LO TIPICAMENTE ESPAÑOL Y MANUEL DE FALLA
El artista y su obra
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El aforismo
del P. Eximeno causó, como hemos visto, un decisivo efecto en el desarrollo
de la música española. Gran parte de nuestros compositores se
lanzaron en los inspiradores brazos de la música popular. Surgieron como
por ensalmo la tonadilla, la zarzuela y la ópera, creándose así una música
más o menos nacional. Todo esto nos llenaría de orgullo si no observáramos
y analizáramos más de cerca la forma en que se realizó este nacionalismo musical ‘a la española’. Ya hemos visto las reservas
de Salazar respecto a los logros de nuestros innovadores musicales ;
habla concretamente de “... falsas
ideas sobre casticismo, nacionalismo, resurrecciones artísticas, etc.”.
Nos toca ahora a nosotros dilucidar hasta qué punto son acertadas o
equivocadas tales asertos.
Siguiendo
al P. Eximeno nuestros compositores de tendencia nacionalista han pretendido sumarse al concierto de la música europea, aportando de paso
los procedimientos ‘naturales’ de composición de nuestra música
popular. En un principio esto fue como una reacción contra la
omnipresencia y cuasi-omnipotencia de la ópera italiana ; nos sentíamos
como invadidos por un poder extranjero y había que resistirse a su
dominio
con uñas y dientes. Pero, ¿cuál fue el procedimiento aplicado? Como era
de esperar, el país carecía de medios artísticos de carácter autóctono
para capear el temporal (éstos habían sido despreciados y soterrados por
la aristocracia gobernante en favor de lo italiano), y tras un intento de
combatir al invasor con sus propias armas (fabricación de zarzuelas y
óperas al estilo italiano con texto en español), la solución consistió
en entregarse en manos de otros invasores: primero alemán (Wagner) y
luego francés (impresionismo). ¿Era el resultado de esto música
nacional? Para contestar a esta pregunta sería tal vez conveniente
hacerse otra: ¿qué entendemos por ‘música nacional’? Aplicando
nuestro
concepto de música en general esbozado en capítulos anteriores, podríamos
decir que una arte (y, por ende, una música) se puede considerar como
‘nacional’ si refleja al pueblo en cuestión fidedignamente, es decir,
si forma y contenido se conjugan a la perfección para caracterizar lo típico
de un país determinado (lo típicamente español, en nuestro caso), teniendo siempre en cuenta
el momento histérico en que la obra se conformó, así como sus
connotaciones político-sociales. Toda obra de arte pretendidamente
nacional que se apartara de esta definición sería tal vez ‘arte’,
pero de ningún modo arte ‘nacional’.
Nuestros
compositores nacionalistas de la primera mitad de este siglo parecen haber
decidido abandonar definitivamente Italia para dirigirse a Francia en
busca de la forma musical ideal. Sus ídolos fueron, por un lado, Claude
Debussy, que atrajo a Manuel de Falla, y Vincent
d’Indy, preferido de Joaquín Turina. Los músicos franceses, ya
antes de la llegada de nuestros compatriotas, hacían lo que ellos
llamaban ‘música española’, es decir, música con temas sacados del
folklore español. Sólo faltaría averiguar si era en realidad ‘música
española’, o si sólo se trataba de apuntes, de detalles pintorescos,
sin verdadera profundización en lo típico de nuestro pueblo. Dice Falla
que “... Debussy, que no conocía
España, creaba espontáneamente, de manera inconsciente, música española
capaz de dar envidia a tantos otros que la conocían demasiado ...”.
Son ejemplos: Puerta del Vino, Soirée dans Grénade, Iberia.
En esta última obra “... los ecos
de los pueblos, en una especie de sevillanas, parecen flotar sobre una
clara atmósfera de luz centelleante ; la embriagadora magia de las noches
andaluzas, la alegría de un pueblo que camina danzando a los festivos
acordes de una manda de guitarras y de bandurrias ... todo,
todo esto burbujea en el aire y nuestra imaginación, despierta
incesantemente, se queda deslumbrada por las fuertes virtudes de una música
intensamente expresiva y ricamente matizada”.
La
influencia de la música popular española en la música francesa comenzó
en el siglo XIX. Así, tenemos una riada de compositores franceses que se
ejercitan en el género españolista: Massenet (Le
Cid), Bizet (Carmen),
Chabrier (España), Lalo (Sinfonía española) y Saint-Saëns (Capricho andaluz). Esta música de procedencia gala obtiene notable
éxito en nuestro país, y su estilo llega incluso a influir en autores
menores como Bretón (A la Alhambra)
y Chapí (Fantasía Morisca).
Pero en realidad la proliferación de esta clase de música es, como dice Campodónico,
un fenómeno distinto del que orientó las investigaciones hacia una música
típicamente española y que a través del primer
Albéniz y La vida
breve de Falla desemboca por fin en el impresionismo de Debussy y
Ravel. Pues estos últimos “... se
alejan resueltamente de todo acuarelismo y tratan de dar, sólo a través
de la evocación, el ‘espíritu’, un carácter español a su música”.
Se cumple así la ilusión de Conrado del
Campo de una música española que lo fuera por el ‘temperamento’,
por el ‘talante’, y no por la cita de lo popular. Pero –podríamos
preguntarnos- ¿por qué habría de reunir precisamente el impresionismo
francés esas condiciones? Chase advierte
(como posible respuesta) que muchos de los procedimientos que parecen
invención del impresionismo son corrientes en la música popular española,
y especialmente en la andaluza. Citemos algunos ejemplos:
a)
El rasgueo de las cuerdas al aire de la guitarra da un acorde
completamente ‘impresionista’.
b)
Tendencia a las melodías y armonías modales
c)
Ambigüedad tonal, resultado del amplio uso frecuente de ‘falsas
relaciones’ y ‘cadencias rotas’
d)
Uso sistemático de quintas sucesivas
e)
Apoyaturas no resueltas
f)
Complejidad métrica por cambios frecuentes de compás y por la
simultaneidad de ritmos diferentes.
Detalles
como estos parecen ser los que hacían a los franceses envidiar la fuerza
trágica española, así como también a los músicos españoles mirar
nostálgicamente hacia el país vecino añorando la perfección formal de
los compositores franceses. Es esto, en nuestra opinión, lo que impulsa a
Manuel de Falta a cruzar la frontera rumbo a París
con la partitura de La vida breve bajo
el brazo. En París transcurren siete años que, según Campodonico, son
decisivos en la vida de Falla, pues allí adquiere definitivamente la técnica
orquestal impresionista, una técnica que va a aplicar a la música española
de la misma forma que los franceses lo hacían con su música. Desaparece
así, según Salazar, el tópico ‘localista’ español para dar lugar
a la sugestión producida por elementos simplificados, ‘simientes de
estilo’, breves detalles del canto popular español sometidos al
tratamiento armónico adecuado (desarrollo libre de los armónicos, según
lo expuesto en ‘L’acoustique nouvelle’, de Louis Lucas). ¿Qué
ventajas ofrece este sistema? Salazar las cita:
a)
Lo indígena queda reducido a sus núcleos vitales, que habrán de
desarrollarse a través de la personalidad del compositor.
b)
El plano poético en que el compositor se sitúa, más retirado de
la impresión directa, es más intenso, posee mayor capacidad de evocación
y exige una mayor atención, porque ya no obra por ‘presentaciones’,
sino por ‘reflejos.
c)
El compositor, libre de fórmulas, ha de crear en cada momento su
manera de expresión.
De esta
forma, como dice Campodonico, “... gracias a los músicos franceses (Dukas,
Debussy, Ravel) y a los músicos españoles de Francia (Viñes, Albéniz),
Falla tiene libre acceso, por primera vez, a la música europea”. Pero,
naturalmente, su aceptación de la música europea es sólo parcial. Como
dice Federico Sopeña, Falla “... respeta
el esfuerzo de Schönberg, pero no participa lo más mínimo de sus
avatares de la disolución tonal ; admira y quiere a Strawinsky, pero no
sin cierto deslumbramiento, sintiendo un como mareo ante tanto cambio”.
Tampoco acepta Falla el programa artístico
strawinskiano consistente en el repudio de la emoción, el panegírico
de la artesanía y el alejamiento de la inspiración. Así dice; “La
inteligencia no debe ser más que la auxiliar del instinto. Debe servir
aquella para encauzar éste, para darle forma, para domarle ... Error
funesto es decir que hay que comprender la música para gozar de ella. La
música no se hace, ni debe jamás hacerse, para que se comprenda, sino
para que se sienta”.
El músico
contemporáneo más admirado por Falla fue Maurice Ravel. Para él, Ravel
no era, ni muchísimo menos, el enfant
terrible que algunos creían ; más bien era “... algo
así como un ‘niño prodigioso’ cuyo espíritu, milagrosamente
cultivado, hiciera ‘sortilegios’ por medio de su arte”. El españolismo
de obras como Rapsodie Espagnole no
estaba logrado “... por el simple
acomodo de documentos folklóricos, sino más bien por un libre empleo de
sustancias rítmicas, modal-armónicas y ornamentales de nuestra lírica
popular”. Ravel fue también el músico
que más influyó sobre Manuel de Falla, como él mismo advierte. Su
influencia es evidente, sobre todo en las obras de la primera época de
muestro músico. Así tenemos, en primer lugar, las 7 canciones populares españolas, “... milagro de una estética nacionalista”, según Sopeña ; son la
primera experiencia de Falla en aplicar la técnica impresionista a la
armonización de motivos populares españoles más o menos depurados y
estilizados. Pero la culminación de este período fueron, sin lugar a
dudas, las Noches en los jardines de
España. Las ‘Noches’, como dice Salazar, “... son
para nosotros lo que los ‘Nocturnos’ y la ‘Iberia’ de Debussy son
para la música francesa, y están tan lejos de la ‘Iberia’ de Albéniz,
como remotas de los andalucismos a flor de piel de Chapí”. Son, en
opinión de Chase, una perfecta síntesis de ‘idioma andaluz’ y de música
sinfónica, música andaluza escrita ‘desde dentro’. Algo parecido
opina Guido Pannain. Dice lo siguiente, que
consideramos interesante citar en su integridad:
“La
aparición de Manuel de Falla en la liza de la nueva música española es,
sin duda, significativa ; las Noches
en los jardines de España, de 1916, señalan una fecha. Porque él
escribe música española por experiencia singular, alejándose en lo
posible del españolismo amanerado. Se dirige directamente a las fuentes,
pero no para hacer una especulación retórica. Procede sereno, bien
articulado y seguro ; traza con claridad su diseño armónico sobre el
fondo de un límpido y sereno horizonte, sin nubes, niebla ni
iridescencias. No hay susurros, ni excesivos abandonos, ni divagante
sensualidad de los colores ; mientras tanto el piano, instrumento solista,
confiere al ritmo la consistencia y a la armonía la vivacidad de un
pintoresco vibrar de guitarra”.
El contacto
con la música francesa sirve a Falla, como decíamos, más que nada para
adquirir una espléndida técnica orquestal. Esta técnica la emplea a
discreción tanto en las Noches como
en los dos ballets que le siguen: El
amor brujo y El Sombrero de tres
picos. Pero, según Pannain, en las ‘Noches’ y en el ‘Amor
brujo’ sigue siendo Falla discípulo de los franceses ; su orquestación
está constituida a base de frecuentes diversiones, agrupamientos y
distribuciones de las masas sonoras, al estilo de Debussy y Ravel ; el
color orquestal es en gran parte residuo de la técnica impresionista, y
“... el abandono expresivo se
calienta a la pálida luz de un romanticismo
moribundo”. Al período ‘español’ propia- mente dicho del
compositor pertenece El Sombrero de
3 picos, de 1919. Pannain lo encuentra “... rico
de música vivaz, pero inferior al ‘Amor Brujo’, e incluso a las
‘Noches’, en la consistencia de los valores melódicos” ; le
sigue la Fantasía Bética, que,
según Chase, y también según Trend, significa un giro en la carrera artística
de Falla. En esta obra utiliza Falla prevalentemente el modo frigio
(con un interludio lírico en modo ‘eólico’),
y, según Chase, a pesar de utilizarse “... la
mimosa melodía del ‘cante jondo’ con un acompañamiento similar al de
la guitarra, los característicos ritmos de danza como los de las
sevillanas, y otros elementos típicos del idioma andaluz”, el
efecto final no es claramente español para el oyente común ; su españolismo
se revela solamente después de un atento análisis. Pues la dificultad técnica,
la compleja ornamentación y la superposición de tonalidades “... subordinan
los elementos del folklore local a un desarrollo musical más autónomo”.
Pannain no
le atribuye a la Fantasía Bética la
importancia que le da Trend, por ejemplo ; esta obra es para él una bella
pieza pianística. Pero “... no
puede superar, en último análisis, el punto neutro dialectal y amanerado
de que adolece la moderna música española”. Y, en efecto, parece
ser que también Falla notó esta debilidad y se decidió a cambiar el
curso de su actividad estilística. Falla no era partidario de lo que se
ha dado en llamar ‘el arte por el arte’ ; así dice: “Por
convicción y por temperamento soy opuesto al arte que podríamos llamar
egoísta. Hay que trabajar para los demás: simplemente, sin vanas
y orgullosas situaciones. Sólo así puede el Arte cumplir su noble y
bella misión social”. Estas son, según Federico Sopeña, las
características del ‘artista cristiano’. El artista cristiano no
tiene moral aparte como artista, pero cumple esa moral a través de unas
formas de vida radicalmente ‘poeticas’ ; estas formas de vida
cristalizan, según Sopeña, en tres características de Manuel de Falla:
a)
Celibato
(debido, tal
vez, a la existencia de un amor frustrado en su juventud)
b)
Pobreza
(negación a
hacer música comercial)
c)
Alegría de la vida.
Tal artista
considera a la ‘inspiración’ como un elemento esencial de la obra de
arte. “Ello, no obstante”
-advierte Sopeña-, “no exige una
actitud retórica de envanecimiento, sino un trabajo febril para que los
‘medios’ transparenten todo lo posible la fuerza y la belleza
inspiradas”. Esto, según Sopeña, lleva consigo la espontaneidad,
que a la vez implica “... perfección, ajuste, control pleno de los medios, absoluta primacía de
la calidad sobre la cantidad”. La búsqueda de autenticidad a que
nos referimos hace rehuir a Falla de lo que Sopeña llama la “facilidad del éxito y del dinero”. Así, estando en Granada,
nuestro compositor no produce obras andaluzas ; renuncia a lo andaluz y se
pasa a lo castellano, componiendo El
Retablo de Maese Pedro y el Concerto
para clavicémbalo. A partir del Retablo,
dice Salazar, desaparece por fin el españolismo pintoresco de viejo cuño
para dar paso a conceptos de más alto rango. Falla ahonda adentrándose
en el sentimiento de ‘lo racial’, hasta llegar “... a
la entraña viva, a la más íntima conciencia de donde ha de salir en una
forma libre, autónoma, desprendida de fórmulas esquematizadas y caducas”.
Esta libertad de expresión la consigue Falta por dos caminos, según Salazar:
a)
Similibus
curantur; sorber
la savia auténtica de lo popular
b)
Ruptura del contacto con el arte del siglo. Apego a la forma clásica
(como lo hizo Scarlatti).
Según
Pannain, este cambio de raíz operado en Falta es buen signo, pero, sin embargo, no puede valer como solución definitiva del problema estilístico
de la unión de lo popular con lo culto. Falta, según el, “... dispone de un temperamento musical notable, pero tenue, sin trazos
imperiosos, escaso de impulsos vigorosos. Si no permanece indiferente a
las resonancias de antiguos espíritus nacionales, no le dejan de afectar
las escabrosas combinaciones rítmicas de Strawinsky, y ya se oyen resonar
en él los acentos de aquel amanerado neoclasicismo, en las proximidades
de la guerra 1914-18, que crea falsas nuevas armas sacando a la luz viejas
panoplias de familia ...”. Pannain considera el ‘Retablo’, más
que desde un punto de vista musical, como un evento teatral, puesto
que en él la música no puede valerse absolutamente por sí misma ; es
admirable por su variedad, armonía y finura, pero no puede aspirar a ser
más que un comentario. Por lo tanto, los logros de este período de la
evolución de Falla son más evidentes en la próxima obra, consecuencia
clara de ésta: el Concerto para
clavicembalo.
Como dice
Salazar, el ‘Concerto’ es obra de transición hacia lo desconocido.
Igual que las Sonatas de
Scarlatti. Chase descubre en esta obra un lenguaje completamente moderno, donde la simultaneidad de tonalidades es llevada mucho más lejos
que en la ‘Fantasía Bética’. Pero Falla construye aún “... sobre
los sólidos cimientos de la tonalidad”, lo cual, según Salazar, no
es ni un ‘retorno al clasicismo’, ni un ‘retorno del clasicismo’.
Sino algo mucho más sencillo: la consecuencia del deseo de Falla de
encontrar la raíz de lo tradicional, a la vez histórico y popular, culto
y espontáneo. Pannain, en cambio, no se muestra tan entusiasta con
respecto al ‘Concerto’. Para él, todo no se resuelve en las llamadas
“fórmulas exteriores, de fuera a
dentro”. La obra “... ofrece una apacible perspectiva musical ; sin embargo, de su estructura
no emergen ni vigor ni esencialidad de estilo”. Se trata de un
ejercicio, una especie de imitación, como la 'Danza del Corregidor’
del Sombrero de tres picos ; en
este caso oímos un Domenico Scarlatti “... que
parece reproducido en un gramófono”, y ni los saltos de séptima,
ni los grupos de politonalidad, ni las ingeniosas inversiones rítmicas
sirven para renovar el estilo. Cree Pannain que, en su doble aspecto de
color popular y forma orgánica, el arte de Falla es sin duda notable. Sin
embargo, no ha dado resultados en las expresiones del segundo tipo,
superiores (imitaciones aparte) a las del primero. El gluten de la mayor
parte de la música colorista de Falla sigue siendo lo andaluz ;
por todas partes resuenan los modos originales del canto y la danza
nacionales: la ‘jota’ navarra, movimientos de ‘granadinas’, el
‘fandango’ y la ‘farruca’, ritmos de ‘sevillanas’ y de
‘boleros’ En consecuencia, y como lo pone García
Matos, Falla “... no llega a
aquella competencia esencial que supera el carácter de colectivismo
expresivo en el deciso alineamiento de una personalidad lírica”.
Dice
Federico Sopeña que “... el nacionalismo en la música se da cuando la
idea de Patria tiene carácter de
mito, de misterio, de realidad por encima del tiempo y por la cual merece
la pena dar la vida”. La idea de Patria, según él, se configura
siempre ‘frente a’ y se define por esa enemistad. Manuel de Falla era
español “... hasta las entrañas” y francés de adopción, por ende europeo de
temperamento. Como dice Sopeña, era un hombre “... profundamente europeo, pero europeo de la Contrarreforma”.
Efectivamente, Falla era un hombre muy religioso, casi un místico; tanto
Sopeña como Pahissa y Juan
Ma
Thomas refieren anécdotas del músico
en este sentido. Es, como dice Sopeña, “... uno
de los pocos intelectuales que siente ‘religiosamente’ ese anhelo de
paz europeo que en el período 1914-18 sufre la más honda crisis” ;
tampoco estaba a sus anchas dentro de un nacionalismo a lo romántico y
“... no podía ver
‘religiosamente’ su obra andalucista”. Falla escribía su música,
como dice Pahissa, para mayor gloria del Creador. Por eso tal vez su última
obra (terminada póstumamente por Ernesto
Halffter) fuese un oratorio: Atlántida. Fue comenzada esta obra en una época no muy propicia
para la música religiosa, en que sólo había lugar para la alegría de
los vencedores y la exasperación de los vencidos de la 1a
Guerra Mundial. Pero era una época especialmente indicada para revivir
mitos.
‘Atlántida’ está basada en un poema de Verdaguer
que, como dice Sopeña, hace surgir a destiempo (en pleno horror de
regionalismo más o menos ‘nacionalista’) una visión de lo hispánico
muy superior al nacionalismo romántico, pintoresco, incluso político de
Pedrell: “Atlántida, hundida en el pecado -mito
cristianísimo- vuelve a surgir por la voz del Altísimo y a través de la
real epopeya de Cristóbal Colon”. Era un tema muy tratado en su época
(Bènoit, Claudel-Milhaud, ...).
Según Sopeña,
los mitos sirvieron para “... insuflar
un poco de humanidad y de pasión en el envejecido genio del neoclasicismo”,
Strawinsky (véase Edipo Rey y
la Sinfonía de los Salmos).
Presentes en la novela con autores como Joyce y Mann y resucitados en el
teatro a través de Anouilh y Giraudoux, surgieron como reacción contra
la deshumanización del arte y el neorromanticismo: ‘Atlántida’,
según Sopeña, se adelanta a todo eso ; “... con
su síntesis entre lo español y lo griego se hace hispánico sin ser
nacionalista”. Es la música que Pedrell quisiera haber hecho. La
composición de ‘Atlántida’ le significó a Falla inmolar la mitad de
su vida, y es que, como dice Sopeña, “... la
voluntad de perfección al máximo, la clarificación extrema de los
medios, parecían hacer incompatible a Falla con obras de gran extensión”.
A esto se le suman dos puntos:
a)
Falla no tenía, como sus contemporáneos europeos, plumas
preparadas para la gran escena.
b)
El ambiente se le resistía: la ‘Atlántida’ de Verdaguer no
empujaba a los artistas de la época (Zuloaga, Lorca, ...).
‘Atlántida’,
hecha para la escena, se despega del teatro. Menéndez-Pelayo ya le había
encontrado al poema de Verdaguer el defecto de que el hombre está como
absorbido por la Naturaleza y por las catástrofes. Y así, en Falla:
1)
Son protagonistas los coros
2)
Hay una coreografía ‘especial’ que rebasa los límites del
teatro (como le ocurre a Moisés y
Aarón, la obra inacabada de Schönberg).
Igual que
Verdaguer mete en la misma entraña del mito de ‘Atlántida’ la
realidad y el misterio cristiano del pecado, Falla, según Sopeña, hace
que la música, en las descripciones de sucesos, lleve en sí mezcladas
tensiones de poder y de angustia (disonancias). Hay una mezcla de lo mítico
con lo religioso, un continuo cruzamiento entre lo profano y lo religioso,
resuelto mediante contrapuntos ‘expresivos’, exclamaciones corales,
toques modales dentro de una línea tonal rigurosa y efectos
‘externos’. Es, en resumen, la música ‘eclesiás- tica’ más bella
de nuestro tiempo (según Sopeña).
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Dice Hegel
que “todo lo real es racional, y
todo lo racional es real”. A primera vista, esto parece una bendición
filosófica a todo lo existente (concretamente el despótico Estado
prusiano de tiempos de Hegel). Pero, como advierte Engels,
Hegel también afirmaba que “la
realidad, al desplegarse, se revela como necesidad”. Entonces se
pueden
combinar ambas frases e interpretarlas como hace el propio Engels: “... en
el curso del desarrollo, todo lo que un día fue real se torna irreal,
pierde su necesidad, su razón de ser, ..., y
el puesto de lo real que agoniza es ocupado por una realidad nueva y
viable”. Como afirma Engels, “... el
gran problema de toda la filosofía, especialmente de la moderna, es el
problema de la relación entre el pensar y el ser”. En tiempos
remotos la ignorancia acerca de la estructura del organismo humano hizo
creer a los hombres en que sus pensamientos y sensaciones no eran
funciones del cuerpo, sino de un alma inmortal.
Esto llevó directamente a lo que Engels llama ‘aburrida fábula’ de
la inmortalidad personal ; surgieron los primeros dioses, de los cuales
“... por un proceso natural de
abstracción, casi diríamos de destilación”, surgió un Dios
único y exclusivo.
El problema
de la relación entre pensar y ser, entre espíritu y naturaleza, privó
durante siglos a la filosofía occidental ; así vino la radical división
de los filósofos en ‘idealistas’ y ‘materialistas’. Luego, con el
avance de las ciencias, la filosofía avanzó a su vez con pasos cada vez
más acelerados hacia el materialismo, a pesar de todos los esfuerzos
realizados por los pensadores idealistas por conciliar panteísticamente
la antítesis entre espíritu y materia. Se
intentó por todos los medios explicar todas las relaciones humanas por
medio de la religión (la palabra ‘religión’ viene de religare
y significa, originariamente, ‘unión’). Así, Feuerbach llegó
hasta afirmar que “... los períodos de la humanidad sólo se distinguen unos de otros
por los cambios religiosos”. Esta aseveración es, como indica
Engels, absolutamente falsa ; según él -y nosotros lo subrayamos- “... los
grandes virajes históricos sólo han ido acompañados de cambios
religiosos en lo que se refiere a las tres religiones universales que han
existido hasta hoy: el budismo, el cristianismo y el islamismo”.
Efectivamente, las religiones tribales y nacionales desaparecían o se
debilitaban en cuanto el pueblo que las sustentaba perdía su
independencia. Sólo en religiones universales, “... creadas
más o menos artificialmente”, llevaban los movimientos históricos
un sello religioso. Y en el cristianismo esto sólo ocurrió durante las
primeras fases de la lucha de emancipación de la burguesía, del siglo
XIII al XVIII, y era debido a que no se conocían entonces otras formas
ideológicas aparte de la religión y la teología. No obstante, en el
siglo XVIII la burguesía era lo bastante fuerte para tener una ideología
propia, “... acomodada a suposición de clase”, y su revolución, la Revolución
Francesa, fue hecha “... bajo la
bandera exclusiva de ideas jurídicas y políticas, sin preocuparse de la
religión más que en la medida en que le estorbaba ; pero no se le ocurría
poner una nueva religión en lugar de la antigua ; sabido es cómo
Robespierre fracasó en este empeño”. La religión había dejado de
ser necesaria; era, por tanto, irreal y en consecuencia, irracional.
La
actividad artística de Manuel de Falla estuvo regida casi exclusivamente
por la religión. Sopeña incluso llega a interpretar cambios estilísticos
en función de su religiosidad. Ve una clara evolución desde la
religiosidad alegre, desenfadada de la época andalucista, a través de la
religiosidad austera, castellana, del ‘Retablo’ y el ‘Concierto’
(utilización de procedimientos de la música litúrgica), hasta la
religiosidad universal de ‘Atlántida’. Falla, por tanto, trabaja
sobre una base totalmente irreal, anacrónica en la época en que compuso
su obra ; no se le puede considerar, pues, en nuestra opinión, dentro de
la vanguardia artística de su tiempo. Tampoco creemos que su música
nacionalista caracterizase a lo típicamente español de la primera mitad
de nuestro siglo, no sólo por lo que acabamos de decir de la religión,
sino también por otros detalles: no
todo en España son noches de ensueño en la Serranía de Córdoba ni
‘festivos acordes de una banda de guitarras y bandurrias’.
En ‘Atlántida’,
Falta no ve otra forma de dar autenticidad a lo religioso que a través
del mito. Era un procedimiento muy empleado en su época: querer presentar
como nuevo y actual lo que en realidad no eran más que ‘viejas
panoplias de familia’. Y, como hace ver Sopeña, la vanguardia artística
de su época se negaba a aceptar el poema de Verdaguer. El mismo fallo que
Menéndez-Pelayo encuentra en el poema
lo encuentra Adorno en el Sacre
du printemps y en Petroushka de
Strawinsky. Según él, Strawinsky se apoya en el liberalismo lo mismo que
Nietzsche, pues la crítica de la cultura supone una sustancialidad propia
de la cultura que autoriza a sus protectores a formular juicios sin escrúpulos,
aun cuando terminen por volverse contra el espíritu mismo. La presión de
la cultura burguesa reificada empuja al espíritu a refugiarse en los
factores de la naturaleza, los cuales terminan por volverse mensajeros de
la presión absoluta. “Los nervios estéticos vibran con el deseo de retornar a la edad de
piedra”. Dice Sopeña que los mitos surgieron como reacción contra
la deshumanización del arte y el neorrealismo y que sirvieron para “...
insuflar un poco de humanidad y de
pasión en el envejecido ingenio del neoclasicismo”. Pero -podríamos
preguntarnos- ¿es que esa ‘humanidad’ sólo se puede lograr
rememorando mitos, como el de la religión, que ya han perdido toda
utilidad, toda efectividad social? Engels dice lo siguiente: “La posibilidad de experimentar sentimientos puramente humanos en nuestras relaciones con otros hombres se halla hoy bastante mermada por la
sociedad erigida sobre los antagonismos y el régimen de clase en la que
nos vemos obligados a movernos ; no hay ninguna razón para que nosotros
mismos la mermemos todavía más. Y la comprensión de las grandes luchas
históricas de clase se halla ya suficientemente enturbiada por los
historiadores al uso para que acabemos nosotros de hacerla completamente
imposible transformando esta historia de luchas en un simple apéndice
de la historia eclesiástica”.
Mauel
de Falla pretendía, siguiendo el aforismo del P. Eximeno, escribir música
europea utilizando como fuente de inspiración los cantos populares españoles.
Ahora bien ; podríamos preguntar: ¿cómo se puede aportar nada a la música
europea del siglo XX con una mentalidad de europeo
de la Contrarreforma? Aparte de esto, no creemos poder afirmar que
Falla escribiera música europea, puesto que desde un principio se circunscribió
a un estilo, el impresionismo, al que llegó guiado previamente por la
lectura de ‘L’acoustique nouvelle’, de Louis Lucas, que le hizo
desdeñar olímpicamente el resto de las tendencias musicales europeas,
especialmente las alemanas (“nada de germanizar en música”). En cuanto a que Falla lograse
absorber en su totalidad la savia de los cantos populares españoles,
también tenemos nuestras reservas. Posiblemente lo único que hizo fue
componer música impresionista (al menos durante su primera época)
utilizando como temas los cantos populares en versión original o algo
estilizados, y armonizándolos según lo aprendido en ‘L’acoustique
nouvelle’, como él mismo afirmaba. ¿Era esto un verdadero reflejo de
lo típicamente español? Responderemos a esta pregunta después de haber
comparado a Falla con Béla Bartók y con Federico García Lorca, los dos
artistas europeos más importantes de la época en nuestra opinión (al
menos en relación con la temática que estamos desarrollando).
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Vid. supra Vid. supra [VOLVER]
Vincent
d’Indy (1851-1931) nació en Paris y se formó en el conservatorio de
dicha ciudad. Fue discípulo del compositor francés de origen belga Cesar
Franck, de quien también fue asistente y biógrafo. En 1876, después de
escuchar la célebre tetralogía de Richard Wagner El
anillo del Nibelungo, se volvió un ferviente admirador del compositor
alemán y empezó a colaborar con el gran director francés Charles
Lamoureux. Se consagró como compositor en 1886 con el estreno de su
famosa leyenda El canto de la campana
(1879-1883). En 1890 fue nombrado presidente de la Sociedad Nacional
de Música, institución que él mismo ayudó a crear, y después de 1900
fue profesor de composición en la prestigiosa Schola Cantorum de Paris,
asociación de la que fue fundador y director. Aprendió de Franck el
principio de la forma cíclica, consistente en que el material usado en
todos los movimientos de una composición fuese el mismo (idea que se
originó con la Sinfonía fantástica
de Hector Berlioz). La obra de D’Indy fue, en general, más compleja
que la de Franck, tendencia que compartía con su gusto por la música
folklórica francesa. Compuso 3 sinfonías, entre ellas la Sinfonía
sobre un canto francés de montaña (1886). De su obra en prosa destacan las biografías de Ludwig van Beethoven (1906) y César Franck
(1911). D’lndy, al frente de la famosa Schola Cantorum, trató de
continuar la obra de Franck. Las lecciones que dictó allí forman los
tres volúmenes de su Tratado de
composición. [Encarta-99]
CAMPODONICO,
C., 1959, Falla, París, Seuil
Se
considera ‘primera etapa’ de la obra de Albéniz toda su producción
anterior a Iberia (1905-1909). Albéniz, considerado el prototipo del niño
prodigio, a los cuatro años dio su primer concierto de piano en el teatro
Romea. Estudió piano con Narcis Oliveras y, a los seis años, viajó con
su madre a París para preparar el ingreso en el Conservatorio de la
capital francesa, que le fue denegado. Antes de cumplir los catorce años
había actuado ya como pianista en diversas capitales españolas y más
tarde en Puerto Rico, Argentina, Uruguay y Estados Unidos. Gracias al
conde Murphy, secretario de Alfonso XII, Albéniz obtuvo una beca que le
permitió trasladarse a estudiar a Bruselas en 1878. Después de estudiar
contrapunto y armonía con Felipe Pedrell en Barcelona empezó a dedicarse
a la composición. Cuando en 1889 estrenó su Rapsodia
española ya había compuesto un buen número de minués, pavanas,
valses y mazurcas, además de las Seis
danzas españolas y las Doce
piezas. A partir de 1885 vivió en Madrid, Londres, París y Niza, y
fue precisamente en esa época cuando conoció a Debussy, Ravel y Fauré.
En el campo sinfónico, Albéniz compuso Catalonia,
obra inspirada en temas folklóricos catalanes, que fue estrenada en
la Sociéte Nationale de Paris en 1899 [Enciclopedia
Planeta Multimedia] Conrado del Campo (1876-1953) estudió música en el Conservatorio de Madrid. Obtuvo el Primer Premio de Composición con su poema sinfónico Ante las ruinas (1899). Profesor del Conservatorio de Madrid (1915-1953), ha influido fuertemente en varias generaciones de músicos. Su producción, que comprende más de 150 composiciones, evoluciona desde Caprichos románticos (1908), uno de sus quince cuartetos, pasando por las obras sinfónicas La Divina Comedia (1908) y Bocetos castellanos (1929), las óperas El final de don Alvaro (1911), La tragedia del beso (1915), El avapiés (1919) y Lola, la Piconera (1949), hasta llegar a las obras más modernas: el Concierto en la (1944) para violoncello y orquesta y el Quinteto en mi (1952) para cuarteto y piano. [Nueva Enciclopedia Larousse] [VOLVER]
CHASE,
G., 1943, La música de España, Buenos Aires, Hachette
Bajo
la influencia de Pedrell, defensor de que las bases de la música de un país
debían provenir de su propio folklore, Falla desarrolló un estilo
claramente nacionalista que caracterizó prácticamente todas sus
composiciones. No obstante, no solía utilizar las canciones folklóricas
españolas de una manera directa en sus temas, sino que pretendía
incorporar únicamente su espíritu. El elemento impresionista de su obra
procede de compositores franceses como Claude Debussy y Maurice Ravel, a
quienes conoció en París. [Encarta-99]
SOPEÑA, F., 1961, Atlántida: Introducción a Manuel de Falla, Madrid Durante su vida Strawinsky experimentó con muy diversos estilos musicales, desde las melodías tradicionales rusas hasta el primitivismo, el jazz, el neoclasicismo, la bitonalidad, la atonalidad y el serialismo. Su gran habilidad como compositor residía, en parte, en su capacidad para seguir evolucionando y en hacer suyas las técnicas nuevas. Según sus palabras, “seguir un solo camino era retroceder”. Las obras de Strawinsky, por su originalidad, fuerza y racionalidad, reflejaron y a la vez influyeron las corrientes más importantes de la música del siglo XX. [Encarta-99] [VOLVER]
El
compositor francés Maurice Ravel (1875-1937) influyó poderosamente en la
música del siglo XX. Estudió entre 1899 y 1905 en el conservatorio de
París donde fue discípulo, entre otros, de Gabriel Fauré y de Gédalge.
También conoció a Emmanuel Chabrier, a quien admiraba. Por sus características
de timbre, armonías y asociaciones extramusicales la música de Ravel se
asocia a menudo a la del compositor impresionista francés Claude Debussy.
Sin embargo, Ravel sentía una mayor atracción por las estructuras
musicales abstractas. Su color orquestal vívido y transparente le
convierte en uno de los maestros modernos de la orquestación. El
impresionismo de Ravel se aprecia especialmente en las suites para piano Miroirs
(Espejos, 1905) y Gaspar de la
noche (1908) y en la Rapsodia
española para orquesta (1908). Su gran talento para evocar épocas
pasadas se pone de manifiesto en obras como la Pavana
para una infanta difunta (1899), Valses
nobles y sentimentales (1911) y La
tumba de Couperin (1917), composiciones todas ellas para piano que
posteriormente fueron orquestadas. Su clasicismo se aprecia en la obra
para piano Juegos de agua (1902),
con una estructura de sonata clásica y una textura brillante y virtuosística,
así como en el Cuarteto para
cuerda (1903), la Sonatina para
piano (1905) y obras de cámara posteriores como la Sonata
para violín y violoncello (1922). Entre la obra escénica de Ravel
cabe citar las óperas La hora española
(1911) y El niño y los
sortilegios (con libreto de la escritora francesa Colette, 1925), el
famoso Bolero (1928), escrito en principio como acompañamiento para la
interpretación solista de la bailarina Ida Rubinstein, y el ballet
impresionista Dafnis y Cloe (1912),
encargo del empresario ruso Sergei Diaguilev. Diaguilev había ya
escenificado arreglos de obras anteriores de Ravel como la suite Mi madre la oca (para dos pianos, 1910, y para orquesta, 1912). En
los años veinte la colaboración de Ravel con George Gershwin ejerció
una fuerte influencia en ambos compositores. La orquestación de las últimas
obras de Gershwin es más pulida y en las dos últimas obras de Ravel se
observa una sutil influencia jazzística: el Concierto
para piano en sol y el Concierto
para piano en re para la mano izquierda (1931), mucho más sombrío y
que fue escrito para el pianista vienés Paul Wittgenstein que había
perdido su mano derecha en la 1a Guerra Mundial. [Encarla-99] PANNAIN, Guido, 1952, Musicisti dei tempi nuovi, Milán [VOLVER] El legado del romanticismo musical es tan complejo como sus orígenes. Los movimientos del impresionismo, el expresionismo y el verismo deben mucho a las ideas románticas ; incluso subsiste cierto romanticismo reprimido en la obra de un compositor tan antirromántico como Strawinsky, mientras que un romanticismo más abierto ha guiado las ideas de compositores tan cercanos a la música del siglo XX como Leos Janácek y Béla Bartók, o el pleno romanticismo del único gran compositor inglés de la época, Edward Elgar. A pesar de ello, ya estaban creciendo nuevas ideas durante la primera década del nuevo siglo, y el romanticismo no alcanzó el año 1914 como idea artística central. [Encarta-99] [VOLVER]
Los
ocho ‘modos’ de la música medieval y del renacimiento (conocidos
ahora como modos eclesiásticos, si bien también eran utilizados por la música
profana de aquella época), eran patrones escálicos que sentaron las
bases del canto gregoriano. En 1547 el monje suizo Henricus Glareanus
escribió un tratado llamado Dodecachordon, en el que abogaba por la adopción de cuatro modos más.
El juego completo de la docena de modos estaba compuesto por seis escalas
llamadas modos auténticos, que comenzaban sucesivamente sobre las notas
re, mi, fa, sol, la y do (el si –‘diabolus in musica- se consideraba
inapropiado) y comprendían la escala de notas correspondiente a las
teclas blancas de un teclado de piano moderno ; además de seis escalas más,
denominadas modos plagales, cada cual en correspondencia con uno de los
modos auténticos, pero comenzando sobre el quinto grado de la escala auténtica
original. Además, cada modo poseía una nota dominante (generalmente el
quinto grado, aunque a veces se trataba del sexto o séptimo grado) en la
que se cantaba, durante la práctica del canto llano, la mayor parte del
texto. Por ello, todos los modos usaban las mismas notas ; sólo variaba
la secuencia de tonos y semitonos, de modo que una melodía de canto llano
que comenzara en un grado dado de la escala desplegaría una secuencia
distinta de intervalos según el modo en el que se cantara. Glareanus dio
a los doce modos unos nombres derivados de los que creía eran sus
denominaciones griegas originales. A pesar de equivocarse en ello, los
nombres se han mantenido. Los nombres y gamas de los modos son los
siguientes (los modos auténticos son impares y los plagales, pares): (1) Dórico, extensión re-re, dominante la ; (2) Hipodórico, extensión la-la, dominante fa ; (3) Frigio,
extensión mi-mi, dominante do ; (4) Hipofrigio,
extensión si-si, dominante la ; (5) Lidio,
extensión fa-fa, dominante do ; (6) Hipolidio,
extensión do-do, dominante la ; (7) Mixolidio,
extensión sol-sol, dominante re ; (8) Hipomixolidio,
extensión re-re, dominante do ; (9) Eólico,
extensión la-la, dominante mi ; (10) Hipoeólico,
extensión mi-mi, dominante sol ; (11) Jónico,
extensión do-do, dominante do ; (12) Hipojónico,
extensión sol-sol, dominante mi. Estos modos también son susceptibles de
transponerse para comenzar en cualquier otro tono. En el sistema de la
tonalidad que surgió a finales del siglo XVI, fueron los modos jónico y
eólico (los adicionales por los que abogaba Glareanus) los predominantes,
sobreviviendo como escala mayor y menor respectivamente. Los otros modos
cayeron en desuso en la música culta durante el siglo XVII, aunque, sin
embargo, han sobrevivido en la música folklórica. [ibid.]
GARCIA
MATOS, Manuel, 1953, “Folklore en Falla”, en Música, 3-4 y 6, Madrid
PAHISSA,
J. 1955, Vida y obra de Manuel de
Falla, Buenos Aires, Suramericana
THOMAS,
J. Ma, 1950, Manuel
de Falla en la isla, Mallorca Ernesto Halffter (1905-1989), llamado el ‘Halffter portugués’, fue, igual que su hermano Rodolfo, miembro del Grupo de los Ocho, y desde 1923, año en que compuso sus Dos bocetos sinfónicos, discípulo de Manuel de Falla. cuya Atlántida completó. Se relacionó con grandes figuras de la generación del 27 y ganó el Premio Nacional de Música de 1925 por su pieza Sinfonietta, que, estrenada tres años más tarde en Buenos Aires, le dio fama internacional. Ese mismo año se estrenó su ballet Sonatina. Se trasladó a Lisboa, donde fue profesor en el Instituto Español, y compuso Rapsodia portuguesa (1939). Regresó a España en 1940 y en 1943 fue elegido director del Conservatorio de Sevilla. En 1944 estrenó la suite Dulcinea, los ballets El cojo enamorado y Fantasía galaica en 1955 y 1956, respectivamente, el Concierto para guitarra y orquesta en 1969, Pregón, habanera, en 1972, Tiento en 1973 y la pieza para piano Preludio y danza en 1978. También compuso música sacra: Canticum in honorem Papam Johannem XXIII (Cántico en honor del Papa Juan XXIII) en 1964, Dos salmos en 1967, y Gozos de Nuestra Señora (1970). [Enciclopedia Planeta Multímedia] [VOLVER]
Jacint
Verdaguer (1845-1902), hijo de campesinos modestos, ingresó a los diez años
en el Seminario de Vic. En 1865 y 1868 recibió varios premios en
distintos juegos florales. Tras ser ordenado sacerdote fue destinado a una
pequeña parroquia rural, y allí empezó a trabajar en L’Atlántida.
Posteriormente, tras un paréntesis de dos años embarcado como capellán
en el ‘Guipúzcoa’, que hacía la ruta de La Habana, inició una de
las etapas más fecundas de su vida como capellán y confidente de la
familia del marqués de Comillas ; permaneció en ese puesto durante
dieciocho años, rodeado de un ambiente culto y refinado que estimularía
su producción poética, y en 1877 ‘L’Atlántida’ obtuvo el Premio
de la Diputación de Barcelona. Siguieron muchas otras obras, entre las
que destacó Canigó, tal vez la
más ambiciosa, y que impulsó la restauración del cenobio románico de
RipoIl por la exaltación que el poema hace del monasterio. Tras un viaje
a Tierra Santa, en 1886 publicó Dietari
d’un pelegri a Terra Santa, Jesús
infant y Nazaret-Betlem.
Quizá influido por este viaje, Verdaguer sufrió una profunda crisis que
le hizo reconsiderar drásticamente sus convicciones y practicar una
caridad sin mesura, todo lo cual le condujo a contraer fuertes deudas. Más
tarde publicó una serie de artículos en los que atacaba a su obispo y al
marqués de Comillas. Se le retiró la licencia eclesiástica, lo que
acentuó su profunda tristeza, reflejada en Flors
del Calvari. Falleció de tuberculosis, ya reintegrado a la Iglesia y
con un gran reconocimiento popular. [ibid.]
Atlántida,
en la tradición de la antigüedad clásica, una extensa isla en el océano
Occidental (el océano al oeste del mundo conocido), cerca de las Columnas
de Hércules. Los primeros relatos registrados sobre la Atlántida, de la
que se dice que fue tragada por el océano como resultado de un terremoto,
aparecen en el Timeo y en el Critias, dos
diálogos de Platón. Según la narración del Timeo, la isla fue descrita al estadista ateniense Solón por un sacerdote egipcio, quien sostenía que la Atlántida era más extensa que
Asia Menor y Libia juntas. El sacerdote reveló además que una
floreciente civilización se desarrolló en la Atlántida supuestamente
alrededor del año 10.000 a.C. y que la nación había conquistado a todos
los pueblos mediterráneos excepto a los atenienses. En el Critias, Platón registra la historia de la Atlántida y pinta a la
nación como una república utópica. Aunque la historia y el material
descriptivo de Platón son probablemente ficticios, existe la posibilidad
de que él haya tenido acceso a testimonios no muy remotos. La tradición
de que una isla perdida como la Atlántida haya tenido un desarrollo
floreciente ha fascinado siempre a la imaginación popular, y la tradición
continúa sobreviviendo. En el siglo XX algunos oceanógrafos han defendido la teoría de que la Atlántida fue una isla griega en el mar
Egeo. La isla, llamada Thyra, fue sepultada por una erupción volcánica
alrededor del año 1500 a.C. Otras teorías se han basado en
descubrimientos arqueológicos, y distintos investigadores han
identificado a la isla con Creta, las islas Canarias, la península
Escandinava y América. [Encarta-99]
ENGELS, Fr., 1888, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana
Por
alma se entiende, en muchas
religiones y filosofías, un elemento inmaterial que, junto con el cuerpo
material, constituye al ser humano individual. En general, el alma se
concibe como un principio interno, vital y espiritual, fuente de todas las
funciones físicas y en concreto de las actividades mentales. La creencia
en alguna clase de alma que puede existir independiente del cuerpo se
encuentra en todas las culturas conocidas. En muchas culturas contemporáneas
de tradición oral, se dice que los seres humanos tienen varias almas (a
veces hasta siete) localizadas en diferentes partes del cuerpo, cada una
con distintas funciones. La enfermedad es descrita a menudo como la pérdida
del alma ; lo que puede ocurrir, por ejemplo, cuando las brujas roban el
alma o los espíritus del mal lo apresan. La fe en la existencia de las
almas puede tener efectos sociales importantes mediante el reforzamiento
de los deberes morales y servir como principio guiador en la vida. El
significado cultural de la creencia en las almas refleja la universalidad
de los problemas para los cuales representa una respuesta: la compleja
cuestión de la personalidad humana, las experiencias morales y
espirituales de la vida, y la eterna cuestión de la inmortalidad. [Encarta-99]
Dios
se identifica con el Ser en una religión. En concreto, en las confesiones
monoteístas, se considera que un único Dios es creador u origen de todas
las cosas que existen y se des- cribe en términos de atributos perfectos,
por ejemplo, su infinitud, inmutabilidad, eternidad, bondad, conocimiento
(omnisciencia) y poder (omnipotencia). La mayoría de las religiones
atribuyen a Dios ciertos rasgos de carácter que se comprenden
gracias a un lenguaje metafórico o a una interpretación literal, como
voluntad, amor, cólera y misericordia. Muchos pensadores religiosos han
sostenido que Dios es tan diferente de los seres mortales que debe ser
considerado en esencia como un misterio más allá de la capacidad de
comprensión humana. No obstante, la mayoría de los filósofos y teólogos
han supuesto que es posible un conocimiento limitado de Dios y han
formulado diferentes concepciones de él en términos de atributos divinos
y trayectorias de conocimiento. Las concepciones filosóficas y religiosas
de Dios han estado muy diferenciadas. En el siglo XVII, por ejemplo, el
matemático y pensador religioso francés Blaise Pascal comparó de manera
poco propicia el ‘Dios de los filósofos’, una noción abstracta, con
el ‘Dios de la fe’, una realidad viva, experimentada. En general los místicos,
que reclaman la experiencia directa del ser divino, han afirmado la superioridad de su conocimiento de Dios a las demostraciones racionales de
su existencia y de los atributos propuestos por filósofos y teólogos.
Algunos teólogos han intentado compaginar los enfoques filosóficos y
experimentales de Dios, como en la doble vía del teólogo alemán del
siglo XX Paul Tillich, que habló de Dios como la “causa
del ser” y el “interés último”.
Una cierta tensión es quizá inevitable, no obstante, entre el modo en
que los doctrinarios hablan de Dios y el modo en que la mayoría de los
creyentes piensan de él y lo experimentan. [ibid.]
El
materialismo es, en la filosofía
occidental, aquella doctrina según la cual toda existencia se puede
reducir a materia o a un atributo o efecto de la materialidad. Según esta
doctrina, la materia es la última realidad y el fenómeno de la
conciencia se explica por cambios fisicoquímicos en el sistema nervioso.
El materialismo es, por lo tanto, lo opuesto al idealismo, que afirma la
supremacía de la mente y para el que la materia se caracteriza como un aspecto u objetivación de la mente. El materialismo extremo o absoluto se
conoce como ‘monismo materialista’, expuesto por el metafísico británico
William Kingdon Clifford en su obra Elementos
de dinámica (1879-1887). Para esta teoría la materia y la mente son
consustanciales, siendo la una un mero aspecto de la otra. El materialismo
filosófico data de la antigüedad clásica y ha tenido numerosas
formulaciones. El materialismo antirreligioso nace del espíritu de
hostilidad hacia los dogmas teológicos de la religión organizada, en
concreto los del cristianismo. Entre los más notables exponentes del
materialismo antirreligioso se encuentran los filósofos franceses del
siglo XVIII Denis Diderot, Paul Henri d’Holbach y Julien Offroy de la
Mettrie. De acuerdo con el materialismo histórico, formulado en los escritos de Karl Marx, Friedrich Engels y Vladímir Illich Lenin, en cada
época histórica el sistema económico imperante determina las
necesidades de la existencia, la forma de organización social y política,
así como los aspectos religiosos, éticos, intelectuales y artísticos de
cada época. En los tiempos modernos el materialismo filosófico estuvo
muy influido por la doctrina de la evolución e incluso puede decirse que
ha sido asimilado por la misma. Los evolucionistas trascienden el simple
antiteísmo o ateísmo materialista y pretenden mostrar cómo las
diversidades y las diferencias en el universo son el resultado de procesos
naturales en oposición a los fenómenos sobrenaturales. [ibid.]
Para
Marx, el único objeto de la Historia es la sociedad en su estructura económica.
Esto resulta ser justamente lo contrario de lo que afirmaba Hegel, pues
para aquél era Dios el responsable de la historia universal. Por supuesto
que bajo esa estructura económica reconoce Marx la existencia de una
‘superestmctura’ compuesta de formas ideológicas (Derecho, Moral, Religión y Metafisica), pero
ésta sólo es una sombra o reflejo de la ‘estructura’ que sólo
participa indirectamente de su historicidad. En el ‘materialismo histórico’
(así se llama la filosofía del marxismo), en vez de ser las cosas
reflejo de las ideas (como en Platón, el primer idealista), resulta que
son las ‘formas ideológicas’ las que constituyen un reflejo de la
estructura económica (‘las cosas’). La razón para ello, según Marx,
es que las ideas que dominan en una
época histórica determinada son las ideas de la clase dominante.
Esta concepción es criticada, entre otros, por Max Weber. En opinión de
Weber, el ‘materialismo histórico’ endurece en forma dogmática la
relación entre las formas de producción y de trabajo y las demás
manifestaciones de la sociedad. Según él, en definitiva, el marxismo se
equivoca al otorgar una importancia primordial a la estructura económica,
relegando la ‘superestructura ideológica’ a ser un simple reflejo de
la misma. Algo parecido dirían, ya en la segunda mitad del siglo XX, los
componentes de la Escuela de Frankfurt. [ABBAGNANO, N., op. cit., pp. 178
ss.]
Vid.
supra |