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LO BUENO, SI BREVE, DOS
VECES BUENO Semana de Cine-Cine, y III (‘La
Gaceta de Canarias’, 6-VI-1993)
Se entiende por cortometraje
aquella película cuyo metraje, como la misma palabra indica, y
valga la redundancia, es bastante más corto de lo acostumbrado en las
salas comerciales de proyección. La duración de estos filmes, en efecto,
no suele por lo general exceder los 30 minutos, y en ocasiones se sirven
como complemento a las cintas de duración normal. Todas las películas de
la época pionera del cinematógrafo eran por lo general
‘cortometrajes’ ; de hecho, en las primeras décadas de este siglo la
duración de los films se medía por rollos, y un rollo nunca duraba más
de 10 minutos. Gradualmente los productores pasaron a realizar
excepcionalmente algunas películas de dos o incluso de tres rollos, pero
las de una sola bobina siguieron constituyendo el standard durante mucho
tiempo.
El
panorama europeo en este sentido es similar al norteamericano: la mayor
parte de los realizadores cinematográficos hoy consagrados se han
iniciado rodando cortometrajes, muchas veces para televisión. Incluso
hubo una época (a finales de los años 50 y a principios de los 60) en
que algunos productores propiciaron la realización de lo que se llamó películas
de episodios, compuestas por una serie de cortometrajes de diferentes
autores ; muchas de las primeras obras de conocidos cineastas (Fellini,
Godard, Pasolini, etc.) formaban parte de esas producciones, como es
sabido. En España la susodicha costumbre se practicó hasta hace
relativamente poco, y hay significativos ejemplos de esto en nuestra
cinematografía de los años 70 y 80. Además, durante ese período, y coincidiendo con la desaparición del noticiario NODO, intentó llevarse en
este país una política de proyección de cortometrajes como complemento
a la programación comercial de los cines con el objeto de dar a conocer
la obra de los realizadores noveles. Esta loable iniciativa se quedó en
agua de borrajas debido a la poca colaboración que prestaron en su
momento tanto las distribuidoras como las salas cinematográficas. En la
actualidad le queda muy poco futuro al cortometraje en nuestro país, y sólo
los Ciclos y las Semanas como la que aquí se comenta pueden hacer algo
para que este formato no fenezca irremediablemente.
Comenzó
la Semana con ‘La viuda negra’,
un conseguidísimo divertimento de Jesús Delgado donde se juega
acertadamente con la planificación, el trabajo de los actores y los
efectos especiales para hacer pasar a la audiencia un buen rato. ‘Cielito
Lindo’, de Albert Ponte, constituye un curioso ejercicio de estilo:
con una historia nimia de corte postmoderno-minimalista se logra comunicar
una serie de inquietudes estéticas con un cierto resabio nacionalista.
También constituye un divertimento, esta vez con tendencia hacia lo su rreal, el corto de José Antonio Quirós ‘Que
me hagan lo que quieran’. El tema tratado es el genérico de
“escaparse de la realidad”, y según declaraciones del propio
realizador, corresponde a uno de sus deseos freudianos inconfesables: no
levantarse de la cama durante unos días sin estar enfermo ; a partir de
ahí se desarrolla la sugerente trama. Otro planteamiento, no tan
divertido, es el de Antonio Conesa y su impactante corto ‘La
hiedra’. El realizador estudia la tragedia humana que supone la
perpetración de un acto terrorista en el País vasco desde los puntos de
vista de todos los implicados (directa o indirectamente) en el mismo: las
víctimas, los asesinos, los circunstantes ; como fondo subyace un
pensamiento de Bertold Brecht en el sentido de que la violencia sólo
puede producir más violencia. El corto ‘Teófilo Muriel’, de Oscar Dulce, por otra parte, al reconstruir
un hecho acaecido realmente, hace meditar igualmente al espectador al
introducir, de una manera directa y sin ambages, el problema de la
violencia cotidiana, ya esté justificada o no. |