CINE, CIENCIA Y
CIENCIA-FICCION (‘La Gaceta de
Canarias’, 21-XI-1992)
El cine, al igual que la ciencia, es una creación emblemática de
los tiempos modernos. La ciencia, por su parte, ha intentado secularmente
superar a la filosofía, deslindarse de ella como disciplina aparte ; en
los últimos años, en contrapartida, gran parte del esfuerzo de muchos
‘filósofos’ ha estribado precisamente en intentar arrimarse cada vez
más a la ciencia, renegando de todo lo metafísico (la ‘filosofía
primera’ de Aristóteles). ¿Qué tiene todo esto que ver con el cine?
Pues bastante ; recuérdese, si no, aquel artículo de Paul Feyerabend
(filósofo de la ciencia) donde explica a quien quiera leerle cómo “la
filosofía echa a perder el pensamiento y el cine lo estimula”. El cine,
por tanto, tiene mucho en común con la ciencia, como se demuestra a la
vista de los innumerables títulos cinematográficos que han abordado esta
temática a lo largo de la historia del 7o Arte. La
muestra Cine y Ciencia que actualmente exhibe el Aula de Cine de la
Universidad de La Laguna constituye un buen exponente del género.
El contacto entre el cine y la ciencia tiene lugar por dos vías
completamente diferenciadas. Por un lado tenemos los que se podría
denominar cine científico, cuyo
fin es exclusivamente didáctico: comunicar y divulgar los resultados de
la ciencia. Hay tres tipos de films científicos: los de investigación
pura, los de divulgación y los documentales. En ese sentido podríamos
considerar como una película científica (aunque es, por supuesto, mucho
más que eso) la magistral cinta etnológica Moana (1926), de Robert Flaherty, y también lo son los documentales
de la serie televisiva Cosmos,
de Carl Sagan. La otra vía de contacto es el llamado cine de ciencia-ficción, nacido casi a la par que la literatura del
mismo género.
Dentro de la Historia del Cine es precisamente la ‘ciencia-ficción’
uno de los géneros que más
trascendencia han tenido con respecto a la evolución del lenguaje
cinematográfico, ya que sus propias características han dado lugar a más
de una interesante experiencia innovadora. Por ejemplo, los sorprendentes
efectos especiales que se utilizaron por primera vez en 2001:
Una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick, crearon escuela, y
en la actualidad (especialmente tras la irrupción de los gráficos por
ordenador) no hay película –del género que sea, no sólo de
ciencia-ficción- que no los incluya, sean necesario o no para el
desarrollo de la trama fílmica.
La mayor parte de los autores que han estudiado este tema coinciden
en que la ciencia-ficción como género cinematográfico no se consolidó
hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que existen
precedentes ilustres, concretamente en la obra fílmica de insignes
creadores, como Georges Méliés (Viaje
a la Luna, 1909), Yakov Protozanov (Aelita,
1924) y Fritz Lang (Metropolis,
1926, y Una mujer en la Luna,
1929), entre otros, pero como advierte David A. Cook (‘History of
Narrative Film’), exceptuando algunos contados casos, como La
vida futura (1936), de William Cameron Menzies, la ciencia-ficción de
entreguerras se caracteriza por reflejar conflictos individuales. Hizo
falta la guerra y la posterior amenaza nuclear para que este género se
interesase por los conflictos globales que interesaban a la Humanidad como
un todo.
La específica naturaleza temática de los films de ciencia-ficción
de los años 50 (especialmente norteamericanos y japoneses) hizo que en
muchas ocasiones se confundiera este género con el de ‘terror’, pues
generalmente se trataba de la amenaza provocada por seres venidos
de otras galaxias (El enigma de otro
mundo, 1951 –Christian Nisby) o surgidos en este planeta como
subproducto de las pruebas nucleares (Godzilla, 1955 –Inoshiro Honda). Pero, como comenta Cook,
relacionar el progreso excesivo de la ciencia con el terror y la destrucción
no deja de ser una constante sociológica de los últimos tiempos.
Por otro lado, aunque muchas de estas producciones fueron
realizadas con bajo presupuesto, por productoras de serie
B, esto no impidió el hecho de que algunos directores se
desenvolvieran con sorprendente habilidad e imaginación en el seno de la
habitual premura de medios, llegando a conseguir obras de indudable valor
cinematográfico, como pueden ser La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), El
increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), o gran parte de la
filmografía de Roger Corman. Ese detalle hizo que en la década siguiente
una serie de directores de reconocido prestigio se interesasen por la
ciencia-ficción, elevando de esta forma las fronteras impuestas por un género
determinado. Ejemplos de esto último son: Estos
son los condenados (1961), de Joseph Losey, Alphaville
(1965), de Jean-Luc Godard, Fahrenheit
471 (1966), de François Truffaut, etc., películas éstas que a su
manera preludiaron la ya citada obra maestra de Kubrick.
2001, en efecto, es un
caso aparte. Concebida, en palabras del propio realizador, como “una
experiencia no-verbal ...” que “intenta comunicar más al
subconsciente y al plano sentimental que al intelecto”, el film ofrecía,
en opinión de Cook, una visión mítica de la relación entre humanidad y
tecnología en un momento en que tal relación tenía un especial significado de cara al futuro de la sociedad occidental. Es una película
enigmática, mística y profundamente sensual que se resiste a cualquier
interpretación medianamente lógica, ya que, por una vez, en ella se
cumple el dicho de Marshall McLuhan: el
medio es el mensaje. Y, como apunta Cook, con esta cinta se consigue
lo que jamás antes se había imaginado: que un espectáculo no narrativo
de alto presupuesto e increíble sofisticación técnica ofrezca, contra
toda expectativa, una coherente reflexión personal y artística acerca de
la condición humana. Dentro de lo que podríamos llamar cine d’auteur dedicado a la ciencia-ficción resulta comprensible que cada realizador lo aborde según su muy personal forma de ver y entender el cine, teniendo en cuenta que se enfrentan a un género del que no pretenden en absoluto ser especialistas. Tomemos, por ejemplo, el caso de Alfred Hitchcock, el ‘mago del suspense’ ; incluso él se atrevió con un film de ciencia-ficción, consiguiendo realizar una obra maestra indiscutible. En Los pájaros (1963), ‘Hitch’ trasplanta a un nuevo medio lo que siempre había hecho: inquietar al espectador con la visión de lo cotidiano, pero transportado a un campo inconcebible. Jean-Luc Godard, por otra parte, un cineasta bien distinto del anterior, introduce en Alphaville (1965) al conocido detective Lemmy Caution en un mundo absolutamente fantástico, donde las relaciones interpersonales (y los seres humanos en consecuencia) han cambiado, y todo ello sin decorados futuristas, lo que acentúa la identificación (o el rechazo) del espectador. Otro caso interesante es el de François Truffaut, conocido admirador e imitador de Hitchcock. En Fahrenheit 471 (1966) nos introduce, adaptando al novelista Ray Bradbury, en un negro período futurible en el que la lectura y posesión de libros está prohibida, consi- guiendo una interesante parábola acerca del verdadero significado de la cultura en nuestros días. Otro francés, Alain Resnais, incansable viajero del tiempo en todos sus films (recuérdese la archifamosa El año pasado en Marienbad, de 1961), riza el rizo de la elucubración temporal con Je t’aime, je t’aime (1974), complejo film donde se filosofa acerca de la felicidad y el suicidio con ayuda de una ‘máquina de tiempo’ de deficiente funcionamiento. También cabría nombrar al italiano Mario Bava, especialista en ghiallo (‘thriller’ a la italiana), quien en 1965 realizó un curioso precedente de Alien en ‘serie B’: Terror en el espacio.
A
partir de los últimos 60 el cine de ciencia-ficción ya ha cobrado
prestigio como género, sobre todo a partir del interés que mostraron por
el mismo algunos de los grandes realizadores. Las casas productoras
resuelven, en consecuencia, no seguir relegando este género a la ‘serie
B’, dotando a los directores con presupuestos más abultados. Un buen
ejemplo de este viraje político sería Viaje
alucinante (1965), de Richard Fleischer, una película cara, con un
costoso reparto y un cuidadísimo lanzamiento publicitario, o también El
planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner, seguida ésta
por varias secuelas, amén de una serie televisiva del mismo título. El gran inconveniente que trajo consigo este proceder (privar la dirección artística de las películas, descuidando en muchos casos guiones y dirección), junto con la innegable influencia de la estética televisual en los productos para la ‘pantalla grande’, se refleja en la tendencia que se viene observando en este género fílmico (en Norteamérica especialmente) a partir de mediados de los años 70 ; según Cook, la nueva generación de cineastas americanos, procedentes gran parte de ellos del medio televisivo, se distinguen por una gran sofisticación técnica, eso sí, pero también por una preocupante carencia de espontaneidad creativa. Así, por ejemplo, La guerra de las galaxias (1977), de George Lucas, o Encuentros en la tercera fase (1977), de Steven Spielberg, notables por la perfección de sus efectos especiales y por su técnica narrativa, impactante sin lugar a dudas, no dejan de ser películas intensamente manipuladoras de la audiencia desde un punto de vista perceptivo: todos los que las ven experimentan la misma impresión ; no caben niveles de lectura. Lo que venimos describiendo se ha acentuado hasta límites casi insostenibles en los años 80 y 90. En el cine comercial se prodigan las space-opera vacías de contenido, con efectos especiales a raudales y sin mucho sentido. Es verdaderamente sintomático el que películas sin la más mínima entidad artística como Terminator 2 (1992), de John Cameron, o El cortador de césped (1992), de Brett Leonard, gocen actualmente del favor del respetable, mientras que obras de auténtico interés –que las hay- como Alien (1979) o Blade Runner (1982), ambas de Ridley Scott, o incluso (aunque con reservas) Terminator (1984), de John Cameron, se prodigan cada vez con menos frecuencia por las pantallas. |