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ANTES DEL WESTERN (‘La Gaceta de
Canarias’, 10-I-1993) EL
ULTIMO MOHICANO TITULO
ORIGINAL: The Last of the
Mohicans NACIONALIDAD: USA FECHA:
1992 DURACION: 118
min., COLOR DIRECTOR:
Michael Mann INTERPRETES:
Daniel Day Lewis, Madeleine Stowe, Russell Means, Jodhi May
La western story, género literario que narra con un trasfondo más o
menos histórico las peripecias de la paulatina colonización por parte
del ‘hombre blanco’ del subcontinente norteamericano y sus
subsiguientes enfrentamientos con los primitivos pobladores de aquellas
tierras, se inició ya desde principios del siglo XIX, precediendo en
algo más de un siglo a los primeros westerns, películas que
abordan igualmente esta temática. Ya prácticamente desde la creación de
los Estados Unidos de América los literatos de aquel país se interesaron
por ese aspecto de su historia remota: los avatares de los colonos en su
conquista de nuevos territorios y los sufrimientos de la raza india por
este motivo.
‘El último mohicano’
se publicó en 1826, y su autor, James Fenimore Cooper (1789-1851), estaba
familiarizado desde su niñez con las costumbres de los pieles rojas y de
los leñadores. El libro, aparte de constituir una descripción bastante
fidedigna de los enfrentamientos anglo-indios durante la época
colonial, puede considerarse, sin ningún lugar a dudas, junto con otras
obras del mismo estilo de su autor, como brillante precursor de un género
literario que más adelante sería ampliamente cultivado por numerosos
escritores de ambos lados del Océano (el alemán Karl May y el italiano
Emilio Salgari serían los ejemplos más conocidos y sintomáticos del
interés que este tipo de literatura suscitó en la Europa de finales del
siglo pasado).
Esta novela ha conocido diversas adaptaciones cinematográficas. La
primera de ellas (1920) constituye la opera
prima de Clarence Brown (el descubridor de Greta Garbo) y está codirigida por Maurice Tourneur. Le sigue una versión que pasa por clásica
firmada por el impersonal Georg B. Seitz en 1936, y posteriormente, en
1965, viene una horrible coproducción hispano-germano-italiana en plan spaghetti
dirigida por Harald Reinl y una secuela aún peor de la misma, ‘Uncas,
el fin de una raza’, de Matteo Cano. El remake
actual de Michael Mann es probablemente el mejor de toda la serie, y
posiblemente también el que más fielmente retrata el ambiente del
original literario. Michael Mann, efectivamente, imitando a clásicos del
‘western’ como Ford o Hathaway, erige al paisaje como
protagonista de la historia, cosa que, por otra parte, también hacía
Cooper en sus novelas: aquellos inmensos bosques, amenazadores, pero
bellos. Se describen situaciones, más que personajes, y la anécdota
central de la historia queda convenientemente disuelta en el marco más
amplio de las guerras coloniales de mediados del siglo XVIII. Los protagonistas, queriéndolo o no, participan de la acción general, de una
circunstancia que, al modo orteguiano, los envuelve por completo.
No se trata sólo del enfrentamiento entre ingleses y franceses y
de la eventual colaboración en cada bando de unas u otras tribus indias,
y tampoco tiene demasiada importancia la historia personal de unos
personajes no muy bien definidos (como es sabido, a J.F. Cooper se le
suele echar precisamente en cara como un defecto esta peculiaridad de sus
novelas) , sobre todo lo que se refleja es el choque inevitable entre los
invasores europeos y los primitivos pobladores de Norteamérica, un choque
que no siempre es violento, puesto que atañe más que nada a comportamientos y actitudes ante la vida. Por eso en esta versión de El
último mohicano, al contrario que en la totalidad de las anteriores,
no hay ‘buenos’ ni ‘malos’ ; todos tienen sus razones para hacer
lo que hacen, y nadie es culpable (o inocente). Michael Mann consigue
mantener, mediante una adecuada técnica de distanciamiento, esa sensación
de impotencia que experimentan los protagonistas ante los
acontecimientos que se les vienen encima, donde todos parecen actuar como
marionetas ante unas situaciones del todo incontrolables. Véase, por
ejemplo, la genial secuencia en que el grupo, huyendo por el bosque, llega
al fuerte sitiado y percibe en lontananza el resplandor de los disparos y
las explosiones , la escena resulta sobremanera desesperante, y el efecto
buscado es conseguido plenamente. El final más bien trágico, donde se
respeta escrupulosamente la novela original, resulta lógico en el fondo. Para lograr todo esto el director cuenta con un excelente reparto, del que sabe sacar siempre el mejor partido. Y, sobre todo, es sorprendente el uso que hace este realizador del ritmo fílmico, tanto mediante el encuadre como con ayuda del montaje. No es en absoluto gratuito, por ejemplo, el hecho de que los personajes principales se pasen toda la película corriendo, como intentando escapar de una situación irreversible (el actor principal recibió un entrenamiento atlético especial para ello, según consta en los títulos de crédito). También coadyuva eficazmente a conseguir este efecto la acertadísima elección de los escenarios, sobre todo los exteriores, con unos paisajes impresionantes y escarpados de Carolina del Norte que dan una idea cabal del aspecto que pudo tener la zona del río Hudson en la época que se describe en el film. En resumen, podemos decir que El último mohicano es una gran película de aventuras que une a la calidad fílmica un componente de comercialidad por lo vertiginoso de su ritmo narrativo, de evidente atractivo para el espectador. Es, pues, una firme candidata para la próxima entrega de los Oscars, que promete estar reñida si la calidad de las cintas en litigio continúa por la misma línea. |