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LA LEY DEL MAS FUERTE
(Filmoteca Canaria: Ciclo sobre R.W. Fassbinder)
(‘La
Gaceta de Canarias’, 12-IX-1993)
El cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder es considerado unánimemente
como uno de los realizadores fundamentales de nuestra época,
especialmente en lo que se refiere a aquella parte de sus obra realizada
durante la década de los setenta, en que fue artífice, junto con otros
directores (Kluge, Sinkel, Lilienthal, Lommel, Hauff, Herzog, Schlöndorff,
Wenders, etc.), del relanzamiento del cine de su país. Aunque los films
de este autor (igual que los de cualquiera que ose apartarse de los
caminos trillados de la comercialidad) no gozan del beneplácito
del gran público, Fassbinder se ha sabido ganar el reconocimiento de la
crítica especializada, parte de la cual llega a compara su importancia dentro de la historia del cine con la de francés
Jean-Luc Godard, por
su indudable compromiso político y por la irreverencia que muestra ante
las instituciones oficiales, amén de un trastoque experimental de las
convenciones lingüísticas del 7o Arte. El amplio
ciclo (20 títulos, entresacados entre lo más significativo de la obra
fassbinderiana) que actualmente proyecta la Filmoteca Canaria proporciona
una ocasión más que propicia para formular algunas reflexiones acerca
de este prolífico y discutido realizador germánico.
La cinematografía de ese país –que había tenido su período de
máximo esplendor durante los años 30- entró en franca decadencia después
de la 2a Guerra Mundial, al encontrarse la
intelectualidad alemana, cineastas incluidos, apesadumbrada por los
efectos de un pasado inmediato difícilmente asimilable ; el shock
y la humillación ante la derrota, con la brutal devastación que trajo
consigo, amén de la división del país en dos zonas, todo ello unido a
la conciencia colectiva de culpabilidad por los actos de barbarie y
genocidio más salvajes y despiadados de toda la historia, contribuyó a
apartar momentáneamente a los alemanes de su identidad cultural como nación.
No fue hasta la década de los 70, y a manos de una generación de jóvenes
directores no traumatizada por la contienda, que el cine alemán pudo al
fin renacer de sus cenizas. Los orígenes primigenios de ese despertar se
sitúan, sin embargo, bastante antes, en 1962, con la firma por parte de
26 guionistas y directores cinematográficos, a propuestas del realizador
Alexander Kluge, del Manifiesto de
Oberhausen.
Los firmantes de Oberhausen consiguieron implicar al Bundestag en
la fundación de la Comisión del Joven Cine Alemán (1965), que a partir
de entonces se encargó de llevar a la práctica los propósitos
exteriorizados en aquella reunión ; se produjeron algunas películas
(los primeros largometrajes de Kluge y Herzog, entre otras) y se crearon
dos escuelas profesionales de cine. Los primeros resultados positivos de
esta política no se dejaron ver, sin embargo, hasta la siguiente década,
merced a la contribución a todo el proceso de la televisión alemana ,
todos los autores de esa última hornada del llamada nuevo cine alemán, Fassbinder entre ellos, comenzaron, en efecto,
su labor cinematográfica desde el campo televisivo, y siguen vinculados
de una forma u otra a ese medio. El movimiento, que, como se dijo más
arriba, gozó siempre de poco apoyo por parte del público, incluso en su
propio país, ha tenido, no obstante, como apunta el crítico David A,
Cook, una espectacular resonancia crítica a nivel internacional,
comparable únicamente a la que en su momento despertó la nouvelle
vague francesa.
Los comienzos artísticos de Fassbinder están ligados al teatro, y
este extremo se deja ver con frecuencia en sus películas. Estudiante de
arte dramático en Munich, participó ya desde 1967 en los principales
eventos escénicos de su ciudad natal, donde fundó en 1968 el Anti-Theater
; los actores y las actrices de ese grupo, que se dedicó preferentemente
a llevar a cabo adaptaciones controvertidas de los clásicos, aparte de
representar obras escritas por el propio Fassbinder, participaron más
tarde asimismo en las películas de éste, así como en muchas otras
producciones del cine alemán e internacional. Algunos de ellos (Hanna
Schygulla, Peter Raben, Ingrid Caven, etc.) siguen gozando de
reconocimiento universal en nuestros días, años después de la muerte de
su descubridor. El primer largometraje de Fassbinder fue Liebe
ist kälter als der Tod (1969). En el curso del año siguiente dirigió
nada menos que seis filmes, alternando el 35 mm con los formatos subestándard,
entre los que figuran algunos de sus productos más logrados, como son Götter der Pest, una interesante incursión en el thriller,
y Warum läuft Herr R. Amok?, investigación lingüística sobre el
plano-secuencia que consigue narrar una acción melodramática en sólo 23
planos. Ese mismo año quedó fundada la productora ‘Tango Film’ y la
distribuidora ‘Filmverlag der Autoren’, en colaboración con otros
cineastas. La actividad televisiva de Fassbinder, labor que éste no
abandonó hasta el momento de su muerte, se inició en 1972, y algunas de
sus realizaciones para ese medio han sido difundidas fuera de Alemania,
como es el caso de la miniserie Berlin
Alexanderplatz (1980), puesta en imágenes de una conocida novela, que
ya había sido llevada a la pantalla en 1931 por el realizador Phil Jutzi,
uno de los máximos exponentes del cine social de la República de Weimar.
El estilo narrativo de Fassbinder, al igual que el de todos sus
compañeros de generación, está basado en su gran admiración por el
cine norteamericano clásico. En el caso que aquí se comenta la
principal influencia proviene del cineasta de procedencia alemana Douglas
Sirk, el gran maestro del melodrama. Igual que los de aquél, los films de
Fassbinder tratan por lo general de fracasados, de personas que por una
razón u otra no han sabido sacar provecho del famoso ‘milagro económico’
alemán. En opinión del realizador, por otra parte, la cultura burguesa
desprecia en el fondo el melodrama, ya que ha desarrollado en su seno
otras formas de comunicación mucho más represivas en particular la alta
cultura: música clásica, literatura, arte, etc.), destinadas a aunar
proceso y función en la creación artística, de forma que la burguesía
no se identifique a sí misma como una clase en relación a otros grupos
sociales. Fassbinder, por tanto, ha elegido el melodrama como forma de
expresión desde un punto de vista marxista y ha optado por el marxismo
desde una óptica netamente humanista. En consonancia con lo dicho, en los
melodramas fassbinderianos el amor, ya sea homo o heterosexual, aparece
siempre relacionado directamente con el concepto de ‘lucha de clases’:
sus argumentos investigan el fenómeno de la explotación del hombre por
el hombre a través de todas las formas de dominio sexual. Así, en La
ley del más fuerte (1975) desarrolla este asunto en el seno de una
relación homosexual masculina, en El
mercader de las cuatro estaciones (1971) se disecta la institución
familiar desde esta óptica, en Las
amargas lágrimas de Petra von Kant (1972) le toca el turno al
lesbianismo, y al amor en general en Ruleta
china (1976). También se ocupa, siempre desde el mismo punto de
vista, de otros temas candentes no tan expresamente sexuales, como el
problema de los emigrantes (Katzelmacher, 1969, o Angst
essen Seele auf, 1974), la explotación de la mujer (Effi Briest, 1974, etc.).
Según el crítico Pere
Gimferrer, lo que caracteriza a ciertos cineastas de vanguardia como el
aquí tratado o su compatriota Hans Jürgen Syberberg es que intentan
reinventar el lenguaje del cine a partir de cero, en el sentido de que
colocándose en la eterna diatriba Griffith-Méliès
(‘cine-literatura’ frente a ‘cine-espectáculo’), eligen
decididamente la segunda opción. Al insistir en la importancia del
plano-secuencia se apartan de los modelos literarios y redescubren al plano
como unidad significativa específicamente cinematográfica. De esta
manera intentan construir una nueva forma de relato fílmico que no será
teatro, ni tampoco dejará de ser narración, pero que partirá de una
concepción lingüística distinta de la de la novela. En el caso de
Fassbinder esta tendencia se concretiza –aún inspirándose, como se
inspira, en Sirk- en rechazar los efectos del montaje y aquellos
tratamientos del tiempo fílmico (flash-backs o elipsis) que recuerden de alguna forma al lenguaje
literario. Resumiendo, se puede concluir que lo que básicamente pretende
este nueva ola de cineastas radicales, tanto en Europa como en el Tercer
Mundo, es una deconstrucción de
la ideología perceptiva burguesa por medio de la correspondiente
deconstrucción del lenguaje cinemático convencional. El peligro de
esta postura, sin embargo, radica, como advierte Cook, en que ese
proceso ahuyente a una audiencia que prefiere –digan lo que digan los teóricos-
dejarse divertir por las ilusiones antes que enfrascarse en una lucha
por adquirir nuevos –y problemáticos- códigos visuales. En ese
sentido, la mayor dificultad con la que se enfrentan cineastas como
Fassbinder y congéneres no es el de la producción, como ocurre en este
país, por ejemplo, sino el de la distribución: la oferta de films
vanguardistas es tan vasta que los canales habituales de distribución se
muestran incapaces para situar la mercancía y hacer que ésta produzca
beneficios suficientes para que el movimiento se autofinancie. Como
también ocurrió en su día con la nouvelle
vague francesa, el nuevo cine alemán puede sucumbir (y en gran parte
lo ha hecho ya por estas fechas) ante su propio triunfo estético. Ese
parece ser el triste e ineludible destino de todas las vanguardias artísticas.
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