CINE FRANCES, AÑOS 30 (Un nuevo ciclo de la Filmoteca Canaria)

(‘La Gaceta de Canarias’, 7-XI-1993)

 

            Tras el reciente ciclo dedicado al realizador alemán R.W. Fassbinder, la Filmoteca ataca de nuevo con una nutrida selección de filmes franceses del período de entreguerras. Podemos dividir la historia del cine galo en nueve períodos –cuatro en el mudo y cinco en el sonoro-, a los que cabría añadir un décimo, correspondiente al cine realizado en la actualidad, con posterioridad a la famosa ‘nueva ola’. La primera etapa (1895-1907) corresponde al establecimiento y consolidación del cine como arte e industria. Le sigue un segundo momento (1908-18), en el curso de la cual se hace un mayor hincapié en la faceta artística del cinematógrafo, con manifestaciones tan importantes como el film d’art, que aglutina las influencias de origen teatral, los films de episodios y el inicio del cine cómico, de la mano del gran Max Linder. La siguiente etapa (1919-23) se caracteriza por la búsqueda de un arte nuevo a través de la fotogenia. La época muda termina con un último período (1924-28) marcado por la decadencia, el vanguardismo y, sobre todo, un academicismo retórico del cual, según algunos estudiosos, únicamente se salvan algunos nombres que luego darían de qué hablar durante la etapa sonora: Jean Epstein, Jacques Feyder, Jean Renoir, etc.

             La llegada del sonoro significó algo así como una brisa revivificadora para el cine francés, que en el crucial período que transcurre entre 1929 y 1933 adquiere características netamente nacionales, que ya no se basarán en el acervo literario ni en las figuras representativas de la historia, todo ello raíz del academicismo de finales del mudo, si no más bien en las gentes populares y sus costumbres. El nombre de René Clair refulge con luz propia en esta etapa, cuyas tendencias culminarán en la siguiente (1934-39), considerada como de apogeo ; es entonces cuando se producen las grandes obras maestras de autores como Renoir, Carné, Feyder, Duvivier, Chenal, Grémillon, Allégret, Vigo, Pagnol, etc., algunos ya consagrados durante el período anterior y todos ellos bajo el denominador común de un género de reciente creación: el cine negro. Después de una larga etapa de reconstrucción nacional (1946-58) tras el trauma que significó la 2a Guerra Mundial el cine francés volvió a levantarse de sus cenizas, alcanzando de nuevo altas cimas de creatividad con la nueva ola (1958-66), cuya influencia estética se deja notar aún en nuestra época.

            El cine francés, como reconoce el crítico norteamericano David L. Cook, constituía durante la década de los 30 la industria fílmica de mayor resonancia mundial después de la yanqui y lo fue desde un punto de vista distinto que aquella, ya que, como ya se dijo más arriba, se puso el acento en el aspecto cultural. No en vano el París posterior a la Guerra Europea se había constituido en el centro de una vanguardia artística internacional que englobaba tendencias tan diversas como el cubismo, el surrealismo, el dadaismo y el futurismo. Esta circunstancia provocó el que algunos intelectuales galos se percataran de las posibilidades que ofrecía el cinematógrafo para objetivizar estados oníricos o para expresar la concepción modernista del tiempo y del espacio.

            El período 1921-29 en Francia es considerado por Cook, al contrario que otros autores, como muy interesante para la historia del cine, debido a la afloración de tendencias como el impresionismo de vanguardia cuya máxima figura –junto con otras igualmente señeras, vinculadas sobre todo con el surrealismo, como Jean Cocteau, el ya citado René Clair y el español Luis Buñuel- sería Abel Gance, quien con creaciones como La roue (1922) o Napoleon vu par Abel Gance (1927) alcanzaría una sofisticación y un poder metafórico de las imágenes comparables a los logros contemporáneos de Eisenstein, Stroheim o Griffith. Sin embargo, es de notar que ninguna de las obras posteriores de este realizador, ya en la etapa sonora, iba a alcanzar el nivel de calidad de sus realizaciones mudas ; su carrera fue cada vez más irregular, abordando proyectos de carácter abiertamente comercial. No obstante, Abel Gance será siempre recordado como el gran investigador del lenguaje cinematográfico que sin duda fue y como el pionero en la utilización de sistemas de proyección que más tarde se harían populares, como el sonido estereofónico o la polivisión.

            En la primera etapa del sonoro francés, un período de pocas realizaciones debido al espectacular aumento de los costes de producción que el sonido trajo consigo, destaca, como ya se apuntó, la personalidad de René Clair, procedente del cine mudo, quien con Sur les toits de Paris (1930), Le million (1931) y A nous la liberté (1931), entre otros filmes, se convertiría en un maestro consumado cuya obra incluso serviría de inspiración a realizadores de allende la fronteras: véase la influencia, reconocida por el propio Clair, ejercida en Charles Chaplin y su Tiempos modernos (1935). Otro director francés importante en ese período, aunque no tan prolífico como el anterior, fue Jean Vigo, quien dejó para la posteridad dos únicas películas: Zéro en conduite (1933), impactante estudio sobre el lado anarquizante del temperamento infantil, y L’Atalante (1934), una obra maestra de realismo poético.

            El realismo poético de la obra de Vigo fue continuado con sumo éxito por la oleada siguiente de cineastas franceses, la correspondiente a la etapa 1934-40, e incluso por los realizadores de posguerra. Este estilo cinematográfico se diversificó en dos tendencias a modo de interpretación de la realidad política por la que atravesaba Francia a la sazón, con el fascismo nazi a sus puertas ; una de ellas era de clara connotación frentepopulista, mientras que la otra reflejaba una especia de claudicación de los cineastas galos ante una realidad histórica incon- trovertible que les desbordaba. El principal representante de esa escuela fue Jacques Feyder, quien se distinguió con dos obras maestras indiscutibles: Le grand jeu (1934), un melodrama ambientado en la Legión Extranjera, y La kermesse héroïque (1935), una fiel reconstrucción historicista del Flandes del siglo XVII, durante la dominación española. A esta generación pertenece igualmente Julien Duvivier, uno de los creadores del cine negro francés, con títulos célebres como Pépé le Moko (1937).  

            También puede encuadrarse dentro del realismo poético al realizador Marcel Carné, adaptador de guiones originales del poeta surrealista Jacques Prévert, gran parte de cuyos primeros títulos, como Quai des brumes (1938) o Le jour se lève (1939), pertenecen al recién inaugurado género del ‘cine negro’. La vena poético-realista de este director, que ya se había anunciado durante los años de ocupación hitleriana, no afloró hasta después de la guerra, con Les enfants du paradis (1946), uno de los clásicos indiscutibles del cine francés de todos los tiempos. También habría que mencionar a este respecto los films realizados por esa época por Marcel Pagnol y Sacha Guitry, procedentes ambos del mundo teatral, y los de Yves Allegret, interesante aunque sólo sea por la crítica que de él harían décadas más tarde los componentes de la nouvelle vague. La obra de este último, caído en desgracia frente a la crítica a partir de 1954, se caracteriza por una acertada mezcla de las constantes temáticas del cine negro con las ideas filosóficas del existencialismo, en boga por aquellos años, todo ello unido a una factura técnica irreprochable. La película de Allegret que ha dado a su director mayor predicamento ha sido Los orgullosos (1953), un melodrama inspirado libremente en un guión original de Jean-Paul Sartre.

             La máxima figura, sin embargo, del realismo poético francés fue, sin duda, Jean Renoir. Iniciado en el cine mudo, cimentó su fama en la etapa sonora, con una obra maestra: La chienne (1932). A este melodrama desgarrado, cuya narrativa le debe mucho al Sternberg de El ángel azul (1929), le siguieron, entre otras muchas realizaciones, Boudu sauvé des eaux (1932), un melodrama de corte similar al anterior, y Une partie de campagne (1936-46), donde la maestría técnica de Renoir se une a la influencia estética de pintores impresionistas como Auguste Renoir, padre del cineasta, Manet, Monet o Dégas para conseguir una descripción fílmica de la naturaleza y del paisaje sin parangón en toda la historia del cine. Le sigue la grande illusion (1937), una especie de parábola sobre la futilidad de la guerra ambientada en un campo de prisioneros. En esta película Renoir utiliza con gran habilidad el plano-secuencia y la profundidad de campo, recursos técnicos que posteriormente serían aprovechados por multitud de realizadores.

            El ciclo sobre cine francés de los años 30 que proyecta la Filmoteca Canaria responde a una necesidad perentoria: la de que los cinéfilos conozcan etapas ya periclitadas de la creación cinematográfica a través de sus realizaciones más significativas. En este caso concreto, el ciclo cubre un período del cine europeo escasamente conocido por el público de este país, donde se difunden con mucha mayor insistencia las producciones norteamericanas de la época (que también conviene conocer, por supuesto). Esa es, entre otras, la labor de las Filmotecas, dado que las salas de proyección comerciales, salvo honrosas excepciones, no se muestran muy proclives a distribuir tales películas. Tan sólo TVE proyecta con cierta continuidad este tipo de films, algunos incluso en versión original, pero su esfuerzo, aunque encomiable, resulta a todas luces insuficiente por lo fragmentario de las programaciones. Sólo ciclos como el que aquí se comenta son capaces de proporcionar una visión de conjunto sobre la época cinematográfica de que se trate. Debemos, por tanto, aplaudir cualquier iniciativa que se tome en este sentido.

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