EL INCOMPARABLE EMBRUJO DE LA ‘PERSISTENCIA RETINIANA’

(Walt Disney y el desarrollo de los dibujos animados como género cinematográfico)

(‘La Gaceta de Canarias’, 24-I-1993)  

 

  

 

            Cuando presenciamos maravillas como La Bella y la Bestia, el último producto de la casa Disney, o productos mixturados igualmente impactantes como ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), de Robert Zemeckis, por ejemplo, no podemos dejar de pensar en los ordenadores y en técnicas sofisticada de última hora. Siempre, en efecto, se sorprende uno al comprobar cómo esos magos del celuloide consiguen sumergirnos inexorablemente en un mundo de fantasía, haciéndonos olvidar por unos instantes que lo que estamos contemplando no son más que una serie de trazos proyectados en una pantalla. Y pensamos que tal efecto no se puede conseguir sin una tecnología de lo más avanzada.

            Sin embargo, a muchos les sorprendería enterarse de que el arte de los dibujos animados es tan antiguo como el propio cine, e incluso más antiguo todavía ; la tecnología inherente al género fue evolucionando desde los inicios, y muchas películas antiguas de dibujos sorprenden por su inusitada perfección técnica. Las primeras experiencias precinematográficas con imágenes en movimiento (taumátropo, estroboscopio, zoótropo, libro mágico, linterna mágica, teatro óptico, fenakistoscopio, praxinoscopio, etc.) datan del siglo XVII y, por supuesto, utilizaban dibujos como materia prima ; sólo más tarde, con el desarrollo de la fotografía, se pasó a experimentar con seres vivos. Eso explica el hecho de que la primera película de animación propiamente dicha se realizara tan pronto como 1908 ; se titulaba Fantasmagorie, y su autor fue el francés Emile Cohl, quien fue rápidamente imitado por otros pioneros: Windsor McKay, James Stuart Blackton, Julius Pinschewer, Earl Hudd, Emile Reynaud, etc., sin olvidar a nuestro compatriota universal Segundo de Chomón.

               La base teórica del cine de animación es, evidentemente, la misma que la de cualquier otro género cinematográfico: el fenómeno conocido como persistencia retiniana. Nuestros ojos poseen una capacidad de retención que les permite ver una serie de fases de movimiento interrumpido como si fuese un movimiento continuado, con tal de que estén presentadas en el justo orden y con el intervalo de imágenes preciso (generalmente 24 imágenes por segundo). Este efecto plantea, a la hora de realizar films de dibujos animados, una serie de dificultades relacionadas con la ‘continuidad’ que no suelen presentarse en las películas con actores. En dibujos animados hay que simular el movimiento de los personajes mediante trazos sobre el celuloide, y eso trae consigo que la unidad lingüística significativa en este tipo de films ya no sea el plano, sino el fotograma. El movimiento de ‘caminar’, por ejemplo [ver ilustración],  en una película de animación exige un mínimo de 8 dibujos distintos por cada dos pasos. Un guión de este tipo, por tanto, debe apoyarse en un completísimo storyboard que muestre en esquema cada detalle de la acción. Así, un proyecto de largometraje viene a requerir algo así como 1.800 bocetos. El correspondiente equipo de dibujantes desarrollará cada personaje, y otro equipo proveerá a la historia narrada de los correspondientes fondos. A eso se añadirá la música y los efectos de sonido. La banda sonora de una cinta de dibujos animados, al revés que en los films con actores, suele grabarse antes que otras fases del proceso de producción, y generalmente la imagen se supedita al sonido.

               El principal problema que se le presenta al animador es el de coordinar, en el movimiento de los personajes, el desplazamiento con el factor tiempo, con el fin de dotar a la acción fílmica del necesario ritmo narrativo. Esto requiere la realización de interminables pruebas a lápiz o carboncillo, que son filmadas una y otra vez hasta dar con el movimiento adecuado ; sólo en este momento es cuando los dibujos, junto con los fondos, son reproducidos, con su forma y color definitivos, en celdillas superpuestas de celulosa transparente para dar lugar a las respectivas secuencias de la película. Las celdillas constituyen el sistema de animación más habitual en la actualidad ; la animación por ordenador, al fin y a la postre, no es más que una simulación digital de este sistema. No obstante, se puede hacer una película de animación mediante infinidad de otros procedimientos: dibujos sobre un papel, sobre una pizarra, con figuras recortadas en cartulina, etc. Esta última técnica fue la utilizada inicialmente por Emile Cohl, pero ya el inglés Earl Hudd introdujo las celdillas de celulosa a partir de 1914.

               Los años 20 y 30 de este siglo presenciaron una verdadera eclosión de films de dibujos, tanto en EE.UU. como en Europa ; surgieron personajes entrañables que harían historia, como Félix el Gato, de Pat Sullivan, Koko el Payaso, Popeye el Marino y Betty Boop, todos ellos de Max Fleischer, y el ratón Mickey, de Walt Disney y Ub Iwerks, cuya primera aparición en las pantallas de todo el mundo fue en el corto mudo Plane Crazy, de 1928. Este boom cesó bruscamente a partir de la década de los 50, con el auge de la televisión ; los cortos de dibujos dejaron de formar parte habitual de la programación de las salas de cine y se fueron trasladando paulatinamente al nuevo medio de comunicación de masas. Simultánea y paradójicamente, este fenómeno ha venido acompañado por la mayor expansión del cine de animación en toda su historia, tanto en contenidos como en progreso tecnológico.

              El caso Disney merece capítulo aparte. Ya de entrada es notorio el hecho de que éste, a pesar de haber muerto en 1966, continúe obsequiándonos anualmente con una de sus obras maestras de animación, de las cuales La Bella y la Bestia constituye la muestra más reciente. Eso no indica otra cosa que el hecho de que sus sucesores en la Walt Disney Productions continúan fieles al maestro y a sus directrices artísticas. La actividad cinematográfica de Disney comenzó en las postrimerías del cine mudo con una serie de cortos de animación: Alice in Cartoonland (1924-25). A ésta le sucedieron la serie de Oswald the Rabbit (1927) y las aventuras de Mickey, primitivamente llamado ‘Mortimer’, quien tuvo el honor de protagonizar el primer film animado sonoro: Stemboat Willie jr. (1928). Esta película disparó la popularidad de este personaje, que pronto se vio secundado por una extensa nómina de ‘estrellas’ de la animación, cada una como su propia serie de cortos: Minnie, Goofy, Donald, Pluto y otros muchos.

Disney abordó el cine sonoro con un objetivo similar al del resto de la cinematografía hollywoodense del momento: una versión muy peculiar de cine musical donde las notas son protagonistas y los dibujos se pliegan a sus compases , se trata de la popular serie de Silly Symphonies (desde 1929), que incluye el primer film rodado en el sistema Technicolor de tres colores, Flowers and Trees (1932), así como el magistral mediometraje Los tres cerditos (1933). La culminación de este tendencia fue Fantasía (1940), una interesante incursión en el campo de la música clásica. De ese período es también el primer largometraje de Disney, y de la animación en general: la obra maestra indiscutible Blanca Nieves y los 7 enanitos (1938). A partir de ese momento los éxitos, tanto de crítica como de público, de este creador del 7o Arte han ido sucediéndose ininterrumpidamente.

             Sobre Disney, también conocido como ‘mago de Burbank’, se ha dicho de todo. Su peculiar estilo de abordar el cine de animación ha sido objeto de las más severas críticas. Fantasía, por ejemplo, donde, aparte de otras características, se conseguía crear un efecto estereofónico muy apreciable quince años antes de que éste fuera utilizado normalmente, se ganó, sin embargo el resentimiento de los defensores a ultranza de la ‘sacralidad’ de la música clásica. Pero Disney no pretendía en esta película contaminar con sus figuraciones y simbología los discursos musicales de artistas ilustres ; sólo quería realizar una incursión interpretativa dibujada en la pura fantasía, una ingeniosa interpretación gráfica de algunas célebres partituras, no exenta de cierta malicia. El estilo Disney, por otra parte, se ha convertido con el paso de los años en el paradigma del dibujo animado contra el que al cabo del tiempo siempre deben enfrentarse todos los presuntos innovadores del género. De éstos constituyen una nuestra los miembros de la UPA (United Productions of America), un grupo de discípulos de Disney que abandonaron su productora por problemas sindicales, como Walter Lang, creador del Pájaro Loco, por ejemplo. Sin embargo, ya el propio diseñador de este ‘estilo’ se lo cuestionó en diversas ocasiones, como lo demuestran la propia Fantasía, The Reluctant Dragon (1941) o Los 3 caballeros (1945), primer intento de combinar personajes de carne y hueso con dibujos animados.

                    El secreto de la superioridad técnica de las películas de la Disney Productions radica posiblemente en algo que los demás realizadores de filmes animados apenas han tenido en cuenta: el diseño cuasi-humano de los personajes y la narración cinamatográfica en sí. Estos films están planificados como si de una película tradicional se tratara , en ellos asistimos a encuadres y movimientos de cámara tomados de otros géneros cinematográficos: trávellings, grúas, planos-secuencia ... En La Bella y la bestia, por ejemplo, presenciamos una secuencia de persecución por el bosque que recuerda el más añejo estilo de las cintas de terror de la Hammer, y la protagonista, por los encuadres, nos evoca en ocasiones a Escarlata O’Hara. Si a esto le añadimos una depurada técnica narrativa de ‘salvación en el último minuto’, como en casi todas las películas clásicas desde Griffith, comprenderemos, al menos en parte, en qué estriba este toque Disney que ha cautivado a los espectadores de todo el mundo desde hace casi 70 años.

[ATRAS]