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CINE
FRANCES, AÑOS 30 (‘La Gaceta de Canarias’, 7-XI-1993)
El cine francés, como reconoce el crítico
norteamericano David L. Cook, constituía durante la década de los 30 la
industria fílmica de mayor resonancia mundial después de la yanqui y lo
fue desde un punto de vista distinto que aquella, ya que, como ya se dijo
más arriba, se puso el acento en el aspecto cultural. No en vano el París
posterior a la Guerra Europea se había constituido en el centro de una
vanguardia artística internacional que englobaba tendencias tan
diversas como el cubismo, el surrealismo, el dadaismo y el
futurismo. Esta circunstancia provocó el que algunos intelectuales
galos se percataran de las posibilidades que ofrecía el cinematógrafo
para objetivizar estados oníricos o para expresar la concepción
modernista del tiempo y del espacio.
El período 1921-29 en Francia es considerado por
Cook, al contrario que otros autores, como muy interesante para la
historia del cine, debido a la afloración de tendencias como el impresionismo de vanguardia cuya máxima figura –junto con otras
igualmente señeras, vinculadas sobre todo con el surrealismo, como
Jean Cocteau, el ya citado René Clair y el español Luis Buñuel- sería
Abel Gance, quien con creaciones como La
roue (1922) o Napoleon vu par
Abel Gance (1927) alcanzaría una sofisticación y un poder metafórico
de las imágenes comparables a los logros contemporáneos de Eisenstein,
Stroheim o Griffith. Sin embargo, es de notar que ninguna de las obras
posteriores de este realizador, ya en la etapa sonora, iba a alcanzar el
nivel de calidad de sus realizaciones mudas ; su carrera fue cada vez más
irregular, abordando proyectos de carácter abiertamente comercial. No
obstante, Abel Gance será siempre recordado como el gran investigador del
lenguaje cinematográfico que sin duda fue y como el pionero en la
utilización de sistemas de proyección que más tarde se harían
populares, como el sonido estereofónico o la polivisión.
En la primera etapa del sonoro francés, un período
de pocas realizaciones debido al espectacular aumento de los costes de
producción que el sonido trajo consigo, destaca, como ya se apuntó, la
personalidad de René Clair, procedente del cine mudo, quien con Sur
les toits de Paris (1930), Le
million (1931) y A nous la liberté (1931), entre otros filmes, se convertiría en
un maestro consumado cuya obra incluso serviría de inspiración a
realizadores de allende la fronteras: véase la influencia, reconocida
por el propio Clair, ejercida en Charles Chaplin y su Tiempos
modernos (1935). Otro director francés importante en ese período,
aunque no tan prolífico como el anterior, fue Jean Vigo, quien dejó para
la posteridad dos únicas películas: Zéro
en conduite (1933), impactante estudio sobre el lado anarquizante
del temperamento infantil, y L’Atalante
(1934), una obra maestra de realismo poético. El
realismo poético de la obra de Vigo fue continuado con sumo éxito por la
oleada siguiente de cineastas franceses, la correspondiente a la etapa
1934-40, e incluso por los realizadores de posguerra. Este estilo
cinematográfico se diversificó en dos tendencias a modo de interpretación
de la realidad política por la que atravesaba Francia a la sazón, con el
fascismo nazi a sus puertas ; una de ellas era de clara connotación
frentepopulista, mientras
que la otra reflejaba una especia de claudicación de los cineastas galos
ante una realidad
histórica incon-
trovertible que les desbordaba. El principal representante
de esa escuela fue Jacques Feyder, quien se distinguió con dos obras
maestras indiscutibles: Le grand jeu
(1934),
un melodrama ambientado en la Legión Extranjera, y La
kermesse héroïque (1935), una fiel reconstrucción historicista del
Flandes del siglo XVII, durante la dominación
española. A esta generación pertenece igualmente Julien Duvivier, uno de
los creadores del cine negro francés,
con títulos célebres como Pépé
le Moko (1937). También puede encuadrarse dentro del realismo poético al realizador Marcel
Carné, adaptador de guiones originales del poeta surrealista
Jacques Prévert, gran parte de cuyos primeros títulos, como Quai des brumes (1938) o Le
jour se lève (1939), pertenecen al recién inaugurado género del
‘cine negro’. La vena poético-realista de este director, que ya se
había anunciado durante los años de ocupación hitleriana, no afloró
hasta después de la guerra, con Les
enfants du paradis (1946), uno de los clásicos indiscutibles del
cine francés de todos los tiempos. También habría que mencionar a este
respecto los films realizados por esa época por Marcel Pagnol y Sacha
Guitry, procedentes ambos del mundo teatral, y los de Yves Allegret, interesante aunque sólo sea por la crítica que de él harían
décadas más tarde los componentes de la nouvelle vague. La obra de este último, caído en desgracia
frente a la crítica a partir de 1954, se caracteriza por una acertada
mezcla de las constantes temáticas del cine negro con las ideas filosóficas
del existencialismo, en boga por aquellos años, todo ello unido a una
factura técnica irreprochable. La película de Allegret que ha
dado a su director mayor predicamento ha sido Los
orgullosos (1953), un melodrama inspirado libremente en un guión
original de Jean-Paul Sartre. El ciclo sobre cine francés de los años 30 que proyecta la Filmoteca Canaria responde a una necesidad perentoria: la de que los cinéfilos conozcan etapas ya periclitadas de la creación cinematográfica a través de sus realizaciones más significativas. En este caso concreto, el ciclo cubre un período del cine europeo escasamente conocido por el público de este país, donde se difunden con mucha mayor insistencia las producciones norteamericanas de la época (que también conviene conocer, por supuesto). Esa es, entre otras, la labor de las Filmotecas, dado que las salas de proyección comerciales, salvo honrosas excepciones, no se muestran muy proclives a distribuir tales películas. Tan sólo TVE proyecta con cierta continuidad este tipo de films, algunos incluso en versión original, pero su esfuerzo, aunque encomiable, resulta a todas luces insuficiente por lo fragmentario de las programaciones. Sólo ciclos como el que aquí se comenta son capaces de proporcionar una visión de conjunto sobre la época cinematográfica de que se trate. Debemos, por tanto, aplaudir cualquier iniciativa que se tome en este sentido. |