LO BUENO, SI BREVE, DOS VECES BUENO

Semana de Cine-Cine, y III

(‘La Gaceta de Canarias’, 6-VI-1993)

 

 

            Se entiende por cortometraje aquella película cuyo metraje, como la misma palabra indica, y valga la redundancia, es bastante más corto de lo acostumbrado en las salas comerciales de proyección. La duración de estos filmes, en efecto, no suele por lo general exceder los 30 minutos, y en ocasiones se sirven como complemento a las cintas de duración normal. Todas las películas de la época pionera del cinematógrafo eran por lo general ‘cortometrajes’ ; de hecho, en las primeras décadas de este siglo la duración de los films se medía por rollos, y un rollo nunca duraba más de 10 minutos. Gradualmente los productores pasaron a realizar excepcionalmente algunas películas de dos o incluso de tres rollos, pero las de una sola bobina siguieron constituyendo el standard durante mucho tiempo.

             En Norteamérica no se pasó a la realización de largometrajes o mediometrajes hasta que cundió el ejemplo de filmes de procedencia europea como ‘Queen Elizabeth’ (1912) o ‘Cabiria’ (1914), esta última del realizador italiano Giovanni Pastrone, entre otros. Uno de los primeros realizadores en apuntarse a la nueva tendencia fue el ínclito David W. Griffith, con sus producciones ‘Judit of Bethulia’ (1913), ‘El nacimiento de una nación’ (1915) e ‘Intolerancia’ (1916). Con la definitiva eclosión de los largometrajes al final de la 1a Guerra Mundial, los cortos quedaron relegados automáticamente al status de atracción complementaria. Unicamente los grandes cómicos de la industria yanqui continuaron practicando el cortometraje, hasta que hacia mediados de la década de los 20 la comedia cinematográfica también se adscribió a la tendencia general, aunque los cortos complementarios (comedias, dramas, dibujos animados, noticiarios, etc.) siguieron siendo aceptados por el público hasta los años cuarenta, momento en que sus preferencias acabaron desviándose hacia los programas dobles.

              A partir de esos años los estudios de Hollywood utilizaron el cortometraje únicamente como campo de entrenamiento para nuevos directores, actores y personal técnico, así como para experimentar con los avances tecnológicos que iban apareciendo, tales como el color y el sonido. Por otro lado, este formato, bastante más económico, siguió siendo usado en circuitos extracomerciales por los cineastas amateurs o semiprofesionales como un medio para intentar infiltrarse en la industria fílmica. Hacia mediados de los años 50 el cortometraje como tal había desaparecido ya casi por completo de las salas de cine norteamericanas ; sin embargo, continuó (y aún continúa) siendo la herramienta de trabajo más usual de documentalistas, animadores y realizadores de películas educativas, científicas o promocionales, y los cineastas de vanguardia continúan aprovechándolo para experimentar con el medio cinematográfico. Por otro lado, no hay que olvidar la gran utilización que se hace del cortometraje en otro medio de la imagen: la televisión. Aunque se tiende cada vez más hacia el mediometraje o incluso el largometraje en este último medio, gran parte de las series televisivas, especialmente las de bajo presupuesto, constan de episodios de corta duración. Un ejemplo paradigmático de esto sería la serie de maravillosos cortos de suspense que Alfred Hitchcock realizó entre 1962 y 1964, bajo el título de ‘Alfred Hitchcock presenta’, respondiendo a la petición de una conocida cadena.

              El panorama europeo en este sentido es similar al norteamericano: la mayor parte de los realizadores cinematográficos hoy consagrados se han iniciado rodando cortometrajes, muchas veces para televisión. Incluso hubo una época (a finales de los años 50 y a principios de los 60) en que algunos productores propiciaron la realización de lo que se llamó películas de episodios, compuestas por una serie de cortometrajes de diferentes autores ; muchas de las primeras obras de conocidos cineastas (Fellini, Godard, Pasolini, etc.) formaban parte de esas producciones, como es sabido. En España la susodicha costumbre se practicó hasta hace relativamente poco, y hay significativos ejemplos de esto en nuestra cinematografía de los años 70 y 80. Además, durante ese período, y coincidiendo con la desaparición del noticiario NODO, intentó llevarse en este país una política de proyección de cortometrajes como complemento a la programación comercial de los cines con el objeto de dar a conocer la obra de los realizadores noveles. Esta loable iniciativa se quedó en agua de borrajas debido a la poca colaboración que prestaron en su momento tanto las distribuidoras como las salas cinematográficas. En la actualidad le queda muy poco futuro al cortometraje en nuestro país, y sólo los Ciclos y las Semanas como la que aquí se comenta pueden hacer algo para que este formato no fenezca irremediablemente.

  La Semana del Cine-Cine proyectó un total de seis cortometrajes, todos ellos, salvo uno, debidos a autores españoles, y, por supuesto, no desmerecen del resto de la programación de la misma y son dignos de un comentario siquiera breve. En ellos se reflejan diversidad de géneros cinematográficos, desde la comedia más desenfadada hasta el drama social o la elucubración surrealista. De hecho, este formato permite al cineasta, frente a lo que se suele creer, expresar a la perfección todas sus inquietudes artísticas (recuérdese el ejemplo citado de Hitchcock) ; la única dificultad radica en tener que adaptarse a unas limitaciones de tiempo, lo cual no es en sí muy grave, pues no es precisamente la longitud de algunas películas garantía de su calidad.

  Comenzó la Semana con ‘La viuda negra’, un conseguidísimo divertimento de Jesús Delgado donde se juega acertadamente con la planificación, el trabajo de los actores y los efectos especiales para hacer pasar a la audiencia un buen rato. ‘Cielito Lindo’, de Albert Ponte, constituye un curioso ejercicio de estilo: con una historia nimia de corte postmoderno-minimalista se logra comunicar una serie de inquietudes estéticas con un cierto resabio nacionalista. También constituye un divertimento, esta vez con tendencia hacia lo su rreal, el corto de José Antonio Quirós ‘Que me hagan lo que quieran’. El tema tratado es el genérico de “escaparse de la realidad”, y según declaraciones del propio realizador, corresponde a uno de sus deseos freudianos inconfesables: no levantarse de la cama durante unos días sin estar enfermo ; a partir de ahí se desarrolla la sugerente trama. Otro planteamiento, no tan divertido, es el de Antonio Conesa y su impactante corto ‘La hiedra’. El realizador estudia la tragedia humana que supone la perpetración de un acto terrorista en el País vasco desde los puntos de vista de todos los implicados (directa o indirectamente) en el mismo: las víctimas, los asesinos, los circunstantes ; como fondo subyace un pensamiento de Bertold Brecht en el sentido de que la violencia sólo puede producir más violencia. El corto ‘Teófilo Muriel’, de Oscar Dulce, por otra parte, al reconstruir un hecho acaecido realmente, hace meditar igualmente al espectador al introducir, de una manera directa y sin ambages, el problema de la violencia cotidiana, ya esté justificada o no.

  Un comentario aparte merece el corto canario-cubano ‘El largo viaje de Rústico’. Esta película constituye el ejemplo vivo de cuál podría ser una de las vías de expansión del anquilosado cine de estas Islas. La iniciativa partió de la productora tinerfeña Francisco Melo jr. P.C., la cual realizó el film en coproducción con la agencia cubana ICAIC, siendo dirigido por el cubano Rolando Díaz, muy conocido por estas tierras a raíz de su participación en el Festival de Cine Ecológico del Puerto de la Cruz. Se trata de un documental que contempla la emigración canaria a Cuba a través de la óptica de uno de sus protagonistas, un anciano campesino palmero, que narra directamente las impresiones de su azarosa vida. Algunos ambientes fueron convincentemente reconstruidos con actores, y el rodaje tuvo lugar tanto en tierras antillanas como en la isla de La Palma, donde reside el personaje en cuestión. El resultado es un documento entrañable y subyugante, y probablemente animará a sus realizadores a acometer nuevos proyectos cinematográficos en un futuro no muy lejano.

[ATRAS]