MIS MUERTOS

José Manuel de Puelles y Ruiz

 

Guardo yo en lo más íntimo, en lo mas recóndito del santuario de mi alma, un preferente lugar a aquellos seres que en la vida se relacionaron conmigo de algún modo, dejando huella inextinguible del amor, del afecto, de la veneración, del culto que mi corazón les guarda.

Entre ellos ocupa un lugar preferente aquel hijo que perdí y que no basta el tiempo para mitigar el dolor de la eterna separación. Para él son mis mas gratos recuerdos y para él es el lugar mas preferido. Lloro a mis solas la triste separación y a solas hablo con la sombra del hijo amado, del Benjamín que tantos recuerdos dejó en su corto paso por la vida.

Pero, a más de éste, natural culto y deleite de mi alma, tengo otros queridos recuerdos, mis amados muertos, que también llenan un lugar de toda mi predilección.

Además del que fue para mí el mejor de los padres, el doctor Juan Fernández Ballesteros, que supo infiltrar en mi pensamiento su pensar y su sentir al estampar en mi frente el cariñoso beso de un padre, ocupan este santuario mis maestros, mis autores favoritos, los que me enseñaron a pensar y los que me hicieron sentir, llevando a mi intelecto ráfagas de su poderoso genio, dando a mi espíritu esa eterna aspiración a la perfección, al sublime espacio adivinado y perseguido por el que desea volar alto, muy alto.

Figuran en este hermoso retablo de las imágenes veneradas como santos, el gran Federico Rubio, el hombre montaña, no cumbre. Es tan gigante la figura de este gran pensador, que me extraña, me asombra que en España no tenga Rubio geniales monumentos que traten de perpetuar su recuerdo y que procuren llevar a la masa, a la generalidad de las gentes, idea de lo que fue este grande hombre que como epitafio no merece mas que el que él escribió en una de las puertas de su gabinete de estudio en el Instituto fundado por él: "Vivir es funcionar. No muere el que, volviendo al barro de que procede, continúa haciendo el bien mas allá de su tiempo".

¿Habéis leído algo más hermoso?

Vive allí en aquel Instituto, el sabio cirujano, el maestro eminente que, a pesar de la envidia y la maledicencia, supo dejar huella permanente de su paso por la tierra.

Cuando algunas veces leo en Revistas de Medicina los exabruptos de los que no habiéndose atrevido en vida a combatirle, hoy, después de su muerte, contando con la impunidad que da la indefensión del que rompió sus lazos terrenos, se permiten a denigrarle y a combatirle, queriendo, inútilmente, rebajar la excelsitud de su figura, mi alma se revela airada y protesta contra quien no tuvo valor para afrontar la presencia del gigante y hoy, ante sus cenizas, cree romper una lanza ensañándose con sus gloriosos restos.

Viles gusanos, verdaderos necróforos, no sirven mas que para roer la carroña y alimentarse de la materia en descomposición y en podredumbre.

Muerto querido que tanto llegastes a enseñarme. Que infundistes en mi espíritu el afán de saber, de investigar, de averiguar con ánimo sereno y con aire ático, mezclando la seriedad del estudio a la feliz ocurrencia y alegre camaradería que era tu característica al enseñar. A tu lado aprendimos a ser ecuánimes, cariñosos, compasivos, indulgentes y hasta piadosos con el enemigo; nos enseñastes a ser caritativos con el doliente y a tener esa paciencia tan imprescindible que ha de tener el médico si quiere ser el verdadero amparo de sus enfermos.

No morirás en nuestro recuerdo, no podrá nadie ocupar el lugar tan preferente que tienes en nuestro santuario. Federico Rubio, no has muerto, que continúas haciendo el bien mas allá de tu tiempo.

Otro muerto querido es mi maestro Don Francisco Sánchez Pizjuan. Grandioso por su figura y por su carácter. Espléndido por su desprendimiento y por su genialidad. Original por sus ocurrencias y su privilegiado talento. Soberano por su saber y por su amor al enseñar.

Siempre sonriente, siempre agresivo, en el buen sentido de la palabra, la sátira estaba presta a salir de sus labios, la crítica era benévola enseñanza y la censura cariñoso consejo.

No debieran morir hombres como éste. A su lado se aprende mas que leyendo una biblioteca como la de Alejandría. Esta enseñaba lo escrito, lo acumulado, lo muerto; él sabía hacernos aprender lo vivo, lo real, lo espontáneo, lo que hacía en el discurrir del momento.

Vive en nuestro santuario eternamente. ¿Quién podrá decir que hombres como éste han muerto?

¡Lecha Marzo! ¿Os acordáis de él? Apenas cumplió treinta y un años cuando pagó su tributo a la Muerte. ¡Pobre amigo nuestro! No podremos olvidar nunca aquellas horas tan gratas pasadas en el estudiar y discutir de mil cuestiones científicas que nos entretenían e interesaban, incitándonos el afán escudriñador de nuestro buen amigo para proseguir el trabajo, para no interrumpir la investigación, para contribuir con nuestro mo desto granito de arena a la riqueza patria de conocimientos, pensando aquel gran español que el porvenir de nuestra España dependía de nosotros, de los que cultivamos la ciencia y podemos llegar a colocar a nuestro país en el preeminente lugar que le corresponde por la energía de la raza, por el valer de sus hijos. ¡Que hermosos sueños de porvenir venturoso echábamos Lecha Marzo y yo! ¿Cómo es posible que aquella mentalidad tan potente acabara de modo tan brusco, pudiéramos decir tan trágico, llevándose a la otra vida caudal de conocimientos acumulados extraordinariamente por aquel niño, que apenas había pasado los umbrales de la juventud y poseía los conocimientos que puedan tener diez ancianos?

Es otro inmortal entre los santos de mi altar, del ara luminosa en que se elevan tantos y tan buenos ejemplares humanos.

No extrañéis que entre ellos esté también la figura del patriarca, del abuelo, del monstruoso Pérez Galdós. Dulce afección de nuestra alma, Galdós nos concedió el honor envidiable de su cariño y no hace muchos días, leyendo un artículo del Caballero Audaz, vertía yo lágrimas al recuerdo, a la memoria del llorado abuelito.

Como olvidar cuando, aún convaleciente yo de mis quemaduras con los rayos X, cuando el estreno de Marianela en el Teatro de Cervantes de Sevilla, en el cuartito del maquinista, allí, acompañado de los hermanos Alvarez Quintero, esos buenos y queridos amigos de la infancia, al referirle ellos mi largo martirio por las referidas quemaduras, acariciando el pobre viejecito mis torturadas manos con las suyas sarmentosas y descarnadas, me decía; ¡Pobrecito! Cuanto has debido sufrir con las quemaduras. ¡Quien pudiera tener mucho para aliviar y consolar, siquiera pecuniariamente, lo que has debido pasar por la ciencia y por los hombres!

Hablar de Galdós, del que formó toda una generación de pensadores, del que supo hacernos sentir fuerte y pensar alto, es muy difícil. Sentir con él ; tener la egregia figura del viejecito siempre presente, contemplando su mirada vaga, de ceguera externa y de visión interna, es empresa mas fácil. Nosotros no podemos mas que recordar al patriarca, al viejecito bueno e indulgente que nos prodigó su cariño y consoló mas de una vez con su palabra acariciadora, mientras veíamos subir las volutas y espirales del humo de su cigarrillo, siempre prendido entre sus labios y tratábamos de adivinar detrás de los cristales de sus gafas los pensamientos geniales de aquel cerebro tan pródigo en producir y tan hermosamente organizado. ¿Podremos asegurar que tampoco ha muerto?

También llega a las nubes, que nimban su especial cabeza, la egregia figura de aquel otro viejecito que nos admiró con sus trabajos de física, sus escritos sobre las teorías modernas; nos deslumbré con sus notables estudios sobre física matemática y nos recreó y casi contribuyó a formar nuestro carácter por la gran influencia que sobre el espíritu y sus costumbres ejerce el teatro, con sus maravillosas obras que llenan casi medio siglo del teatro español.

No hay que decir que nos referimos a don José Echegaray.

Por azares de la casualidad llegamos a tener la honra de tratarle y la impresión dejada en nuestra alma fue tan grande que no ha de borrarse jamás.

Yo no se que admirar mas en estos hombres extraordinarios, excepcionales, únicos, si sus obras geniales, producto de su potente inteligencia, o su carácter, su íntimo modo de ver las cosas. Llegan a tener el don de la indulgencia de tal modo desarrollado que a primera impresión desconciertan, hasta que convencidos de que es la característica de los seres superiores, se llega a familiarizar con lo que en un principio no sabemos a que atribuirlo.

Comparar un hombre de estos con los demás mortales no es posible. El parangón no puede establecerse por carencia de base, de elementos de comparación. Y nos quedamos perplejos cuando al poco tiempo de nuestro trato, a veces el mismo día de la presentación, cuando aún estamos encogidos y no nos atrevemos a hablar delante del que es nuestro ídolo ; cuando estamos pendientes de sus labios y recogemos sus palabras como oráculos sagrados, vernos tratados con familiaridad, con cariño, con confianza, dejando deslizar alguna discreta broma para facilitar nuestro acceso a la conversación general entablada entre el grande hombre y los que ya le conocían de cerca y le trataban.

Ocurríome con Echegaray que el primer día que tuve el gran honor de tratarle era a raíz del estreno de su obra "El loco Dios", cuando se hacían tantas cábalas y comentarios sobre su original obra. Yo había entrevisto, por una dichosa coincidencia, el origen de la tan discutida y admirada obra de don José. Había leído un libro poco generalizado en España del gran fisico inglés Sir Humphry Davy, "Ultimos días de un filó-sofo" que seguramente no había leído ninguno de los críticos teatrales y de aquí que ellos anduvieran desorientados en averiguar lo que quería decir don José en su "Loco Dios" y yo estuviera casi en lo firme acerca de ello.

Pues bien, Echegaray me preguntó: Vamos a ver doctorcito, ¿qué opinión tiene formada de mi última obra?

Yo me quedé perplejo, porque como es natural, lo que menos podía imaginar era que don José Echegaray fuera a preguntarme mi opinión acerca de su obra. Después de dar muchas vueltas a la lengua en la boca, de ponerme colorado, de romper a sudar, de toser o de bajar la cabeza o no saber dónde meterme, le contesté: -Yo don José, no soy quien para dar una opinión acerca de su admirable obra, que me encanta y me sorprende, por haber sabido llevar al teatro conceptos e ideas filosóficas que no son del dominio de la generalidad de las gentes ; pero, ya que me pone en este aprieto, me voy a permitir decirle mi opinión; mas, rogándole me permita se la diga al oído y luego, si lo estima oportuno, usted mismo la dará a conocer a estos señores. -Conforme, dijo don José.

Entonces le expuse mi parecer de que la obra estaba inspirada en la de Davy, a lo que él muy sorprendido de lo que le decía, me repuso en voz baja. -Caramba, doctorcito, es usted el único que ha puesto el dedo en la llaga ; porque Luis López Ballesteros, el crítico de El Imparcial, se ha aproximado, por intuición, al decir que debo de haber tomado elementos para la obra en algún libro que yo conozco pero, como López Ballesteros no ha leído la obra de Humphry Davy, claro es que no ha hecho mas que aproximarse. Por tanto le ruego no diga una palabra acerca de esto, ya que quiero mantener el interés y la curiosidad del público hasta última hora.

Así se lo prometí y tan bien le he cumplido mi palabra que hasta ahora, después de veinte años de nuestra conversación, no he referido lo que entonces hablamos.

Bendito mil veces el sabio viejecito que tanto nos cautivó con su extraordinario talento, nos hizo sentir con sus admirables obras teatrales y nos honró con una amistad tan sincera y apreciada que nunca ha de olvidarse en nuestro recuerdo.

Otra personalidad insigne de nuestro santuario es Isaac Peral. No sé que extrañas coincidencias de la vida han hecho que no siendo nosotros nadie, ni valiendo nada, no representando en sociedad apenas un comino y en la época a que voy a referirme muchísimo menos porque tenía unos catorce años, ha dado la casualidad de que hemos gozado de la inmensa satisfacción de tratar y conocer íntimamente a grandes figuras de la mentalidad española, dando esto lugar a que el orgullo legítimo que nos ha producido estos conocimientos haya sido causa quizá, de que en nuestra vida profesional nos haya servido de benéfico impulso, de noble emulación.

Mantenía mi padre (mi padrastro el doctor Juan Fernández Ballesteros), íntima y sostenida correspondencia (que conservo), con Isaac Peral, acerca de varios problemas científicos relacionados con su invento de navegación submarina, de condiciones de vida dentro de su barco y también con motivo de haberse interesado mi padre porque el ilustre inventor pidiera a la Reina la vida de la desgraciada Higinia Balaguer, que mi padre conceptuaba inocente, como ya he referido en un artículo en la Revista que edita en Madrid mi buen amigo, Mario Roso de Luna, "Hesperia".

Acostumbraba yo a pasar las vacaciones estivales en el pueblo de mi padre, Alcalá de los Gazules, de la provincia de Cádiz y con este motivo tenía que pasar por San Fernando, donde se tomaba entonces la diligencia para ir a Medina Sidonia y desde allí en caballería a Alcalá. Allí en San Fernando, residía Peral.

En uno de estos viajes me encargó mi padre fuese a visitar a Isaac Peral, precisamente en los días en que se estaban efectuando las pruebas oficiales de su submarino.

Recuerdo la modesta casita del marino en una calle de la Isla de cuyo nombre no guardo recuerdo, creo era la de San Sebastián, pero si me acuerdo muy bien de todos los detalles de aquella visita mía. El despacho de Peral no podía ser más sencillo. La limpieza y el órden reinaban en la pequeña habitación con una ventana a la solitaria calle, varias librerías donde se acumulaban libros de ciencia y negras carpetas, de las que había también varias sobre la mesa, que era de pino pintado de negro, como las librerías y las sillas de rejillas. El estudio estaba en comunicación con el patio, pequeño y en que había una bandera española, plegada, en uno de sus ángulos y en otro un busto en barro de Peral.

Esperé la llegada del marino, que, al poco rato, me recibía obsequioso y charlaba conmigo como si fuera ya un hombre y nos conociéramos de toda la vida. No vi hombre mas expresivo y cariñoso, dándome la razón en los argumentos que dije hace un momento acerca del carácter particular de los genios, con su afabilidad y la confianza que tratan de infundir a su interlocutor desde el primer momento. Hablamos de sus pruebas ; estaba agobiado, hacía dos días que no había podido dormir. La noche anterior se habían efectuado las nocturnas y me refirió como en la prueba de dos días antes, tuvieron un momento de angustia terrible porque el submarino encalló en cieno y creyeron que aquello podía ser su tumba.

Esto dio lugar a que me hablara con entusiasmo y con cariño de sus compañeros de tripulación, de la abnegación de los oficiales de nuestra armada que le acompañaban con fe ciega y sin el estímulo que él llevaba, porque él perseguía la gloria y la realización de sus sueños con la demostración práctica de la eficacia de su invento, pero sus compañeros no, solo les llevaba el amor a la Patria y el afecto personal que le profesa-ban.

Larga, muy larga fue nuestra conversación aquel día. Luego en Sevilla, cuando en pleno triunfo era arrastrado por las masas que no se saciaban de gritar ¡vivas! y de empujar al ídolo de aquellos días, exhibiéndolo en todas partes, en el paseo, en el Teatro ; recuerdo la noche en que subieron a Peral al escenario del Teatro de Eslava, donde se cantaba Mariana y entre Roque, Marina, Jorge, Pascual y los demás personajes de la obra zarandearon de lo lindo a Peral, tocando la orquesta la Marcha Real y poco menos que hacen cantar a Peral la salida del tenor.

Pues bien, en Sevilla tuve el gusto de verle por última vez. Estaba triunfador pero algo tenía que le amargaba la vida. Peral había perdido físicamente y se notaba en él un agotamiento, precursor quizá de la enfermedad que le llevó poco después al sepulcro, Peral me había cobrado afecto ; continuó no tratándome como a un niño, que eso era yo, sino como a un hombre con el que se puede hablar de todo y especialmente del problema científico que embargaba por completo su entendimiento. Más obsequioso si se quiere que la primera vez y nuestra conversación terminó dándome un cariñoso abrazo y dejando caer una lágrima de sus negros ojos, hija de la emoción, o tal vez precursora de aquellas otras muchas que después hubo de derramar con motivo de la ingratitud de las gentes.

¡Pobre santo mío que tanto sufrió habiendo hecho tanto beneficio a la Patria y aún mucho más que pudo haberle hecho!

Tampoco he de olvidar su triste figura, de hombre curtido por el mar, de pelo negro y ojos penetrantes que ahondaban en el alma de los que le escuchaban.

A que voy a seguir mas. En este recóndito santuario se levantan como gallardas estatuas grandes figuras de otros muchos grandes hombres que me honré estrechando su mano y gocé de su íntimo trato. Ruiz Zorrilla, Pedregal, Max Nordeau, Julien, etc. etc.. Vuestra amistad y afecto grabaron en mi alma hondas huellas y justo es que al recibir el beneficio de vuestra bienhechora influencia, quede siempre elevado el culto a vuestro recuerdo, que no se borrará nunca.

Doctor PUELLES

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Federico Rubio y Galí (1827-1902). Médico y cirujano que por primera vez realizó en España las operaciones de histerectomía, ovariotomía y nefrectomía, y la extirpación completa de laringe, implantando nuevas técnicas quirúrgicas. Fue académico de la Nacional de Medicina, versando su discurso sobre la hemostasia. Miembro de honor del Royal College of Surgeons de Londres, se le concedió el título de 'Príncipe de la Cirugía'. Creó la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla, el Instituto de Terapéutica Operatoria en el hospital de la Princesa en Madrid, y el Instituto Rubio. Como político, formó parte de la Junta Constitucional del Gobierno de Sevilla, tras el destronamiento de Isabel II, y fue diputado a Cortes. El gobierno de la República le nombró embajador en Londres. Publicó numerosos estudios de su especialidad en Revista Iberoamericana de Ciencias Médicas y Manual de Clínica Quirúrgica, además de varios libros sobre medicina, temas gaditanos y memorias. [VOLVER]

Antonio Lecha Marzo (1888-1919). Antorpólogo criminal y jurídico, interesado especialmente en la medicina forense, nacido enn Porac, Filipinas. Hijo de un soldado españo, quedó huérfano a los nueve años de edad. Su tutor legal fue Luís Lecha Martínez, profesor de medicina forense en Valladolid. Antonio estudió medicina en la Universidad de Valladolid (1902-10), y en ese período publicó diversas obras sobre medicina forense que le dieron prestigio entre los miembros de la abogacía. Destacaron los libros dedicados al análisis de huellas de sangre y de esperma y los de antropología criminal. Entre 1910 y 1913 completó una importante investigación que se vio reflejada en sus muchas publicaciones, entre ellas el Manual de dactiloscopia y el Manual de Medicina Legal. En 1913 fue nombrado profesoros adjunto de Medicina Forense en la Universidad de Madrid. Al año siguiente obtuvo la Cátedra de Medicina Forense de Granada, y en 1917 la de Sevilla, donde publicó el Tratado de autopsias y embalsamamientos. En el momento de su muerte se encontraba redactando el Tratado de Medicina Legal y Toxicología. [VOLVER]

Benito Pérez Galdós (1843-1920). Novelista, dramaturgo y articulista. Sin duda, el máximo novelista español del siglo XIX; su obra, ante todo, impresiona por su vastedad. Obtiene en 1862 el título de bachiller en Artes en el Instituto de La Laguna y colabora en la prensa local con poesías satíricas, ensayos y algunos cuentos. En septiembre de ese año marcha a Madrid para estudiar Derecho. Allí conoce al fundador de la Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, quien le alentó a escribir y le hizo sentir curiosidad por la filosofía krausista. Frecuenta los teatros y crea con otros escritores paisanos suyos la "Tertulia Canaria" en Madrid, frecuenta el Ateneo y lee a los principales narradores europeos en inglés y francés. En 1865 empieza a escribir como meritorio en los periódicos La Nación y El Debate y en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, y en 1870 publica su primera novela, La Fontana de Oro. Lee a Balzac y a Dickens, y traduce de éste su obra más cervantina, Los Papeles Póstumos Del Club Pickwick. En 1873 comenzó a publicar la que se puede considerar su obra cumbre: los Episodios Nacionales, donde quedan reflejados de forma muy viva los hechos más importantes de la agitada historia de España durante el siglo XIX. [VOLVER]

Serafín Alvarez Quintero (1871-1938) y Joaquín Alvarez Quintero (1873-1944). Fueron ambos poetas, narradores, periodistas, pero, sobre todo, comediógrafos. Siendo todavía muy jóvenes, empezaron a escribir para el teatro, obteniendo innumerables éxitos y logrando una justa popularidad que rebasó las fronteras de España. Fueron miembros de la Real Academia de la Lengua. Participaron en muchos periódicos y revistas tanto de España como de Hispanoamérica. Sus poemas líricos, aunque muy agradables, alegres y llenos de ingenio, fueron muy inferiores en calidad a su obra dramática. Poseyeron, ciertamente, indudable inspiración, emoción, garbo y también sentimentalismo, pero muy cercano a la sensiblería. Su modernismo es sumamente templado. [VOLVER]

José Echegaray y Eizaguirre (1832-1916). Ingeniero, dramaturgo y político español. Sus ideas políticas y económicas liberales le llevaron a participar en la Sociedad Libre de Economía Política en defensa de las ideas librecambistas. Tras la revolución democrática de 1868, en la que no había participado, contribuyó al afianzamiento del nuevo régimen ocupando diversos cargos políticos: fue diputado en las Cortes constituyentes, director general de Obras Públicas (1868-1869), ministro de Fomento (1869-1870 y 1872) y ministro de Hacienda (1872-1873). Participó activamente con Ruiz Zorrilla en la fundación del Partido Radical. Tras el hundimiento de la monarquía de Amadeo de Saboya (1873) apoyó el efímero régimen de la Primera República, a la que sirvió encargándose por dos veces del Ministerio de Hacienda (en 1873 y 1874). Fue en su época un hombre de inmenso prestigio, presidente del Ateneo de Madrid (1888), director de la Real Academia Española (1896), senador vitalicio (1900) y dos veces presidente de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1894-1896 y 1901-1916). Su carrera literaria empezó en 1874 con El libro talonario aunque anteriormente había escrito La hija natural (1865), título que no se llegó a estrenar en su tiempo. Produjo más de sesenta dramas en prosa y verso, con gran éxito entre el público de la época, aunque desprovistas de valores literarios visto desde nuestros días. La mayoría de sus primeras obras están teñidas de melancolía romántica. En sus obras posteriores se deja sentir la influencia de Henrik Ibsen. Algunas de sus obras que merecen mencionarse son La esposa del vengador (1874), En el puño de la espada (1875), Locura o santidad (1876), El gran galeoto (1881), Mariana y El hijo de Don Juan (1892), Mancha que limpia (1895) o El loco de Dios (1900). En 1896 fue elegido Académico de la Real Academia Española. En 1904 Echegaray compartió el Premio Nobel de Literatura con el poeta provenzal Frédéric Mistral, decisión que escandalizó a las vanguardias literarias españolas y, en particular, a los escritores de la generación del 98. [VOLVER]

Humphry Davy (1778-1829), célebre químico británico, conocido especialmente por sus experimentos en electroquímica y por su invento de la lámpara de seguridad en la minas. En 1798 comenzó los experimentos sobre las propiedades médicas de los gases, durante los cuales descubrió los efectos anestésicos del óxido nitroso (gas hilarante). Davy fue designado profesor de química en la recién fundada Institución Real de Londres en 1802. Durante los primeros años en dicha institución, Davy comenzó sus investigaciones sobre los efectos de la electricidad en los compuestos químicos. En 1807 recibió el premio Napoleón del Instituto Francés. Fabricó la mayor batería construida hasta entonces, con 250 células y pasó una corriente eléctrica potente a través de soluciones de varios compuestos sospechosos de contener elementos químicos no descubiertos. Davy aisló rápidamente con este método electrolítico el potasio y el sodio. También preparó calcio con el mismo método. En experimentos posteriores descubrió el boro y demostró que el diamante está compuesto de carbono. Davy mostró, asimismo, que las llamadas 'tierras raras' eran óxidos de metales en lugar de elementos. Sus experimentos con los ácidos indicaron que es el hidrógeno, y no el oxígeno, el que produce las características de los mismos. Davy también realizó descubrimientos notables sobre el calor. En el campo de la ciencia aplicada, Davy inventó la lámpara de seguridad para los mineros en 1815. Recibió la medallas de oro y plata de Rumford de la Sociedad Real. En 1823 propuso un método para evitar la corrosión de los fondos de cobre de los barcos que consistía en hacer revestimientos de hierro y cinc. Entre sus obras destacan Elementos de la filosofía química (1812) y Elementos de la química agrícola (1813). [VOLVER]

Isaac Peral (1851-1895) fue un científico y marino español inventor del Submarino Peral (1885), primer submarino diseñado especialmente para uso militar, haciendo evolucionar de esta manera los submarinos anteriores como el Ictineo (1859) e Ictineo II (1864) de Narcís Monturiol (Figueres, 1819 - Barcelona, 1885). Tras una breve, pero intensa carrera como marino de la Armada Española se hace cargo (1883) de la cátedra de Física-Matemática de la Escuela de Ampliación de Estudios de la Armada. En 1885, tras la denominada crisis de las Carolinas, Isaac Peral se consideró en la obligación de comunicar a sus superiores que había resuelto definitivamente el reto de la navegación submarina. Tras un riguroso análisis de su proyecto, por parte de los más cualificados científicos de la mencionada Escuela de Ampliación, éstos dieron su aprobación para que fuese trasladado al ministro de Marina, Almirante Pezuela, quien recibió el proyecto con caluroso entusiasmo. Por desgracia, los sucesivos ministros que le sucedieron, demostraron indiferncia o abierta hostilidad (Almirantes Ródriguez de Arias y Beránger). Pese a todo y gracias al apoyo de la Reina Regenta Dª María Cristina, el submarino fue finalmente botado el 8 de septiembre de 1888. Las pruebas oficiales se desarrollaron a lo largo de 1890. Conviene resaltar que no se le concedió permiso para efectuar la prueba clave y más elocuente, que había solicitado el propio inventor: atravesar sumergido el estrecho de Gibraltar. La Comisión Técnica nombrada al efecto, avaló el éxito de las pruebas del primer submarino de la historia. Sin embargo, oscuros intereses nunca aclarados, motivaron que las autoridades del momento desecharan el invento y alentaran una campaña de desprestigio y vilipendio contra la persona del inventor, al cual no le quedó más remedio que solicitar la baja en la Marina e intentar aclarar a la opinión pública la verdad de lo sucedido. Dedicado a la vida civil, consiguió fundar varias empresas con éxito, relacionadas con su especialidad, el aprovechamiento de la energía eléctrica. [VOLVER]

Mario Roso de Luna (1872-1931). Astrónomo, periodista, escritor y teósofo español. Conocido como 'el Mago Rojo de Logrosán', a Roso le gustaba definirse a sí mismo como "teósofo y ateneísta". Fue, en efecto, miembro del Ateneo de Madrid, donde trató a figuras importantes de la época, como Unamuno o Valle-Inclán. Como teósofo, realizó una infatigable labor divulgativa. Tradujo al castellano las obras de Blavatsky y produjo una larga serie de libros propios, agrupados en la llamada Biblioteca de las Maravillas. En sus libros, Roso aplicó la doctrina teosófica a múltiples campos, como la musicología (Beethoven, teósofo, Wagner, mitólogo y ocultista), la sexología (Aberraciones psíquicas del sexo), Las mil y una noches (El velo de Isis), el totalitarismo (La Humanidad y los Césares), los mitos precolombinos (La ciencia hierática de los mayas) y el folklore español (El libro que mata la muerte). Colaboró también en la recogida de romances y otras tradiciones populares extremeñas. En 1893 descubrió el cometa que, desde entonces, lleva su nombre. [VOLVER]

Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895). Político español. Estudió filosofía en Valladolid. Después, en Madrid estudió Jurisprudencia en la Universidad Central. Su vida pública se inició como Comandante de la Milicia Nacional, siendo elegido rápidamente Diputado Provincial. Gracias a este pequeño empujón político se trasladó a Madrid, siendo nombrado Diputado Nacional por el Partido Progresista en 1858. Precisamente de esta etapa surgiría la amistad con Práxedes Mateo Sagasta. Se destacó en la sublevación del cuartel de San Gil (1866), por lo que fue condenado a muerte y tuvo que huir de España. Desde el exilio dirigió conspiraciones para derrocar a Isabel II. Triunfante la revolución de Septiembre (1868), como líder del Partido Radical sostuvo que los progresistas debían asumir el programa democrático. Se encargó de la cartera de Fomento en el gobierno provisional de Francisco Serrano (1868), estableció la libertad de enseñanza y decretó el traspaso de los materiales de bibliotecas y archivos religiosos al Estado. Introdujo reformas en la enseñanza universitaria. Formó parte del gobierno de Juan Prim como ministro de Gracia y Justicia (1869). Fue designado Presidente de las Cortes Constituyentes y proclamó a Amadeo de Saboya como rey de España (1870). Durante el reinado de este, presidió el Gobierno en dos ocasiones. Se opuso a la política de Sagasta, y dividió a los progresistas. Cuando abdicó el monarca, lo acompañó al exilio. Mantuvo una oposición sistemática a Alfonso XII y al régimen de la Restauración (1874). Fundó el Partido Republicano Progresista (1874-1895) y, en la primera etapa del régimen canovista, pretendió derrocar la monarquía mediante un pronunciamiento militar. Tuvo un papel destacado en diversos pronunciamientos en Badajoz (1883), Cartagena, (1886) y en el de Villacampa en Madrid (1886), pero la vía insurreccional fracasó al carecer de respaldo civil. Se acercó a Nicolás Salmerón con la creación de la Unión Republicana en 1893. Su actividad se centró en la sociedad civil y acentuó la supuesta necesidad de orden y autoridad. Con su muerte (1895), el partido se escindió y se fragmentaron las fuerzas republicanas. [VOLVER]

Manuel Pedregal y Cañedo (1832-1896). Jurisconsulto y político español. fue uno de los fundadores del Ateneo de Oviedo y del Partido Democrático en Asturias (1868). Miembro de las cortes de 1869, 1872 y 1873, desempeñó las carteras de Gracia y Justicia, en el gobierno de Pii Margall, y de Hacienda, en el de Castelar. Formó parte de la junta fundacional de la Institución Libre de Enseñanza (1876) y fue rector de la misma (1883), siendo al mismo tiempo jefe de la minoría republicana en las cortes. En 1888 fundó el Partido Centralista, junto con Salmerón y Azcárate. Es autor de Estudios políticos (1868) y de Estudios sobre el engrandecimiento y la decadencia de España (1885). [VOLVER]

Max Nordeau (1849-1923). Médico, pensador y hombre de letras. Figura emblemática del sionismo, fue uno de los autores más célebres y controvertidos de la Europa de finales del siglo XIX. Germanófono nacido en Budapest, hijo de un rabino polaco y gran viajero, se estableció en París a partir de  1880 como corresponsal de la Neue Freie Presse de Viena. Este cosmopolita ilustrado, formado en la cultura clásica, fue a la vez testigo de la vida intelectual, social y política de su época. Su principal obra, Dégénérescence (1892), traducida a quince idiomas, es una crítica antropológico-médica de la sociedad y de los productos culturales del momento (Tolstoï, Zola, Ibsen, Wagner, Nietzsche, los simbolistas). Espantado por el antisemitismo que afloró con motivo del affaire Dreyfus, se convirtió en el brazo derecho de Herzl. Trató incansablemente de conferir una dimensión política occidental al movimiento sionista. Nordeau aplicó la filosofia liberal, positivista y racionalista, así como la psicopatología que tomó prestada de Lombroso, al conjunto de la sociedad europea en una obra filosófica, literaria y política impresionante. Navegando entre la crítica del 'establishment' conservador y de la modernidad, el universalismo cosmopolita y el compromiso sionista, la psicopatología de la decadencia y el combate contra los prejuicios y el antisemitismo, dicha obra no deja de ser en ciertos pasajes problemática, e incluso chocante y contradictoria. [VOLVER]

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