LO TIPICAMENTE ESPAÑOL Y MANUEL DE FALLA

 

Preámbulos

 

La situación de la música española a principios del siglo XIX se puede calificar -sin miedo a pecar de exagerados- de desastrosa. Casi se podría decir que tal música no existía: había fenecido a manos de la nefasta política italianizante de los Borbones. Como observa Joaquín Nin, “... la música española, que había resistido hasta finales del siglo XVIII bajo el escudo protector de la ‘tonadilla’, último refugio de los músicos nacionalistas, estaba en pleno letargo. La ópera, plaga incurable de España, debía ser italiana o no ser”. Pero lo peor de esto era que la invasión de la ópera italiana, lejos de resultar beneficiosa para la música española, lo que hizo fue arrastrarla en su decadencia, con lo cual, como apunta Pedrell, “... la decadencia española fue más deplorable que la italiana”. Naturalmente, se pueden citar excepciones: no hay que olvidar la revivificadora influencia de Domenico Scarlatti en la música española de clave. Scarlatti, como hace observar Roland Manuel, no sólo despierta la largo tiempo adormilada música española para teclado, “... creando casi de la nada maestros como el P. Soler, sino que, además, él mismo se deja influir por los cantos de los arrieros de Castilla y por el ‘toque jondo’ de los guitarristas populares”.

Scarlatti”, continúa Roland Manuel, “aligera la sensualidad italiana, la afina y la eleva en sus sonatas a la dignidad de voluntad intelectual, al igual que el Greco había liberado las formas sensibles de la atracción de la pesantez”. Y no se limita a calcar los cantos populares, sino que “... percibe, bajo los caprichos de la moda y del ritmo exterior, las pulsaciones de aquel ‘ritmo interno ‘ que procede del ordenamiento de los períodos y aparece como la medida común del ritmo propiamente dicho y de la tonalidad”. Pero Scarlatti fue un caso aislado ; no logró formar escuela y su influencia se extingue con el P. Soler, y, como dice Nin, “... por un Scarlatti, o incluso un Farinelli, ¿cuántas nulidades tuvo España que soportar? Por un ‘Falstaff’ o un ‘Barbero de Sevilla’, ¿cuántas ‘Norma’, ‘Rigoletto’, ‘Trovador’ o ‘Traviata’ hubo que sufrir?” Como dice Nin, “... la política aniquiladora de Felipe V ... Había dado fruto”, y, efectivamente, el paternalismo artístico mal entendido del despotismo ilustrado, en su afán -loable, por otro lado- de europeizar el país, dio al traste, no sólo con la música, sino con todo el arte nacional. En teatro, los Lopes, Calderones y Tirsos fueron sustituidos por Garcías de la Huerta y Moratines, y en pintura no se hizo nada de valor hasta Goya.

Pero en música -que es lo que ahora nos ocupa- el desastre fue muchísimo mayor. En Francia se forjó la ópera nacional a manos de Lully y Rameau (el que el primero de ambos fuera italiano no significa nada ; piénsese, si no, en Scarlatti y la música española). En Alemania, mientras tanto, la música verdaderamente nacional se desenvolvía bajo principios muy distintos y bien lejos de la ópera, a partir de Bach, que Pedrell llama “el Palestrina del Norte”. Italia y España, por el contrario, se alejaron de sus clásicos, pero la decadencia española fue más deplorable que la italiana, como ya decíamos, y la ópera italiana invadió España. La música en nuestro país no tuvo más remedio que doblegarse ante la funesta moda italianizante. El público prefería lo que Pedrell llama ‘música dramatizada’. Este género había sido cultivado con singular fortuna por los italianos hasta Paisiello y los alemanes hasta Mozart. Los compositores españoles adoptaron el estilo, y se pueden citar algunos como Arriaga, Sor, Martín i Soler, etc., que produjeron obras nada despreciables en este sentido. Pero este ‘canto dramatizado’, con todos sus méritos, llevaba dentro de sí el germen y la corrupción en forma de ‘virtuosità’, ‘fioritura’, ‘rivolti’, ‘caballete’, etc., cuyo abuso dio lugar a una especie de ‘calcomanía vocal’, pues no es otra cosa, según Pedrell, la ópera italiana. El ‘canto dramatizado’ se convirtió irremisiblemente en ‘canto vocalizado’. La reacción nacional ante la marea operística italiana no se hizo esperar. “Trataron” -dice Pedrell- “nuestros compositores nacionalistas de reivindicar su puesto en los teatros, tronando contra la dominación de los italianos, y vinimos a parar en el fomento de la ‘tonadilla’ y de la farsa popular con caracteres análogos al ‘flamenquismo' de ahora ; ...”.

Estas ‘tonadillas eran interpretadas por cantantes nacidos y criados en España y particularmente en Andalucía. Trend cita los nombres de ‘La Tirana’, ‘La Caraba’ y Manuel García. En ellas y en las jácarás y entremeses de que habla Salazar se inspiraron los posteriores autores de zarzuelas. Las tonadillas pretendían, como decíamos, realzar lo típicamente español frente a lo que Trend llama ‘dictadura’ de la ópera italiana. Sin embargo, no eran folklore español auténtico, sino una vulgarización de los verdaderos cantos y danzas populares. Trend achaca la culpa de esto a la popularidad a principios del siglo XIX de los músicos gitanos y a su imitación por intérpretes no gitanos, es decir, a lo que él llama ‘gitanización’ de las melodías antiguas. Es algo parecido a lo que ocurrió en Hungría hacia la misma época ; también allí adquirieron excesiva popularidad las melodías gitanas, llegando, como en España, a eclipsar el resto del folklore nacional. “Esta curiosa fase de la Historia social ...”, dice Trend, “podría deberse al movimiento romántico, o a la inestabilidad social resultante de las guerras napoleónicas -pues, no hay que decirlo, había habido músicos gitanos durante siglos, tanto en España como en Hungría. En España la transición ocurrió en tiempos de Borrow y Ford, Gautier y Mérimée”.

Según Trend, la base del folklore musical español se encuentra en los primitivos pobladores de la península, iberos y celtas, a los que posteriormente se unieron fenicios, ‘tartesios’ y griegos para ser asimilados por fin por los romanos y visigodos. Sobre este complejo núcleo actuó directamente la invasión en el siglo VIII de árabes y berberiscos, que en sus ocho siglos de dominación tuvieron tiempo de impregnar la música popular de influencias traídas de Persia, la India y la civilización helenística. Los cronicones citan repetidamente la famosa escuela de canto de Ziryáb, en Córdoba. Trend subraya –acertadamente, a nuestro parecer- que España es un país de la danza, y que ningún intérprete de música española puede hacernos sentir toda su belleza o vitalidad a no ser que sienta dentro de sí estos vitales ritmos de danza, es decir, a no ser que tenga ‘duende’. ¿Qué es el duende? Goethe, refinéndose a Paganini, lo define como “... poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”. Federico García Lorca, por su parte, intenta acercarse más al concepto de ‘duende’ en su ensayo ‘Teoría y juego del duende’ y llega a la conclusión de que no es otra cosa que “... el espíritu de la tierra, el mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el puente de Rialto o en la música de Bizet, sin encontrarlo y sin saber que el duende que él perseguía había saltado de los misteriosos griegos a las bailarinas de Cádiz o al dionisíaco grito degollado de la siguiriya de Silverio”.

García Lorca distingue tajantemente, dentro de los elementos inspiradores del artista, entre ‘musa’, ‘ángel’ y ‘duende’. Y así dice: “Angel y musa vienen de fuera ; el ángel da luces y la musa da formas. Pan de oro o pliegue de túnicas, el poeta recibe normas en su bosquecillo de laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre”. La verdadera lucha del artista, por tanto, es con el duende, y son pocos los que consiguen que el duende llegue. García Lorca nos cuenta una anécdota que ilustra perfectamente esta circunstancia. No podemos resistir la tentación de citarla textualmente y en su integridad, aún a costa de alargarnos demasiado:

“Una vez, la ‘cantaora’ andaluza Pastora Pavón, ‘La Niña de los Peines’, sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el ‘Gallo’, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada ; era inútil. Los oyentes permanecían callados.

Allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana, a quien preguntaron una vez: ‘¿Cómo no trabajas?’ ; y él, con una sonrisa digna de Argantonio, respondió: ‘¿Cómo voy a trabajar, si soy de Cádíz?’.

Allí estaba Eloísa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Floridas, que la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero don Pablo Murube, con aire de máscara cretense. Pastora Pavón terminó de cantar en medio del silencio. Sólo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrecillos bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: ‘¡Viva París!’, como diciendo: ‘Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa’.

Entonces ‘La Niña de los Peines’ se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero ... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados entre la imagen de Santa Bárbara.

‘La Niña de los Peines’ tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades, es decir tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y cómo cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni”.

Roland Manuel considera a España y Rusia como extremos que se tocan. Este contacto es especialmente visible en el fenómeno de la ‘real gana’, en sus dos versiones de fatalismo eslavo e indolencia castellana. Para explicar esta común característica se recurre generalmente a la vecindad de lo oriental. No obstante, opina Roland Manuel que el parentesco de ambas naciones se debe esencialmente al hecho de que a ambas anima el espíritu medieval, que se concretiza en la resistencia al contagio de ideas progresistas. Sin embargo, esta afirmación es sólo parcialmente acertada en lo que respecta a España, pues este país, dada su peculiar configuración, ha estado siempre expuesto al peligro de las invasiones. Sólo en la mitad norte de la Península (Galicia, León), hasta Castilla la Nueva, ha conservado la canción popular casi intacta la simplicidad agreste de sus orígenes. En la costa oriental (Valencia y Murcia) se la ve ya penetrada de melodías árabes. En el sur, por fin, la ‘movilidad andaluza’ ha cedido a una triple influencia, citada por Roland Manuel y por Manuel de Falla:

a)      Adopción por la Iglesia española del canto litúrgico bizantino

b)      Invasión árabe

c)      Inmigración y establecimiento en España de numerosas bandas de gitanos.

Falla rastrea en la ‘siguiriya’ (el más puro de los cantos andaluces) los siguientes elementos del canto litúrgico bizantino:

1)      Los modos tonales de los sistemas primitivos

2)      El enharmonismo inherente a los modos primigenios (división y subdivisión de las notas sensibles en sus funciones atractivas de la tonalidad)

3)      La ausencia de ritmo métrico en la línea melódica y la riqueza de inflexiones modulantes en ésta.

Con respecto a la influencia árabe se puede hacer un análisis similar. No obstante, como dicha invasión tuvo lugar en una época bastante posterior, estima Pedrell que “... nuestra música no debe nada esencial a los árabes ni a los moros, quienes quizá no hicieron más que reformar algunos rasgos ornamentales comunes al sistema oriental y al persa, de donde proviene el suyo árabe. Los moros, por consiguiente, fueron los influidos”. Pero Falla cree que tal aseveración sólo puede aplicarse a la música puramente melódica de los moros andaluces, lo que en Marruecos, Argel y Túnez aún se conoce con el nombre de ‘música andaluza de los moros de Granada’. Porque, “... ¿cómo dudar de que en otras formas de esta música, especialmente en la de danza, existen elementos, tanto rítmicos como melódicos, cuya procedencia buscaríamos en vano en el primitivo canto litúrgico español?” Por último, se encuentran en la ‘siguínya’ formas y caracteres independientes tanto de los cantos sagrados cristianos como de la música de los moros de Granada. Fueron introducidas por las tribus gitanas que en el siglo XV se establecen en España, venidas del Oriente. La ‘síguiríya’, a juicio de Falla, es acaso el único canto europeo que conserva “... en toda su pureza, tanto por su estructura como por su estilo, las más altas cualidades inherentes al canto primitivo de los pueblos orientales”. Falla considera cinco coincidencias entre la ‘siguiriya’ y los cantos primitivos de Oriente:

1)      El enharmonismo como modo modulante

2)      Empleo de un ámbito melódico que rara vez traspasa los límites de una sexta

3)      Uso reiterado y hasta obsesionante de una misma nota, frecuentemente acompañada de apoyatura superior e inferior

4)      Aunque la melodía gitana es rica en giros ornamentales, éstos sólo se emplean en determinados momentos como expresiones o arrebatos sugeridos por la fuerza emotiva del texto

5)      Voces y gritos para animar y excitar a los ‘cantaores’ y ‘tocaores’.

En este último punto vuelve a aparecer el inefable y escurridizo ‘duende’. Oigamos a Federico García Lorca:

“La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, con una calidad de rosa recién creada, de milagros, que llega a producir un entusiasmo casi religioso.

En toda la música árabe, danza, canción o elegía, la llegada del duende es sa- ludada con enérgicos ‘¡Alá, Alá!’, ‘¡Dios, Dios!’, tan cerca del ‘¡Olé!’ de los toros que quién sabe si será lo mismo ; y en todos los cantos del sur de España la aparición del duende es seguida por sinceros gritos de ‘¡Viva Dios!’, profundo, humano, tierno grito de una comunicación con Dios por medio de los cinco sentidos, gracias al duende que agita la voz y el cuerpo de la bailarina, evasión real y profética de este mundo, tan pura como la conseguida por el rarísimo poeta del XVII Pedro Soto de Rojas a través de siete jardines, o la de Juan Clímaco por una temblorosa escala de llanto”.

España, por tanto, ha sido víctima propiciatoria de las invasiones y ha recibido y asimilado las más variadas influencias. Pero, sin embargo, como dice Roland Manuel, ni celtas, ni fenicios, ni romanos, ni godos, ni árabes han logrado modificar en absoluto lo que Unamuno llama el “fondo subhistórico, el pueblo que calla, reza, trabaja y muere”. Y continúa Roland Manuel: “Dicho pueblo iletrado y caballeresco es el archivista y el testimonio de la España eterna. De su recogimiento taciturno y del silencio de la Meseta surgen, a través de los siglos, las fuentes frescas de una música verdaderamente incomparable”. Dice García Lorca, puntualizando “Todas las artes y aun los países tienen ca­pacidad de duende, de ángel y de musa ; y así como Alemania tiene, con excepciones, musa, e Italia tiene permanentemente ángel, España está en todos tiempos movida por el duende, como país de música y danza milenaria, donde el duende exprime limones de madrugada, y como país de muerte, como país abierto a la muerte”. Y continúa:

“En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo: hiere su perfil como el filo de una navaja barbera. El chiste sobre la muerte y su contemplación silenciosa son familiares a los españoles”:

Dentro del vergel

moriré,

dentro del rosal

matar me han.

Yo me iba, madre,

las rosas coger,

hallara la muerte

dentro del vergel,

Yo me iba, madre,

las rosas cortar

hallara la muerte

dentro del rosal.

Dentro del vergel

moriré,

dentro del rosal

matar me han.

Porque “... el duende no llega si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y que no tienen, que no tendrán consuelo”:

Cerco tiene la luna,

mi amor ha muerto.

García Lorca profundiza en este fondo de Amor y de Muerte común a todas las coplas andaluzas, en esas “... infinitas gradaciones del dolor y la Pena, puestas al servicio de la expresión más pura y exacta, ...” que “... laten en los tercetos y cuartetos de la ‘siguiriya’ y sus derivados”. Y, efectivamente, es curiosa esta característica común, no sólo del folklore andaluz, sino también del de Galicia y de la Meseta. Tal patetismo en las coplas populares nos parecería insólito si no conociésemos la historia de tales parajes. Porque analizando los acontecimiento históricos veremos cómo este pueblo triste y estático ha vivido durante siglos bajo la más terrible de las opresiones y se ha visto sumido en la más agobiante miseria. El hombre de la Meseta, de la Sierra o de los campos andaluces no tiene tiempo de ocuparse de superficialidades:

 A mí se me importa poco

que un pájaro en la ‘alamea’

se pase de un árbol a otro.

Este patetismo es especialmente acentuado en Andalucía. En el resto de la Península (Asturias, Vasconia, Cataluña, Galicia) encontramos de vez en cuando ‘medios tonos’, cierta tendencia a expresar estados de ánimo y sentimientos ingenuos. No así en el canto andaluz. “El andaluz o grita a las estrellas o besa el polvo rojizo de sus caminos”. Prescinde del medio tono:

A mi puerta has de llamar,

No te he de salir a abrir

Y me has de sentir llorar.

En el fondo de todos los poemas”, dice García Lorca, “late la pregunta, pero la terrible pregunta que no tiene contestación. Nuestro pueblo pone los brazos en cruz mirando a las estrellas y esperará inútilmente la señal salvadora. Es un gesto patético pero verdadero. El poema o plantea un hondo problema emocional, sin realidad posible, o lo resuelve con la Muerte, que es la pregunta de las preguntas”:

Subi a la muralla,

me respondió el viento:

¿Para qué tantos suspiros

si ya no hay remedio?

Así es el canto andaluz, el verdadero ‘cante jondo’, el reflejo del sentir de un pueblo que ha conservado su personalidad genuina a pesar de todas las invasiones e influencias. Más bien se podría decir que ha sido el folklore andaluz el que ha influido en los pueblos de Europa, especialmente en su música culta. Ahí tenemos los ejemplo de Glinka, Rimski-Korsakoff, Borodin, Balakireff por el lado ruso y de Bizet, Debussy y Ravel en Francia. Tal tesoro folklórico había sido olvidado casi totalmente, como decíamos, a principios del siglo pasado en nuestro país y había sido sustituido por ‘tonadillas’ y similares. La situación -exceptuando, claro está, los esfuerzos de artistas como Pedrell, Barbieri, etc.- continuaba por el estilo en 1922, cuando Manuel de Falla escribía lo que sigue:

“Ese tesoro de belleza -el canto puro andaluz- no sólo amenaza ruina, sino que está a punto de desaparecer para siempre.

Y aún ocurre algo peor, y es que, exceptuando algún raro ‘cantaor’ en ejercicio y unos pocos ‘ex cantaores’ ya faltos de medios de expresión, lo que queda en vigor del canto andaluz no es más que una triste y lamentable sombra de lo que fue y de lo que debe ser. El canto grave, hierático de ayer, ha degenerado en el ridículo ‘flamenquismo’ de hoy. En éste se adulteran y modernizan (¡qué horror!) sus elementos esenciales, los que constituyen su gloria, sus rancios títulos de nobleza.

La sombría modulación vocal ... se ha convertido en artificioso giro ornamental, más propio del decadentismo de la mala época italiana que de los cantos primitivos de Oriente, con los que sólo cuando son puros pueden ser comparados los nuestros. Los límites del reducido ámbito melódico en que se desarrollan los cantos han sido torpemente ampliados ; a la riqueza modal de sus gamas antiquísimas, ha sustituido la pobreza tonal que causa el uso preponderante de las dos únicas escalas modernas, de aquellas que monopolizaron la música europea durante más de dos siglos ; la frase, en fin, groseramente metrificada, va perdiendo por días aquella flexibilidad rítmica que constituía una de sus más grandes bellezas”.

Como dice Trend, la música de un país no se puede reducir sólo a cantos y bailes populares o sus peculiaridades rítmicas y melódicas. También hay una tradición de música cultivada, lo que Pedrell llama ‘música artificial’. Del canto mozárabe y las ‘cantigas’ de Alfonso X el Sabio pasamos directamente a los ‘cantares’ de la época de Isabel la Católica, las piezas profanas para 3 o 4 voces, los ‘villancicos’ de Juan del Encina, la música para vihuela del siglo XVI, y por fin la música religiosa del Siglo de Oro, con nombres como Cabezón, Vitoria, Morales y Guerrero, entre otros. Pero -y a pesar de su ‘artificialidad’- siempre ha sido un rasgo distintivo de los músicos cultos españoles, y Pedrell lo hace notar así, el uso persistente de motivos populares en sus obras. El compositor de la Península ha estado siempre muy en contacto con su pueblo ; tal vez esa sea la razón de su preferencia por la vihuela y la guitarra y de su casi olímpico desprecio del clavicémbalo. Efectivamente, Joaquín Nin hace notar con desconsuelo la falta casi total de composiciones para clave que enlacen las Tocatas para espinela del P. Romaña (1640) con las obras de José Elías y Joaquín Oxinagas, de la primera mitad del siglo XVIII. Y no sólo eso, sino que faltan asimismo métodos, tratados, obras teóricas y escritos que testimonien de la posible existencia de una tradición pedagógica del clavicémbalo. Según Nin, tal predilección se debe a la cualidad de sonido más expresiva de la vihuela y la guitarra, cuyas cuerdas son tañidas con las puntas de los dedos, a diferencia del clavecín, accionado mecánicamente. Esto explicaría el amor del pueblo español, “eternamente romántico”, por la guitarra, instrumento expresivo por naturaleza. Pero, naturalmente, no dejó de tocarse el clavecín en España, e incluso tuvo nuestro país la excepcional suerte de contar entre sus huéspedes a uno de los más grandes clavecinistas de todas las épocas: Domenico Scarlatti. Pero -para nuestra desgracia- éste, aunque vivió en el país durante 23 años, estaba al servicio de un rey extranjero (Felipe V) y de una Corte que había desterrado la música española y sus cultivadores.

 Scarlatti no pudo, pues, formar una escuela de clavecinistas españoles. Sólo encon- tramos influencia suya directa en el P. Soler ; en los demás sólo influye indirecta­mente. Tam- poco cuajan en España las formas musicales apropiadas para el clavicémbalo. Las Sonatas del P. Soler no difieren morfológicamente de las de Scarlatti, y los demás (Mateo Albéniz, Cantallos, Blas Serrano, etc.) parecen ignorar los logros de Philip Emmanuel Bach, Haydn y Mozart en el dominio de la sonata. A finales del primer tercio del siglo XIX persiste aún la ‘sonata bipartita’, y más tarde los músicos españoles sólo utilizan la ‘gran sonata’ en casos contados y excepcionales. Como dice Nin, “... no se improvisa una tradición ; no se recu- pera en pocos años un retraso de un siglo”. A finales del siglo XVIII la invasión de la ópera italiana está en su apogeo. Los amantes de la música de cámara de agrupaban en torno a Luigi Boccherini ; los viejos recordaban nostálgicamente a Haydn. Pero tales figuras fueron sustituidas pronto por Bellini, Mercadante, Donizetti y Verdi, que reinaban como maestros absolutos. Dice Nin:

“El italiano pasa a ser la única lengua admitida y posible ; no se habla más que de ópera todo el día y toda la noche ; en cada esquina se escucha a alguien canturreando, silbando o vociferando descorazonadoras melopeas líricas. El tenor dramático es tan adorado como el torero, y la ‘diva’ reina con tanto orgullo como imbecilidad ...”.

A principios del siglo XIX no se conoce en España el ‘concierto’, tal como hoy lo concebimos. Sólo había una especie de recitales en que se interpretaba un conglomerado de trozos vocales y de sinfonías o fragmentos de óperas. La cosa comienza a cambiar hacia 1844, con la gira de Liszt por España y Portugal. Por esa época más o menos se componen las primeras ‘zarzuelas’. En 1865 inaugura Mr. Auban -solista de cornetín de pistones- una serie de conciertos en el Circo del Príncipe Alfonso de Madrid. El programa (citado por Salazar) es una extraña mezcla de ‘quadrillas’, ‘polkas’, fantasías de óperas, ‘galops’, ‘overturas’, ‘melodías’, ‘marchas’, ‘valses’ y ‘andantes’. Los compositores de tales obras son también de lo más variado: Adam, Sellenick, Suppé, Meyerbeer, Verdi, Auber, Gung’l, Weber, Rossini, Haydn, Nicolai, Thomas, Beethoven, Strauss y Donizetti. Los conciertos, por tanto, se regían por los gustos del público de la época y nos testimonian de lo bajo que había lle- gado la música en España por aquella época. En 1866 funda Barbieri la Sociedad de Conciertos de Madrid ; se interpreta por primera vez íntegramente una sinfonía de Beethoven (la Sinfonía en La Mayor ; al año siguiente les llegaría el turno a la ‘Pastoral’ y a la Sinfonía en Do Menor). En 1867-72 aparecen los primeros artículos combativos de Pedrell. La débacle musical había durado cerca de tres cuartos de siglo ; luego, sucesivamente, hombres como Barbieri, Clavé, Pedrell, Alió, Olmeda, Albéniz, Millet, Morera, Granados y Falla entre otros se dedicaron a despertar la conciencia musical española, adormilada bajo el influjo de la mala música italiana. Su lucha fue sintetizada por Pedrell en esta exhortación:

“¡Artistas del Mediodía! Aspiremos las esencias de aquella forma ideal puramente humana que no pertenece exclusivamente a nacionalidad alguna; pero aspirémoslas sentados a la vera de nuestros jardines meridionales”.

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NIN, Joaquín, 1925, “Prélude”, en Seize Sonates Anciennes d’Auteurs Espagnols, París, Max Eschig [VOLVER]

El nacimiento de la ópera se halla en la Camerata Fiorentina, círculo de poetas y músicos que crearon las primeras óperas: Dafne, con música de J. Peri, dada a conocer en 1597 y hoy perdida, Eurídice de este mismo compositor (1600), y la ópera de igual título (1602) de G. Caccini y, sobre todo, el Orfeo (1607) de C. Monteverdi. El nuevo género se extendió con rapidez: en Roma, durante los años 1620-1623 (con las creaciones de S. Landi, L. Rossi, D. Mazzocchi y el libretista G. Rospigliosi, el futuro papa Clemente IX), y en Venecia, donde en 1637 se abrió el primer teatro público de ópera, el Teatro de San Cassiano, que popularizó un espectáculo hasta entonces únicamente aristocrático. Allí estrenaron nuevas creaciones Monteverdi, P.F. Cavalli y G. Legrenzi, mientras que M.A. Cesti consolidaba el género en Viena y Giovanni Battista Lulli monopolizaba la vida escénica francesa (donde se le conocíó como Jean Baptiste Lully) durante más de treinta años (1652-1687) con la creación de óperas de signo y argumento clásicos. La ópera también echó raíces en la vida musical napolitana gracias a A. Stradella, F. Provenzale y, particu1armente, a A. Scarlatti, quien adoptó el aria da capo como elemento principal del género. La escuela napolitana fue la primera en crear, ya en el siglo XVIII, la ópera bufa (o cómica), de carácter más popular y ajena a la temática mitológica o histórica clásica de la opera seria. La ópera bufa experimentó su propia evolución a partir del intermezzo ; el mejor ejemplo de este género es La serva padrona, de G.B. Pergolesi, que gozó de gran éxito incluso en Francia, el único país que, con J.P. Rameau, había mantenido un estilo propio de ópera en la que el ballet desempeñaba un papel considerable, y que, por otra parte, tenía una tradición de ópera cómica propia (tragédie lyrique). En los restantes países europeos se impuso la ópera italiana, a pesar de los intentos de H. Purcell en Inglaterra y de algunas tentativas en España. Como consecuencia, los compositores no italianos se vieron obligados a adoptar el estilo italiano, corno sucedió con el alemán G.F. Händel en Inglaterra, J.A. Hasse y K.H. Graun en Alemania, y J.J. Fux en Austria. El género operístico había sufrido un proceso radical de alejamiento de los ideales estéticos de la Camerata Fiorentina, adoptando innumerables convencionalismos y excesos, como la importancia concedida a las voces agudas (de ahí la fama de que gozaban los castrados) y las concesiones al virtuosismo de los cantantes, en detrimento de la música y de la verdad dramática. El alemán Ch.W. von Gluck, respaldado por el libretista R. de Calzabigi, inició una reforma depuradora del género en la que puede hallarse el germen de la ópera neoclásica, con Orfeo y Eurídice y Alceste, representadas en Viena, y con una serie de óperas estrenadas posteriormente en París (que incluían versiones de los dos títulos citados). La reforma gluckiana tuvo un éxito relativo, mientras que la ópera seria sufría una importante pérdida en el favor del público ante la fuerza de la escuela napolitana de ópera bufa (y también semiseria) integrada por compositores como N. Jommelli, T. Traetta, N. Piccini (rival de Gluck en París) y, sobre todo, G. Paisiello y D. Cimarosa, cuya fama llegó hasta Rusia y América. A pesar de este predominio de la ópera bufa, hacia el último tercio del siglo XVIII aparecieron compositores que cultivaron formas nacionales de ópera de carácter popular, como W. Shield en Inglaterra, los Benda en Bohemia y varios compositores de Singspiel en Austria y Alemania. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

PEDRELL, Felipe, 1894, Por nuestra música [VOLVER]

Domenico Scarlatti (1685-1757) compuso en 1703 sus primeras óperas, Ottavia restituida al trono e Il Giustino, y en 1719 se estableció en Lisboa como maestro de capilla de Juan V de Portugal y maestro de clave de su hija, la infanta Bárbara de Braganza. Cuando en 1729 la infanta Bárbara desposó al futuro rey de España, Fernando VI, Scarlatti la acompañó y vivió en España hasta su muerte, residiendo primero en Sevilla y luego en las residencias reales de Madrid y en los palacios de La Granja y Aranjuez. El cuerpo principal de la obra de Scarlatti consiste, básicamente, en sonatas para clave de un solo movimiento, que denominó Essercizi y que ampliaron las posibilidades técnicas y musicales de este instrumento. Compuso 550, de las cuales la mayoría está agrupada en pares. También escribió más de una docena de óperas, entre las cuales cabe mencionar Tolomeo e Alessandro, ovvero la corona disprezzata (1711), Ifigenia in Tauride (1713), Ifigenía in Aulide (1714), Amor d’un ombra, e gelosia d’un aura (1714) y Amleto (1715). El resto de su obra comprende cantatas y música sacra, y un Stabat Mater. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

MANUEL, Roland, Manuel de Falla [VOLVER]

El despotismo ilustrado fue una modalidad de Gobierno absolutista en auge durante la segunda mitad del siglo XVIII, influido por la filosofía de la Ilustración. La expresión ‘despotismo ilustrado’ se acuñó en el siglo XIX. En ese periodo se estableció una cooperación entre filósofos y príncipes, aunque entre los historiadores no hay unanimidad para definir las características de esa forma de gobierno. Algunos autores sostienen que el despotismo ilustrado significó la modernización y la centralización del aparato estatal y que supuso una racionalización del estado ; otros afirman que sólo conllevó un aumento del carácter paternalista de las monarquías. De hecho, no son posibles las generalizaciones, pues en cada país el sistema adquirió características particulares y no hubo nunca una correspondencia exacta entre las teorías filosóficas y las prácticas de gobierno. En España concretamente, tras el triunfo de Felipe V de Borbón en la Guerra de Sucesión la monarquía amparó un programa reformista, el de las minorías ilustradas, que aspiraba a modernizar la anquilosada sociedad española. Este programa comprendía desde una transformación del sistema tributario hasta un proyecto de reforma agraria basado en una tímida desamortización de las propiedades eclesiásticas y en una modificación de los contratos de arrendamiento con el fin de redistribuir la propiedad de la tierra. Por otro lado, los ilustrados españoles propugnaron el desarrollo de las obras públicas, la difusión de la enseñanza y el fomento de la industria y del comercio a través de las Sociedades Económicas de Amigos del País. Este conjunto de medidas reformistas obtuvo su traducción práctica, aunque fuera parcialmente, durante los reinados de Fernando VI (1746-1759) y de Carlos III (1759-1788). La resistencia que las fuerzas tradicionales opusieron al reformismo borbónico se expresó en actos como el Motín de Esquilache o Motín de la Capa (1766) ; la Corona respondió con medidas tan contundentes como la expulsión de los jesuitas (1767). [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

La singularidad musical de España se basa en su capacidad de síntesis de diversas culturas. En compilaciones como el Códice Calixtino (siglo XII) se advierten las influencias de la música francesa, así como la de la galaica y la castellana. Asimismo se observa una mezcla estilística en el Códice de las Huelgas (finales siglo XIII) o en las Cantigas de Santa María, reunidas entre 1250 y 1280 por Alfonso X el Sabio, que presentan una conjunción de estilos de los trovadores provenzales y galaico-portugueses, a los que se unen claras reminiscencias de la música arábigo-andaluza. Cabe mencionar que la música escrita en la España del siglo XVIII, tanto vocal como instrumental, tuvo un marcado carácter religioso. La presencia de D. Scarlatti influyó sobremanera en el estilo instrumental, destacando las obras para tecla de A. Soler y S. de Albero, cuya escritura sitúa a este último como una importante síntesis de los estilos español, italiano y francés. También la figura de L. Boccherini, afincado en Madrid, fue decisiva para la configuración de un estilo español. [ibid] [VOLVER]

Las primeras noticias fiables sobre el flamenco datan de hace dos siglos. Su difusión pública se inició después de 1783, año en que Carlos III liberó a los gitanos de las persecuciones sufridas hasta entonces. Las modalidades más antiguas son la toná, la siguiriya y la soleá, de las cuales surgieron los restantes estilos conocidos (los más divulgados son la saeta, el tiento, la bulería, el fandango, la petenera, la sevillana y la rumba). Los bailes, inicialmente derivados del zapateado, el tango y la bulería, pronto se multiplicaron a partir, sobre todo, de las soleares y las alegrías. Los primeros cantaores de nombre conocido (Tío Luis el de la Juliana, Juanelo, el Filio) pertenecen a la primera mitad del S. XIX, época de un flamenco incierto y minoritario. A mediados de ese siglo se inició una de las épocas más fecundas del flamenco, que alcanzó una amplia difusión (gracias a los cafés cantantes) y una extraordinaria creatividad (Tomás el Nitri, Diego el Marruro, Merced la Serneta, Antonio Chacón). [ibid.] [VOLVER]

Derivada de la canción con guitarra que se intercalaba en los entreactos teatrales de Madrid, la ‘tonadilla escénica’ llegó a ser una cantata con solos, voces concertadas y acompañamiento instrumental que estuvo en boga durante la segunda mitad del siglo XVIII. Entre los mas destacados autores de tonadillas escénicas figuran P. Esteve, B. de Lasema y L. Misón. Pablo Esteve (1730-1794) fue uno de los más inspirados compositores de tonadillas. Su abundante producción comprende unas 600 obras, de las cuales 400 son tonadillas. Blas de Laserna (1751-1816) fue autor de tonadillas muy populares (El majo y la italiana). Además escribió sainetes, comedias, una ópera, una zarzuela y un Concierto para dos trompas (1791). Luis Misón (+ 1766) ingresó en la capilla real de Madrid en 1748 como flautista, y posteriormente en el teatro del Buen Retiro. Fue el creador del género denominado ‘tonadilla escénica’, intermedio musical cuyo éxito, bajo la forma tripartita establecida por Misón, se prolongaría durante más de medio siglo. También compuso zarzuelas, que se han perdido, y sainetes conservados en gran número en la Biblioteca Nacional de Madrid, que también alberga las cerca de 80 tonadillas que han sobrevivido al paso del tiempo. Entre sus composiciones instrumentales destacan 12 sonatas para flauta, viola y bajo continuo, cuya partitura nos ha llegado prácticamente íntegra (a excepción de la parte para viola). [ibid.] [VOLVER]

TREND, J.B., Manuel de Falla and the Spanish Music [VOLVER]

Manuel García (1775-1832), tenor y compositor español, conocido como Manuel del Popolo Vicente. Debutó en Paris en 1808 con Griselda, de Paer, y estrenó en Italia Elisabetta, regina d’Inghilterra y El barbero de Sevilla, de Rossini. Fue uno de los primeros intérpretes en introducir la ópera italiana en América. Compuso más de cien óperas, que estrenó con éxito amparándose en su popularidad, pero que pronto cayeron en el olvido. En el aspecto vocal, Manuel García fue un virtuoso de la ornamentación improvisada y de la vocalización, además de poseer una voz amplia y de bello timbre. Fue profesor de canto, principalmente de sus dos hijas, las célebres María Malibrán y Pauline Viardot, y de su hijo Manuel García II. [En­ciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

SALAZAR, Ad. 1972, La música de España (2. Desde el siglo XVI a Manuel de Falla), Madrid, Espasa-Calpe, pp. 110 ss. [VOLVER]

Con la expansión del Islam, todas las parcelas de la creatividad humana, y entre ellas la música, sufrieron una mutación ; en puridad, los nuevos dominadores supieron otorgar una sorprendente unidad a cuantos elementos recibieron, por distintos que éstos fuesen. Es sabido que Mahoma fue hostil a la música, que sólo aceptaba en la lectura de los libros sagrados, la llamada a la oración y las fiestas familiares ; ello acarreó la supresión de la música profana. Ahora bien, la música árabe, al establecer contacto con la de los pueblos sometidos (especialmente con la de Persia), perdió progresivamente su carácter severo y sereno para convertirse de modo paulatino en un elemento ornamental. El virtuosismo y el deseo de renovación estilística permitieron la aparición de un puñado de músicos famosos que fueron muy requeridos por príncipes y soberanos. Los filósofos advirtieron de los peligros que entrañaba este exhibicionismo y lujo artístico y, durante el califato Omeya, el músico Ibn Misgah se convirtió en adalid de una música musulmana libre de influencias que trastornaban su espíritu tradicional. Pero la verdadera discordia entre ‘antiguos’ y ‘modernos’ se produjo durante el califato abasí: sus más destacados representantes fueron Ishaq al-Mawsili y el príncipe Ibrahim ibn al-Mahdi. Al-Mawsili defendió el espíritu de la música antigua, criticando el concepto de virtuosismo en el arte y el gran número de ornamentaciones que convertían la música en un arte amanerado. Venció al-Mahdi, ya que se alcanzó una relativa ‘normalización’ en el arte musical de la época. Su discípulo más brillante, el citado Ziryáb, tuvo que abandonar Bagdad a causa de los celos del maestro y se estableció en al-Andalus, donde fundó un centro musical que incluía nuevos métodos de enseñanza. Desde aquella época y hasta la rendición de Granada (1492), la música tuvo un papel esencial en la España musulmana, que desarrolló un estilo peculiar que se extendería después por el Magreb. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

GARCIA LORCA, Federico, 1957, “Teoría y juego del duende”, en Obras completas, Madrid, Aguilar [VOLVER]

Mítico rey de Tartessos, supuesto reino que, según algunos autores griegos clásicos, se extendía en los primeros siglos del I milenio a.C. por parte de la actual Andalucía, con una floreciente capital ubicada en algún punto impreciso próximo a la desembocadura del Guadalquivir. Las fuentes escritas mencionan incluso los nombres de algunos de sus reyes míticos, como Gárgoris, Habidis, al que se atribuye la enseñanza del cultivo de la tierra, y Argantonio, aliado de fenicios y griegos. Estos datos, sin embargo, no se corresponden con las evidencias arqueológicas, y hoy día el término ‘tartésico’ se utiliza para referirse a la cultura material presente en una serie de asentamientos concentrados sobre todo en el sur de Huelva y bajo Guadalquivir, que se datan en torno a 900 a.C. La comparación de García Lorca se refiere probablemente al arte arcaico griego (siglos VIII a V a.C.) o al periodo arcaico del arte etrusco (600-450 a.C.), cuyas figuras escultóricas (kuroi) lucen invariablemente una característica sonrisa de oreja a oreja ; se supone que Argantonio, dada la época en que supuestamente vivió, tendría una sonrisa similar. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

En el reino semimítico de Tartessos que mencionamos en la nota anterior, el profesor Maluquer distingue dos dinastías de origen divino que se corresponden con dos etapas evolutivas de la zona demostrables a nivel arqueológico: a) Gerión (principado señorial) y b) Gárgoris y Habis (o ‘Habidis’, monarquía urbana). [MALUQUER DE MOTES, Juan, 1970, Tartessos, Barcelona, Destino, pg. 9] Gerión, mítico hijo de Chrysaor y Callirhoe (a su vez descendientes de Medusa y Océano, respectivamente), era al parecer un ser gigantesco y monstruoso con tres cabezas o tres cuerpos ; poseía una ganadería de vacas guardada por el perro Ortros y por el pastor Euritión, y dichas vacas le fueron robadas por Hércules en el curso de los enfrentamientos entre titanes y dioses, quien, para conseguirlo, dio muerte a Gerión, al perro y al pastor. [MELIDA, José Ramón, 1892, ‘Gerión’, en VARIOS, Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, Barcelona, Montaner & Simón] Los primeros habitantes del bosque de Tartessos, una vez finalizada la lucha de los titanes con los dioses, por otra parte, fueron, como consigna Blázquez, los ‘curetes’, cuyo rey más antiguo sería el citado Gárgoris, a quien la leyenda atribuye el arte de aprovechar la miel. [BLAZQUEZ, J.M., 1983, Primitivas religiones ibéricas (II), Madrid, Cristiandad, pp. 21-22] [VOLVER]

FALLA, Manuel de, 1950, Escritos sobre música y músicos, Buenos Aires, Espasa-Calpe [VOLVER]

Durante el primer milenio de la era cristiana se desarrollaron varios tipos de canto llano cristiano. En Milán, Italia, se desarrolló un repertorio llamado canto llano ambrosiano, por San Ambrosio, y que aún se utiliza en los servicios de la Iglesia católica de Milán. En España, y hasta cerca del siglo XI, existía un repertorio llamado canto llano mozárabe. Hasta el siglo IX Francia poseía un repertorio de canto llano propio, llamado canto galicano. En Roma se desarrolló un repertorio separado, que con el tiempo se difundió por Europa y se impuso a los demás. Ahora se le conoce como canto gregoriano, en honor del papa Gregorio I, también llamado el Grande. Las iglesias cristianas de Oriente, por su parte, desarrollaron varios tipos de canto llano antes del año 1000, y algunas de sus variantes aún se utilizan. Los repertorios armenio, bizantino, ruso, griego y sirio son los más importantes. Muchas de las melodías originales de dichos repertorios se han incorporado al repertorio del gregoriano. [Encarta-99] Por ‘canto bizantino’ entendemos lo que nos ha quedado de la música practicada por los pueblos que pertenecieron al Imperio Bizantino ; es, con algunas raras excepciones, el canto de la Iglesia Griega Ortodoxa. Su origen es complejo: se debe a los antiguos griegos, a los hebreos, a los sirios y a los armenios. La música culta de los antiguos griegos debió de influir en todo el Próximo Oriente, pero por vía popular, por tradición oral, de forma simplificada, tal como puede suponerse, a través de los himnos de todas las Iglesias cristianas de entonces. Sólo nos ha quedado un documento del siglo III en el que se usa aún la antigua notación griega. En el período entre ese documento y el siglo X se nota la falta de textos paleográficos. Algunos manuscritos gnósticos tienen rastros de notación musical en medio de vocales griegas. Hacia el siglo VIII aparece el sistema llamado de notación ecfonética, que concierne más a la prosodia que a la música. ¿Es el Oeste quien influye en el Este, o viceversa? No se sabe, pero lo cierto es que, como se sabe, los modos eclesiásticos occidentales conservaron el nombre de los modos griegos. Los primeros ‘neumas’ bizantinos no han sido todavía descifrados. [Enciclopedia Salvat de la Música] [VOLVER]

Se conoce como ‘gitanos’ a un pueblo nómada con una herencia biológica, cultural y lingüística común, actualmente disperso en pequeños grupos por todo el mundo. Los gitanos llevaban en Europa más de 500 años, pero fue a finales del siglo XVIII cuando se logró saber que provenían del noroeste de la India, al descubrirse la relación entre su lengua, la romaní, y las lenguas indoeuropeas de esa región. La antigua historia de los gitanos sigue siendo un tema controvertido. Se desconoce si eran un grupo de parias que vivía en la periferia de la civilización india, si eran miembros de una o varías castas hindúes o si pertenecían a diferentes clases sociales y grupos indígenas. Parece ser que abandonaron su patria original en el noroeste de la India en oleadas sucesivas que comenzaron a principios del siglo V. Sin embargo, las emigraciones más importantes parten en el siglo XI, probablemente como resultado de las invasiones musulmanas de la India. Viajaron en un principio hacia el oeste atravesaron Irán hasta Asia Menor y el Imperio bizantino; desde allí, la mayoría continuó a principios del siglo XIV hacia Europa, a través de Grecia. Su ruta por Europa se puede seguir mediante el estudio de los vocablos prestados que aparecen en los dialectos romaníes europeos ; todos ellos contienen léxico de las lenguas persa, kurda y griega. Tras residir unos 100 años en Grecia, los gitanos se dispersaron por el continente. A comienzos del siglo XVI se habían extendido por numerosos países, incluida Rusia, Escandinavia, las islas Británicas y España. En un principio, los gitanos fueron bien recibidos en Europa, pero no tardaron en surgir ciertas enemistades debido a las marcadas diferencias de estilo de vida y tipo de sociedad. En España, donde gozaron de total libertad bajo el dominio musulmán, su situación cambió después de la Reconquista cristiana en 1492 ; entre 1499 y 1783 se aprobaron al menos una docena de leyes que prohibían la vestimenta, la lengua y las costumbres gitanas para forzar su asimilación. En Francia, la primera represión oficial contra los gitanos tuvo lugar en 1539, fecha en la que se ordena su expulsión de París. De forma análoga, en 1563, los gitanos se vieron obligados a abandonar Inglaterra bajo amenaza de muerte. Durante el siglo XVII, en Hungría y Rumanía muchos fueron esclavos ; en Rumanía, su liberación definitiva no se produciría sino hasta 1855. Los gitanos no recibieron un trato hostil en todas partes de Europa. En la Rusia zarista, por ejemplo, sus circunstancias eran muy similares a las de los campesinos. En los Balcanes, durante los casi 500 años de dominio turco, muchos gitanos disfrutaron de privilegios especiales al convertirse al Islam. [ibid.] [VOLVER]

A partir del siglo XIX, y durante mucho tiempo, las características de la música española fueron el símbolo de lo exótico, tanto para la vecina Francia (Carmen, de Bizet ; España, de Chabrier) como para la lejana Rusia (Noche en Madrid, de Glinka ; Capricho español, de Rimski-Kórsakov). [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

Desde principios del s. XX, el flamenco entró, efectivamente, en una etapa de paulatina adulteración, que Falla pone de relieve en este texto. Su salvaguarda por parte de unas pocas familias gitanas y su revalorización desde las instituciones ha propiciado, sin embargo, el surgimiento, en la actualidad, de importantes cantaores (A. Mairena, M. Caracol, Camarón de la Isla, Lebrijano, J. Menese) e instrumentistas (Paco Cepero, la familia de los Habichuela, Paco de Lucía). Respecto al baile, cabe citar, junto a los imprescindibles V. Escudero y C. Amaya, a Antonio Gades, Matilde Coral, Cristina Hoyos y Manuela Carrasco. [ibid.] [VOLVER]

En el renacimiento español destaca en la música vocal Cristóbal de Morales, maestro de capilla en Avila y Málaga, mientras que Antonio de Cabezón, ciego de nacimiento y organista en la corte de Carlos V y Felipe II, es el máximo representante de la música instrumental y autor de las primeras diferencias, una forma de variación, que se conocen. Como ilustre puente entre los dos siglos aparece Tomás Luis de Victoria, el polifonista más importante de su tiempo junto con Palestrina. Bajo la égida del gran Siglo de Oro de las letras (Lope de Vega, Tirso de Molina, etc.) se compuso mucha música de carácter cortesano para las comedias escenificadas. La zarzuela, con textos de Calderón, Villamediana y Bocángel, fue una inme­diata evolución que ofreció resistencia ante las modas extranjeras, mayoritariamente italianas. [ibid.] [VOLVER]

Antonio Soler (1729-1783), iniciado en la música en la abadía de Montserrat, ingresó en la orden de los jerónimos en San Lorenzo de El Escorial (1752) y fue alumno de D. Scarlatti y de J. de Nebra. Fue maestro de capilla y organista de El Escorial y maestro de clave de los infantes Antonio y Gabriel de Borbón. Es autor de música para clave (compuso más de 100 sonatas, en las que se aprecia la influencia de Scarlatti), de obras escénicas e instrumentales, de seis conciertos para órgano y de seis quintetos para cuerda y órgano o clave obligado. Entre sus escritos teóricos cabe mencionar Llave de la modulación y antigüedades de la música (1762). [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

Por sonata se entiende tanto un género musical instrumental como una forma compositiva, llamada ‘forma-sonata’ y claramente estructurada. También, obra para uno o dos instrumentos ejecutantes, solista o instrumento melódico con acompañamiento (mayoritariamente de piano), que, en su forma evolucionada tiene tres o cuatro movimientos y estructura formal del primer tiempo de la sonata (bitemática y distribui­da en exposición, desarrollo y reexposición) que también se aplica a otras manifestaciones de música instrumental (música de cámara, conciertos, sinfonías), constituyendo la forma sobre la que se han edificado los mejores ejemplos de música pura. El término ‘sonata’ apareció por primera vez en 1535. En el siglo XVI, la sonata no era más que la música instrumental, para diferenciarla de la ‘cantata’, que se refería a la vocal. En el S. XVII tomó forma ternaria dentro de un solo movimiento: una melodía o pasaje más o menos completo e independiente, otro pasaje en un nuevo tono cercano al primero (de dominante, o relativos mayor o menor) y repetición de la primera parte. El último gran compositor de esa forma breve de sonata (sonata bipartita) es Domenico Scarlatti. En el siglo XVIII, K.Ph.E. Bach utilizó sistemáticamente por vez primera la forma-sonata del primer tiempo (gran sonata), constituida por la exposición, con un primer tema, un puente o pasaje que modula del tono del primer tema al del segundo y un segundo tema muy distinto para que contraste con el primero, un desarrollo de los dos temas de la exposición y una recapitulación o reexposición de los dos temas iniciales en la tonalidad de origen. Esta forma fue heredada y perfeccionada por Haydn y Mozart. A partir del clasicismo, la sonata se dis- puso en tres o cuatro movimientos: el primero es un allegro inicial, a menudo en forma-sonata ; el segundo, un tiempo lento (andante, adagio, etc.) melódico y libre, bajo la forma de melodía acompañada ; el tercero, que puede intercambiarse con el segundo o no aparecer, es un movimiento de carácter más distendido (originalmente un minueto, convertido luego en scherzo y lleno de juegos motívicos imitativos). Cierra la sonata un brillante último tiempo (presto, vivace, etc.), más rápido que el primero, apto para el virtuosismo instrumental y a menudo en forma de rondó. En su colección de 32 sonatas para piano, Beethoven aportó la valorización del segundo tema del primer tiempo y, sobre todo, la expresividad y dramatización de la so- nata, que heredarían Chopin, Mendelssohn, Schumann y especialmente Brahms. Como forma abierta, posteriormente se han introducido variaciones y desarrollos de la sonata, tanto en la configuración de los movimientos, como en la forma característica del primero. [ibid.] [VOLVER]

Luigi Boccherini (1743-1805), compositor y violonchelista virtuoso, se estableció en Madrid en 1769 como músico de la corte, después de haber pasado temporadas en Viena y en París. Desde 1787, y durante diez años, fue compositor de la corte de Federico Guillermo de Prusia, y entre 1800-1802 el protegido de Luciano Bonaparte, embajador francés en España. Autor prolijo, fue el compositor italiano de música de cámara más importante de su época: 42 tríos, 97 cuartetos y 137 quintetos de cuerda, 33 sinfonías, 11 conciertos para violonchelo y una ópera, entre otras obras. [ibid.] [VOLVER]

Efectivamente, entre Octubre de 1844 y Enero de 1845 Franz Liszt recorre la Península Ibérica en gira de conciertos. Da 14 recitales en Madrid, 12 en Lisboa, y a fines de Diciembre de ese mismo año está en Sevilla y en Enero del siguiente en Cádiz, después en Gibraltar, Málaga, Valencia, Barcelona, etc. [Enciclopedia Salvat de la Música] [VOLVER]

Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894), compositor y musicólogo, constituye una de las figuras más destacadas de la música española, que contribuyó a crear un género autóctono de ópera cómica. Nació en Madrid y tras abandonar los estudios de Medicina, entró en el conservatorio de su ciudad natal, donde estudió composición con Ramón Carnicer, partidario de la corriente italianizante, además de clarinete, piano y canto. Al quedar huérfano de padre, tuvo que ganarse la vida con distintas actividades como pianista de café o clarinetista en una banda militar, hasta que sucesivos éxitos en el mundo teatral le permitieron dedicarse a la enseñanza y a la composición. Fue nombrado profesor de Armonía y de Historia de la Música del Conservatorio de Madrid, institución a la que legó más tarde su importante biblioteca. También fue miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Hombre de gran cultura y amigo del escritor Marcelino Menéndez y Pelayo, fue cofundador de la Sociedad de Bibliófilos Españoles. Barbieri realza con frecuencia el casticismo nacional frente a las tendencias italianizantes de otros músicos de la época. Trabajador infatigable, funda una Sociedad de Conciertos a través de la cual hace escuchar música europea y crea una revista llamada La España Musical desde donde defenderá sus nuevas ideas, apostando por los nuevos aires europeos y, en especial, por la música wagneriana. Aunque también compuso música instrumental, lo más importante de su obra está sin duda en el teatro. Entre sus más de 70 zarzuelas destacan Jugar con fuego (1851), Pan y toros (1864) y sobre todo El barberillo de Lavapiés (1874), donde refleja el costumbrismo musical madrileño que evolucionó luego hacia el género chico. Publicó un Cancionero musical de los siglos XV y XVI y editó las obras de Juan del Encina. [Encarta-99] [VOLVER]

El nacionalismo como movimiento musical surgió en la segunda mitad del siglo XIX con objeto de reafirmar los valores esenciales de cada raza o nación a través de su música popular o de su folklore. Tiene su origen en el romanticismo. La libertad que durante tanto tiempo proclamó este movimiento tuvo como resultado el hecho de que las naciones desearan elegir libremente su propio destino (lo que se dio a conocer como la ‘primavera de los pueblos’), y que los artistas buscaran nuevas estéticas que se ajustaran más a sus propios sentimientos y cultura. Acontecimientos históricos como la invasión napoleónica contribuyeron a enardecer los ánimos, despertando sentimientos de unidad y de firme voluntad de diferenciarse de sus vecinos. Así mismo, surgió el deseo de unión en diferentes grupos y pueblos para defenderse de la ‘dominación’ extranjera. Ciertos acontecimientos políticos e históricos como la Declaración de Independencia de Estados Unidos, el Congreso de Viena, que declaraba los derechos de cada nación a fijar sus fronteras; la separación de Grecia y Turquía y de Holanda y Bélgica o la unificación de Alemania y de Italia, condujeron al desarrollo de las ideas nacionalistas. Sin embargo no fue fácil determinar las auténticas raíces de este movimiento. El auténtico nacionalismo tuvo un alcance internacional, ya que partiendo de acentos populares logró trascender el color localista. Lo difícil, pues, fue conjugar lo nacional y lo universal. Durante toda la primera mitad del siglo XIX, Francia y, sobre todo Alemania e Italia, eran las que marcaban el gusto musical de la sociedad europea. Cuando los países empezaron a tomar conciencia de sus propios valores nacionales, trataron de liberarse de todo servilismo extranjero, especialmente del sinfonismo alemán y de la ópera italiana, en la búsqueda de nuevas expresiones musicales basadas en sus propios folklores, ritmos y danzas a los que consideraban expresión peculiar de sus sentimientos nacionales. Los primeros ejemplos de este movimiento los podemos encontrar en músicos como Frédéric Chopin con sus polonesas, Franz Liszt con sus rapsodias húngaras y Giuseppe Verdi, que enardecía con su música los ánimos italianos. Pero lógicamente donde con más fuerza se hizo notar este movimiento fue en aquellos países que, como Rusia, España, Hungría o los países nórdicos, al estar tanto tiempo bajo la influencia germana e italiana, sintieron la necesidad de crear algo distinto, algo nacional, buscando las raíces de su propio pueblo. [Encarta-99] La principal fuente del nacionalismo musical en España fue Felipe Pedrell, un autor que empezó escribiendo melodramas llenos de influencias alemanas e italianas, aunque pronto se adentró en el patrimonio musical autóctono. Tras la publicación de estudios musicológicos, pasó al terreno creativo para componer en un estilo ‘español’. Los dos máximos beneficiarios del trabajo de Pedrell son Isaac Albéniz y Enrique Granados, que sobresalieron sobre todo en su música para piano, un piano armónica y técnicamente complejo, pero continuamente salpicado de tonadas y motivos completamente ibéricos. No obstante, el compositor que lleva el nacionalismo musical español a su mayor altura es Manuel de Falla. Músico completo, Falla supo amalgamar la tradición autóctona con la armonía e instrumentación moder­nas. Falla ha iluminado también a toda una generación de compositores (Joaquín Turma, Xavier Montsalvatge, etc.) cuyos rasgos propiamente hispánicos están definitivamente incorporados a la música culta. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

[ATRAS]