Vd. No se marcha de aquí ni un instante. Vd. es nuestra esperanza y nuestro consuelo ; todo el mundo será poco para recompensarle.

  • Mire Vd., señora, yo lo siento mucho, pero lo que podía mandar se lo he mandado ; yo no me pertenezco, y mañana he de visitar a otros que distan dos o tres leguas de aquí ..., para ello necesito descanso ... Soy viejo, y las impresiones fuertes y las malas noches me tienen en tal estado de achaques y debilidad, que me temo no poder, el mejor día, seguir desempeñando la plaza de titular.

  • Pues Vd. no se va ; le arreglaremos una cama y descansará un ratito, ¿no es verdad? ¿Vd. cómo nos va a dejar así? ¡Imposible! ... Queriendo tanto a Robustiano que tan fino y estrechamente ha correspondido siempre a su amistad ..., ¿verdad que se queda entre nosotros esta noche?

No pueden hacerse cargo los lectores profanos a la carrera médica lo que esto representa y significa.

El que escribe estas mal hilvanadas páginas ha sido militar durante la pasada guerra civil ; sabe lo que es dormir al campo raso, sobre el duro suelo o sobre mala paja, en infesto cuchitril o en miserable jergón, en hospital enemigo, con el doble carácter de prisionero y enfermo.

Ha pasado días de tribulación y de prueba en el campo de batalla y en ese otro campo del honor que se llama examen de asignaturas, pero esto y todo cuanto se le pueda ocurrir al genio de las tribulaciones no es comparable con esas horas de angustia que pasa el pobre médico de partido en esos forzosos velatorios, de los que abusan de la amistad.

Saber que el enfermo se muere, esperar de un momento a otro el trance fatal, haber agotado los últimos recursos y los últimos consuelos vigilado por todos, con el peso de las miradas recriminosas de los dolientes como si uno fuera el causante de aquella desdicha, en cada pregunta, un problema, en cada sonrisa forzada para animar, una mentira. Veces hay en que la palabra se anuda en la garganta o se hiela en los labios.

El médico quiere consolar cuando está desconsolado, quiere y trata de infundir alientos cuando no los tiene, y es el inocente reo para aquellos que le rodean, más bien que el ángel de la esperanza.

¡Cuántas veces quiere uno consolar a la llorona madre y no puede ni hablarle del cielo, como el sacerdote, ni de la amistad, como el amigo, ni unir sus lágrimas, porque el médico es hombre y quiere a sus semejantes más de lo que parece y tiene momentos en que lloraría! Que no porque el capitán de un barco intrépidamente desafíe las tempestades deja de sentir pavoroso terror en su alma, ni deja de condolerse por aquellos de sus semejantes cuya vida pende tal vez de su pericia y de su genio.

Por fortuna, cuando D. Inocencio se preparaba al más amargo de los sacrificios, una mujer llamole precipitadamente. Allá, en choza lejana, una infeliz labriega próxima a ser madre al parecer requería la asistencia facultativa por complicaciones en la presentación del feto.

Y aquel imprevisto caso, con el cortejo de molestias y disgustos que le son inherentes, pareciole a mi amigo la mano de la Providencia, apartándole de una desdicha inevitable para llevarle a donde su arte y talento podían proporcionar a dos seres la salud y la vida.

= = =

Cuando salió el sacerdote de la casa del enfermo con el óleo santo, le acompañaron todos los hombres que estaban en el velatorio.

Después no faltó quien propusiera tomar el aguardiente en el ventorrillo del tío Jeromo, y hacia él encaminaron sus pasos.

En el entretanto, las muchachas, no teniendo ‘palique’ ni conversaciones atractivas, comenzaron a dar cabezadas.

El sueño es contagioso, y bien puede decirse que a las dos de la noche todas las mujeres que estaban en la sala dormían a pierna suelta.

En la alcoba alguna asistente aún velaba, pero a las dos y media se rindió también al imperioso dios Morfeo.

= = =

El sol comenzaba a despuntar por Oriente, y la naturaleza despertaba a la animación y alegría de la alborada.

Los hombres que habían bebido poco, o tenían más firme la cabeza, sorprendidos por la luz del día, se acordaron del motivo de sus vigilias y encamináronse a la casa dolorida.

Al estruendo de la llegada se despertaron con sobresalto y azoramiento lo mismo las cándidas palomas que las viejas suegras e inseparables mamás.

Como por un mismo impulso movidas se dirigieron hacia el lecho del moribundo.

¡D. Robustiano estaba yerto ..., no respiraba ..., había dejado de existir!

Tantos vigilantes nocturnos, tantos seres consagrados a una misma tarea, y el pobre señor no había tenido uno solo que pudiera cerrar sus párpados en el momento de su expiración.

Así suelen ser muchos velatorios: algazaras, críticas, riñas, borracheras, gastos y molestias mil, y en las horas de las angustias supremas ni una mano compasiva, ni una oración fervorosa.

Aquel fue el momento de las lágrimas y los desmayos para Da Concha y Soledad, de las celebraciones para D. Robustiano, del chocolate y la ‘mañana’ para los comensales y del descanso para mi pluma.

= = =

 

Epílogo. Dos meses después

 

Sr. Doctor Lascutense, Alcalá de los Gazules.

Aldea del Olvido, Noviembre del 85.

 

Mi querido compañero. En cumplimiento a lo ofrecido, voy a referirle lo que ha pasado después del fallecimiento de D. Robustiano.

A los quince días de muerto se averiguó que las cabras y los créditos estaban afectos al pago de una fingida deuda a un compadre de Da Concha.

Las peluconas que se suponían nadie las ha visto, y el morrión y las cuatro sillas desaparecieron de la noche a la mañana por venta a la Alcaldesa para pago del entierro.

Soledad heredó por junto el borrico, que con las distracciones de los velatorios no le echaron de comer y se murió en el tercer día de duelo. Creo que si vive más tiempo D. Robustiano, no lo hereda.

Da Concha se marchó poco después a Málaga para reunirse con su marido, según dicen por estos contornos.

Juanito, al ver a su novia sin herencia ni tío con morrión y cabras próximo a morir, se ha llamado ‘andana’ y dice que bien está la chica con su nombre, que él no la ha de hacer compañía.

Yo me quedé, por no variar, sin cobrar un céntimo, pero con el consuelo de que ha sido porque no hay en el mundo dinero con que pagar los sacrificios de un médico.

  • Después de todo –dicen los del velatorio-, más perdió D. Robustiano.

¿Qué más? ... pues que sigo como siempre, hecho un lazarillo de todo el mundo, recogiendo grandes cosechas de ingratitudes.

Amigo Lascutense, Dios le de a Vd. salud para concluir la carrera de Derecho y emanciparse del yugo de la Medicina.

Dicen los que profesan aquella que tiene grandes amarguras ; lo creo, porque el pan hay que ganarlo con el sudor y las lágrimas, pero las del médico son de sangre.

Si algún día tiene Vd. hijo n condiciones para darle una profesión, hágalo cualquier cosa, pero no médico.

Todas las carreras y oficios tienen derecho a la recompensa y honorarios y tarifas que se pagan ; la nuestra parece que es de mendigos: se sustenta de limosnas.

Y consiste en que el zapatero entrega los zapatos, el carpintero la mesa, el sastre la levita, el boticario da las medicinas, el maestro la instrucción, y hasta el cura la misa. Todos dan lo que se les pide. A nosotros se nos pide un imposible. Se nos exige la salud, y no pocas veces lo que llegamos a dar es ... la papeleta.

Suyo de corazón, Inocencio Paciente.

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Por activa o por pasiva (fas=haz ; ne fas=no hagas, en latín) [VOLVER]

Se refiere muy probablemente a la Milicia Nacional. [VOLVER]

KRAUSISMO.- Corriente de pensamiento que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XIX, basada en la filosofía de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), filósofo alemán discípulo de Fichte y de Schelling e influenciado por Hegel, autor de una ontología caracterizada por su ‘panenteísmo’. En su filosofía de la historia, la humanidad racional ocupa el último nivel, que ha conseguido ya el ascenso hasta Dios, y las asociaciones de finalidad universal se presentan frente a la teoría absolutista. Apenas reconocida en Alemania, la aportación filosófica de Krause contó con una gran resonancia en España gracias a Julián Sanz del Río, discípulo en Heidelberg de dos krausistas (Roeder y Leonhardi) y libre adaptador, en su Ideal de la humanidad para la vida (1860), del ‘Ideal de la humanidad’ de Krause (1811). El krausismo influyó en la ideología de la joven intelectualidad liberal que frecuentó la Universidad y el Ateneo madrileños durante el período anterior a la Primera República (Julián Sanz del Río, Fernando de Castro, Francisco Giner, Francisco de Paula Canalejas, Nicolás Salmerón y Gumersindo de Azcárate). El krausismo, defensor de un republicanismo laico y reformista, fue atacado por los monárquicos y por los tradicionalistas, y sus representantes fueron criticados por Menéndez y Pelayo en su ‘Historia de los heterodoxos españoles’. En 1878, Giner de los Ríos y otros krausistas expulsados de la universidad fundaron la Institución Libre de Enseñanza, cuya actividad fue decisiva en la formación de la intelectualidad española durante las siguientes décadas. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

Nos estamos refiriendo a la dialéctica, para Platón el método de conocimiento que, partiendo de la contraposición de las argumentaciones del verdadero diálogo, permite ascender hacia la verdad mediante la explicación de tales argumentaciones opuestas y, así, complementarias. Aristóteles habla del razonamiento sobre lo meramente probable y aparente, en el que sólo es posible la controversia (razonamiento crítico) y no la demostración. Kant se refiere a él como el conjunto de conocimientos aparentes, derivados de la razón, entendida ésta como capacidad deductiva que se ejerce más allá de los límites de la experiencia. Según Hegel, la dialéctica es la condición o naturaleza verdadera, tanto de las determinaciones del entendimiento humano como de las mismas cosas, y, en general, propia de lo finito que engloba a la vez el desarrollo histórico del espíritu y el de la naturaleza misma. En el marxismo es un modo de pensamiento que se funda en el análisis de las contradicciones que constituyen la realidad histórico-social. Término de significados muy diversos, la dialéctica atraviesa toda la historia de la filosofía: ya sea en referencia al diálogo y a la confrontación argumentativa, ya sea connotando la contradicción misma como motor del conocimiento y de la realidad, o ya sea, en fin, significando la negación de todo diálogo argumentativo y de todo conocimiento de la realidad como posibles. Desde el siglo XIX, sin embargo, la acepción común de dialéctica es inseparable tanto de la idea de contradicción (o, hablando con más propiedad, de la contraposición y de la contrariedad) como de una connotación del todo positiva, correspondiendo a las dos primeras significaciones consignadas más arriba. Referida tan sólo al ámbito del diálogo y del conocimiento (dialéctica subjetiva) o referida a la vez al ámbito mismo de la realidad (dialéctica objetiva), la dialéctica supone la contraposición y la interrelación como fuerza y vida mismas del conocimiento objetivo e incluso también de los mismos objetos, de las cosas [ibid.] [VOLVER]

Más bien podríamos caracterizar a este personaje como un positivista. Se conoce como ‘positivismo’ a la teoría sociológica y filosófica, desarrollada inicialmente por Auguste Comte (1798-1857), que considera que todas las actividades filosóficas y científicas deben efectuarse sólo en el marco del análisis de los hechos reales verificados por la experiencia, que las cosas en sí, si existen, son imposibles de alcanzar, y que el espíritu humano debe limitarse a formular las leyes y las relaciones que se establecen entre los fenómenos. El positivismo considera tarea de la filosofía hallar y describir los principios generales comunes a todas las ciencias y usar tales principios como guía de la conducta humana y como base de la organización social. Tres son las grandes formas de positivismo en el siglo XIX; positivismo social (A. Comte y J. Suart Mill), de carácter práctico-político y cuya idea de progreso enraíza en la historia, positivismo evolutivo (H. Spencer y E. Haeckel), de fuerte talante teórico y cuya idea de progreso enraíza, por el contrario, en la física y en la biología, y empiriocriticismo (E. Mach, R. Avenarius y K. Pearson). [ibid.] [VOLVER]

Se trata más bien de la ley de la evolución, original del pensador positivista Herbert Spencer (1820-1903) ; esta última es definida por éste como "la integración de la materia y la disipación concomitante del movimiento por la cual la materia pasa de un estado de homogeneidad indeterminada e incoherente a un estado de heterogeneidad determinada y coherente". [FERRATER MORA, José, 1979, Diccionario de Filosofía, Madrid, Alianza] [VOLVER]

Se llamaban así los habitantes de Lascuta, ciudad estipendiaria romana que pertenecía, según Plinio, al convento gaditano, en la Bética, quizá correspondiente a la actual Alcalá de los Gazules. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Se refiere en realidad a la homeopatía, sistema médico basado en la totalidad y en la individualidad, que utiliza para su práctica la ley de la Semejanza, el medicamento dinamizado y único, la ley de la Curación y la experimentación en el hombre sano. Se basa en el principio de que la enfermedad se puede curar mediante fármacos que producen en una persona sana los mismos efectos patológicos que son sintomáticos de la enfermedad. Retomando trabajos de Paracelso y Stahl y bajo la consigna de la Ley de la Semejanza ya enunciada por Hipócrates, Christian Friedrich Samuel Hahnemann creó la homeopatía en 1792. La homeopatía parte del concepto según el cual la enfermedad es una sola, el desequilibrio vital, que se expresa de distintas maneras en cada paciente según su constitución y sus peculiaridades individuales. Sólo tratando la totalidad del desequilibrio se alcanza la curación, ya que actuando sólo sobre parcialidades (órganos, síndromes) se corre el riesgo de suprimir manifestaciones locales, agravando el desequilibrio global. La historia clínica homeopática no se apoya sólo en el estudio de la patología que presenta el paciente, sino que además indaga en el resto de su economía, en la reacción a estímulos externos como el clima o la alimentación y en sus peculiaridades reaccionales ante situaciones laborales, familiares o de medio ambiente. Se trata de recoger información no sobre sus trastornos en sí, sino sobre el matiz individual y de representación de la totalidad con que el paciente los vive. La homeopatía, en síntesis, es una medicina que actúa sobre el terreno predispuesto, eliminando las condiciones para que una enfermedad se desarrolle e impidiendo la aparición de una nueva. Es además una eficaz colaboradora en procesos traumáticos, obstétricos y quirúrgicos, ya que al mejorar el estado general, facilita la recuperación en estas condiciones. [Encarta-99] [VOLVER]

FLOGISTO.- (del griego phlogistos, inflamable) Sustancia hipotética, que representa la inflamabilidad, postulada a finales del siglo XVII por los químicos alemanes Johann Becher y Georg Stahl para explicar el fenómeno de la combustión. Según la teoría del flogisto, toda sustancia susceptible de sufrir combustión contiene flogisto, y el proceso de combustión consiste básicamente en la pérdida de dicha sustancia. Dado que se sabía que sustancias como el mercurio aumentaban de peso durante la combustión, se consideró que el flogisto tenía un peso negativo; así, la sustancia se hacía más pesada al perder flogisto. Incluso se llegó a pensar que sustancias como el carbón y el azufre estaban compuestas casi exclusivamente de flogisto. Durante unos experimentos con lo que hoy llamamos oxígeno, el químico inglés Joseph Priestley descubrió su capacidad para mantener la combustión, pero describió este gas como aire deflogistizado. La teoría del flogisto fue descartada por el químico francés Antoine Lavoisier, quien sostuvo que la combustión es esencialmente un proceso en el cual el oxígeno se combina con otra sustancia. Ya en el año 1800 la mayoría de los químicos habían reconocido la validez del experimento de Lavoisier y la teoría del flogisto quedó definitivamente desestimada. [ibid.] [VOLVER]

Por causa entendemos el principio, fundamento u origen en virtud del cual existe o se da algo, denominado efecto. Inseparable de la racionalidad científica, el concepto de causa tiene su exposición paradigmática en Aristóteles. La relación (y proporcionalidad) entre causa y efecto y el correspondiente principio de causalidad son la base de la filosofía racionalista ; por lo demás, tanto el ocasionalismo como, sobre todo, el empirismo cuestionan la idea de causa, y en el caso del empirismo, se disuelve toda conexión entre causa y efecto, al reducirse la relación entre una y otro a una pura sucesión espacio-temporal, establecida como relación causal simplemente por costumbre (Hume). A consecuencia de dichas ideas empiristas, la moderna filosofía de la ciencia no fundamenta ya a ésta, como antaño se solía hacer y nuestro autor defiende, en un evanescente concepto de ‘causa’, sino más bien en la comprobación empírica de las hipótesis y en la ‘teoría de la falsación’ [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

Estamos citando concretamente el diálogo de Platón La apología de Sócrates, del cual existe otra versión más reducida, pero con el mismo titulo, debida a Jenofonte. Ambas obras, escritas por sendos alumnos de Sócrates, intentan reflejar la autodefensa de aquél en el juicio en que finalmente fue condenado a muerte. Sócrates, por su parte, no escribió nada, ni profesó enseñanza oficial, y pese a ser considerado fundador de la filosofía moral, o ‘axiología’, al respecto no queda de él doctrina alguna, si no es la del intelectualismo ético que puso en su boca Platón. Suelen atribuírsele la ironía y la mayéutica como aspectos negativo y positivo, respectivamente, de su método de búsqueda de la verdad, y las expresiones "conócete a ti mismo· u "sólo sé que no sé nada" como sus máximas predilectas. [ibid.] [VOLVER]

En realidad –por lo menos en el libro de Platón- se lo dice al jurado. [VOLVER]

Se trata en realidad de Brenno, jefe de los galos que –según cuenta Tito Livio-, tras haberse apoderado de Roma y en el momento en el que se pesaba el rescate de la ciudad, añadió al peso de su espada y de su tahalí la hiriente y famosa frase "Vae victis!", recordando a los romanos que el vencido quedaba a merced del vencedor. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Referencia –aunque fuera de contexto- al general árabe Musa ibn Musayr (640-718), quien nombrado en 708 gobernador general de Túnez conquistó todo el Africa menor a excepción de Ceuta, gobernada por el Conde Julián, quien al parecer mantenía buenas relaciones desde años antes con los musulmanes. Las difíciles circunstancias en que ascendió al trono en Toledo D. Rodrigo llevaron a Musa, en connivencia con Julián, a planear la conquista de España, y los éxitos iniciales de su lugarteniente Tariq le llevaron a pasar el Estrecho en 712 y someter Andalucía Occidental y Extremadura. En campaña posterior llegó a Aragón, la Meseta septentrional y Galicia. Llamado a Damasco por el califa Walid, que le pedía cuentas de su actuación, dejó como gobernador en Sevilla a su hijo Abd el-Aziz. De regreso en Damasco fue sancionado duramente por las irregularidades cometidas en el desempeño de su cargo. Sin embargo, el éxito de sus empresas hizo de él un hombre legendario, y aún en la actualidad figura como héroe en numerosas narraciones populares árabes. [ibid.] [VOLVER]

Actualmente decimos poliandria. [VOLVER]

Aunque la ‘estadística’ se ha venido practicando desde tiempo inmemorial, no fue hasta el siglo XIX, con la generalización del método científico para estudiar todos los fenómenos de las ciencias naturales y sociales, que los investigadores aceptaron la necesidad de reducir la información a valores numéricos para evitar la ambigüedad de las descripciones verbales. [Encarta-99] [VOLVER]

Esta sería la concepción aristotélico-tomista de Dios como ‘primer motor inmóvil’, que no es compartida, como puede suponerse, por todos los autores. Así Spinoza, por ejemplo, al identificar a Dios con la naturaleza (el ‘creador’ con la ‘creación’), concluye: (a) Nada puede existir fuera de Dios (todo existe como manifestación de Dios) (b) Todo deriva de Dios en virtud de las leyes de la naturaleza. Según este autor, por tanto, la supuesta ‘libertad’ de la acción divina consiste precisamente en su necesidad. Esto excluye totalmente al ‘milagro’ del esquema spinozista. Las leyes naturales a que incluso Dios se ve sometido (no serían tales ‘leyes’ si no afectaran a todo el universo) siguen en su opinión un preciso ‘orden geométrico’ basado en las Matemáticas, lo mismo que los principios de la Física de Galileo y Descartes. Con esta concepción se opone Spinoza a los filósofos políticos defensores del absolutismo monárquico, que, como Hobbes, postulan que el soberano promulga las leyes, pero por su parte se encuentra por encima de las mismas. [ABBAGNANO, N., 1979, Historia de la Filosofía, Barcelona, Muntaner & Simón] [VOLVER]

Camille Flammarion (1842-1925), autor de diversas obras, entre las que destaca La pluralidad de los mundos habitados (1862). En 1870 publicó un importante trabajo sobre la rotación de los cuerpos celestes. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]

Para Aristóteles (la suya es básicamente la concepción que aquí se está defendiendo), el ‘alma’ es lo que el cuerpo necesita para vivir o, dicho en sus palabras, "acto de un cuerpo que tiene la vida en potencia". Por tanto, la función del alma consiste en dotar al cuerpo de aquellas características que diferencian a un cuerpo vivo de uno que no lo está: nutrición, sensibilidad, pensamiento y movimiento. Aristóteles –y con él el pensamiento escolástico defendido por la Iglesia- distingue tres clases de almas, según las funciones que éstas desempeñen y según la complejidad del cuerpo que ocupen. En primer lugar, hay seres vivos cuya única función es la ‘nutrición’ ; son las plantas, y su alma es el alma vegetativa. Los animales necesitan, además, un alma que les permita ejercer las funciones de ‘sensibilidad’ y ‘movimiento’ ; es el alma sensitiva. Por último, el ser humano posee, además, la función de ‘pensamiento’ (es un "animal racional") ; tiene, por tanto, además de las otras dos, el alma racional. Este ‘alma racional’, específicamente humana, como decimos, se distingue por tres características básicas: autoconciencia, intelecto y facultad motora. [MONDOLFO, Rodolfo, 1964, El pensamiento antiguo, Buenos Aires, Losada] [VOLVER]

[ATRAS]