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LA CIUDAD DE LA ALEGRIA (‘La Gaceta de
Canarias’, 29-XI-1992) TITULO
ORIGINAL: City of joy NACIONALIDAD: GB-Francia FECHA:
1992 DURACION: 130
min., COLOR DIRECTOR:
Roland Joffé INTERPRETES:
Patrick Shwayze, Pauline Collins, Om Puri, Shabana Azmi Roland Joffé se está convirtiendo, desde ‘La Misión’ (1986), o
tal vez desde antes (véase, p.ej., ‘Los gritos del silencio’, 1984,
que pasa por ser su opera prima,
aunque no lo es ; hay por lo menos una anterior, ambientada en la 2a Guerra Mundial), en el cineasta de los desamparados y de las causas
perdidas: los jesuitas en la época de su expulsión, las víctimas de los
campos de exterminio khmer rojos,
etc., y esta última, sobre el Calcutta actual y todas las Madres Teresas
que en el mundo han sido, con su admirable labor en pro de los parias.
Estos parecen ser los temas que preocupan a este no muy prolífico
realizador inglés.
En ‘La ciudad de la alegría’, al igual que en sus dos obras
anteriores, se describe una especie de ‘choque cultural’: un cirujano
yanqui, harto de su profesión, se va a la India en busca de la salvación
y acaba ejerciendo nuevamente de médico en un ambiente más precario que
aquel al que estaba acostumbrado, pero también mucho más humano. Pero lo
que más plantea el film –aparte de la línea argumental, que no está
especialmente bien narrada (sólo da fe de la profesionalidad artesanal
del director británico), y tampoco parece importar demasiado, es el tema
de los distintos puntos de vista que pueden adoptarse frente a un mismo
problema, desde contextos educativos diferentes. Evidentemente, lo que
de primera entrada pueda haber de común entre los dos protagonistas, el
facultativo ya nombrado y un ‘paria’ hindú, son bastante escasos ; y
sin embargo, sus posiciones frente a la injusticia y la explotación
maffiosa acaban coincidiendo a la larga.
La acción discurre para ambos personajes de idéntica manera,
salvando las distancias socioeconómicas: ambos abandonan su hábitat
tradicional para integrarse en un nuevo medio, que al principio les
resulta hostil a los dos ; los rechaza. Y es en ese nuevo ambiente donde
se desarrollarán los respectivos caminos de iniciación, sus subidas
al Monte Carmelo particulares, que acabarán coincidiendo a la
larga, pues, como dice el refrán, “todos los caminos llevan a Roma”,
con lo que no nos referimos al Vaticano precisamente, sino al
‘nirvana’, a la mítica Ciudad de Dios de San Agustín. Las dos
historias que se nos brindan, en efecto, son iniciáticas, como puede
comprobarse observando sus características: ambas se basan en la mística
del número 3, el más mágico de todos los números. Es por eso que el
doctor titubea tres veces antes de decidir su destino, y el paria sólo
consigue vencer al mafioso en su tercer encuentro.
Las diferencias entre la India (un país del Tercer Mundo) y
Norteamérica son bastante mayores que lo que se refiere al status económico
; son dos sociedades en estadios distintos de desarrollo: sociedad
conservadora (de castas) en la India y sociedad de consumo neocapitalista
en EE.UU. Incluso el ‘padrino’ mafioso de Calcutta justifica sus
desmanes (poco escrupulosos para con las tradiciones de su país, por otro
lado) con un razonamiento parecido. Tal vez lo que ocurre en la India y en
el resto del Tercer Mundo (eso es también lo que parece que intenta
hacerse captar al espectador a este respecto) sea que han digerido mal
la mezcla explosiva de costumbres y ritos ancestrales con el sistema
capitalista que, quieras o no, aprendieron de los europeos, sus antiguos
dominadores.
Sea como sea, en el film se nota un evidente respeto, procedente
tal vez de la novela original, por el contexto hindú que quiere
describir. Nunca hay prepotencia cultural por parte del protagonista
norteamericano, quien por una vez (tal vez la realización europea de la
cinta se refleje en eso) no pretende ‘salvar al mundo’ ; compárese,
por ejemplo, este personaje con el misionero interpretado por Humphrey
Bogart en ‘La mano izquierda de Dios’ (1955), de Edward Dmytryk, con
su inevitable carga de racismo (los únicos chinos que había en aquella
misión en el interior de China eran los habitantes del pueblo, que sólo
parecían estar allí para servir y adorar a los curas). Además, han dado
en Patrick Shwayze con el actor ideal para este papel ; tiene una especial
habilidad –no sólo en esta película- para fundirse con el entorno y
lograr un todo homogéneo, sin que deje de notarse su exuberante
presencia.
Joffé ha sabido retratar muy bien el ambiente caótico, pero
sugerente, de la ciudad de Calcutta, a medio camino entre las
tradiciones antiguas y una modernidad no muy bien digerida, con la ayuda,
eso sí, de innumerables extras y actores secundarios y de un equipo técnico
formado en su mayoría por naturales de la India. Ese país tiene (por si
alguien no lo sabe) una gran cinematografía, que arranca desde la época
del cine mudo y que ha conseguido bastante premios internacionales. Ahí
está, por si alguien lo dudase y por citar sólo dos ejemplos, la obra de
realizadores de la talla de Mrnal Sen o Styajit Ray, que se cuentan entre
los más interesantes no sólo del cine asiático, sino del cine actual
en todo el mundo. No falta, pues, la infraestructura para empresas cinematográficas como La ciudad de la
alegría. De hecho, no es ésta precisamente la primera película occidental interesante que se rueda en la India. Por ejemplo, tenemos la a todas luces infravalorada ‘Cruce de caminos’ (1946), de George Cukor, o la clásica ‘El río’ (1950), de Jean Renoir, y la más reciente ‘Un pasaje a la India’ (1984), de David Lean. Estas, sin embargo, no eran películas sobre la India, sino que trataban de las aventuras y desventuras de los colonialistas europeos en el subcontinente. En la última citada, por ejemplo, el papel del swami (sabio hindú) era interpretado nada más y nada menos que por Alec Guinnes, y eso resultaba ridículo, por muy bien que aquél interpretara su personaje. Tal vez las primeras películas europeas que tratan de reflejar la situación en ese país de una forma realista previamente a La ciudad de la alegría sean los controvertidos documentales de Louis Malle ‘L’Inde fantôme’ (1968) y ‘Calcutta’ (1969), mientras que la argumental de Marguerite Duras ‘Indian Song’ (1975) no es más que una elucubración literaria (muy bella, eso sí) donde la referencia geográfica sólo se utiliza de forma circunstancial. |