CINE  NORTEAMERICANO FRENTE A CINE EU- ROPEO

Una eterna polémica

(‘La Gaceta de Canarias’, 2-I-1994)

 

            La actual diatriba entre distribuidores cinematográficos y Ministerio de Cultura en torno al control de taquilla sólo resulta comprensible si se la sitúa en un contexto más amplio. Se trata, ni más ni menos, de la sempiterna discusión, en la brecha desde que el cine es cine, acerca de si éste debe conceptuarse como un ‘arte’ (el 7o) o como una ‘industria’, o tal vez incluso como ambas cosas simultáneamente. Y, como ha declarado el director español Carlos Saura, “ambos aspectos están muy relacionados, desde el momento en que se necesita de una inversión económica para realizar una película”. De hecho, la actual posición intransi- gente de los exhibidores está motivada esencialmente por razones económicas: estos señores no pretenden, en absoluto, difundir unos productos artísticos ; lo que les mueve es básicamente ganar dinero, y creen, posiblemente con razón, que el cine que demanda la mayor parte del público actual es el que proviene de Estados Unidos.

            En el fondo se trata una vez más de la omnipresente ‘ley de la oferta y la demanda’, cristalizada aquí en la problemática de los índices de audiencias. A los distribuidores y exhibidores sólo les interesa que el público acuda en tropel a la salas, sea cual sea la calidad de la película que se proyecta. Lo que habría en todo caso que dilucidar a este respecto es cuáles son en realidad las motivaciones que llevan al eventual espectador cinematográfico a convertirse en lo que el realizador Marco Ferreri denomina “buscador de sombras”, gastándose sus ahorros en una entrada. Y esta pregunta lleva automáticamente a preguntarse en qué consiste a fin de cuentas la tan cacareada ‘calidad’ de la obra fílmica ; el afamado director italiano lo pone en estas palabras: “¿Quién determina lo que tiene o no calidad? ¿por qué la calidad de los grupos elitistas, de las minorías intelectuales, tiene que ser la calidad con mayúsculas? Todo es relativo”.

            Hay otra polémica relacionada directamente con lo aquí tratado: la distinción que se suele hacer a nivel crítico entre cine de consumo y cine de autor. Este distingo fue avivado a partir de la segunda mitad de los años 50 por los críticos franceses de la revista ‘Cahiers du Cinéma´; sin embargo, según Román Gubern, ha estado presente en toda la historia del cine ; este autor define ambos conceptos como “tendencia impersonal y rudimentaria de la elaboración fílmica, sometida a los imperativos comerciales de la industria” y “tendencia a hacer del cine un vehículo de expresión personal y altamente creativo”, respectivamente. En líneas generales se suele suponer que los cineastas europeos practican un cine más ‘de autor’ que sus homólogos norteamericanos, más sujetos a la política de los estudios (éstos se dejan llevar por los gustos del público, por razones comerciales obvias). Pero, como bien observa el crítico yanqui David A. Cook, en el caso concreto de la nueva ola francesa, surgida de los citados ‘Cahiers’, únicamente condujo a cambiar una forma de dogmatismo por otra: de la dictadura del estudio a la de la crítica.

            Pero, por supuesto, estas distinciones no llevan a ninguna parte, y tampoco interesan demasiado a la audiencia cinematográfica, que tan sólo pretende pasar un rato agradable cuando va al cine. No obstante, los distribuidores y exhibidores, que, por supuesto, tienen toda la razón del mundo al preocuparse por el incierto futuro de sus bolsillos, tampoco están totalmente acertados en sus planteamientos. Es cierto, en efecto, que hoy por hoy las películas americanas recaudan más en las taquillas de todo el mundo. Sin embargo, eso no es óbice para que no se distribuyen las películas que no vengan de allende el Atlántico. Y, por supuesto, ‘europeo’ no siempre es sinónimo de ‘intelectual’ y elitista. De hecho, es evidente que muchas producciones norteamericanas de las que se suelen proyectar por estos lares no tendrían el más mínimo éxito si no estuviesen sujetas a un despliegue publicitario tan amplio como el que se les hace, y algo parecido ocurre, aunque al revés, con las europeas.

             Se trata, en realidad, de un problema de cultura popular. Se suele convenir, como dice el refrán, en que “el vulgo es necio” y que “no es la miel para la boca del asno”. Esa forma de ver las cosas es, en opinión de quien esto escribe, sumamente sectaria y en el fondo no refleja otra cosa que el universal desprecio que las élites sienten por el hombre de la calle. Se supone –a veces con acierto- que la mayoría de las personas (y especialmente los más jóvenes) no tienen criterios estéticos propios y que, en consecuencia, hay que indicarles previamente lo que tienen que demandar, y más tarde atender sin demora sus demandas. Todo este razonamiento no es más que un círculo vicioso, un pez que se muerde la cola. Al final nadie sabe quién le va a poner el cascabel al gato, y todo se queda en las mismas: como los exhibidores no quieren perder dinero, sólo ponen las películas que más se anuncian, que son las que supuestamente quiere ver el público. Tal vez la solución del problema estribe, más que en regular la exhibición cinematográfica, en pensarse mejor qué es lo que se ha de anunciar y qué es lo que no.

[ATRAS]