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LAS DESVENTURAS DEL PERONISMO MILITANTE (‘La Gaceta de
Canarias’, 13-XII-1992) UN
LUGAR EN EL MUNDO TITULO
ORIGINAL: Un lugar en el
mundo NACIONALIDAD: Argentina FECHA:
1991 DURACION: 115
min., COLOR DIRECTOR:
Adolfo Aristarain INTERPRETES:
Federico Luppi, José Sacristán, Cecilia Roth, Leonor Benedetto
El ‘peronismo’ puede considerarse como uno de los movimientos
políticos más pujantes de Argentina (y del resto de Latinoamérica) del
último medio siglo. Surgido con la subida al poder del general Juan
Domingo Perón en 1945, se configura como una especie de frente nacional
formado por los trabajadores, los pequeños y medianos propietarios y la
burguesía industrial, cuyo objetivo principal consiste en impulsar al país
por la vía de un desarrollo capitalista autónomo. Los principales
adversarios de este movimiento de carácter marcadamente populista,
nacionalista y antiliberal son la oligarquía terrateniente en el
interior y las potencias imperialistas en el exterior. En su primer período
–hasta 1955- condujo al país a un proceso de democratización general,
con una participación realmente mayor de los trabajadores en la vida política
; en el terreno económico, sin embargo, no fue capaz de llevar a buen término
la transformación radical que propugnaba. Tras largos años de exilio,
los peronistas volvieron a intentar suerte nuevamente entre 1973 y 1976 ;
su relativo fracaso provocó la llegada de una de las peores dictaduras
que ha sufrido el país.
La película de Aristarain sitúa su acción en esa segunda época
peronista. Se configura como una fábula que personifica los avatares de
este ideología en las desventuras de una familia que intenta llevar el
progreso (educación, sanidad y sindicalismo) a una lejana comunidad rural
de la pampa. Su estructura narrativa, a medio camino entre el melodrama y
el drama rural, describe el enfrentamiento cotidiano del pueblo gaucho con
los terratenientes y las compañías multinacionales, (representadas éstas
por el geólogo español que interpreta José Sacristán) ; la
personificación se plantea con la intención de que el espectador se
identifique de alguna manera con los protagonistas de la historia. No hay,
pues, utilización de técnicas de distanciamiento al modo brechtiano, al
contrario de lo que generalmente suele practicarse en este tipo de
cintas.
Hay tres historias paralelas en la película: los enfrentamientos,
tanto personales como colectivos, del maestro (antiguo intelectual
peronista regresado del exilio) con el cacique del pueblo, los afanes del
hijo de éste por enseñar a leer y escribir a su novia analfabeta y los
problemas con que se encuentra el geólogo español de ideas
anarquizantes, empleado en una empresa multinacional con presencia
hispana (¿el V Centenario?). Las tres tramas se cruzan, ya desde el
principio, en la casa del citado maestro, actuando como catalizadores la
esposa de éste, que casualmente es el médico del pueblo, y su hermana,
una monja de ideas avanzadas. También se trata del desarraigo (de ahí el
título), y se llega a la conclusión de que el lugar del intelectual
comprometido no es la academia, ni siquiera la gran capital, sino que
tiene que buscar su sitio junto al pueblo y sus problemas. Todo esto,
que en definitiva constituye una especie de compendio de tesis peronistas,
es abordado desde la óptica de un niño –el hijo del maestro- que es el
verdadero protagonista de toda la historia.
Aristarain, que muy merecidamente recibió por su película la
Palma de Oro del último Festival de San Sebastián, y del que hemos
tenido la ocasión de ver alguna otra muestra de su filmografía en el
ciclo Cine 92 de TVE1, conduce este complejo film con mano maestra, basándose
en un guión muy elaborado y en unos actores insuperables. El clima de
melodrama es conseguido con perfección merced a una dirección de actores
concienzuda y una muy inteligente utilización del espacio cinematográfico.
Sacristán logra componer uno de los mejores papeles de su ya dilatada carrera artística ; a la misma altura rayan Federico Luppi y Cecilia Roth,
al igual que el resto del elenco. Resulta reconfortante ver de cuando en cuando una película como ésta, donde se describen situaciones reales de la vida de las personas, sin sensacionalismos de ningún tipo y sin violencias innecesarias. Estamos acostumbrados, en efecto, a presenciar, tanto en el cine como por televisión, películas que falsean sistemáticamente la realidad, que, aparte de contar historias sin el más mínimo interés, van a satisfacer únicamente los instintos más primarios de la audiencia, sin dar a ésta la oportunidad de razonar por sí misma. Compárese, a este respecto, Un lugar en el mundo con otras cintas de parecida temática que se han visto recientemente, como ‘Una ciudad llamada Milagro’ (1990), de Robert Redford, por ejemplo, En aquella película el tratamiento maniqueo y architendencioso del tema sindical (la lucha de una comunidad chicana contra una multinacional –más o menos el mismo asunto que en el film de Aristarain-) convertía una trama potencialmente interesante en un ‘culebrón’ insufrible. Es posible que sea precisamente eso lo que le gusta al público, y que éste prefiera normalmente prescindir de sus facultades intelectivas. Pero eso ya es otro problema. |