(Cuadro de costumbres sociales)
José Ma de Puelles y Centeno (1886)
Publicado por primera vez en el ‘Diario Médico-Farmacéutico’, de Madrid, en los meses de Julio y Agosto de 1886.
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No me propongo, ni mucho menos, estudiar la etimología o el origen histórico de los velatorios. Quédese este trabajo crítico para las personas eruditas ; ni yo sabría hacerlo, ni en la estación presente de calor, languidez y modorra se leería con paciencia una disquisición filosófica o una excursión histórica sobre la esencia, marcha y desarrollo del velatorio, sobre si los persas, chinos, indios, egipcios y caldeos lo celebraban de esta o aquella manera, sobre, en fin, si son o no son convenientes y adecuados a una necesidad más o menos sentida. A mí me basta con saber que en todos los pueblos y todas las edades han existido los velatorios, y sostengo afirmación tan absoluta porque yo me digo: prescindiendo de lugar y de tiempo, el hombre siempre ha padecido enfermedades, toda enfermedad ha tenido su curso, todo curso sus días, cada día sus noches ; si es cierto que el hombre padece de noche lo mismo que durante el día, sí es no menos cierto que el enfermo no se basta a su asistencia y si a esto se agrega que de noche la necesita más delicada y precisa, claro está que han existido vigilantes y enfermeros, y en su consecuencia, éstos, en unión con el enfermo, han constituido el velatorio. Póngasele un nombre griego, latino, chino o ruso a esto, llámese como se quiera, pero el hecho de velar al que padece no variará de naturaleza y por ‘fas’ o por ‘nefas’ resultará probada siempre mi afirmación categórica. Ahora bien, no voy a tratar de la Hermana de la Caridad o de la Sierva de María, o de la atribulada esposa o de la madre infeliz. Cada uno de esos ángeles necesita para su descripción la pluma de un ángel, no la grotesca y pobre mía, que lejos de encerrar en marco afiligranado de dulces conceptos la ternura, rebajaría con pinceladas groseras de brocha gorda lo inenarrable de la sublimidad de esas mujeres. Cuando oigo hablar de ellas, me conmuevo ; cuando las veo alrededor de la desgracia, me infunden tal respeto y tan profunda admiración, que a pesar de que todo se gasta y amortigua con la repetición de actos, mi entusiasmo se agiganta y mi corazón se dilata y extasía cada vez más al contacto de tanta grandeza. Voy a bosquejar en breves brochazos esa serie de ‘parásitos de la agonía’ que con el nombre de parientes más o menos contrahechos y amigos de escayola y cartón-piedra se aglomeran en las noches tristes cerca del lecho moribundo con el especioso pretexto de ayudar, o ‘por lo que ocurra’. = = = D. Robustiano Chaparro era un buen sujeto que no tenía de robusto más que el nombre, aunque con el apellido guardara más afinidad. Cuando le conocí en la consulta que tuve sobre su gravísima pulmonía en la inmediata aldea, donde ejerce mi buen amigo D. Inocencio Paciente (antiguo conocido de los lectores del ‘Diario Médico-Farmacéutico’), supe que era cesante de no sé que Ministerio y que tenía cuatro ‘ex’: de empleado, miliciano, casado y rico. Pero en medio de su relativa pobreza aún conservaba algunas peluconas y unos créditos, seis cabras, un pollino, una guitarra y el uniforme de Nacional con morrión y plumero, en buen uso. Como era viudo, claro es que no tenía mujer propia, y aunque no quiero meterme en vidas que no me interesan, no sé hasta qué punto no la tuviera ajena. Yo lo que sé es que Da Concha del Alamo (que, dicho sea de paso, entrecasaba bien su apellido con el de D. Robustiano) regía con tino magistral ora las tijeras para los cáusticos, ora el clíster, ya la cucharilla de la pócima, ya el cuenta gotas o el reloj de arena. Item ; por una escaramuza que presencié entre ella y la joven Da Soledad Chaparro, sobrina del paciente, saqué en conclusión:
(Nota.- Suprimo lo de las peluconas, porque sobre ellas el elemento tradicional estaba en la persuasión de que, vencedor o vencido, no las vería) Aquella noche (porque era de noche cuando se celebró la consulta) estaba medio pueblo de velatorio. Da Concha, que dicho sea de paso era muy amiga de cubrir las fórmulas sociales, dejó a medio curar un vejigatorio al pobre D. Robustiano, no sin antes sacarle un par de túrdigas de pellejo con intrepidez marcial, porque decía era preciso ocuparse del chocolate, aguardiente y bizcochos para los asistentes, allá para cuando el gallo cantara y las estrellas dejaran de brillar. Alrededor del paciente estaban, a más de la sobrina, el novio de la sobrina, la mamá del novio de la sobrina, el marido de la mamá del novio de la sobrina (segundas nupcias se llama esta figura), un hijo del marido de la madre del novio de la sobrina, dos hermanas de éste (es decir, del marido en cuestión, que hasta ahora no se confunde con otro porque es el único casado), tres hijos de las hermanas susodichas y ..., pero, en fin, a qué más: total diecisiete personas, entre ellas dos suegros, un perro, dos canarios, un brasero encendido y un armatoste de pino, encima del cual brillaban el pompón y los botones de la casaca del patriota.
Llamó aparte a Da Concha y le dijo:
Dos lágrimas del tamaño de garbanzos bajaron ‘silenciosas’ (como diría cualquier novelista de los que hacen el distingo entre éstas y las parlantes) por las mejillas de Da Concha.
En este momento del diálogo que acabamos de relatar D. Inocencio fue llamado precipitadamente a la cabecera del enfermo. = = = El pobre D. Robustiano no podía más ; su respiración era muy difícil, ya por la estrechez de los capilares bronquiales inflamados, ya por la fiebre, a la sazón altísima, ya por el dolor pleurítico que el enfermo trataba de no exasperar con una respiración más amplia, ya finalmente por aquella atmósfera de carbón, aire expelido, ácido sudórico y valeriánico, humo de tabaco, éter de la poción de la disputa y esencias ‘cursis’ de las aldeanas constituidas ‘motu propio’ en celebridades de campanario. Mi amigo el médico apenas divisaba la cama del paciente y no pudo por menos que disponer se desalojara el salón y se renovara el aire, con las precauciones convenientes. Inútil es decir que predicó en desierto. No se retiraron de la alcoba ninguno de los asistentes, porque creían cometer un delito de lesa cortesía y humanidad separándose del enfermo, cuando tal vez iba a fallecer en breve espacio. Y no hicieron lo segundo, porque sólo en la mollera de un D. Inocencio cabe el renovar el aire y ventilar una alcoba en donde está un hombre enfermo de pulmonía, ¡precisamente por causa del aire! ...
Así discurrían aquellas cabezas de chorlitos ..., mejor dicho, aquellas patas de chorlitos, porque yo creo que si las cabezas de los animales pudieran discurrir, no discurrirían con tanta absurdidez e ignorancia. La verdad es que cuando oigo y veo cosas por el estilo (y lo he presenciado en ciudades y hasta en capitales de provincia) me he dicho: "Va a ser preciso en convenir en una teoría de evolución del discurso que, empezando en el discurrir con los pies en unas generaciones, se llegue alguna vez por otras a hacerlo con la cabeza". Así me explico por qué hay quien supone que nos falta todavía otro piso encima de los parietales, una a manera de buhardilla en donde se encarame el sentido común, ya que parece que bajo el frontal y demás vecinos anda tan escaso y exprimido ... Mientras mi compañero iba a pulsar a D. Robustiano, Soledad se desmayaba casi en mis brazos ; el novio la abanicaba con impulso, lo que hacía bien, porque el calor era insoportable, y se inclinaba a aflojarla el corsé, en lo que hay que distinguir: desde el punto de vista higiénico hacía bien, desde el moral no hacía bien, pero como estaba ante una colisión de deberes, mi hombre creyó que el mal menor era preferible al mayor, e intrépidamente iba a practicar una obra de misericordia cuando recibió un pellizco tan agudo y fino, que el pobre chico, después de ponerse más rojo que una amapola, por poco sí se desmaya ‘de veras’. Repitiose la escena. D. Robustiano se agravó o pareció agravarse, Paciente fue a reconocerle, Soledad se desmaya, se trae tila y colaguala en calderas, pero el novio no se atrevió ni a abanicar a la chica, conformándose con decirle al oído (no sin que yo me enterase, por estar muy cerca de la pareja):
Mágica palabra con la que la chica dejó la posición artística adquirida. Serían como las dos de la noche cuando un nuevo refuerzo de ‘velatores’ ingresó en la sala contigua ya mencionada. Componían este refuerzo Da Brígida, viuda del tercer matrimonio, con sus dos hijas y los novios de sus hijas. Esta Da Brígida era amiga de toda intimidad de Da Concha. Por la tarde había tenido sus luctuaciones, pues según se decía, era muy impresionable y se afectaba mucho en lances semejantes ; pero sus niñas le habían hecho ver que su ausencia sería muy notada y que se había de hablar mucho y mal. (Aquí para nosotros, esta teoría de las muchachas era debida a que so pretexto del velatorio se obtenían tres o cuatro horas de confianza amorosa, y como la ocasión la pintan calva, no era oportuno el desperdiciarla). La dificultad mayor estribaba en que Da Brígida era una señora regalona y tan aficionada a dormir que en la aldea la conocían como ‘la lirona’. La buena mujer conocía su flaqueza, pero a la objeción que hizo le replicaron:
No obstante cumplirse al pie de la letra el programa de la función, con el aditamento de pasarse esas horas las chicas perfilándose y enjalbegándose las caras con un colorete trasnochado y rancio, la verdad es que Da Brígida convirtió en ‘dormitorio’ el ‘velatorio’, y las hijas en ‘pelatorio’, no ya de pava, sino de pavas, puesto que eran tres entre ellas y la sobrina las que simultáneamente estaban descañonándose. Como en las salas no faltan filósofos, aunque no pretendan plazas de tales, no quiero renunciar a decirle a mis lectores lo que a los demás asistentes se les iba ocurriendo y decían ‘sotto voce’ a sus interlocutores: Uno que llamaríamos sentimental: "Esto es horrible ... ¡qué siglo! ¡qué tiempos! ¡qué costumbres! ¡cuánta profanación! ... Míralas ..., locas, alegres, incitadoras y pecaminosas, mientras el pobre D. Robustiano ronca probablemente los últimos estertores de la vida". Otro que llamaríamos krausista: "Desengáñate, Pedro ; esas parejas van caminando a la realización del contenido de sus esencias ; en la vida limitada e imperfecta del hombre se necesita buscar la condicionalidad en donde quiera que se encuentre ; si el hombre fuera a la par varón y hembra, o no fuera ni hembra ni varón, tu censura estaría en su lugar, pero el ser y el no ser al mismo tiempo establece esa atracción armónica que busca en un sincretismo perfecto el equilibrio de la humanidad que progresa y vive".
Un mecánico: "Yo creo que se explica por la ley del equilibrio. ¿Qué es D. Robustiano? Uno menos en el festín de la vida, un presupuestívoro del Cosmos que cesa en sus funciones digestivas y reproductoras ... ¿Qué son esas parejas? Los elementos compensadores que conspiran inconscientemente a sumar nuevos seres que ocupen la vacante del fallecido. Todo en el mundo es cuestión de más o menos: en la alcoba se resta, en la sala se suma, allí se sustrae, aquí se multiplica". Un católico a la antigua: "Yo creo algo más: allí el ser que pronto va a rendir el tributo de los mortales para que en juicio inapelable y sublime alcance en el tribunal de Dios su premio o su castigo, aquí una sociedad que se despeña en el torbellino de la sensualidad y de la miseria ; allí la desgracia digna de respeto, aquí el olvido de la solemnidad de estos momentos ; allí los destellos fugaces de una vida que se apaga, aquí los fulgores libidinosos de las pasiones que se agitan. En un lado debieran verse las lágrimas del arrepentimiento, en el otro, los auxilios de la oración ; lágrimas y oraciones, que son las flores benditas de la tierra, con cuyos aromas y matices el Dios de las misericordias se apiada de aquél para darle corona de gloria, de éstos para que obtengan en no lejanos días la paz del hogar y la bendición de los hijos en la santidad del matrimonio". "Por los poros de la sociedad se respira esa envenenada ponzoña del materialismo más refinado y sus letales efluvios alcanzan hasta las más recónditas aldeas". "No, señores, no es progreso ese egoísmo que todo lo marchita y envilece ; no es progreso, no, atenciones de cortesía velada de conveniencia y solicitudes de artificio". "El que no quiere sufrir y ayudar a un moribundo quédese en buena hora en casa, pero no venga a insultar con sus sonrisas y su indiferencia los úl timos momentos del que expira, ni a envenenar con su aliento la atmósfera enrarecida de una alcoba en donde falta el aire". "Cuidados, solicitudes, silencio, paz, caridad, oración, eso es lo que falta aquí, que no es este espectáculo trágico en donde se va a ver, como en el circo romano, cómo sucumben los gladiadores, ni a contar los estertores del que finaliza su existencia, ni a criticar la mayor o menor tristeza, atención y cuidados de los buenos pacientes y deudos, si los hubiere". "Vosotros veis un conjunto armónico y tal vez bello a su modo ; ¡yo veo un hombre que muere y una sociedad que lo insulta!". = = = Serían las dos de la madrugada cuando fui llamado a celebrar segunda consulta con D. Inocencio. El examen que hice fue breve, y la consulta no muy larga, porque a más de estar impuesto en la historia de la enfermedad y del enfermo, la indicación era más bien del orden moral, por hallarse a mi juicio las relativas al terapéutico perfectamente cubiertas por el profesor de cabecera. La causa ocasional de esta consulta inopinada la expuso D. Inocencio en estas o parecidas frases:
Estuve de acuerdo con tan sensato dictamen, y a más de alguna indicación secundaria acordamos propinarle al paciente unas píldoras de almizcle, que tan buenos resultados dan casi siempre en las pulmonías delirantes. Aquí lo difícil era, como vulgarmente se dice, ‘ponerle los cascabeles al gato’. D. Inocencio lo comprendía muy bien, y aunque no tenía el temor de perder la casa, por él ser el médico único de la aldea, preveía sin embargo la posición falsa y de desconfianza en que se iba a colocar, máxime mientras yo estuviera en la localidad. El caso idéntico, aunque a la inversa, habría ocurrido en condiciones opuestas. ¿Quién de mis compañeros no sabe esto? ¿Cuál puede decir con orgullo que haya sido siempre el vencedor y no el vencido? ¿Quién no recuerda esas noches amargas de insomnio en las que pasan por nuestra imaginación la sátira estúpida de un pedante, la reticencia de una marisabidilla, el apóstrofe injusto de una madre, digna por otros conceptos de respeto y admiración, la llamada y proposición de una visita furtiva de otro colega, la suspensión del tratamiento prescrito para sustituirle con algún emplasto de coles o alguna ceremonia supersticiosa, cuando no criminal y atentatoria a los cortos instantes del que padece? Comprendí su situación y me encargué del cometido. Yo estaba en terreno menos resbaladizo, y de todo aquello lo peor que pudiera ocurrirme sería sufrir una disminución en los honorarios. ¡Cuán poco importa esto! Honorarios, riquezas, todo lo pierde el médico con gusto, con verdadera satisfacción, cuando influye en el bien del prójimo y cuando salva con la integridad de su conciencia la integridad de su honra ... Pero hay que decirlo muy claro y muy alto: el profesional médico tiene, como cada hombre, derecho a la honra indiscutible, permanente y sagrado como todo derecho individual, y ese derecho es por lo común desconocido y pisoteado por una sociedad divinizada y pagana que quiere la inmortalidad del cuerpo y no se preocupa por la del alma, por una sociedad que pide imposibles, que olvida los consuelos que proporciona ‘aquel’ a quien nadie consuela fuera de su pobre mujer y de sus hijos, por una sociedad que se paga del Dios Exito y para la cual una farsa de curandero con oportunidad vale más, se celebra y paga, que cien desvelos y cuidados y afanosos estudios de un médico a quien se le muere un enfermo, porque los enfermos no se le han de morir al zapatero de la esquina, ni al sereno que guarda la calle. = = =
Da Concha reprimió con mal disimulado estudio la contrariedad de su espíritu. No creo le causaban novedad mis explicaciones, pero allá en el fondo había alguna cosa que ella no podía revelar a nadie y que, sin embargo, se adivinaba.
= = = Vds. creerán que se llevó a cabo tal cometido por Da Concha ..., pues no, señor ... ¡qué se había de llevar! ... Desde el momento en que empezó a circular la noticia, todo varió de aspecto. Da Concha tenía el convencimiento de que se había cometido una indiscreción por mí, excitado por el ‘ojo triste’ de D. Inocencio ; Da Brígida interrumpió los ronquidos para tomar tila y decir: "Jesús, qué barbaridad" y continuar durmiendo. Los asistentes al velatorio convinieron unánimemente en que D. Robustiano sonreía y estaba expresivo, señal indudable de próxima convalecencia, y sólo uno o dos decían que el dictamen de los médicos debía prevalecer, no sin mil distingos, peros y atenuantes para no resultar notas discordes en aquel plebiscito tan docto y tan correctamente negativo. Pero en lo que sí acordaron obrar fue precisamente en el régimen terapéutico. Las píldoras de almizcle, que hubo de traer de la ciudad vecina y que llegaron a las cuatro de la mañana, en el momento del aguardiente, el chocolate y los alfajores, tenían escandalizados a todos los presentes. La primera píldora estaba dada, y D. Robustiano seguía con fiebre y en el mismo estado que antes de tomarla.
Como sería interminable el exponer los pareceres de los concurrentes, pues hubo tantos como personas o algo más, porque algunos tenían dos y aún tres sucesivos, voy, como Dios me las de a entender, a exponerlos en síntesis, clasificándolos por escuelas, si puedo, y en su consecuencia comenzaré como sigue: Escuela Tradicional.- Diagnóstico, tabardillo ; pronóstico, que se cura con el plan que a continuación se expresa ; tratamiento, sanguijuelas y ventosas hasta que reviente, purgantes enérgicos, cáusticos, desde la nuca hasta la planta de los pies, diez o doce calderas de palo dulce, borrajas, higos negros, azufaifas, altea, migas de pan, arroz, escorzonera, grama, flores de violeta, amapola, cebada y saúco, tres cobertores y dos mantas, cerrar las rendijas de las puertas y las cerraduras de las llaves, dos braseros y un puñetazo limpio al primero que estornude en la alcoba para que la agitación de ese aire no vuelva atrás en su inmediata convalecencia el enfermo. Escuela de la Irritación.- Diagnóstico, ‘pedrejón’ ; pronóstico, igual que el anterior, con la sola condición de adoptar el siguiente tratamiento: sobar bien el vientre con manteca y vinagre, ponerle cataplasmas de malva, linaza y parietaria con bastante grasa, limonadas con cremor, vinagradas, horchatas y aceite de castor, lavativas de afrecho con vinagre, aceite, etc., una a manera de gazpacho fresco, y por si le falta algo, cáscaras de pepino a las sienes y al pecho, baños templados con hojas de algarrobo, de nogal, de luisa, habas verdes, cebollas y rosas, cura del ‘pedrejón’ por la ‘melliza’ y vapores de poleo, incienso, romero, tomillo, contueso y cornicabra. Escuela supersticiosa.- Diagnóstico, cualquier cosa ; pronóstico, ya se presume ; tratamiento, una faja de un niño que nació en Navidad, tres cuentas que se encontraron al pie de un pino cercano a la ermita de la aldea y que debieron ser un ‘santazo’, aceite frito con romero de camposanto y un cocimiento de astillas de acebuche procedentes de un cayado que usó Matusalén. Escuela fatalista.- Lo que ha de suceder, sucederá ; en su consecuencia, suprimir todo tratamiento, darle el caldo que pida y lo que pida. ¿Qué quiere una sandía? Pues darle una sandía ... ¿Qué revienta? Pues que reviente ... ¿Qué no quiere tomar nada? Pues si se ha de curar, con nada se cura y con algo no se muere. Escuela ecléctica.- Todo es bueno y todo es malo, de donde resulta que no pudiendo ser todo bueno y todo malo a un mismo tiempo, ni todo es malo ni todo es bueno ; por lo tanto, lo que se requiere y conviene es parte de todo y no el todo de cada escuela: désele sangrías y lavativas, vapores y amuletos, friegas por la ‘melliza’ y dieta severa ; así en un conjunto armonioso y sintético no serán cuatro y cuatro ocho, ni cuatro y cuatro diez, sino nueve ; todos quedan contentos, y el enfermo se muere por sufragio universal. Inútil es decir que este plan predominó, y con un barullo espantoso y en confusión que aumentaba con las raciones de aguardiente dieron una batalla tan descomunal a D. Robustiano que si de ella salía vencedor daba muestras de tener una naturaleza a prueba de bomba con las que en comparación resultaban pequeñitas las de los Sansones, Hércules y Cides de las historias sagrada, profana y patria. Vds. creerán, después de haber leído lo que antecede, que D. Robustiano se murió aquella noche. Pues no, señor ... D. Robustiano no sólo no se murió, sino que obtuvo alguna remisión en la fiebre. Y su cerebro comenzó a despejarse. Misterios de la naturaleza, de la que sólo se vislumbran algunas de sus impenetrables leyes. Sea porque las horas de la madrugada son las de remisión y despeje, fuese porque la fuerza medicatoria obtuviera uno de esos paralelos triunfos que admiran mucho más en los momentos de las grandes catástrofes y de las supremas angustias, ello es cierto que se mejoró visiblemente, contribuyendo a que la ‘melliza’ y el de la ‘irritación’, el partidario del plan antiflojístico y el del ecléctico, el supersticioso y el fatalista, todos en fin, cobraran alientos y seguridades en sus planes absurdos, contraproducentes y mortíferos. Verdad [es] que el alivio fue pasajero ; cierto que horas después la gravedad era suma ; indudable que la ataxodinamia exigió más tarde una camisa de fuerza improvisada ; ciertísimo que sin aquel cúmulo de desatinos criminales y con un plan racional tal vez el desventurado hubiese obtenido salud y vida, pero esto no lo alcanzan tantas pobres gentes y tanto vulgo como rodea el lecho de un moribundo. La verdadera ciencia es el conocimiento cierto y evidente de las cosas por sus causas, y la inmensa mayoría de la humanidad, gracias que se da cuenta de los efectos que más de bulto saltan a la vista. No saben que hay naturalezas tan privilegiadas y con tantos ocultos resortes dotadas, que no solamente se curan sin plan racional y por sus propios esfuerzos, sino contra el plan y a pesar del plan de estúpido curandero. Ignoran las condiciones de lugar, de tiempo, de temperamento, los accidentes mil de ese organismo complejo y delicado, y seducidos quedan en las meras coincidencias con una convicción tan profunda que raya en el fanatismo. El ignorante afirma o niega por-que sí ; el sabio nada. Aquél lo encuentra todo hacedero ; éste ve los escollos. El primero se embriaga, ufana y ensoberbece creyendo que todo lo sabe porque todo lo ignora ; el segundo medita y calla, porque ignora si algo sabe. Decía Sócrates en sus diálogos sublimes que el divino Platón ha trasmitido que los oráculos y las pitonisas habían afirmado que él era el más sabio de los mortales en aquella tierra de tantos portentos.
Viajó, visitó a los hombres más ilustres, los examinó de cerca y vio que eran pequeños, fatuos y endiosados. Cada uno tenía su doctrina filosófica y cada cual se creía a sí propio el primero entre los primeros. Entonces se reconoció a sí mismo y vio que él sabía lo mucho que ignoraba ; era conocedor profundo de la limitación del ser finito y vio, por comparación, que los demás le eran inferiores, y entonces le dijo a su discípulo:
Que estos hechos se repiten en la práctica por más que sean los más raros no hay que ponerlo en duda. Muchos de los que me leen habrán observado casos semejantes, y para que no vean que es pura fantasía lo que les refiero, présteme atención en el siguiente caso práctico, que di a conocer en fecha no lejana y que certifico de su exactitud por haber sido testigo de mayor excepción. En una ciudad de Andalucía cuyo nombre no hace al caso, allá por el año 188... ejercía [yo] como titular mis penosas funciones de médico. Una tarde del mes de Marzo fui llamado, en unión de otro compañero encanecido en la práctica y tan docto como modesto y prudente, a reconocer a una joven casada en estado de gestación, de temperamento linfático, constitución pasiva, mal alimentada, en el quinto mes de su embarazo, precisamente en el que en otras dos gestaciones anteriores había abortado, y que acababa de sufrir un puntapié feroz en el vientre de un amante antiguo a quien legítimamente negaba sus favores. Dados estos antecedentes, habiendo en cuenta la intensidad y extensión del equimosis, el flujo vulvar sanguinolento y el dolor que acusaba en la región lumbar con irradiaciones hacia las ingles, creímos del caso reservar el pronóstico por considerar posible, y aún probable, una complicación abortiva. Pasó a su humildísima vivienda, extramuros de la población, y se le prescribió el régimen que se creyó oportuno. Serían las once de la noche. Un viento tempestuoso y huracanado soplaba con intensidad medrosa ; el agua caía a torrentes y los vecinos más trasnochadores se disponían a dormir cuando llamaron precipitadamente en mi casa. ¿Qué ocurría? Poca cosa. La casa extramuros en donde se albergaba la infeliz se acababa de desplomar ; los agentes de la autoridad y algunos vecinos humanitarios abrían a duras penas una brecha en aquel montón informe de cascotes, vigas podridas y negras cañas. De entre los escombros se extrajo al marido de la heroína con grandes contusiones, a la heroína con otras mayores en el vientre y en el pecho producidas por la techumbre y a una vecina ya cadáver. Con las penalidades consiguientes pudieron trasladarse los lesionados al Hospital. Se les prescribió lo que estimamos oportuno y dimos dictamen en el cual hacíamos constar la gravedad del caso, que la posibilidad abortiva era probabilidad, que en caso de aborto no se podría precisar el tanto proporcional de las dos concausas ocasionales en concurso con la causa predisponente. Al día siguiente fui a visitar al matrimonio ; el esposo estaba en cama, pero la cama de la esposa estaba vacía.
No la pude ver hasta pasados algunos días. El flujo se contuvo, las equimosis desaparecieron y volvió a su estado normal pasadas unas semanas. Pero lo que no creerán mis lectores es que dio a luz con toda felicidad, a su tiempo, un ‘robusto infante’, como diríamos en lenguaje cancilleresco. ¿Qué consecuencias se desprenden de todo esto? Según el vulgo, que para la mujer predispuesta a los abortos el mejor tratamiento curativo consiste, al llegar a los cinco meses, en no hacer caso de los médicos ni de la medicina, recibir un puntapié descomunal de un bárbaro, ponerse bajo techumbre que se desploma e irse a lavar al río cuando se esté más magullada. Para nosotros, que donde menos se piensa salta una liebre y que no se ha de arrepentir nunca un médico de su exceso de prudencia y reserva en el pronóstico aunque le parezca un enfermo más muerto que los que se ven en los anfiteatros de disección o más próximo a la salud que un sarnoso en el último día de sus lesiones. Para el filósofo, que es necesario tener en cuenta la finitud y limitación del hombre, no sólo para apreciar lo contingente, sino que también lo necesario, y que siendo el porvenir de la vida de cada hombre indescifrable, no se puede más que aventurar el ‘me parece’, que es el conocimiento subjetivo que cada cual tiene de su propio saber, y no el ‘es’ o ‘será’, que corresponde a la ecuación del entendimiento con al cosa, o el conocimiento objetivo de lo que, por ser lo así, está fuera de nosotros. Volviendo a reanudar nuestra interrumpida tarea daré a conocer a mis lectores algunos peregrinos detalles de la visita de por la mañana. Las seis serían aproximadamente cuando D. Inocencio y yo entrábamos en la casa del enfermo. En la sala roncaban a pierna suelta dos de los contertulios (por cierto, los afiliados a las escuelas fatalista y mecénica) una soberbia ‘turca’ que habían adquirido aquella noche sin necesidad de visitar los bazares asiáticos ni los serrallos de Constantinopla. Eran los últimos soldados de aquel ejército de ‘vigilantes’, que después del asalto que dieron a D. Robustiano con aquel multiforme tratamiento dormían sobre los laureles adquiridos la estupenda fisiológica acción de un aguardiente de ‘pita’ capaz de hacer más estragos que los ejércitos de Atila en su triunfal carrera por Europa. Ambos estaban tendidos en el suelo envueltos en una nube de humo procedente de los ‘tagarninos’ de Virginia ; acá y acullá se veían esparcidos, en desorden sin igual, pedazos de abanicos, colillas de cigarros, envolturas de moriscos alfajores, hojas de cien otros tantos hierbajos, pucheros, cacerolas, jícaras, jeringas y demás adminículos que son de rigor en estos casos y casas semejantes. En la alcoba, sentado a la derecha e izquierda del lecho del paciente, estaban Da Concha y Soledad bastante satisfechas, más por el alivio del enfermo, por hacerle ver a D. Inocencio y a mí lo precipitado y erróneo de nuestro dictamen. Debo decir que ambos ignorábamos en aquel entonces la serie de desatinos que se habían cometido contra el sentido común y la vida de aquel desgraciado. Reconocimos de buen grado la mejoría ; llamamos aparte a los asistentes y tuvimos las explicaciones siguientes: D. Inocencio.- "Veo con satisfacción el alivio de D. Robustiano, alivio tanto más apetecible y conveniente, cuanto que siendo una tregua del mal, servirá provechosamente para el cumplimiento de sus deberes religiosos y sociales". Da Concha.- "¿Qué dice Vd.? ... ¡Hombre! ... ¿Está Vd. loco? ¿Con que porque está mejor debe ahora confesar?" D. Inocencio.- "Señora, yo no tengo empeño, ni a mí se me ha de exigir responsabilidad como médico, porque D. Robustiano se viatique y teste ; yo, como facultativo, cumplo con decirle a la familia el riesgo que corre y que ha llegado la hora de las grandes determinaciones. Si Vd. no quiere o él, Vds. allá en su conciencia". Da Concha.- "Pero señor D. Inocencio de mi alma, si yo no lo digo por tanto ; yo lo que sostengo es por lo mismo que está mejor, menos lo debe necesitar, puesto que habrá menor peligro". Un servidor de Vds.- "Mire Vd., Da Concha: que hay alguna mejoría y más despejo, nadie lo duda, pero de convenir en esto a sacar en consecuencia que D. Robustiano está fuera de peligro hay mucha diferencia. Ya se le ha dicho que esta enfermedad es de aquellas de las grandes alternativas y de las grandes esperanzas ; pero por lo mismo también es de los grandes desengaños". El momento actual es de tregua ; los combatientes por un instante han equilibrado sus fuerzas. ¿Quién vencerá? No lo sabemos, pero lo que sí podemos decir, con Breno, [es] "¡Ay del vencido!", y el vencido bien pudiera suceder que fuera el principio vital, el enfermo en una palabra. Por lo mismo que la lucha ha sido empeñada y los contendientes vigorosos, las fuerzas están por cada parte mermadas y en apuro, y así la victoria no es nuestra, y arma al brazo no avisamos el peligro, y zozobra el buque y se pierde el buque y se pierde el pasaje, los intereses y un alma por nuestra falta de diligencia en avisar los escollos para la arribada. ¿A quién culparán Vds.? ¿Quién será el responsable? ¿Quién tranquilizará nuestras conciencias? D. Inocencio.- "Ni una palabra más sobre este punto, hemos dicho cuanto teníamos que decir ; ahora bien, yo deseo que me digan cuántas píldoras ha tomado y qué se le ha dado de alimento". Soledad.- "Verá Vd. ..., píldoras, ..., una ...". Da Concha.- "No, mujer, cuatro ..., yo creo que cuatro ...". Soledad.- "Sí, una .., y luego ..., sí ..., luego ..., tres ...". Da Concha.- "Miren Vds., a las cuatro se le dio una". Soledad.- "Eso es ; una a las cuatro ...". Da Concha.- "A las cinco ...". Soledad.- "A las cinco ...". D. Inocencio.- "Ninguna, ¿no es eso?" Da Concha.- "La verdad ..., verá Vd. ..., yo no lo sé, porque tuve que dar una vueltecita al chocolate y encargué a Soledad del reloj de arena". D. Inocencio.- "Eso es, precisamente, en donde si algo faltaba no sería Vd., sino que sobrarían algunos, por no decir que todos. Vd. se lo encargó a Juanito, Juanito se lo encargó a su mamá, su mamá a su esposo, el esposo a su hija, la hija a su marido y su marido al moro Muza, de donde resulta que Vds., en ‘convención’, han suspendido el tratamiento en la segunda píldora, o que unos por otros y la casa sin barrer han ido, como quien juega a la pelota, echando el hombro fuera y dejando la prescripción facultativa en la caja del olvido o de la negligencia. ¡Siempre así, amigo Lascutense! Siempre nos hemos de encontrar solos, pero completamente solos, en estos combates titánicos que todos los días hemos de sostener. Curanderos, asistentes, enfermos, marisabidillos, fatuos y sabios, locos y cuerdos, todos, son otros tantos enemigos que despedazan la honra y destruyen cuanto el médico edifica. En cada asistente un rival, en cada tertulio un enemigo, en cada lengua un veneno, en cada corazón un mar de ingratitudes". = = = Luego que salimos y nos encontramos a solas, no pude menos que decirle a mi amigo que me llamaba la atención aquel desvío que demostraba la familia por lo que respecta a los intereses morales y materiales, a lo que me dijo D. Inocencio:
= = = Todo el día aquel fue de prueba para el enfermo, los asistentes y los médicos. El delirio adquirió un incremento tal, que fue necesario emplear una a manera de camisa de fuerza, porque los esfuerzos de tres robustos aldeanos que se tomaron a jornal no eran suficientes para contrarrestar los de D. Robustiano. Después de la ataxia, la adinamia, pero entre una y otra hubo cierta especie de tregua en que un delirio erótico repugnante y obsceno se apoderó del paciente. Era de ver aquel rostro desencajado, aquellos brazos escuálidos, aquella fisonomía tan horriblemente descompuesta: ... risas, chistes y equívocos, actitudes cómicas, señas picarescas, todo ese conjunto de nimiedades lúbricas que forman el repertorio de los viejos verdes y de los jóvenes disolutos desfilaban como en mágico caleidoscopio por aquella alcoba mortuoria. Soledad, horrorizada (no sé si en verdad o en fingimiento), no entraba ya en la alcoba, si bien por el hueco de la cerradura exploraba de vez en cuando con profunda atención la marcha trágica de aquellos momentos de agonía. Nosotros entrábamos y salíamos como cangilones de noria, sufriendo interrogatorios insoportables y acerbas reconvenciones. Más de una vez estuve tentado por coger el camino de mi casa y renunciar a tan insoportable inquisición. Por lo que respecta al pobre D. Inocencio, de más está el decir lo que sufriría, y convencido de ello, para hacerle más llevaderos aquellos trances me comprometí a espera el desenlace, que a mi juicio no se haría de esperar mucho. En los pequeños pueblos no tenemos refugio para el descanso ; se nos sigue la pista como a pieza de caza por podencos de exquisito olfato, y de delación en delación y de espionaje en espionaje pronto se llega a donde el médico reposa y no se para ni se sosiega hasta que se le quite aquel miserable momento de reparación, no sin reconvenirle por su ineficiencia y pereza. Y es tal la unanimidad de pareceres, que todo médico de partido rural ha de ser comodón, inactivo, apático y amigo de dormir la siesta, así sea más diligente que un corneta de órdenes, más servicial que un esclavo, más complaciente que enamorado trovador con la adorada dueña de sus pensamientos y más vigilante que general honrado en plaza sitiada por astuto enemigo. Y es tal la atmósfera que se forma, que poco a poco lo llega a creer la familia y no faltan reproches en el hogar ..., y que, por último, el médico mismo se convence, y aunque a nadie se lo dice, allá para sus adentros está persuadido de que su cuerpo es perezoso y desmayado y que no guarda proporcionalidad correcta y paralela con su constante deseo y voluntad perpetua de servir al prójimo. = = =
Y diciéndolo y desplomarse sobre una butaca fue cosa de un momento.
Si los médicos fuéramos como los no médicos, mil veces pronosticaríamos de plano y más de novecientas acertaríamos, pero vosotros sois poco indulgentes con nuestras fiabilidades. El maestro barbero y la comadre, el sacristán y el vecino de enfrente dicen o que se cura o que se muere un enfermo ; si aciertan recuerdan el pronóstico y se pavonean, enorgullecen y engríen como si hubieran descubierto la cuadratura del círculo, sin echar de ver que es una repetición del burro flautista, pero si no aciertan, u olvidan lo que dijeron, o caso de recordarlo salen del paso con un "pues no faltaba más" ..., "yo qué sé" ..., "¿Acaso soy médico?" Pero que esto le ocurra al médico, y entonces ... `cielos! ... entonces, ¡pobre médico! ... No sabe una palabra, erró la cura, tiene un ojo muy ‘triste’ o muy ‘alegre’, es un desaplicado, un bruto, un asesino ..., y eche Vd. en las alforjas, porque este viaje de dicterios, ofensas y mayúsculos insultos no se acaba nunca.
= = = Estamos por segunda vez en pleno velatorio. Son las once de la noche. Por las desiertas callejas de la aldea apenas sí se ve, de vez en cuando, algún pequeño grupo que avanza farolillo en mano hacia la casa del enfermo. Fuera del ruido de las pisadas de estos transeúntes no se percibe más que el canto de las ranas que turban la paz de las tranquilas lagunetas. Dentro de la casa y en la sala vemos formando pequeñas tertulias a nuestros antiguos conocidos, reforzados con algunos vecinos más que han creído de rigor acudir a aumentar las filas de los consumidores del piñonate y aguardiente de Da Concha. Estamos en el primer período del velatorio. Digo que estamos en el primer período porque yo creo que todo velatorio se puede dividir en tres:
Si la elegancia no tolera estos nombres, llámese al uno ‘de parlamento’, al otro ‘de reposo’ y al tercero ‘de lunch’ (en castellano desayuno) y no he de reñir por esta nomenclatura de más extraño corte, aunque de más excelsa presencia y significación. El enfermo ha caído en la más espantosa adinamia ; apenas articula algún que otro monosílabo incoherente y hasta ininteligible. Su respiración es penosísima y entrecortada. El envenenamiento por el ácido carbónico le hace tomar a sus labios y rostro el tinte peculiar que lo acredita. Un ligero estertor que va poco a poco acentuándose avisa la proximidad de la agonía ; el velo glutinoso, la intermitencia en las radiales, ese sudor viscoso que hiela a su contacto, todo acusa que la jornada de la vida de aquel infeliz va tocando a su término. Da Concha, Soledad y otras mujeres rodean el lecho, afanosas por darle un vaso de cocimiento, una cucharada de jarabe, una píldora o ponerle sinapismos. El cocimiento se escurre por entre la comisa y el pecho, el jarabe queda pegado a la barba canosa del enfermo y la píldora se adhiere a los dientes del moribundo. Nueva carga y nuevos ensayos, más cucharadas y más pociones y friegas calientes y botijos y mantas. Si es el afán de un alma atribulada, ¡cuán noble es el afán! ..., y ¡cuán inútil! ; pero si es la rutina, como sucede muchas veces, de la ignorancia oficiosa ..., ¡cuánta responsabilidad no se contrae aumentando las angustias del ser más angustiado de la tierra! Pero apartémonos de cuadro tan triste, que sobradas ocasiones tenemos de abrevarnos en los dolores ajenos y en nuestros propios dolores ; pasemos a la sala: allí tal vez, ante lo supremo e imponente del caso, veremos propósitos elevados, almas delicadas, tiernas lágrimas, algo que deje en su amargor el aroma del sentimiento, la dulzura de la gratitud y el encanto de la amistad sentida. Pero como vamos a llevar[nos] un desengaño, mejor es pasar a otro capítulo, porque éste formaría un contraste con el que sigue, como el que presentarían en las naves de gótica catedral en día solemne los grotescos arlequines en comparsa cómica danzando con mímicas contorsiones algún baile ultrapirenaico. ¡Era de ver la sala en aquella noche! Con dificultad podía darse un paso ; tal y tan grande era la afluencia de contertulios, que constituían un macizo impenetrable. Tengo la seguridad [de] que entre los moradores de la aldea que en aquellas horas estuvieran en sus casas respectivas sería difícil formar un grupo más numeroso. Da Concha había tenido aquella tarde que pedir a todas sus conocidas sillas, jícaras y platos para presentar un servicio proporcionado ; así y todo se había de ver apurada, hasta el punto de tener que utilizar para asientos los banquillos de un catre de madera que estaban arrinconados por inservibles. Aquella colmena humana formaba un conjunto indescriptible. ¿Quién puede seguir el hilo de tan varias conversaciones? ¿Quién expresar en cuadros que no resulten desmayados aquel tiroteo de preguntas, chistes, bostezos, ronquidos, cuchicheos y carcajadas? Yo confieso que no sé cómo abordar de frente el compromiso de dar a conocer lo más culminante de la noche. Pero como ello es preciso, comenzaré por dividir aquella tertulia en grupos y clasificarlos. Bien podemos asegurar que había más de cuatro: uno masculino, otro femenino, otro mixto, y al último le llamaremos ‘coro de ángeles’. En todos y entre todos se veían acá y acullá figuras decorativas de prójimos durmientes que rompían la homogeneidad de los que gesticulaban, reían y charlaban por los codos. Empezando por el femenino, diremos que lo formaban las hermanas de Da Brígida (ésta, de vez en cuando, se permitía un bostezo como prueba de su vigilancia y solicitud) ; el resto seguía durmiendo: la hermana del marido de la madre del novio de Soledad, Da Catalina, modista de tercera fila en Cádiz, pero que, como recién llegada a la aldea y en atención a sus melindres, ocupaba un alto puesto en aquella sociedad, y otras muchas más que ni las conozco ni hace el caso conocerlas.
La maestra de escuela, que estaba presente, se mordió los labios en este momento, y no faltó quien dijera que la pobre señora era la dueña de aquel plato que, fuera de aquella imperfección, estaba en muy buen uso, y en mucho más para servir de base de sustentación a una jícara de chocolate.
Y diciendo y haciendo abría la buena señora tan hermosa y dilatada boca que más parecía can de Terranova ante presa mayor y codiciada que débil ser de los que visten por abajo.
La reyerta iba tomando proporciones mayores y tal vez hubiera terminado con algún escándalo mayúsculo si en aquel momento Da Brígida, que estaba soñando con que un ratón le iba por las piernas arriba, no hubiera comenzado a gritar "... ¡Socorro! ... ¡Socorro! ... ¡un ratón!", a la par que se subía en la silla echándose las faldas por cima de la cabeza y dejando descubiertos a las miradas de los profanos los dos esqueletosos remos de su facultad locomotriz. Eran de ver las carreras, saltos y piruetas de las damas: quién se subía en la mesa de la sala, cuál en las rodillas del vecino, aquella se desmayaba en los brazos de su Adonis, estotra buscaba la puerta de la calle ; gritos, risas, exclamaciones, sillas por el suelo, trastos rotos, bastones por el aire, tremendamente empuñados por Roldanes, Bernardos y Cides, todo en confusión caótica, inenarrable, increíble. Aquello parecía un torbellino, un huracán, un cuadro de a bordo en próximo naufragio o una cueva de refugiados que ven llegar al ejército enemigo dispuesto a llevarlo todo a sangre y fuego. Pero no, señor, no era esto, ni muchísimo menos ; era tan sólo un ratón que soñó ver una señora que despierta no ve cosas mayores que en casa donde hay muchachas con novio, pueden ver los menos linces. = = = El grupo de mamás y solteronas respetables que hemos llamado ‘femenino’ ocupaba la extrema derecha de la sala, el ‘mixto’, o sea, el de ‘pollas’ y ‘pollos’, la derecha y parte del centro, el ‘masculino’ la izquierda y el ‘coro de ángeles’ la extrema izquierda, frente por frente de sus madres respectivas. Al armarse aquella confusión y gritería las personas que estaban en la alcoba salieron asustadas y atropellaban a las niñeras que se encontraban al paso. Aquellas pobres mujeres creyeron que había ocurrido un incendio ; todas huían despavoridas, incluso Da Concha, que había puesto pies en polvorosa, no si decirle al moribundo trágicamente: "Adiós, Robustiano querido, hasta el Valle de Josafat". Como es consiguiente, los niños se despertaron, y fue tal el llanto y los gritos que armaron en aquella universal confusión, que a pesar de ser las menos, sus chillonas notas aturdían el firmamento. Restableciose por fin la calma gracias a que un chusco, gran conocedor de la debilidades mujeriles, dio un tremendo garrotazo a la entrada de la puerta y entro con aire triunfal diciendo: "Señores, acabo de matar al ratón. ¿Queréis verlo?" "¡No! ¡No!" –dijeron cien voces al unísono. Y el ratón fue muerto aunque no sepultado por entonces, para la imaginación del sexo débil. Los chiquillos entraron en razón gracias a los valiosos argumentos que sus madres reservaban debajo de sus corpiños, y la paz fue por algunos instantes señora de aquel agitado aposento. Vamos a sorprender algunos dimes y diretes del grupo ‘mixto’. Componíanle novios y novias y aspirantes a novios y novias, es decir, los verdaderos usufructuarios de aquella velada, que si era de dolor y amargo trance para alguno, para ellos era de solaz y delicioso pasatiempo en donde se echaba una cana al aire y se ponía alguna piedrecita en el edificio del matrimonio para los honestos, o en el nido de las voluptuosas concupiscencias para los de más libre pensar, sentir y querer. Soledad, en sus intervalos de asistencia al enfermo, tomaba asiento, y por derecho propio, en aquellos escaños en donde también brillaba la incipiente calva de su amado Juanito. Allí rara vez se departía en colectividad ; quedito y en secreto, dos a dos. Demasiado sé que mis lectores adivinan de lo que trataban. Yo pasaría en alto estos coloquios, pero el de Soledad y Juanito ‘tiene miga’, como se dice en estos tiempos, y me parece conveniente que de ellas todos participen. El.- "Mira, Soledad, ¿cómo está tu tío? ¿qué dice?" Ella.- "Mi tío, cada vez peor ; nada dice ..., nada ..., pobrecito de mi corazón". El.- "Mujer, parece que lo sientes mu-cho ..., ¿pues no estabas siempre trinando contra él?" Ella.- "Sí que es verdad, pero al fin se ha puesto tan demacrado y tan fatigoso, que me da miedo verle". El.- "¿Y por eso le compadeces? ..., ¿eh?, ... Me parece que te compadeces de ti misma". Ella.- "No lo sé, pero el pobrecillo merece nuestra gratitud , al fin y al cabo no ha hecho testamento". El.- "No era de esperar con el cariño que te profesaba". Ella.- "¡Ah!, no lo creas ; gracias a las píldoras de opio de D. Inocencio, que apestan a demonios encendidos". El.- "¿Pues no dijeron que olían a almizcle?" Ella.- "Eso dijeron, pero el tío Roque asegura que son de opio". El.- "¿Te parece que durará mucho así?" Ella.- "Yo creo que no, y si se va a morir, más vale cuanto antes, que ya me duele el alma de darle friegas y calentar botijos y ladrillos". El.- "¿Por qué no duermes ahora aquí un rato? Yo te avisaré cuando se muera para que llores un poco y ...". Ella.- "Me temo que no voy a llorar gran cosa ... ¡estoy tan cansada! ... y es un desavío, porque ¿qué dirán luego en el pueblo?" El.- "¿Quieres que entonces te tire un pellizco retorcido que te duela?" Ella.- "Tíratelo tú, gran pillastre ... Mira, Juanito, que no me gustan esas bromas y que se lo voy a decir a tu mamá". El.- "No te lo decía para hacerlo, sino por broma". Ella.- "Por broma o no broma, pero tú eres muy capaz de hacer cualquier barbaridad ..., ¿te parece que no te conozco?" Sería interminable si fuera a relatar los mil incidentes de estos diálogos ecuatoriales. Calor hacía en la habitación aquella noche, pero si se tiene la desgracia de ocupar un asiento en este centro de la gente joven, yo les aseguro a algunos que pronto tendrían que acudir a las bebidas atemperantes y mucilaginosas para restablecer el equilibrio funcional. Aquella era una atmósfera digna de los trópicos, y aquel lenguaje capaz de derretir la nieve de los Alpes y del Himalaya. El grupo [de] más importancia, y del que nos hemos reservado hablar para lo último, lo formaban los hombres graves y sesudos de la aldea y sus alumbres. Componíanlo el viejo D. Roque, albéitar, Casimiro, maestro de escuela de hecho, aunque no de derecho, Servandito, estudiante por tres veces calabaceado en Anatomía, pero que ya había averiguado que el calcáneo no se articula por ninguna parte con el coronel y que la arteria subclavia no se ramifica ni se anostomosa en la pantorrilla, y los señores que con los nombres de las escuelas filosóficas a que podían pertenecer vimos figurar la noche antes, mas diez o doce alcornoques y acebuches que por equivocación habían encarnado en aquellos seres al parecer racionales ; explicándolo así, con perdón sea dicho de los evolucionistas, por intrusarme en sus secretos siendo profano. Decía un pobre diablo que pudiéramos llamar en el lenguaje moderno un ‘arqueólogo del pensar’ que en aquellos instantes era escandalosa la conducta ligera y galanteadora de los mozalbetes y las murmuraciones de las señoras mayores, que le parecía mejor la antigua costumbre de ‘rezar’ por el alma de aquel que pronto iba a aparecer ante la Justicia de Dios o preparar con decoro la habitación para llamar a las puertas de la Parroquia por los auxilios espirituales tan propios en trances semejantes. Reíase de ello a mandíbula batiente Servandito, hombre de porvenir que odiaba de corazón a los búhos de los mechinales, a los obscurantistas de lo pasado, a aquellos de atrofia senil en sus células cerebrales, por donde no circula el éter divino de la inspiración y de la ciencia.
Así se expresaba el seminarista, sin poder hacerse oír por la concurrencia alborotada. Por fin se restableció el orden y consumió su turno en estos o parecidos términos:
= = = En este interesante momento de su peroración iba el seminarista, cuando sonaron gritos en la alcoba. Algo extraordinario ocurría. Efectivamente, D. Robustiano estaba gravísimo y en aquel instante había presentado tal aspecto, que convinieron los presentes en llamar simultáneamente a D. Inocencio y al párroco para que administrara la Extremaunción.
Así decían como a las once y media de la noche un coro de chillonas mujeres a la puerta de mi compañero. Para mi amigo no era ninguna sorpresa la llamada ; la tenía prevista, y conociendo la impaciencia rústica de aquella sociedad y en el convencimiento de que quieras o no hay que levantarse, se había acostado vestido, fuera de aquellas prendas que son demasiado enojosas para dormir y que se ponen prontamente. Mi hombre encendió su palmatoria, bajó rápidamente la escalera y dijo:
Y efectivamente, poco después llegaba a la cabecera del enfermo, casi a la par que entraba el cura de la aldea para administrar los últimos sacramentos. Era gravísimo el estado del pobre D. Robustiano, pero aún tuvo un momento de lucidez: reconoció al sacerdote, apretó su mano en señal de arrepentimiento y recibió la Extremaunción. Inútil es decir que Da Concha y Soledad formaban un dúo de gritos e imprecaciones que atronaban la casa. Luego que se desahogaron a su gusto, la emprendieron con reproches y cargos a mi compañero, el que tuvo por último que salirse de la alcoba por no aumentar las tribulaciones del moribundo. Afortunadamente, el enfermo se mejoró algún tanto. Así como la luz de una lámpara que se apaga despide súbita claridad momentos antes de extinguirse para siempre, así suelen sobrevenir esas llamaradas fugaces de vida que por horas, y a veces por instantes, hacen brotar la última esperanza para anegar de lleno en irreparable desconsuelo. Esta última tregua que la familia y los asistentes creyeron debida a la toma de una cucharada de poción cordial, hizo la reacción en el ánimo de Da Concha, que cogiendo por la solapa al médico, se expresó así:
No pueden hacerse cargo los lectores profanos a la carrera médica lo que esto representa y significa. El que escribe estas mal hilvanadas páginas ha sido militar durante la pasada guerra civil ; sabe lo que es dormir al campo raso, sobre el duro suelo o sobre mala paja, en infesto cuchitril o en miserable jergón, en hospital enemigo, con el doble carácter de prisionero y enfermo. Ha pasado días de tribulación y de prueba en el campo de batalla y en ese otro campo del honor que se llama examen de asignaturas, pero esto y todo cuanto se le pueda ocurrir al genio de las tribulaciones no es comparable con esas horas de angustia que pasa el pobre médico de partido en esos forzosos velatorios, de los que abusan de la amistad. Saber que el enfermo se muere, esperar de un momento a otro el trance fatal, haber agotado los últimos recursos y los últimos consuelos vigilado por todos, con el peso de las miradas recriminosas de los dolientes como si uno fuera el causante de aquella desdicha, en cada pregunta, un problema, en cada sonrisa forzada para animar, una mentira. Veces hay en que la palabra se anuda en la garganta o se hiela en los labios. El médico quiere consolar cuando está desconsolado, quiere y trata de infundir alientos cuando no los tiene, y es el inocente reo para aquellos que le rodean, más bien que el ángel de la esperanza. ¡Cuántas veces quiere uno consolar a la llorona madre y no puede ni hablarle del cielo, como el sacerdote, ni de la amistad, como el amigo, ni unir sus lágrimas, porque el médico es hombre y quiere a sus semejantes más de lo que parece y tiene momentos en que lloraría! Que no porque el capitán de un barco intrépidamente desafíe las tempestades deja de sentir pavoroso terror en su alma, ni deja de condolerse por aquellos de sus semejantes cuya vida pende tal vez de su pericia y de su genio. Por fortuna, cuando D. Inocencio se preparaba al más amargo de los sacrificios, una mujer llamole precipitadamente. Allá, en choza lejana, una infeliz labriega próxima a ser madre al parecer requería la asistencia facultativa por complicaciones en la presentación del feto. Y aquel imprevisto caso, con el cortejo de molestias y disgustos que le son inherentes, pareciole a mi amigo la mano de la Providencia, apartándole de una desdicha inevitable para llevarle a donde su arte y talento podían proporcionar a dos seres la salud y la vida. = = = Cuando salió el sacerdote de la casa del enfermo con el óleo santo, le acompañaron todos los hombres que estaban en el velatorio. Después no faltó quien propusiera tomar el aguardiente en el ventorrillo del tío Jeromo, y hacia él encaminaron sus pasos. En el entretanto, las muchachas, no teniendo ‘palique’ ni conversaciones atractivas, comenzaron a dar cabezadas. El sueño es contagioso, y bien puede decirse que a las dos de la noche todas las mujeres que estaban en la sala dormían a pierna suelta. En la alcoba alguna asistente aún velaba, pero a las dos y media se rindió también al imperioso dios Morfeo. = = = El sol comenzaba a despuntar por Oriente, y la naturaleza despertaba a la animación y alegría de la alborada. Los hombres que habían bebido poco, o tenían más firme la cabeza, sorprendidos por la luz del día, se acordaron del motivo de sus vigilias y encamináronse a la casa dolorida. Al estruendo de la llegada se despertaron con sobresalto y azoramiento lo mismo las cándidas palomas que las viejas suegras e inseparables mamás. Como por un mismo impulso movidas se dirigieron hacia el lecho del moribundo. ¡D. Robustiano estaba yerto ..., no respiraba ..., había dejado de existir! Tantos vigilantes nocturnos, tantos seres consagrados a una misma tarea, y el pobre señor no había tenido uno solo que pudiera cerrar sus párpados en el momento de su expiración. Así suelen ser muchos velatorios: algazaras, críticas, riñas, borracheras, gastos y molestias mil, y en las horas de las angustias supremas ni una mano compasiva, ni una oración fervorosa. Aquel fue el momento de las lágrimas y los desmayos para Da Concha y Soledad, de las celebraciones para D. Robustiano, del chocolate y la ‘mañana’ para los comensales y del descanso para mi pluma. = = =
Epílogo. Dos meses después Sr. Doctor Lascutense, Alcalá de los Gazules. Aldea del Olvido, Noviembre del 85.
Mi querido compañero. En cumplimiento a lo ofrecido, voy a referirle lo que ha pasado después del fallecimiento de D. Robustiano. A los quince días de muerto se averiguó que las cabras y los créditos estaban afectos al pago de una fingida deuda a un compadre de Da Concha. Las peluconas que se suponían nadie las ha visto, y el morrión y las cuatro sillas desaparecieron de la noche a la mañana por venta a la Alcaldesa para pago del entierro. Soledad heredó por junto el borrico, que con las distracciones de los velatorios no le echaron de comer y se murió en el tercer día de duelo. Creo que si vive más tiempo D. Robustiano, no lo hereda. Da Concha se marchó poco después a Málaga para reunirse con su marido, según dicen por estos contornos. Juanito, al ver a su novia sin herencia ni tío con morrión y cabras próximo a morir, se ha llamado ‘andana’ y dice que bien está la chica con su nombre, que él no la ha de hacer compañía. Yo me quedé, por no variar, sin cobrar un céntimo, pero con el consuelo de que ha sido porque no hay en el mundo dinero con que pagar los sacrificios de un médico.
¿Qué más? ... pues que sigo como siempre, hecho un lazarillo de todo el mundo, recogiendo grandes cosechas de ingratitudes. Amigo Lascutense, Dios le de a Vd. salud para concluir la carrera de Derecho y emanciparse del yugo de la Medicina. Dicen los que profesan aquella que tiene grandes amarguras ; lo creo, porque el pan hay que ganarlo con el sudor y las lágrimas, pero las del médico son de sangre. Si algún día tiene Vd. hijo n condiciones para darle una profesión, hágalo cualquier cosa, pero no médico. Todas las carreras y oficios tienen derecho a la recompensa y honorarios y tarifas que se pagan ; la nuestra parece que es de mendigos: se sustenta de limosnas. Y consiste en que el zapatero entrega los zapatos, el carpintero la mesa, el sastre la levita, el boticario da las medicinas, el maestro la instrucción, y hasta el cura la misa. Todos dan lo que se les pide. A nosotros se nos pide un imposible. Se nos exige la salud, y no pocas veces lo que llegamos a dar es ... la papeleta. Suyo de corazón, Inocencio Paciente. _____________________________________ Por activa o por pasiva (fas=haz ; ne fas=no hagas, en latín) [VOLVER] Se refiere muy probablemente a la Milicia Nacional. [VOLVER] KRAUSISMO.- Corriente de pensamiento que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XIX, basada en la filosofía de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), filósofo alemán discípulo de Fichte y de Schelling e influenciado por Hegel, autor de una ontología caracterizada por su ‘panenteísmo’. En su filosofía de la historia, la humanidad racional ocupa el último nivel, que ha conseguido ya el ascenso hasta Dios, y las asociaciones de finalidad universal se presentan frente a la teoría absolutista. Apenas reconocida en Alemania, la aportación filosófica de Krause contó con una gran resonancia en España gracias a Julián Sanz del Río, discípulo en Heidelberg de dos krausistas (Roeder y Leonhardi) y libre adaptador, en su Ideal de la humanidad para la vida (1860), del ‘Ideal de la humanidad’ de Krause (1811). El krausismo influyó en la ideología de la joven intelectualidad liberal que frecuentó la Universidad y el Ateneo madrileños durante el período anterior a la Primera República (Julián Sanz del Río, Fernando de Castro, Francisco Giner, Francisco de Paula Canalejas, Nicolás Salmerón y Gumersindo de Azcárate). El krausismo, defensor de un republicanismo laico y reformista, fue atacado por los monárquicos y por los tradicionalistas, y sus representantes fueron criticados por Menéndez y Pelayo en su ‘Historia de los heterodoxos españoles’. En 1878, Giner de los Ríos y otros krausistas expulsados de la universidad fundaron la Institución Libre de Enseñanza, cuya actividad fue decisiva en la formación de la intelectualidad española durante las siguientes décadas. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER] Nos estamos refiriendo a la dialéctica, para Platón el método de conocimiento que, partiendo de la contraposición de las argumentaciones del verdadero diálogo, permite ascender hacia la verdad mediante la explicación de tales argumentaciones opuestas y, así, complementarias. Aristóteles habla del razonamiento sobre lo meramente probable y aparente, en el que sólo es posible la controversia (razonamiento crítico) y no la demostración. Kant se refiere a él como el conjunto de conocimientos aparentes, derivados de la razón, entendida ésta como capacidad deductiva que se ejerce más allá de los límites de la experiencia. Según Hegel, la dialéctica es la condición o naturaleza verdadera, tanto de las determinaciones del entendimiento humano como de las mismas cosas, y, en general, propia de lo finito que engloba a la vez el desarrollo histórico del espíritu y el de la naturaleza misma. En el marxismo es un modo de pensamiento que se funda en el análisis de las contradicciones que constituyen la realidad histórico-social. Término de significados muy diversos, la dialéctica atraviesa toda la historia de la filosofía: ya sea en referencia al diálogo y a la confrontación argumentativa, ya sea connotando la contradicción misma como motor del conocimiento y de la realidad, o ya sea, en fin, significando la negación de todo diálogo argumentativo y de todo conocimiento de la realidad como posibles. Desde el siglo XIX, sin embargo, la acepción común de dialéctica es inseparable tanto de la idea de contradicción (o, hablando con más propiedad, de la contraposición y de la contrariedad) como de una connotación del todo positiva, correspondiendo a las dos primeras significaciones consignadas más arriba. Referida tan sólo al ámbito del diálogo y del conocimiento (dialéctica subjetiva) o referida a la vez al ámbito mismo de la realidad (dialéctica objetiva), la dialéctica supone la contraposición y la interrelación como fuerza y vida mismas del conocimiento objetivo e incluso también de los mismos objetos, de las cosas [ibid.] [VOLVER] Más bien podríamos caracterizar a este personaje como un positivista. Se conoce como ‘positivismo’ a la teoría sociológica y filosófica, desarrollada inicialmente por Auguste Comte (1798-1857), que considera que todas las actividades filosóficas y científicas deben efectuarse sólo en el marco del análisis de los hechos reales verificados por la experiencia, que las cosas en sí, si existen, son imposibles de alcanzar, y que el espíritu humano debe limitarse a formular las leyes y las relaciones que se establecen entre los fenómenos. El positivismo considera tarea de la filosofía hallar y describir los principios generales comunes a todas las ciencias y usar tales principios como guía de la conducta humana y como base de la organización social. Tres son las grandes formas de positivismo en el siglo XIX; positivismo social (A. Comte y J. Suart Mill), de carácter práctico-político y cuya idea de progreso enraíza en la historia, positivismo evolutivo (H. Spencer y E. Haeckel), de fuerte talante teórico y cuya idea de progreso enraíza, por el contrario, en la física y en la biología, y empiriocriticismo (E. Mach, R. Avenarius y K. Pearson). [ibid.] [VOLVER] Se trata más bien de la ley de la evolución, original del pensador positivista Herbert Spencer (1820-1903) ; esta última es definida por éste como "la integración de la materia y la disipación concomitante del movimiento por la cual la materia pasa de un estado de homogeneidad indeterminada e incoherente a un estado de heterogeneidad determinada y coherente". [FERRATER MORA, José, 1979, Diccionario de Filosofía, Madrid, Alianza] [VOLVER] Se llamaban así los habitantes de Lascuta, ciudad estipendiaria romana que pertenecía, según Plinio, al convento gaditano, en la Bética, quizá correspondiente a la actual Alcalá de los Gazules. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER] Se refiere en realidad a la homeopatía, sistema médico basado en la totalidad y en la individualidad, que utiliza para su práctica la ley de la Semejanza, el medicamento dinamizado y único, la ley de la Curación y la experimentación en el hombre sano. Se basa en el principio de que la enfermedad se puede curar mediante fármacos que producen en una persona sana los mismos efectos patológicos que son sintomáticos de la enfermedad. Retomando trabajos de Paracelso y Stahl y bajo la consigna de la Ley de la Semejanza ya enunciada por Hipócrates, Christian Friedrich Samuel Hahnemann creó la homeopatía en 1792. La homeopatía parte del concepto según el cual la enfermedad es una sola, el desequilibrio vital, que se expresa de distintas maneras en cada paciente según su constitución y sus peculiaridades individuales. Sólo tratando la totalidad del desequilibrio se alcanza la curación, ya que actuando sólo sobre parcialidades (órganos, síndromes) se corre el riesgo de suprimir manifestaciones locales, agravando el desequilibrio global. La historia clínica homeopática no se apoya sólo en el estudio de la patología que presenta el paciente, sino que además indaga en el resto de su economía, en la reacción a estímulos externos como el clima o la alimentación y en sus peculiaridades reaccionales ante situaciones laborales, familiares o de medio ambiente. Se trata de recoger información no sobre sus trastornos en sí, sino sobre el matiz individual y de representación de la totalidad con que el paciente los vive. La homeopatía, en síntesis, es una medicina que actúa sobre el terreno predispuesto, eliminando las condiciones para que una enfermedad se desarrolle e impidiendo la aparición de una nueva. Es además una eficaz colaboradora en procesos traumáticos, obstétricos y quirúrgicos, ya que al mejorar el estado general, facilita la recuperación en estas condiciones. [Encarta-99] [VOLVER] FLOGISTO.- (del griego phlogistos, inflamable) Sustancia hipotética, que representa la inflamabilidad, postulada a finales del siglo XVII por los químicos alemanes Johann Becher y Georg Stahl para explicar el fenómeno de la combustión. Según la teoría del flogisto, toda sustancia susceptible de sufrir combustión contiene flogisto, y el proceso de combustión consiste básicamente en la pérdida de dicha sustancia. Dado que se sabía que sustancias como el mercurio aumentaban de peso durante la combustión, se consideró que el flogisto tenía un peso negativo; así, la sustancia se hacía más pesada al perder flogisto. Incluso se llegó a pensar que sustancias como el carbón y el azufre estaban compuestas casi exclusivamente de flogisto. Durante unos experimentos con lo que hoy llamamos oxígeno, el químico inglés Joseph Priestley descubrió su capacidad para mantener la combustión, pero describió este gas como aire deflogistizado. La teoría del flogisto fue descartada por el químico francés Antoine Lavoisier, quien sostuvo que la combustión es esencialmente un proceso en el cual el oxígeno se combina con otra sustancia. Ya en el año 1800 la mayoría de los químicos habían reconocido la validez del experimento de Lavoisier y la teoría del flogisto quedó definitivamente desestimada. [ibid.] [VOLVER] Por causa entendemos el principio, fundamento u origen en virtud del cual existe o se da algo, denominado efecto. Inseparable de la racionalidad científica, el concepto de causa tiene su exposición paradigmática en Aristóteles. La relación (y proporcionalidad) entre causa y efecto y el correspondiente principio de causalidad son la base de la filosofía racionalista ; por lo demás, tanto el ocasionalismo como, sobre todo, el empirismo cuestionan la idea de causa, y en el caso del empirismo, se disuelve toda conexión entre causa y efecto, al reducirse la relación entre una y otro a una pura sucesión espacio-temporal, establecida como relación causal simplemente por costumbre (Hume). A consecuencia de dichas ideas empiristas, la moderna filosofía de la ciencia no fundamenta ya a ésta, como antaño se solía hacer y nuestro autor defiende, en un evanescente concepto de ‘causa’, sino más bien en la comprobación empírica de las hipótesis y en la ‘teoría de la falsación’ [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER] Estamos citando concretamente el diálogo de Platón La apología de Sócrates, del cual existe otra versión más reducida, pero con el mismo titulo, debida a Jenofonte. Ambas obras, escritas por sendos alumnos de Sócrates, intentan reflejar la autodefensa de aquél en el juicio en que finalmente fue condenado a muerte. Sócrates, por su parte, no escribió nada, ni profesó enseñanza oficial, y pese a ser considerado fundador de la filosofía moral, o ‘axiología’, al respecto no queda de él doctrina alguna, si no es la del intelectualismo ético que puso en su boca Platón. Suelen atribuírsele la ironía y la mayéutica como aspectos negativo y positivo, respectivamente, de su método de búsqueda de la verdad, y las expresiones "conócete a ti mismo· u "sólo sé que no sé nada" como sus máximas predilectas. [ibid.] [VOLVER] En realidad –por lo menos en el libro de Platón- se lo dice al jurado. [VOLVER] Se trata en realidad de Brenno, jefe de los galos que –según cuenta Tito Livio-, tras haberse apoderado de Roma y en el momento en el que se pesaba el rescate de la ciudad, añadió al peso de su espada y de su tahalí la hiriente y famosa frase "Vae victis!", recordando a los romanos que el vencido quedaba a merced del vencedor. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER] Referencia –aunque fuera de contexto- al general árabe Musa ibn Musayr (640-718), quien nombrado en 708 gobernador general de Túnez conquistó todo el Africa menor a excepción de Ceuta, gobernada por el Conde Julián, quien al parecer mantenía buenas relaciones desde años antes con los musulmanes. Las difíciles circunstancias en que ascendió al trono en Toledo D. Rodrigo llevaron a Musa, en connivencia con Julián, a planear la conquista de España, y los éxitos iniciales de su lugarteniente Tariq le llevaron a pasar el Estrecho en 712 y someter Andalucía Occidental y Extremadura. En campaña posterior llegó a Aragón, la Meseta septentrional y Galicia. Llamado a Damasco por el califa Walid, que le pedía cuentas de su actuación, dejó como gobernador en Sevilla a su hijo Abd el-Aziz. De regreso en Damasco fue sancionado duramente por las irregularidades cometidas en el desempeño de su cargo. Sin embargo, el éxito de sus empresas hizo de él un hombre legendario, y aún en la actualidad figura como héroe en numerosas narraciones populares árabes. [ibid.] [VOLVER] Actualmente decimos poliandria. [VOLVER] Aunque la ‘estadística’ se ha venido practicando desde tiempo inmemorial, no fue hasta el siglo XIX, con la generalización del método científico para estudiar todos los fenómenos de las ciencias naturales y sociales, que los investigadores aceptaron la necesidad de reducir la información a valores numéricos para evitar la ambigüedad de las descripciones verbales. [Encarta-99] [VOLVER] Esta sería la concepción aristotélico-tomista de Dios como ‘primer motor inmóvil’, que no es compartida, como puede suponerse, por todos los autores. Así Spinoza, por ejemplo, al identificar a Dios con la naturaleza (el ‘creador’ con la ‘creación’), concluye: (a) Nada puede existir fuera de Dios (todo existe como manifestación de Dios) (b) Todo deriva de Dios en virtud de las leyes de la naturaleza. Según este autor, por tanto, la supuesta ‘libertad’ de la acción divina consiste precisamente en su necesidad. Esto excluye totalmente al ‘milagro’ del esquema spinozista. Las leyes naturales a que incluso Dios se ve sometido (no serían tales ‘leyes’ si no afectaran a todo el universo) siguen en su opinión un preciso ‘orden geométrico’ basado en las Matemáticas, lo mismo que los principios de la Física de Galileo y Descartes. Con esta concepción se opone Spinoza a los filósofos políticos defensores del absolutismo monárquico, que, como Hobbes, postulan que el soberano promulga las leyes, pero por su parte se encuentra por encima de las mismas. [ABBAGNANO, N., 1979, Historia de la Filosofía, Barcelona, Muntaner & Simón] [VOLVER] Camille Flammarion (1842-1925), autor de diversas obras, entre las que destaca La pluralidad de los mundos habitados (1862). En 1870 publicó un importante trabajo sobre la rotación de los cuerpos celestes. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER] Para Aristóteles (la suya es básicamente la concepción que aquí se está defendiendo), el ‘alma’ es lo que el cuerpo necesita para vivir o, dicho en sus palabras, "acto de un cuerpo que tiene la vida en potencia". Por tanto, la función del alma consiste en dotar al cuerpo de aquellas características que diferencian a un cuerpo vivo de uno que no lo está: nutrición, sensibilidad, pensamiento y movimiento. Aristóteles –y con él el pensamiento escolástico defendido por la Iglesia- distingue tres clases de almas, según las funciones que éstas desempeñen y según la complejidad del cuerpo que ocupen. En primer lugar, hay seres vivos cuya única función es la ‘nutrición’ ; son las plantas, y su alma es el alma vegetativa. Los animales necesitan, además, un alma que les permita ejercer las funciones de ‘sensibilidad’ y ‘movimiento’ ; es el alma sensitiva. Por último, el ser humano posee, además, la función de ‘pensamiento’ (es un "animal racional") ; tiene, por tanto, además de las otras dos, el alma racional. Este ‘alma racional’, específicamente humana, como decimos, se distingue por tres características básicas: autoconciencia, intelecto y facultad motora. [MONDOLFO, Rodolfo, 1964, El pensamiento antiguo, Buenos Aires, Losada] [VOLVER] |