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APOCALIPTICOS E INTEGRADOS Semana de Cine-Cine, I ('La Gaceta de
Canarias', 23-V-1993)
Cualquier Diccionario de la Lengua Española que se precie define
el término apocalíptico en
relación con todo género literario (y cinematográfico también, por
extensión) que se refiera al Juicio Final, al Apocalipsis. Ningún
calificativo más indicado, por tanto, para caracterizar al último film
realizado por el alemán Wim Wenders, titulado, significativamente, ‘Hasta
el fin del mundo’. De hecho, toda la filmografía de este director conlleva, a diferentes niveles, una componente ‘apocalíptica’.
Gran admirador e imitador del melodrama clásico norteamericano (Douglas
Sirk, Nicholas Ray, ...), así como artífice de roadmovies,
Wenders desarrolla en todas sus películas lo que algunos han definido
como “ansiedad, alienación y wanderlust
masculino”, ya que generalmente son hombres los protagonistas de las
mismas ; en sus producciones, entre las que cabría citar ‘Alicia en las
ciudades’ (1976), ‘Lightning over Water’ (1979-809, correalizada con
Nicholas Ray), ‘París, Texas’ (1984), etc., siempre se desarrolla un
viaje iniciático de los protagonistas, a lo largo del cual se pone en
cuestión el destino de la humanidad como un todo. En Hasta el fin del mundo (1991) Wenders explora la hipotética influencia maléfica de los medios informatizados sobre la mente humana en un futuro no muy lejano, todo ello sazonado con la amenaza latente de un holocausto nuclear. La película amplía hasta el límite el planteamiento ya presentado con anterioridad en ‘La muerte en directo’ (1979), de Bertrand Tavernier, aunque la puesta en escena es diferente de la de aquella cinta, puesto que en este caso el director alemán se sirve de una historia de aventuras y suspense, a medio camino entre el film de espías internacionales y el cine negro, para desembocar en un desarrollo en clave de ciencia-ficción en la segunda mitad del metraje. Realmente no se descubre quién es y qué significa el misterioso personaje encarnado por William Hurt hasta casi la mitad de la película. El film de Wenders, que utiliza, como es habitual en él y en los cineastas alemanes de su generación, todos los recursos narrativos del cine clásico (especialmente del norteamericano), con abundantes referencias a películas concretas, así como al estilo de directores conocidos, transcurre con bastante ritmo durante su primera mitad, hasta que ya han sido presentados los personajes a lo largo de un extenso recorrido por diversos países de todo el mundo y se han desvelado todos los secretos. A partir de ahí se inicia la parte que al parecer más interesaba al director, puesto que es en ella donde evidentemente se volcó la mayor parte del presupuesto de la cinta. Pero, paradójicamente, esta escena, que sobre el papel debería haber sido la más interesante, resulta sin embargo ser la más lenta y reiterativa, con unas divagaciones filosóficas a veces innecesarias. Ken Loach, considerado por algunos críticos como uno de los más
brillantes exponentes de la generación de cineastas británicos surgida
en los años 60, estuvo vinculado, aunque indirectamente, con el free cinema. Se inició en la televisión de su país, donde realizó
algunos celebrados documentales ‘de ficción’ en 1964. El interés de
este director por temas sociales se siguió haciendo evidente en
sus largometrajes para la pantalla grande ; así tenemos ‘Poor Cow’
(1967), sobre la problemática existencia de los niños en las regiones
mineras, o ‘Family Life’ (1971), donde analiza la temática de los
minusválidos psíquicos y su difícil inserción en la sociedad desde
una óptica inspirada en la ‘antipsiquiatría’, o también ‘Black
Jack’ (1978-79), que sitúa las preocupaciones de siempre de su
realizador en el marco del Yorkshire del siglo XVIII. Riff-Raff pone de manifiesto el invariable estilo de su director, ya palpable desde sus primeras realizaciones, así como sus defectos más evidentes: un planteamiento demasiado elemental y maniqueo de las problemáticas a nivel de guión y una narrativa muy distanciada, más propia tal vez del medio televisivo original de Loach, a base de un movimiento continuo de la cámara y un abuso de las tomas con teleobjetivos ; esto último, al hacer que la imagen pierda profundidad de campo, resta credibilidad a las situaciones presentadas, pues desliga a los personajes del entorno en que se desarrolla el argumento. En el caso de la película objeto de este comentario, las citadas características provocan que el espectador se desligue de la historia que se le está contando y que, por supuesto, no se identifique con la violencia del ilógico y precipitado final. La visión de este film hace que el cinéfilo recuerde nostálgicamente aquel excelente ‘Sábado noche, domingo mañana’ (1960), de Karel Reisz, donde se trata con mano maestra un asunto similar. Como ejemplo de película integrada (en el sentido que le da al término Umberto Eco, es decir, ‘no apocalíptica’, con un análisis no tan radical de la realidad) de este ciclo podríamos citar la opera prima de la española Gracia Querejeta, hija del famoso productor, ‘Una estación de paso’ (1992). Se trata de un subyugante y delicioso melodrama con fondo psicoanalítico, muy en la línea del cine de Víctor Erice (recuérdense sus dos únicas realizaciones hasta la fecha: ‘El espíritu de la colmena’, 1972, y ‘El sur’, 1983). Igual que en la obra de dicho cineasta, la novel directora profundiza en el subconsciente de un adolescente, desvelando de una forma intimista y hasta poética sus traumas infantiles y analizando de paso la situación de la mujer en un cierto sector de la población española. Sobresale una espléndida y cuidadísima dirección de actores, de una calidad poco habitual en el cine realizado en nuestro país. |