LO TIPICAMENTE ESPAÑOL Y MANUEL DE FALLA

 

Opera y zarzuela

 

La preferencia y el exclusivismo de la aristocracia borbónica por todo lo que musicalmente viniera de allende las fronteras, con su consiguiente repudio de todo lo nacional, produjo, como hemos visto, la decadencia de la música española. La ópera italiana campeaba por sus respetos ; baste decir que el primer director del Conservatorio de Madrid fue un tenor italiano: Francesco Piermarini. No es de extrañar, por tanto, que cuando la música nacional decidió por fin despertar de su letargo, lo hiciese a la sombra de la ópera. Después de todo, los nuevos compositores eran formados exclusivamente en y para la ópera y, por supuesto, empezaron produciendo óperas italianas imitando el modelo de los compositores de moda, es decir, de Rossini, Mercadante, Donizetti, Bellini y Verdi, entre otros. Pronto, sin embargo, se dieron cuenta nuestros maestros operistas de que no era el italiano la única lengua digna de ser cantada. Pero el resultado no fue más que una mezcla extraña ; no era ópera española, ni muchísimo menos. Sin embargo, tales compositores no podían hacer otra cosa, ni siquiera en el caso de que se les hubiese ocurrido. Su público no les habría aceptado nada que no fuese ópera italiana. Esto llegó a tal extremo, que no sólo la aristocracia y la alta burguesía ignoraba la música nacional, sino que esta manía operística trascendió también al resto del pueblo ; Bretón de los Herreros clamaba contra esta situación en el poema ‘El furor filarmónico’:

No más, no más callar; que ya en mi seno

tanta bilis no cabe, Anfriso mío,

y tanta indignación, tanto veneno.

¿Yo sufrir el armónico extravío

que así enloquece al grave castellano?

¡Yo que de castellano me glorío!

¿Yo sufrir que el gorjeo de un soprano

muy más al pueblo estólido conmueva

que el ruso combatiendo al otomano?

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¿Qué la letra de un aria, honor de Apolo,

aprenda de memoria un lechuguino

y que a León desprecie y a Gil Polo?

¿Qué me pruebe en añejo pergamino

descender de Gerón, y yo le vea

adulador de un ‘buffo’ transalpino?

¿Qué el sentido común negado sea

por la meliflua turba a quien ignora

lo que es un calderón y una corchea?

¿Qué hasta para vender plato de Alcora

en escala cromática se grite

y anuncie el diapasón a una aguadora?

Naturalmente, aunque la ópera fuese reina absoluta, quedaban aún rescoldos de música verdaderamente española: las ‘tonadillas’. Estas tenían éxito entre las capas medias y bajas de la sociedad, y en cierto modo no eran otra cosa que ópera en pequeña escala, puesto que el procedimiento de composición era el mismo. Pero se diferenciaban de la ópera italiana en una característica importantísima: sus temas estaban sacados, como ya hemos visto, de la música popular. A mediados del siglo XVIII el jesuita P. Eximeno escribió una frase que se convertiría en lema del españolismo musical: “Sobre la base del canto popular debería construir cada pueblo su sistema”. Este aforismo se convirtió en caballo de batalla de los músicos españoles del XIX Pero tuvieron que empezar prácticamente de la nada ; sólo existía la ‘tonadilla’ como precedente (excepción hecha, claro está, de nuestros clásicos del Siglo de Oro). Se procedió, pues, a ampliar y desarrollar la ‘tonadilla’ y se fue a parar a la zarzuela. Las primeras composiciones de este género surgieron entre 1840 y 1850.

La zarzuela no era otra cosa que ópera españolizada, es decir, la forma era italiana cien por cien, aunque los temas provenían del folklore hispánico: jotas, polos, seguidillas, etc. Entre nombres como Hernando, Oudrid y Gaztambide descuella el de Federi­co Asenjo Barbieri, cuya zarzuela Gloria y Peluca se puede casi considerar como el primer intento españolista serio. Las obras de Barbieri son, en efecto, las primeras que se pueden considerar como genuinamente españolas, aunque, naturalmente, están cuajadas de italianismos. Porque la producción anterior no era más que un calco de la ópera italiana; y como dice Falla, “... es natural que así fuera, puesto que los asuntos dramáticos que servían para hacer óperas cómicas o zarzuelas tenían que carecer necesariamente de carácter nacional, siendo como eran, en su mayor parte, simples adaptaciones de obras extranjeras”. Barbieri rompe con aquella manera de proceder. Pero, como decíamos (seguimos citando a Falla), aun en obras como El barberillo de Lavapiés y Pan y Toros, “de carácter sinceramente nacional, los procedimientos musicales de que se sirvió el maestro dejan raramente de estar influidos por los italianos al uso”. Peña y Goñi, en su libro ‘La ópera española’, de1885, niega la existencia de un equivalente español a la gran ópera italiana, francesa y ale- mana ; sólo hay la zarzuela (que él llama optimísticamente ‘ópera cómica’). Los intentos operísticos de los compositores españoles hasta entonces no eran más que una ampliación de la ‘zarzuela grande’, caracterizada por los siguientes puntos:

a)      Magnitud e idioma cantado

b)     Empleo directo y primitivo de la canción o la danza populares, sin el menor aderezo ni espíritu de elevación.

La ‘categoría’, como dice Salazar, les era desconocida a estos compositores, “... bien en lo referente al manejo técnico, bien al proceso espiritual”. Hacía falta la llegada de alguien como Felipe Pedrell que demostrase con sus obras el verdadero significado del aforismo del P. Eximeno, la auténtica forma de construir un sistema nacional a partir de los cantos y danzas populares. Tanto Barbieri como Pedrell buscaron en las fuentes históricas españolas la base para crear la música nacional, pero ambos partían de presupuestos distintos. En Barbieri lo popular se refiere a lo castizo, a los barrios bajos de la capital, y en Pedrell al campo. En Pedrell, por tanto, el concepto de ‘pueblo’ es mucho más amplio, y es más lícito hablar de ‘música nacional’. Este compositor ambicionaba un plano de auditores más alto, más intelectual que el público pequeño-burgués de la zarzuela. Esto hizo que se decidiera por la ópera. En él no encontramos las fáciles concesiones al público que vemos en todos los autores de zarzuelas. El iba en busca del gran arte, y así decía: “... ¡como si la conciencia artística no debiera exigirle al compositor dirigirse tranquilo y lleno de convicción, sin doblegarse a ninguna clase de imposiciones, hacia el ideal, esa corriente siempre viva de inteligencia, de convicción y de eterna poesía”. Pretendía, como dice Salazar, “redimir la ópera de sus vicios mediante una cura de nacionalismo”.

Esa cura de nacionalismo iniciada por Pedrell estaba inspirada en la que Wagner realizó en la ópera alemana. Así decia: “Musica toda musica, musica pura, búsquese en Beethoven. Poesia toda poesia, poesia pura, pídase a Shakespeare. Musica verdadera y poesía verdadera, estrechamente unidas, el drama lírico nos las ofrece”. Wagner, como es sabido, basaba la composición del drama lírico en el desarrollo de ciertos temas piloto (‘Leitmotive’) paralelos a la acción dramática, expuestos, precisados y comentados por la orquesta. Esta hace la vez del antiguo coro griego. Los ‘Leitmotive’ tratan de expresar lo interno de los caracteres, las pasiones fundamentales del drama, todo el mundo de la intriga. La escuela rusa, en cambio, modifica la teoría wagneriana de esta forma:

1)      La música dramática posee siempre un valor intrínseco como música absoluta, abstracción hecha del texto.

2)      La música debe hallarse en perfecta concordancia con el sentido de las palabras.

3)     La estructura de las escenas que componen una ópera ha de depender enteramente de la situación recíproca de los personajes, lo mismo que del movimiento general de la obra.

4)      Los coros representan la muchedumbre, el pueblo, y no únicamente los coristas.

5)     Rechazo de la monotonía del recitativo, del cual Wagner ha abusado ; se evita en lo posible el ‘Leitmotiv’, pero no se le desecha.

Pedrell adopta una solución intermedia entre el drama lírico wagneriano y su variante rusa; es la siguiente:

“... cada personaje ha de poseer su característico melódico-armónico especial y este característico debe aparecer desarrollado en temas transformados según las situaciones generales y expresivas del drama y cada vez que lo exijan las particulares y expresivas del personaje en todos los incidentes interiores y exteriores de la acción ... No se ha de concentrar en absoluto el interés en la orquesta, si ésta destruye la importancia que en realidad tiene la parte vocal en el drama.

La orquesta no expondrá cierta clase de temas que parece condenan a los personajes a emitir fragmentos de melopea o recitativos que, tomados separadamente, no poseen ningún valor intrínseco ni ofrecen ningún sentido preciso”.

Los ‘Leitmotive’ de las óperas de Pedrell se derivan de dos fuentes:

a)      Canto popular: monodia

b)      Canto eclesiastico poliodia.

Pero el canto popular no es utilizado por Pedrell directamente en sus composiciones (sí lo hace, en cambio, con trozos de autores del Siglo de Oro, como, por ejemplo, el famoso ‘fabordón’ de Fray Tomás de Sancta María) ; más bien intenta extraer el espíritu armónico-modal que en tales cantos se halla. Hace una adaptación del canto popular a los medios expresivos modernos. El mismo lo dice: “El canto popular presta el acento, el fondo, y el arte moderno presta también lo que tiene, su simbolismo convencional, la riqueza de formas que son su patrimonio. Perfecta ecuación de un enunciado de encumbradas bellezas dimanadas de la relación armónica que existe entre la forma y el contenido”. Se ha llamado a Pedrell el ‘Glinka español’, pero como apunta Salazar, el título no es exacto. Los rusos aceptaban el canto popular apenas ‘manufacturado’, al igual que Barbieri ; además, al rechazar de plano el ‘sinfomsmo’ centroeuropeo, su teatro musical ya no es ni ‘ópera’ propiamente dicha, ni ‘drama lírico’, sino más bien ‘zarzuela grande’, con lo cual se encuentran bien lejos, “... en su sencillez y primitivismo de concepto, de la compleja ‘cultura’ de Pedrell”. Esta idea de ‘cultura’ y de ‘categoría artística’ llevó a Pedrell a abnegar del resto de la música española de su tiempo. Decía: “El balance de nuestra productividad musical de un siglo a esta parte presenta este menguado contingente: la ‘tonadilla’, la ‘zarzuela ‘y la farsa ‘flamenca’ o la misma tonadilla en otra forma, que es la vulgaridad rayana en la chocarronería, la degeneración más innoble en que pueda caer un espectáculo”.

Pero la zarzuela y géneros afines no eran criticados sólo por Pedrell ; ahí tenemos, por ejemplo, a Alarcón, que la atacaba defendiendo a la opera italiana. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la zarzuela, ese espectáculo para público pequeño-burgués (fue muy promocionada a raíz de la Revolución de 1868), era lo único que había de música genuinamente española antes de la aparición de Pedrell. En ella, como dice Salazar, “... el arte del pueblo volvía al pueblo, del que salió”, y los compositores posteriores a Pedrell procedieron a ‘depurar’ precisamente esos elementos que aquél creía encanallados y transformarlos en sustancia musical de categoría, dando lugar al renacimiento de la música española.  Felipe Pedrell, como indica Roland Manuel, invitó a la música española a volver a tomar su herencia. No obstante, y como era de esperar, fue casi totalmente ignorado por sus contemporáneos. Su obra no fue apenas estrenada ; sólo fue conocido como musicólogo y crítico, y esto provocó que, al no poder escuchar sus propias obras, el compositor se viese imposibilitado de corregir posibles faltas. Sin embargo, como dice Trend, aparte de algunos desequilibrios y defectos de estilo, “... interpretando las obras de Pedrell inmediatamente nos son perceptibles sus evidentes cualidades. Estas son peculiaridades individuales de estilo, serenidad, así como fuerza emotiva y un raro sentido de misterio, o de poesía -un sentido que Falla llamaba ‘poder evocativo’. Un examen detallado revela el hecho de que estas cualidades se derivan ... de su asimilación de las melodías tradicionales y su estudio de la música de los tiempos primitivos”.

Pero estas cualidades de la música de Pedrell apenas fueron apreciadas por sus contemporáneos, como íbamos diciendo. Tampoco se conocía su obra ensayística de historia y crítica musical, ya por la dificultad del tema, ya por la dificultad del idioma y la edición, extranjeros. “Si se añade” -dice Salazar- “que por diversas circunstancias entre políticas y privadas, las relaciones de Pedrell con las gloriolas de la época no podían ser mucho más cordiales, será fácil comprender la creciente amargura de este hombre que veía pasar los años mientras que su fruta madura se pudría en el árbol, inaccesible e inatractiva al apetito de las gentes”. Corno dice Salazar, la obra de Pedrell fue de predicación y de lucha, pero era una obra de transición, a su vez fuertemente influida por las estéticas al uso en su momento y por la fuerte genialidad de los reformadores de otros países como Wagner. Dice Roland Manuel: “Un francés, Felipe V, había abandonado su reino a la influencia musical italiana ; otro francés, Claude Debussy, que sabía descifrar ‘la música escrita en la naturaleza’, ofrecería a los sucesores de Pedrell el medio de reencontrar el sentido y el espíritu de su tradición eterna”. Porque el ‘cante jondo’ y el ‘toque jondo’ no son otra cosa, en definitiva, que el ‘canto profundo’ y la armonía natural de la música andaluza. El ejemplo de Claude Debussy mostró el efecto que la música popular puede tener. Sin él, el sueño de Pedrell no se habría realizado. Esta última aseveración nos lleva a una posible duda: ¿no sería acaso un verdadero ‘sueño’ el de Pedrell? ¿No será tal vez un sinsentido el aforismo del P. Eximeno? Citemos a Salazar:

“Nótese este caso curioso: Soriano, Barbieri, Pedrell, Saldoni, todos reformadores, mezcla de innovadores y tradicionalistas, todos ellos ‘eruditos’, gentes de estudio, hombres de pluma mejor o peor tajada, pero, al fin, ‘intelectuales’. Conviene resaltar este hecho, porque en él estriban sus mejores virtudes (su buena fe, el entusiasmo, el patriotismo) y sus más lamentables errores (la equivocación del concepto, sus falsas ideas sobre casticismo, nacionalismo, tradición, resurrecciones artísticas, etc.)”.

Porque al igual que era bastante absurdo poner letra española a óperas italianas, como hizo Saldoni, o armonizar a la italiana melodías populares españolas, como Barbieri, ¿no podría ser igualmente absurdo utilizar cantos populares españoles como ‘Leitmotive’ de un drama lírico wagneriano? ¿No sería esto algo artificial y gratuito? Veamos qué dice al respecto Peña y Goñi:

“Hay quien estima condición indispensable, marca indeleble de fábrica para la ópera española, el canto popular. Nada más absurdo, en mi concepto. Las creaciones del genio en la música, donde el color local es de pura convención, si es que real- mente existe, no pueden, no deben someterse a fórmulas determinadas. Esas fórmulas las impone el genio en la parte puramente técnica. Que los músicos estudien los cantos populares, nada más justo, pero que traten de convertirlos en distintivo permanente de nacionalidad, nada más absurdo. El procedimiento sería demasiado cómodo y cualquiera podría sentar plaza de genio a poca costa.

En la ópera cómica el canto popular tiene varias y bellas aplicaciones. En la ópera el cuadro se agranda y las pasiones dominan. Lo popular es un accidente y nada más. Y es necesario que esté aplicado oportuna y sobriamente, si el caso de aplicarlo llega. Un argumento basta para echar por tierra las ideas de los que preconizan el canto popular, en presencia o en esencia, como condición ‘sine qua non’ para la ópera española. Según ellos, Las bodas de Fígaro o El barbero de Sevilla deberían ser colecciones de boleros, vitos, seguidillas y hasta peteneras. Y ni Mozart ni Rossini pensaron en semejante cosa.

Que un compositor español ponga en música un poema interesante, que busque la belleza y la verdad, tal como él las siente, y las exprese noble y lealmente, sin someter sus aptitudes y su inteligencia a copias serviles; que ese compositor tenga genio y escriba. Sus obras se representarán, serán aplaudidas y ése y no otro será el fundador de la ópera española”.

Esta opinión, como vemos, coincide punto por punto con la anteriormente citada de Adorno sobre nacionalismo musical colectivista, y es la misma que expresa Schönberg cuando escribe: “Los folkloristas que, tanto si se ven forzados a ello (por falta de teorías propias) como si no (porque después de todo, la existente tradición y cultura musical podría encontrar sitio para ellos) desean aplicar a las ideas primitivas de la música folklórica una técnica que sólo conviene a un estilo musical muy complejo”. Lo mismo dice Strawinsky, coincidiendo con Schönberg y contradiciéndose a sí mismo, a nuestro parecer, porque, ¿qué es el ‘neoclasicismo’ sino “... recrear un arte que ya existía desde hace muchos siglos?Stuckenschmidt trata de resolver el problema recordando que en la historia del arte hay “... repeticiones y aparentes regresiones que transforman lo aparentemente primitivo en progresivo y al contrario”. Nosotros, por nuestra parte, no podemos aceptar sus razones, ya que, como hemos mostrado ya suficientemente, abogamos por una concepción positivista de la historia de la música, según la cual ésta es un proceso acumulativo e ininterrumpido. Con esto volvemos, al final de este capítulo, al mismo problema que nos planteábamos en apartados anteriores: el del concepto de ‘vanguardia musical’. Pero no nos extenderemos aquí más y relegaremos la solución del problema a posteriores secciones de este trabajo.

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EXIMENO, Antonio, 1978, Del origen y reglas de la música, Madrid, Editora Nacional [VOLVER]

Entendemos por zarzuela un género musical escénico español en el que se mezclan partes instrumentales, vocales y habladas. El término ‘zarzuela’ deriva del nombre del palacete o pabellón de caza, rodeado de zarzas, donde, en el siglo XVII se representaban para la corte española historias con temática mitológica. La música de las primeras zarzuelas se ha perdido, si bien conocemos muchos de sus títulos y los nombres de sus autores. Destacan El jardín de Falerina con música de Juan Hidalgo y libreto de Pedro Calderón de la Barca, el más importante autor de zarzuelas de esta época. La primera zarzuela de la que se conserva suficiente música como para tener una idea clara de cómo era el género en el siglo XVII es Los celos hacen estrellas de Juan Hidalgo y Juan Vélez, obra interpretada en 1672. Con la subida al trono de los Borbones la ópera italiana desplazó a los espectáculos en español. Los músicos españoles se vieron obligados a adoptar los esquemas italianos en zarzuelas como Veneno es de amor la envidia de Sebastián Durón, Júpiter y Danae (1708), del compositor mallorquín Antonio Literes, y otras en las que también aparecen algunos elementos de la tradición musical española. Durante el reinado de Carlos III, con las revueltas contra los ministros italianos, se vuelve a impulsar la tradición popular representada por los sainetes de don Ramón de la Cruz. Con Las segadoras de Vallecas (1768), música de Rodríguez de Hita y libreto de este último, se representa la primera zarzuela basada en temas costumbristas. A la desaparición del gran impulsor que fue Ramón de la Cruz nadie continúa su labor. No obstante, aunque los reyes siguieron apoyando la música italiana, a partir de 1839 se produce una reacción con obras como El novio y el concierto, El ventorrillo de Crespo y Los solitarios, con libreto de Manuel Bretón de los Herreros y música de Basilio Basili y La mensajera, de Hernando Gaztambide. Con Francisco Asenjo Barbieri el género experimentará gran auge y fijará sus características más importantes: mezcla de partes cantadas y habla­das, inclusión de danzas y bailes populares, abundancia de temas cómicos y/o casticistas. También se diferenciará claramente entre el género chico (en un acto) y el género grande o ‘gran zarzuela’ (en tres actos). [Encarta-99] [VOLVER]

PEÑA Y GOÑI, Antonio, 1967, España desde la ópera a la zarzuela, Madrid, Alianza, pp. 17 ss. [VOLVER]

SALAZAR, Ad., 1970, La música contemporánea en España, Madrid, La Nave [VOLVER]

Se entiende por Leitmotiv (en alemán, ‘motivo conductor’) un tema o motivo musical claramente definido que se usa a menudo para representar o simbolizar un objeto, un ser viviente, una idea, una emoción o una fuerza sobrenatural, y que se utiliza como recurso compositivo. Si bien el músico alemán Richard Wagner nunca empleó este término en sus escritos, fue él quien lo introdujo en sus dramas musicales para identificar personajes y comentar la acción dramática. También aparecen motivos recurrentes en las obras de compositores como Hector Berlioz, Carl Maria von Weber y Franz Liszt. [Enciclopedia Planeta Multimedia] [VOLVER]

Por sus características geográficas, Rusia ha mantenido unas tradiciones musicales diferenciadas: un canto más rapsódico y modal, sin tener tan marcada la dualidad mayor-menor y sin desembocar en la estructura de la forma sonata. A diferencia de la católica o de la luterana, la Iglesia ortodoxa no permitió el órgano en los templos (con lo que se potenciaron los coros a cappella, fuente de la merecida fama que po­see la voz de bajo en Rusia), pero ha sido más permeable a las influencias melódicas externas, mayoritariamente las orientales. La Rusia del siglo XIX hizo una doble irrupción en el mundo musical internacional. Por un lado albergó las tendencias nacionalistas más precoces: M. Glinka es el autor de la que se considera la primera obra nacionalista (Una vida por el zar, escrita en 1836). Fue entonces cuando surgió la personalidad de Piotr Illich Chaikovski, que, aunque sin duda se integra en la gran música romántica, impregna muy a menudo sus obras con temas nacionales. Abiertamente opuestos a Chaikovski, los compositores del Grupo de los Cinco (Balakirev, Borodin, Cesar Cui, Rimski-Korsakov y Mussorgski) estaban en contra del Conservatorio y de la tradición extranjera que representaba. Solamente Balakirev era músico de profesión. Borodin era médico, y los demás militares. Si Mussorgski fue el más genial y el más naturalista, Rimski-Korsakov se reveló como el más técnico e innovador en el tratamiento de la orquesta, sin por ello apartarse de la línea narrativa. [Enciclopedia Planeta Multimedia] La ópera rusa desarrolló una escuela nacionalista propia que comienza, como decimos, con Una vida por el zar o Ivan Susanin (1836), de Mijail Glinka, e incluye Russalka y El convidado de piedra, de Alexandr Dargomijski, El príncipe Igor (estreno póstumo 1890), de Alexandr Borodin, El gallo de oro (1909), de Nikolai Rimski-Korsakov, y la obra maestra del género, Boris Godunov (1874) de Modest Mussorgski. Las óperas más destacadas de Piotr Illich Chaikovski son Eugenio Onegín (1879) y La dama de picas (1890). [Encarta-99] [VOLVER]

En la segunda mitad del siglo XIX destacan compositores de zarzuelas como Emilio Arrieta, Federico Chueca, autor de La Gran Vía y Agua, azucarillos y aguardiente, Ruperto Chapí, autor de La tempestad, La bruja y La revoltosa, Manuel Fernández Caballero, El dúo de la Africana y Gigantes y cabezudos, y Tomás Bretón, autor de la popularísima La verbena de la paloma. En los primeros años del siglo XX se estrenan algunas de las mejores zarzuelas desde el punto de vista musical, aunque el género inicia un declive que se acentuará a partir de 1940. Entre las obras destacables se encuentran la obra maestra Doña Francisquita, de Amadeo Vives, La canción del olvido, de José Serrano, El caserío, de Jesús Guridi, Las golondrinas, de José María Usandizaga, y Luisa Fernanda, de Federico Moreno Torroba. [ibid.] [VOLVER]

La música de Debussy, en su fase de plena madurez, fue la precursora de la mayor parte de la música moderna y lo convirtió en uno de los compositores más importantes de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sus innovaciones fueron, por encima de todo, armónicas. Aunque no fue él quien inventó la escala de tonos enteros, sí fue el primero que la utilizó con éxito. Su tratamiento de los acordes fue revolucionario en su tiempo ; los utilizaba de una manera colorista y efectista, sin recurrir a ellos como soporte de ninguna tonalidad concreta ni progresión tradicional. Esta falta de tonalidad estricta producía un carácter vago y ensoñador que algunos críticos contemporáneos calificaron de impresionismo musical, dada la semejanza entre el efecto que producía esta clase de música y los cuadros de la escuela impresionista. Aún hoy se sigue empleando este término para describir su música. Debussy no creó una escuela de composición, pero sí liberó a la música de las limitaciones armónicas tradicionales. Además, con sus obras demostró la validez de la experimentación como método para conseguir nuevas ideas y técnicas. [ibid.] [VOLVER]

Sin embargo -cosa que Peña y Goñi parece no haber notado- en Las bodas de Fígaro sí que se incluye un aire popular español: un fandango concretamente. [VOLVER]

Vid. supra [VOLVER]

STUCKENSCHMIDT, H.H, 1960, La música del siglo XX, Madrid, Guadarrama [VOLVER]

Nos estamos refiriendo a la adaptación al caso de la música del concepto de revitalización, utilizado en antropología para designar un conjunto de fenómenos sociales que consisten en movimientos deliberados y conscientes que emprenden algunos individuos, hasta formar grupos, cuya finalidad es erradicar un tipo de vida indeseable hasta conseguir una cultura más favorable (en nuestro caso, empeñarse en buscar una forma musical más ‘pura’ y genuina). Ejemplos de movimientos de ‘revitalización’ son: A) el nativismo o rechazo a lo extranjero o ajeno a la propia cultura, por lo que hay que erradicarlo (probablemente el fundamentalismo islámico sea una forma de ‘nativismo’, y tal vez ciertos tipos de nacionalismo musical también); B) el revivalismo o deseo de volver al pasado, a una época en la que todo era mejor y predominaba la virtud social (en nuestro caso, el afán, con frecuencia inexplicable, por recuperar formas musicales periclitadas, o de volver a las raíces del canto popular), y C) el milenarismo o creencia de que regresará un mesías para reinar durante mil años y con ello florecerá, milagrosamente, el cambio social. [Encarta-99] [VOLVER]

[ATRAS]