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EL LABERINTO DEL INCONSCIENTE
(‘La Gaceta de Canarias’, 19-VI-1994)
LA
CIUDAD INTERIOR, de Josep Vilageliu
Los fenómenos inconscientes, según Sigmund Freud, creador del
psicoanálisis, tienen una importancia fundamental y no se limitan a
actuar durante el sueño, sino que dominan toda la vida psíquica. Lo que
solemos denominar ‘consciencia’ consiste precisamente en controlar
los procesos inconscientes, que con frecuencia se manifiestan simultáneamente
con los conscientes. Por eso es por lo que muchas veces cometemos actos
fallidos sin saber realmente por qué lo hacemos, y en algunos casos se
puede perder totalmente el control de la realidad ; se dice entonces que
el sujeto ‘ha perdido la razón’. La locura, al fin y al cabo, “es
la llave de la razón”, como decía Nietzsche. Todos los procesos psíquicos,
según esta teoría, se reducen, en definitiva, a un estira y encoge entre
los tres niveles del inconsciente: ‘ello’ (los instintos primarios),
‘yo’ (la voluntad consciente del individuo) y ‘super-yo’ (las
normas sociales). El yo intenta
actuar sobre el ello y
modificarlo. En otros términos, el ‘principio de realidad’ intenta
apaciguar y canalizar el ‘principio del placer’, que busca una
satisfacción inmediata sin tener en cuenta las condiciones de posibilidad
de descargar las tensiones. Freud intenta aclara esto diciendo que el yo
es como un jinete encargado de dominar la fuerza superior del caballo (ello). Pero hay una diferencia: el jinete domina al caballo con sus
propias fuerzas, mientras que el ‘yo’ lo hace con fuerzas prestadas: la sociedad, la cultura y la educación.
Aquí interviene la teoría freudiana de los sueños, que puede
constituir la clave para interpretar la película que aquí se comenta.
Según Freud, efectivamente, durante el sueño hay una debilidad relativa
del ‘yo’ que permite un esfuerzo relativo de las motivaciones procedentes del ‘ello’ y del ‘super-yo’. El sueño sería,
entonces, como un escaparse de la dura realidad, algo así como un
descanso, y en efecto, el insomnio surge precisamente cuando en el
individuo emergen tensiones perturbadoras: una espera cargada de emociones, una excitación sexual sin satisfacción, cólera reprimida,
etc. Soñar equivaldría entonces a la realización de algún deseo. Esto
se ve claramente sobre todo en los sueños de los niños, donde se cumplen
sin ambages los deseos insatisfechos que éstos han experimentado durante
el día. En el caso de las personas mayores el asunto se complica: sus
deseos son más difíciles de cumplir, y en ocasiones pueden chocar con la
moral establecida, produciéndose en consecuencia obstáculos que dificultan la interpretación de los mismos. El ‘yo’, incluso durante
el sueño, procura controlar los impulsos del ‘ello’, combinándolos
con los del ‘super-yo’.
La estructura de ‘La ciudad
interior’, según confiesa el propio director del film, es la de un
sueño freudiano ; por eso la narración no sigue una trama lineal: no hay
historia inteligible, o mejor dicho, la historia que se cuenta en
la película no parece lógica. Esa manera de hacer cine, por otra parte,
no es nueva ; cualquier film de Federico Fellini, por ejemplo, presenta
las fantasías del cineasta de forma onírica, y recientemente el director
británico Peter Greenaway adopta una técnica narrativa parecida, y se
podrían citar muchos ejemplos más, como es ‘Bajo la luna negra’
(1975), del destacado realizador francés Louis Malle, o ‘Elisa, vida mía’
(1978), una de las obras más interesantes de Carlos Saura. Con respecto a
todas esas producciones el espectador debe tener en cuenta, a la hora de
analizar el significado de su argumento, los obstáculos a que se refiere
Freud que dificultan la interpretación de los sueños:
‘sobredeterminación’ (cada elemento manifiesto depende de varias
ideas latentes), ‘desplazamiento’ (la carga afectiva se desliga de su
objeto verdadero y se ubica en un objeto accesorio), ‘dramatización’
(el pensamiento conceptual se expresa mediante representaciones visuales),
‘elaboración secundaria’ (orden lógico e interpretación
tendenciosos) y ‘censura’ (actividad defensiva del yo
que sirve para que el sujeto olvide aquellas partes de sus sueños
especialmente comprometidas desde un punto de vista moral). Y La
ciudad interior, última película del realizador catalán-canario
Josep Vilageliu, de reciente estreno, no constituye una excepción.
En La ciudad interior la simbolización freudiana ha sido abordada a
nivel de guión mediante la cita de referentes literarios y mitológicos
que apelan a su desvelamiento por parte del público supuestamente culto a
quien está dirigida la película. Ya el propio titulo es una cita de Platón
(aunque el filósofo griego no se refería al escribirla a La Laguna,
sino más bien a su Atenas natal), y se nombra repetidamente a otros
autores, como el ya mencionado Nietzsche o Calderón de la Barca, todo
ello inserto en un caldo mitológico homérico que pretende dar coherencia al conjunto. El planteamiento argumental en sí constituye una
clara muestra de desplazamiento también freudiano: el protagonista cree
estar buscando a su hermano cuando en realidad es a sí mismo a quien
busca ; esa investigación dentro del laberinto de su propio inconsciente
le lleva, por otro lado, a contraponer sus convicciones y deseos
particulares (el ‘ello’) con las de su ambiente social, tanto en el
presente como en tiempos pasados (el ‘superyo’), intentando poner un
poco de lógica en algo en principio disparatado como es el mundo de los
sueños.
La complicación argumental de películas como ésta, unida al difícil
simbolismo de unas imágenes que ciertamente no ayudan a desvelar el
secreto que se esconde tras su interminable tropel, espanta, por supuesto,
al espectador medio. Por ello nunca tendrán éxito en las salas
comerciales, donde se estila otro tipo de cine, que no es ni mejor ni peor
en principio, sino que responde a una mentalidad distinta. El autor de La
ciudad interior aseguró en el transcurso del coloquio que se celebró
tras la proyección que su intención no consiste esencialmente en
conectar como todo tipo de públicos, sino en expresar mediante
sus películas sus propias inquietudes intelectuales, que no tienen por qué
interesar a todo el mundo. Esa postura es en principio correcta, y cada
cual es libre de hacer lo que quiera con su cámara de cine o de vídeo ;
sólo resta, por tanto, la calidad o no del producto., cosa, desde luego,
difícil de dilucidar en casos como éste.
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