LO TIPICAMENTE ESPAÑOL Y MANUEL DE FALLA

 

La particularidad, categoría central de la estética

 

            Según Lukács, singularidad, particularidad y generalidad no son puntos de vista, sino rasgos esenciales de los objetos de la realidad objetiva, de sus relaciones y vinculaciones, “... sin cuyo conocimiento el hombre no puede ni orientarse en su mundo circundante, ni dominarlo y someterlo a sus fines. La conexión de esas categorías es un proceso elemental determinado por la objetividad”. Es, en efecto, un principio de la esencia de las cosas que el acto de generalizar sea mucho más antiguo que el reconocimiento y la posición intelectual consciente de la generalidad. Cuando percibimos un objeto, no se nos presenta como conocido más que si no nos limitamos a comprobar espontáneamente sus rasgos comunes con otros objetos análogos, sino que además “... inferimos que esos objetos tienen propiedades comunes, pertenecen al mismo grupo”. En ese proceso de generalización tiene un papel preponderante el trabajo, puesto que impone una captación más precisa de la objetividad. Una tal generalización eleva las palabras “... a la altura de la conceptualidad” y crea entre ellas conexiones que hacen de la frase el verdadero fundamento del lenguaje. Esto tiene lugar por pasos sucesivos, y cada vez se producen gradaciones más intensas que nos permiten captar la peculiaridad de la particularidad, prácticamente y en flexiones inmediatas sobre la práctica.

            Para Hegel, el proceso de la generalización es un proceso de determinación, como sabemos, y así dice: “Lo general tiene, según esto, una particularidad que tiene a su vez su disolución en una generalidad superior. Y no pierde su carácter de generalidad por el hecho de ser sólo relativamente general”. La peculiaridad, por tanto, se encuentra en una relación dialéctica de mutación recíproca con la generalidad, pero esa interacción dialéctica no anula en modo alguno su sustantividad como categoría. La particularidad no es, según Lukács, meramente una generalidad relativa, ni tampoco sólo un camino que lleva de la singularidad a la generalidad, sino la mediación necesaria entre la singularidad y la generalidad. Sin embargo, observa Lukács que en nuestras relaciones directas con la realidad tropezamos siempre directamente con la singularidad ; ¿representa esto acaso una contradicción? Evidentemente, no, pues Hegel la desmiente diciendo que se presenta a menudo la necesidad de decir “... qué cosa ‘ésta’ o qué Yo ‘este’ estoy mentando ; pero resulta imposible contestar a esa exigencia”. Con esto queda explicado el dilema; pero Hegel llama a estos hechos inexpresable, en su irracionalismo idealista, “lo no-verdadero, lo irracional, lo meramente mentado”. El materialismo, en cambio, enfoca la cuestión desde otro ángulo: si concebimos singularidad, particularidad y generalidad como reflejos de la naturaleza objetiva de toda sociedad, entonces la indecibilidad de lo singular en su inmediatez no se nos presenta como signo de una existencia falsa e irracional, sino como “... intimación a descubrir las relaciones que lleva a ellos a la particularidad y a la generalidad”. Así, por ejemplo, Feuerbach considera al ser sensible como ser permanente e inmutable para la conciencia sensible, con lo cual queda salvada la inmediatez.

            De esta forma que acabamos de ver lo singular se convierte para el pensamiento y el conocimiento en objeto de un infinito proceso de aproximación, cuyo grado estará determinado por las necesidades y las posibilidades del pensamiento en cada estadio de la evolución histórico-social. El camino del pensamiento y del conocimiento consistirá entonces en una in- interrumpida oscilación arriba y debajo de la singularidad a la generalidad y viceversa. Esta interacción dialéctica estará medida por la particularidad. Distinto es el proceso en la esfera estética, pues en este caso la particularidad no se pone sólo como mediación entre la generalidad y la singularidad, sino que además actúa como centro organizador: es punto de partida y de llegada entre los correspondientes movimientos. Lukács insiste en esta diferencia entre ‘mediación’ y ‘punto medio’ o ‘centro’, pues para él con la aparición del hombre el centro cobra una posición particular en el sistema dinámico de las mediaciones, aunque sin afectar por ello a la objetividad básica de la intención de conjunto. Ese centro se distingue por dos características:

a)      Importancia central de la evolución de las fuerzas productivas como fundamento de la evolución de las relaciones de producción como mediación entre sociedad humana y naturaleza.

b)     El centro no es ya algo producido y dado por la realidad objetiva y que sólo en la reproducción intelectual aparece como puesto, sino que ya en su naturaleza objetiva es algo nuevo.

            El sujeto de ese ‘poner’ no es el hombre singular, ni mucho menos su conciencia, sino la sociedad de cada caso en su conjunto. Esa esencia de la sociedad existe, según Lukács, independientemente de que la conciencia del hombre la capte o no la capte, y lo haga correctamente o falsamente. Por ejemplo, el aspecto mágico-religioso de la sociedad primitiva dio lugar a la Etica (particularidad como centro mediador entre el Derecho puramente objetivo (generalidad) y la Moral puramente subjetiva (singularidad). Pero volvamos a lo que particularmente nos interesa en este momento, es decir, a la Estética. Se dice generalmente que el mundo del arte es el mundo del hombre, con lo cual queda declarada la unidad de la subjetividad y la objetividad, el ‘sujeto-objeto idéntico’. ¿Es cierto esto? Según Lukács, la respuesta a esta pregunta es tanto afirmativa como negativa ; veamos por qué:

a)      NO, porque un sujeto que realmente existe se encuentra siempre ante un mundo objetivo que existe con independencia de él, y es siempre el producto de éste, nunca el principio creador de su totalidad.

b)      SI, porque la formación central de la esfera estética, la obra de arte, no puede entenderse de ese modo más que si en ella se realiza el máximo de subjetividad desplegada, “depurada de mera particularidad”, con una objetividad máxima y junto con la aproximación también máxima a la realidad objetiva mediante su reflejo.

            Por lo tanto, podemos definir la obra de arte como “centro entre subjetividad y objetividad, como superación de los dos extremos, al realizar la obra de arte una unidad orgánica de la interioridad del hombre con su mundo externo”. Esta armonía no tendrá ni un carácter formal, ni se presentará con la pretensión de absoluto, como hace la hipóstasis. No es una realidad en sí, sino una realidad referida al hombre. La particularidad resulta, pues, la categoría central de la estética. Podemos caracterizar esta categoría en los puntos que siguen:

1.      Naturaleza esencialmente histórica de la obra de arte: la insuperabilidad del hic et nunc de toda obra de arte muestra que no es posible que la domine la generalidad. Y como ese hic et nunc se convierte en portavoz de una fase histórico-social de la evolución de la humanidad, su singularidad no se ha conservado como tal.

2.      La obra de arte como totalidad intensiva de las determinaciones relevantes para el nudo que conforma: el fundamento de la referenciabilidad que la sostiene no es ni general ni singular, sino concretamente determinado, o sea, particular”.

      Como dice Lukács, “... la ejemplaridad éticamente realizada estimula a los semejantes a actos análogos ; pero eso no altera en nada su naturaleza y su relación con la aspiración humana a realizar la propia completitud”. Esta es una de las necesidades sociales que satisfacen la totalidad intensiva de las obras de arte. Pero hay que señalar una diferencia: en la práctica ética se trata de una auténtica realización de la completitud, mientras que en estética se trata únicamente de un reflejo de la realidad, en el cual “... la intención esencial en la elección y captación de los objetos está dirigida por la necesidad de completitud”.

3.      Problema de lo típico: no es el arte el que crea lo típico, sino que meramente refleja hechos de la realidad que existen con independencia de él, de acuerdo con las necesidades sociales a que sirve Esto significa:

a)      Objetivamente: en la singularidad como tal se encuentran ya contenidos los momentos de su generalización.

b)      Subjetivamente: el hombre, con objeto de orientarse adecuadamente en su mundo circundante, se ve obligado a elaborar correctamente esas vinculaciones, su naturaleza, sus cualidad y su cantidad.

            Dice Goethe: “No hay individuos. Todos los individuos son también géneros: este o aquel individuo, el que quieras, es representante de toda una especie. La naturaleza no produce nunca un individuo único. Ella es algo único, ella es única ; pero el individuo es frecuentemente muchos, una masa, innumerablemente presente”. Lo mismo que con la singularidad tomada en sí misma ocurre, según Lukács, con sus relaciones y los movimientos inmediatamente relacionados con ella. Pues no só­lo hablamos de tipos humanos, sino también de situaciones típicas, de discurso típico, de relación típica, etc. En el caso del conocimiento de la realidad objetiva se produce una generalización máxima con la cual pueden citarse sólo un mínimo de tipos. En cam­bio, si la finalidad socialmente condicionada es el autoconocimiento del hombre, la tipificación cobra un carácter pluralista; por otra parte, “... no se suprime, sino que se profundiza, la unidad del tipo con el individuo con el cual aparece en la vida”.

            Pero en el terreno estético no se trata de explicitar la contraposición entre lo típico y lo atípico, sino más bien de la refiguración de la realidad para que refleje y confor­me artísticamente su ‘mundo’ humano particular y unitario. Esta positividad estética produce, afirma Lukács, una conexión sistemática, una jerarquía entre los tipos a los que da forma, jerarquía que a su vez no puede separarse del suelo concreto cuyas peculiaridades se revelan en la obra de arte. La particularidad, por tanto, se manifiesta como la determinación específica de la tipicidad conformada de las obras de arte. “El entero ‘mundo’ conformado está predispuesto a la imposición de la validez evocadora de la dialéctica del complejo típico”. Pero ésta no se produce por necesidad casual ; generalidad y singularidad se superan según el siguiente proceso: lo general aparece en la esfera estética como una fuerza importante de la vida, decisiva a menudo. Ahora bien ; el arte relaciona directamente con el hombre, con el destino de la humanidad, “las fuerzas que subyacen objetivamente a dicha generalizacion”, con lo cual la generalidad queda superada en la particularidad. Como sabemos, la conciencia humana no ha desarrollado más que un solo órgano para el reflejo de la generalidad (y la singularidad): el lenguaje. Según Lukács, el lenguaje poético no es otra cosa que esta superación de que hablamos, realizada en aquel medio especifico. Pero esta dialéctica tiene lugar en forma específica en cada arte:

a)      Artes figurativas: Todo lo interno queda unido en la indeterminación, y sólo lo externo puede cobrar una objetividad determinada. Por eso la conformación de lo externo sólo puede producir una superación de la singularidad en la particularidad; pero la generalidad no desaparece por ello totalmente del mundo visible.

b)      Arquitectura: En su ‘mundo’ no puede darse ninguna singularidad en sentido estricto, pues está dominado por la generalidad. Su acción estética consiste en la contraposición de las fuerzas generales y su superación “sensible y significativa” en la unidad. Pero aquí interviene también el conocimiento humano (matemáticas), con lo cual hace su aparición la singularidad.

c)      Música: No satisface sus necesidades vitales elementales ; se sostiene exclusiva- mente en su naturaleza estática. El problema categorial es consecuencia de la reflejabilidad de la dialéctica de lo externo y lo interno en su medio homogéneo específico y de la relación entre objetividad determinada y subjetividad indeterminada:

1)      Objetividad indeterminada: puede oscilar entre la generalidad más abstracta y la singularidad más particular.

2)   Objetividad determinada: superación inicial de lo meramente singular y de la generalidad ‘muda’ ; es el centro auténtico de la interioridad humana verdadera.

            La particularidad, por tanto, aparece en la música en su forma más pura y, por consiguiente, más impropia que en todas las demás artes. Pero el modo de verificarse la particularidad en la obra de arte varia también, según Lukács, en las diferentes escuelas y tendencias a lo largo de la historia; podemos considerar, pues, esta serie:

1)      Legalidad general de la estética como tal

2)      Leyes particulares concretas del género

3)      Conformación individual de la obra.

            Esta estructura nos lleva a un viejo problema de la estética: cada obra de arte es, por una parte, algo único, incomparable, individual, y al mismo tiempo sólo puede llegar a ser una auténtica obra de arte por cumplimiento de su legalidad interna, que es un momento de la legalidad estética general. Lukács deduce de ello que esta estructura presenta todos los rasgos de la categoría de la particularidad. Tal vez lo que mejor ilustra el caso sea esta frase de Marx, tomada de ‘Grundrisse der Politischen Ökonomie’: “La dificultad estriba sólo en la formulación general de estas contradicciones. En cuanto que se especifican quedan aclaradas”. Efectivamente, dice Lukács, el modo de conformación de una obra de arte de- pende de dónde se sitúe este ámbito central respecto de la generalidad y la singularidad ; la elección de un tal centro contiene un movimiento en torno a ese centro y dentro del ám­bito de lo particular. Una mayor proximidad del centro a la generalidad tiene como consecuencia un ámbito de juego menor, y una inclinación hacia la singularidad facilita un ámbito de juego mayor. Pero también puede ocurrir lo contrario, como en el caso de Dante, por ejemplo.

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LUKÁCS, G., 1969, Prolegómenos a una estética marxista, Barcelona, Grijalbo, pp. 165 ss. [VOLVER]

Este concepto lo toma Lukács del pensador historicista Wilhelm Dilthey (1833-1911), aunque adaptándolo -por supuesto- a sus esquemas marxistas. Al distinguir entre el ‘saber histórico’ y las ‘ciencias de la naturaleza’ Dilthey, en efecto, dice que el primero (ciencias del espíritu) estudia al hombre en sus relaciones sociales, en la historia, según las siguientes características: (a) El mundo histórico está constituido por individuos, elementos fundamentales de la sociedad ; este extremo no es aceptado, desde luego, por Lukács, para el cual el motor de la sociedad no está constituido por los ‘individuos’, sino por la lucha de clases. (b) El objeto de las ‘ciencias del espíritu’ no es exterior al hombre, sino interior, captado a través de la experiencia interna (Erlebnis) ; este punto tampoco lo acepta Lukács, como hemos visto. (c) La individualidad se presenta en forma de tipo [ABBAGNANO, N., 1973, Historia de la Filosofía (III), Barcelona, Montaner & Simón, pp. 489-91] [VOLVER]

LUKÁCS, Estética I (4), op. cit., pp. 7 ss. [VOLVER]

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