LO TIPICAMENTE ESPAÑOL Y MANUEL DE FALLA
FaIla y García Lorca
|
Como dice Lukács,
“... numerosos teóricos
burgueses, partiendo de una sobreestimación
unilateral del comportamiento teórico-contemplativo, consideran que todo
arte verdadero está por encima de todo partidismo, levantado por sobre
las luchas del día ; por eso se manifiestan despectivamente, o, a lo
sumo, intentan disculpar las resueltas tomas de posición de
importantes artistas”. Esta opinión se ve reforzada por autores
como Kant (‘desinterés’) y Flaubert
(‘impassibilité’), entre otros ; incluso algunos marxistas creen que
el partidismo (o particidad) es un privilegio exclusivo del realismo
socialista y sus precursores. No obstante, tales teorías contradicen la
realidad, en la cual tales tomas de posición son tan espontáneas como
inevitables. Así, por ejemplo, “... bastará recordar la teoría de Flaubert y su hiriente contraposición -a
saber, irónica- del mundo burgués en las principales obras de Flaubert”. Porque, como
dice Lukács, el modo como el artista mismo se representa su
comportamiento con la realidad es un asunto biográfico, no estético.
Donde no se encuentra
partidismo alguno es en la ciencia, puesto que las leyes científicas
se limitan a formular conexiones objetivas y generales de la realidad empírica,
con independencia de nuestra conciencia. Esto no impide que muchas veces
los descubrimientos científicos den pie a las más violentas luchas ideológicas.
Por ejemplo, la ‘teoría copernicana’ condujo a la quema de Giordano
Bruno, al proceso contra Galileo, etc. Pero estos choques se debieron a
la superestructura, concretamente en este caso a cuestiones ideológicas
entre el feudalismo en decadencia y la burguesía en ascenso que nada tenían
que ver con las teorías de Copérnico en sí. En la reproducción estética,
en cambio, no se trata de captar la legalidad universal, como en la
ciencia, “... sino la conformación
sensible y por imágenes de una particularidad que contiene y supera en sí
tanto su universalidad cuanto su singularidad, y ... que
se orienta a una universal posibilidad de experiencia del contenido determinado, gracias
precisamente a la dación de forma”. Tal particularidad sólo puede
suplir, como dice Lukács, basándose en una generalización de las
singularidades inmediatas. Como ya hemos visto en capítulos
precedentes, el ideal esencial de la obra de arte (la ‘originalidad’
artística) consiste en una lucha entre lo viejo y lo nuevo. Esta lucha no
tiene por qué ser violenta. Así, Schiller
ha demostrado que también lo idílico, en virtud de la elección temática,
lleva consigo una particidad. Sin una tal toma de posición
respecto de las luchas históricas del presente del artista, por tanto,
sería imposible e irrealizable “... la
elección concreta de tal o cual momento de la vida, y no otro, como
particular característico para objeto de la
dación artística deforma” ; a la pieza de la realidad (“coin
de la nature”, como diría Zola) reproducida por el arte le faltaría,
en ese caso, toda necesidad y toda fuerza de convicción.
Opina Lukács que las
tendencias naturalistas e
impresionistas de la teoría del arte en los siglos XIX y XX han
contribuido a “... la mayor confusión de la teoría del arte y de la misma práctica artística”.
Según estas teorías, la realidad tiene que ser simplemente captada en su
singularidad momentánea y casual, con lo cual queda excluida toda generalización, y el carácter dialéctico del reflejo se rebaja al nivel de
una simple imitación, de una simple copia fotográfica. Pero,
afortunadamente, los impresionistas y naturalistas de importancia no se
han tomado siempre al pie de la letra la teoría (véase Zola)
; en la medida en que se tomaron en serio en su práctica artística la
toma de posición respecto del mundo representado, “... pudieron
levantarse por encima de la problemática antiartística de su teoría”.
A pesar de todo esto, sigue habiendo artistas que están convencidos de
que están dando rienda suelta a su fantasía, reproduciendo fielmente la
realidad sin pronunciarse a favor o en contra de su temática. ¿Cuál es
su situación? Lukács opina que si realmente están creando forma artística,
“... es que se encuentran al hacer aquellas afirmaciones en un estado de autoengaño”. Esto queda aclarado teniendo en cuenta que
toda reproducción estética de la realidad está cuajada de emociones:
“Todo poema de amor está escrito por (o contra) una mujer (o un hombre)
; todo cuadro paisajístico tiene un determinado estado de ánimo como
tono básico y unificador, en el cual ... se
expresa un comportamiento afirmativo o negativo
respecto de la realidad, a través de determinadas tendencias activas en aquel estado
de ánimo”.
Pero no se trata sólo
de la emoción. El arte, a pesar de todas las pseudoexplicaciones
intelectualizantes, refleja la misma realidad que la ciencia y la filosofía.
Por lo tanto, no puede prescindir del ‘concepto’. Como dice Lukács,
“... precisamente lo más grande
que poseemos en el arte -la tragedia griega y Dante, Miguel Angel y
Shakespeare, Goethe y Beethoven- habría sido imposible si estuviera
justificada esta exclusión del pensamiento supremo en el arte”. No
obstante, debemos puntualizar que el objeto de la conformación artística
no es el pensamiento en sí ; no es la idea en su verdad inmediata puramente objetiva, “... sino tal como actúa en concretas situaciones de concretos hombres y como concreto factor de la vida, como parte de los esfuerzos y
luchas, victorias y derrotas, alegrías y sufrimientos de los hombres”.
De aquí a lo que antes decíamos de la inevitabilidad de la toma de
posición del artista no hay más que un paso. Pero, como dice Lukács, no
se trata únicamente de que las figuras particulares de la obra de arte
denoten su singular toma de posición respecto a las cuestiones importantes
de la vida. “El arte no da nunca
forma a singularidades, sino siempre a totalidades”. Además de
reproducir seres humanos junto con sus esfuerzos, simpatías y antipatías,
tiene que esforzarse por dar forma al destino de esas tomas de posición
en su ambiente histórico-social. Esta toma de posición puede llegar a
ser muy complicada, e incluso ambigua o escindida (“victrix causa dico placuit, sed victa Catoni”, diría Lucano). Pero con ello no queda
superada la inevitabilidad de la particidad de las obras de arte, sino
confirmada.
¿Cómo han de ser
estas tomas de posición? Lukács opina que ha de ser materialmente
concretas respecto de los grandes problemas de la época, ante lo nuevo
que en ellos se manifiesta, “... en
una forma coherente con ese contenido intelectual y capaz de expresarlo
adecuadamente”. Generalmente se contrapone particidad y objetividad,
en la falsa creencia de que la una excluye a la otra. No obstante, como
dice Lenin, “... el materialista es por una parte más consecuente que el objetivista, e
impone su objetivismo de un modo más profundo y completo”. Esto,
según Lukács, vale para todo reflejo de la realidad, tanto de la ciencia
como del arte. El arte, por tanto, no puede representar ningún hecho,
ninguna relación, fuera de la particidad: “... la
particidad artística tiene que representarse en la conformación de toda
singularidad, o bien no existe siquiera artísticamente”. Esta
unidad orgánica entre particidad y objetividad estética puede
apreciarse, como dice Lukács, “... no
sólo en los artistas de temperamento acusadamente combativo, como Swift,
Daumier o Saltykov-Schchedrin, sino también en los artistas supuestamente
objetivos en el sentido unilateral, como Shakespeare o Tolstoi”. Se
trata, más que nada, de una diferencia de medios expresivos, de
temperamento artístico, cuya naturaleza, modo de expresión, etc., están
determinados socialmente.
Federico García
Lorca pertenece a la llamada ‘Generación del 27’. Por lo tanto, no se
le puede considerar en última instancia como contemporáneo de Manuel de
FaIla, catalogable más bien (al menos cronológicamente) en la generación
artística anterior, la del ‘98’. Por lo tanto, sería más lícito
comparar a García Lorca con sus coetáneos cultivadores de la música, la
‘Generación de la República’. No obstante -y generaciones aparte-
creemos interesante comparar a ambos artistas con respecto a la forma de
enfocar lo que caracteriza el arte de ambos: el nacionalismo. Según Laín
Entralgo, lo que define a los literatos de la ‘Generación del 98’
es su amor a España, su afecto entrañable por una patria vencida, desmoralizada, desvalida y acabada, que había perdido el rumbo de su
historia, y con él su fe y la noción de su destino. Esta conciencia política
no se halla por ningún lado en sus contemporáneos musicales. Como dice
Manuel Valls, “... los
nombres de Felipe Pedrell, Manuel de Falla, Joaquín Turma, Conrado del
Campo en música constituyen, a lo sumo ..., un
interesante conjunto de individualidades, ..., pues representan en el país en aquel instante cuatro posturas
respectivamente, sustancialmente distintas: wagnenismo, nacionalismo, impresionismo y germanismo”. El amor a España de los componentes
de la generación siguiente (el ‘27’) ya no es ese amor desgarrado y
nostálgico por la España del pasado ; más bien se trata, como dice
Manuel Valls, del “... realce de
los valores raciales, pero no entendidos como problema, sino como
entidad cultural independiente necesitada de desarrollo”. Es esta
una posición mucho más realista ; ya no se intenta devolver la vida a
una sociedad irreal, caída por obra de sus propias contradicciones, sino
que “... se presta particular
atención a la actualidad circundante, al contexto inmanente del pueblo,
que con sus gracias, a la vez que con sus negros problemas, al mantener la
vigencia de múltiples valores
espirituales artísticos constituye un
auténtico y vivo sustrato de la corriente cultural hispana que suministra
una renovada materia de inspiración”. La obra de Unamuno y sus
compañeros se traduce, como íbamos diciendo, en un “... amargo
desengañado escepticismo en cuanto a su porvenir cultural”. Refleja
que sus autores seguían aferrados a unos valores ya caducos y
trasnochados y se sentían desorientados ante la inexorable marcha de los
acontecimientos. A los componentes de la generación de Federico García
Lorca, en cambio, “... la
materialidad y la ‘presencia’ del pueblo (tratado sólo ‘desde
fuera’ o ‘a la distancia’ por sus predecesores) ... les
infunde una nueva fe proveniente del trato directo con un cuerpo vivo tan
interesante, complejo y variado en sus manifestaciones culturales como es
el pueblo español”. De este organismo -el pueblo-, que en España
ha mantenido incontaminados e intactos sus principios culturales, se nutre
gran parte de la obra de García Lorca, tanto en su esfera poética (Romancero
gitano, Poema del cante jondo,
etc.) como en su obra teatral, cuyos personajes, o son gente del pueblo (Yerma, Bodas de sangre), o
es de raíz popular su intención y montaje técnico (El retablo de Don Perlimplín) o tiene a la mentalidad de todo un
pueblo como protagonista (La casa de
Bernarda Alba).
Federico García
Lorca considera tres grados, “... tres
etapas que busca y recorre toda obra de arte verdadera, toda la historia
literaria”: imaginación, inspiración y evasión. La ‘imaginación’
es para él sinónimo de aptitud para el descubrimiento; “...
fija y da vida clara a fragmentos de la realidad invisible donde se mueve
el hombre”. Su hija directa es la ‘metáfora’. Pero no se puede
imaginar lo que no existe. “La
imaginación poética viaja y transforma las cosas, les da su sentido más
puro y define relaciones que no se sospechaban ; pero siempre, siempre,
siempre opera sobre los hechos de la realidad más neta y precisa”.
Pero la imaginación no lo es todo ; es el primer escalón y la base de
toda poesía, pero por sí sola no se basta para producir emoción, porque
“... la realidad visible, los
hechos del mundo y del cuerpo humano están mucho más llenos de matices,
son más poéticos que lo que ella descubre”. Esto se nota muchas
veces en la lucha entablada entre la realidad científica y el mito
imaginativo, “... en el cual vence, gracias a Dios, la ciencia, mucho más lírica mil
veces que las teogonías”. El poeta que quiere librarse del campo
imaginativo, no vivir exclusivamente de la imagen que producen los objetos
reales, “... pasa de la
‘imaginación’, que es un hecho del alma, a la ‘inspiración’, que
es un estado del alma. Porque así como la imaginación poética tiene su
lógica humana, la inspiración poética tiene una lógica poética. Ya no
sirve la técnica adquirida, no hay ningún postulado estético sobre el
que operar ; y así como la imaginación es un descubrimiento, la
inspiración es un don, un inefable regalo”. Pero la poesía también
es ‘evasión’. Federico García Lorca dice:
“La
imaginación ataca al tema furiosamente por todas partes y la inspiración
lo recibe de pronto y lo envuelve en luz súbita y palpitante, como esas
grandes flores carnívoras que encierran a la abeja trémula de miedo y la
disuelven en el agrio jugo que sudan sus pétalos inmisericordes.
La
imaginación es inteligente, ordenada, llena de equilibrio. La inspiración
es incongruente en ocasiones, no conoce al hombre y pone muchas veces un
gusano lívido en los ojos claros de nuestra musa. Porque quiere. Sin que
lo podamos comprender. La imaginación lleva y da un ambiente poético y
la inspiración inventa el hecho poético”.
Este hecho poético
no se puede controlar con nada. “Hay
que aceptarlo como se acepta la lluvia de estrellas”. Esta evasión
poética puede hacerse de muchas maneras. Así, el surrealismo emplea para
escapar el sueño y su lógica. Pero, como bien dice García Lorca, “...
esta evasión por medio del sueño o del subconsciente es, aunque muy
pura, poco diáfana, Los latinos queremos perfiles y misterio visible.
Forma y sensualidades”. Tales formas y tales sensualidades las
encuentra Lorca mediante su contacto con el pueblo a través del estudio
de su folklore. España, dice García Lorca, es un país de perfiles. “No
hay términos borrosos por donde se puede huir al otro mundo. Todo se
dibuja y limita de la manera más exacta. Un muerto es más muerto en España
que en cualquier otra parte del mundo. Y el que quiere saltar al sueño se
hiere los pies con el filo de una navaja barbera”. La belleza de
España no es serena, dulce, reposada, sino ar- diente, quemada, excesiva, a
veces sin órbita: “... belleza
sin la luz de un esquema inteligente donde apoyarse y que, ciega de su
propio resplandor, se rompe la cabeza contra las paredes”. Nunca
encontraremos en el campo español un solo ritmo elegante, es decir,
“... consciente de sí mismo, que
se vaya desarrollando con serenidad querida aunque brote del pico de una
llama”. Esto se refleja especialmente en las canciones de cuna. Todas las regiones de España acentúan sus
caracteres poéticos y su fondo de tristeza en estas nanas, cuyo objeto no
es únicamente dormir al niño, sino herir al mismo tiempo su sensibilidad. La razón de esto es que “... la
canción de cuna está inventada (y sus textos lo expresan) por las pobres
mujeres cuyos niños son para ellas una carga, una cruz de pesada piedra
con la cual muchas veces no pueden”:
Este
neñin que teño nel collo
e
d’un amor que se tyama Vitorio, Dios que maden, treveme longo
per
non andar con Vitorio nel collo.
Pero este ‘pan melancólico’ alcanza también a los niños ricos.
“El niño rico tiene la nana de la mujer pobre, que le da al mismo
tiempo, en su cándida leche silvestre, la médula del país”. Y
continúa García Lorca: “Estas
nodrizas, juntamente con las criadas y otras sirvientas más humildes,
están realizando hace mucho tiempo la importantísima labor de llevar
el romance, la canción y el cuento a las casas de los aristócratas y los
burgueses”. En el 'Romancero gitano' el rostro poético de García
Lorca aparece por primera vez con personalidad propia, virgen de contacto
con otro poeta y definitivamente dibujado. Veamos la idea que el poeta se
hace de su propia obra:
“El
libro en conjunto aunque se llame gitano es el poema de Andalucía y lo
llamo gitano porque el gitano es lo más elevado, lo más profundo, más
aristocrático de mi país, lo más representativo de su modo y el que
guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza y
universal.
Así pues
el libro es un retablo de Andalucía con gitanos, caballos, arcángeles,
planetas, con su brisa judía, con su brisa romana, con ríos, con crímenes,
con la nota vulgar del contrabandista, y la nota celeste de los niños
desnudos de Córdoba que burlan a San Rafael. Un libro donde apenas sí
está expresada la Andalucía que se ve, pero donde está temblando la que
no se ve ...
un libro anti-pintoresco, anti-folklórico, anti-flamenco. Donde
no hay ni una chaquetilla corta ni un traje de torero, ni un sombrero
plano ni una pandereta, donde las figuras sirven a fondos milenarios y
donde no hay más que un solo personaje grande y oscuro como un cielo de
estío, un solo personaje que es la pena que se filtra en el tuétano de
los huesos y en la savia de los árboles, y que no tiene nada que ver con
la melancolía ni con la nostalgia ni con ninguna aflicción o dolencia
del ánimo, que es un sentimiento más celeste que terrestre ; pena
andaluza que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que
la rodea y no puede comprender”.
En
esta obra se propone Lorca fundir el romance narrativo con el lírico sin
que pierdan ninguna calidad. El mito es mezclado con el elemento realista.
“El libro empieza con dos mitos inventados. La luna como bailarina mortal
y el viento como sátiro. Mito de la luna sobre tierras de danza dramática.
Andalucía interior concentrada y religiosa y mito de playa tartera donde
el aire es suave como pelusa de melocotón y donde todo drama o danza está
sostenido por una aguja inteligente de burla o de ironía”. Es el Romance
de la luna luna:
La
luna vino a la fragua
con
su polisón de nardos.
El
niño la mira mira
El
niño la esta mirando.
En
el aire conmovido
mueve
la luna sus brazos
y
enseña, lúbrica y pura,
sus
senos de duro estaño.
Huye
luna, luna, luna.
Si
vinieran los gitanos,
harían
de tu corazón
collares
y anillos blancos.
Niño,
déjame que baile.
Cuando
vengan los gitanos,
te
encontrarás sobre el yunque
con
los ojillos cerrados.
Huye
luna, luna, luna,
que
ya siento sus caballos.
Niño,
déjame, no pises
mi
blancor almidonado.
El
jinete se acercaba
tocando
el tambor del llano.
Dentro
de la fragua el niño,
tiene
los ojos cerrados.
Por
el olivar venían,
bronce
y sueño, los gitanos,
Las
cabezas levantadas
y
los ojos entornados.
¡Cómo
canta la zumaya,
ay
como canta en el árbol!
Por
el cielo va la luna
con
un niño de la mano.
Dentro
de la fragua lloran,
dando
gritos, los gitanos.
El
aire la vela, vela.
El
aire la está velando.
Todavía podernos
imaginarnos este poema acompañado por el fondo musical de las Noches
en los jardines de España de Manuel de Falla. No obstante, si lo
analizamos más de cerca, observaremos que no hay en él nada de aquella
‘transfiguración sublimizadora de la esencia poética’, ni se ve por
ninguna parte ‘la alegría de un pueblo que camina danzando a los
festivos acordes de una banda de guitarras y de bandurrias’. Más bien
es una Andalucía perseguida por la pena y por los prejuicios sociales e
incluso raciales ; se nos presenta, más o menos velada, la imagen clásica
del gitano ladrón:
--------------------------
Si
vinieran los gitanos,
harían
de tu corazón
collares
y anillos blancos.
Luego viene el
romance Reyerta, que según el
mismo García Lorca expresa “... esa
lucha sorda latente en Andalucía y en toda España de grupos que se
atacan sin saber por qué, ...“:
---------------------------
Señores
guardias civiles:
aquí
pasó lo de siempre.
Han
muerto cuatro romanos
Y
cinco cartagineses.
Circulan por el libro
los personajes más representativos de Andalucía: Soledad Montoya, “...
concreción de la Pena sin remedio,
de la pena negra de la cual no se puede salir más que abriendo con un
cuchillo un ojal bien hondo en el costado siniestro”, los tres arcángeles
San Miguel, San Rafael y San Gabriel, que representan las tres Andalucias
(Granada, Córdoba y Sevilla, respectivamente) y Antoñito el Camborio,
“... gitano verdadero, incapaz del mal como muchos que en estos momentos
mueren de hambre por no vender su voz milenaria a los señores que no
poseen más que dinero, que es tan poca cosa”. Pero tal vez el
personaje más típico de Andalucía es la Guardia Civil. “Este
es el tema fuerte del libro y el más difícil por increíblemente antipoético”:
Los
caballos negros son.
Las
herraduras son negras.
Sobre
las capas relucen
manchas
de tinta y de cera.
Tienen,
por eso no lloran,
de
plomo las calaveras.
Con
el alma de charol
vienen
por la carretera.
Jorobados
y nocturnos,
por
donde animan ordenan
silencios
de goma oscura
y
miedos de fina arena.
Pasan,
si quieren pasar,
y
ocultan en la cabeza
una
vaga astronomía
de
pistolas inconcretas.
===================
Quedan así
presentados los protagonistas del drama:
¡Oh,
ciudad de los gitanos!
¿Quién
te vio y no te recuerda?
Los guardias civiles
asaltan la ciudad en el momento en que se celebra una procesión:
Avanzan
de dos en fondo
a
la ciudad de la fiesta.
Un
rumor de siemprevivas
invade
las cartucheras.
Avanzan
de dos en fondo.
Doble
nocturno de tela.
El
cielo, se les antoja,
una
vitrina de espuelas.
La
ciudad, libre de miedo,
multiplicaba
sus puertas.
Cuarenta
guardias civiles
entran
a saco por ellas.
Los
relojes se pararon,
y
el coñac en las botellas
se
disfrazó de noviembre
para
no infundir sospechas.
Un
vuelo de gritos largos
se
levantó en las veletas.
Los
sables cortan las brisas
que
los cascos atropellan.
Por
las calles de penumbra
huyen
las guitarras viejas
con
los caballos dormidos
y
las orzas de monedas.
Por
las calles empinadas
suben
las capas siniestras,
dejando
atrás fugaces
remolinos
de tijeras.
=====================
¡
Oh ciudad de los gitanos!
La
Guardia Civil se aleja
por
un túnel de silencio
mientras
las llamas te cercan
¡Oh
ciudad de los gitanos!
¿Quién
te vio y no te recuerda?
Que
te busquen en mi frente,
juego
de luna y arena.
Según hemos visto,
el nacionalismo de García Lorca es completamente distinto del de Manuel
de Falla. No se conforma -en su representación poética de Andalucía-
con reflejar la parte paisajística, ambiental, “... los
temas emocionales de la noche granadina, la lejanía azul de la vega, la
Sierra saludando al tembloroso Mediterráneo, las enormes púas de la
niebla clavada en las lontananzas el rubato admirable de la ciudad y los
alucinantes juegos de agua subterránea”. El prefiere insistir sobre
la pena, constante del folklore español. Porque Lorca va buscando el
‘duende’, y éste, como ya decíamos, no llega si no ve posibilidades
de muerte. España, “... un país
donde lo más importante de todo tiene un último valor metálico de
muerte”, es campo abonado para su inspiración. García Lorca se da
perfecta cuenta (aunque él en realidad no quiere reflejarlo en su poesía)
de los hondos problemas del pueblo español, reflejados en el folklore a
través de siglos de opresión e intransigencia:
“La
cuchilla y la rueda del carro, y la navaja y las barbas pinchosas de los
pastores, y la luna pelada, y la mosca, y las alacenas húmedas, y los
derribos, y los santos cubiertos de encaje, y la cal, y la línea hiriente
de aleros y miradores tienen en España diminutas hierbas de muerte,
alusiones y voces perceptibles para un espíritu alerta, que nos llama la
memoria con el aire yerto de nuestro propio tránsito”.
Esta Muerte es rastreable en todo el arte español. Pues el arte
refleja la realidad cotidiana, y ésta ha sido en España -para las clases
bajas, claro- un valle de lágrimas ; esto ex- plica, a nuestro parecer, que
se espere la muerte con tanta ansia. Federico García Lorca sigue
diciendo:
“Las
cabezas heladas por la luna que pintó Zurbarán, el amarillo manteca con
el amarillo relámpago del Greco, el relato del padre Sigüenza, la obra
íntegra de Goya, el ábside de la iglesia del Escorial, toda la escultura
policromada, la cripta de la casa ducal de Osuna, la muerte con la
guitarra de la capilla de los Benavente en Medina de Rioseco, equivalen en
lo culto a las romerías de San Andres de Teixido, donde los muertos
llevan sitio en la procesión, a los cantos de difuntos que cantan las
mujeres de Asturias con faroles llenos de llamas en la noche de Mallorca y
Toledo, al oscuro ‘In Recort’ tortosino y a los innumerables ritos del
Viernes Santo, que con cultísima fiesta de los toros forman el triunfo popular
de la muerte española”.
Todo eso es España, y todo es tenido en cuenta por García Lorca
al conformar su obra poética. No vemos, sin embargo, tal comprensión de
los problemas españoles en la música de Manuel de Falla. Falla sólo
supo captar lo superficial de lo típicamente español ; su actividad artística
se limitó a armonizar cantos folklóricos y a emplearlos como temas de
sus composiciones, en las que supo aplicar, eso sí, ayudándose de la técnica
aprendida en ‘L’acoustique nouvelle’, las características enarmónicas
y modales de tales cantos. A nuestro entender, eso no basta para ser un músico
nacionalista de valía; para ello le faltó ‘duende’.
________________________________ El filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant estuvo interesado en los juicios del gusto estético. Los objetos pueden ser juzgados bellos, proponía, cuando satisfacen un deseo desinteresado que no implica intereses o necesidades personales. Además, el objeto bello no tiene propósito específico y los juicios de belleza no son expresiones de las simples preferencias personales sino que son universales. Aunque uno no pueda estar seguro de que otros estarán satisfechos por los objetos que juzga como bellos, puede al menos decir que otros deben estar satisfechos. Los fundamentos de la respuesta del individuo a la belleza, por lo tanto, existen en la estructura de su pensamiento. El arte debería dar la misma satisfacción desinteresada que la belleza natural. Resulta paradójico que el arte pueda cumplir un destino que la naturaleza no puede: puede ofrecer belleza y fealdad a través de un objeto. Una hermosa pintura de un rostro feo puede incluso llegar a ser bella. [ibid.] [VOLVER] Gustave Flaubert (1821-1880), novelista francés encuadrado dentro de la escuela realista, alabado por su objetividad y la esmerada perfección de su estilo, cualidades ambas que se pueden encontrar en Madame Bovary, su trabajo más representativo. Esta novela hubo de enfrentarse a un importante proceso legal. Tanto el autor como el editor fueron acusados de inmoralidad, y aunque resultaron absueltos en el proceso legal llevado contra ellos, el escándalo empañó el lanzamiento del libro, y hasta mucho después de la publicación no se reconoció como una de las obras maestras de la literatura francesa. Madame Bovary, subtitulada Costumbres provincianas, es, en apariencia, una convencional historia de adulterio, pero logra convertirse en un profundo análisis de la humanidad y, en concreto, en un ataque a la monotonía y a las desilusiones de la vida burguesa. Emma Bovary, con la imaginación repleta de románticas ilusiones sobre el amor y la pasión, se topa con la realidad de un insípido matrimonio que la ahoga. Entonces busca las sensaciones y emociones, que cree existen por haberlas leído en los libros, por medio de una serie de aventuras amorosas. Lo que ella ve y siente al principio como grandes pasiones, verá después que en realidad no son mucho más interesantes que su aburrida vida matrimonial. En un ataque de desesperación, se quita la vida. Flaubert refleja con gran acierto la tragedia de este personaje. Madame Bovary ha resultado ser una obra de referencia constante, hasta el punto de ser considerada una obra maestra del realismo. [ibid.] [VOLVER]
SCHILLER,
Fr. von, 1957, Über naive und
sentimentalische Dichtung, Stuttgart, Reclam
El
naturalismo, en literatura, es
una teoría según la cual la composición literaria debe basarse en una
representación objetiva y empírica del ser humano. Se diferencia del
realismo en que incorpora una actitud amoral en la representación
objetiva de la vida. Los escritores naturalistas consideran que el
instinto, la emoción o las condiciones sociales y económicas rigen la
conducta humana, rechazando el libre albedrío y adoptando en gran medida
el determinismo biológico de Charles Darwin y el económico de Karl Marx.
El naturalismo surgió por primera vez en las obras de los escritores
franceses Edmond Huot de Goncourt, su hermano Jules Huot de Goncourt y
Emile Zola, en cuyo ensayo ‘La novela experimental’ (1880) expuso su
teoría del naturalismo literario. El naturalismo en España, más que una
corriente literaria, se plasmó en obras y periodos concretos de
escritores como Benito Pérez Galdós, con La
desheredada (1881), Leopoldo Alas ‘Clarín’ en La
Regenta (1884), Armando Palacio Valdés con El
señorito Octavio (1881) y Vicente Blasco Ibáñez en su llamado
‘ciclo valenciano’. Emilia Pardo Bazán fue probablemente la única
escritora que defendió abiertamente el naturalismo en su ensayo La
cuestión palpitante (1883). Sus novelas Los
pazos de Ulloa (1886) y El cisne
de Vilamorta (1885), entre otras, se consideran naturalistas. En Sudamérica,
el naturalismo aparece en la novela hacia 1880 en una corriente que busca
sobre todo analizar los problemas étnicos y sociales a través de la
conducta de los personajes. En Argentina fue el escritor Eugenio
Cambaceres el máximo representante de esta escuela, con obras como Sin rumbo (1885) o En la
sangre (1887), a la que se adscribieron también Juan Antonio Argerich,
Manuel T. Podestá y Francisco Sicardi. El mexicano Federico Gamboa publicó
en 1903 Santa, que le dio
renombre y le hizo conocido del gran público. El uruguayo Eduardo Acevedo
Díaz escribió una trilogía sobre la independencia titulada Ismael
(1888), y la peruana Clorinda Matto de Turner inició el naturalismo
peruano con Aves sin nido (1889).
En Chile, Baldomero Lillo publicó Sub-Terra
(1904) y Sub-Sole (1907), y
Augusto D’Halmar Juana Lucero (1902),
ambos muy influidos por el naturalismo ruso y francés. [Encarta-2000] [VOLVER]
La
primera novela importante de Emile Zola (1840-1902) escritor francés y
creador del naturalismo, Thérése Raquin (1867), es un detallado estudio psicológico del
asesinato y la pasión. Más tarde, inspirado por los experimentos científicos
sobre la herencia y el entorno social, Zola decidió escribir un novela
que ahondara en todos los aspectos de la vida humana, que documentara los
males sociales, al margen de cualquier sensibilidad política. Asignó a
esta nueva escuela de ficción literaria el nombre de ‘naturalismo’.
con el que pretendía hacer un análisis tan científico como los que habían
hecho Darwin y Marx y escribió una serie de veinte novelas entre 1871 y
1893 bajo el título genérico de Les
Rougon-Macquart con el fin de ilustrar sus teorías a través de una
saga familiar. Tras una ardua investigación produjo un sorprendente y
completo retrato de la vida francesa, especialmente la parisina, de
finales del siglo XIX. Sin embargo, fue calificado de obsceno y criticado
por exagerar la criminalidad y el comportamiento a menudo patológico de
las clases más desfavorecidas. Algunos de los libros que se ocupan de las
cinco generaciones de la familia Rougon-Macquart, alcanzaron una gran
popularidad. Entre las novelas de esta serie destacan La
taberna (1877), un estudio sobre el alcoholismo, Nana,
basada en la prostitución, Pot-bouille
(1882), un análisis sobre las pretensiones de la clase media, Germinal (1885), un relato sobre las condiciones de vida de los
mineros, La bestia humana (1890),
una novela que analiza las tendencias homicidas, y El desastre (1892), un relato sobre la caída del Segundo Imperio.
Estos libros, que el propio Zola consideraba documentos sociales,
influyeron enormemente en el desarrollo de la novela naturalista. Sus
obras posteriores, escritas a partir de 1893, son menos objetivas, más
evangelizantes y, en consecuencia, menos logradas como novelas. [ibid.] LAÍN ENTRALGO, Pedro, 1964, La aventura de leer, Madrid, Espasa-Calpe [VOLVER]
VALLS
GORINA, Manuel, 1962, La música
española después de Manuel de Falla, Madrid, Revista de Occidente
Vid.
supra |