CINE SOBRE CINE PARA CINEFILOS

(‘La Gaceta de Canarias’, 31-I-1993)

 

EL JUEGO DE HOLLYWOOD

 

TITULO ORIGINAL:  The Players

NACIONALIDAD:  USA

FECHA:   1991 DURACION:  119 min., COLOR

DIRECTOR:  Robert Altman 

INTERPRETES:  Tim Robbins, Greta Scacchi, Whoopi Goldberg, Fred Ward

 

 

            Está claro que el cine, cual pescadilla que se muerde la cola, se suele alimentar de su propia sustancia, y desde los inicios del 7o Arte, rara es la película que no contiene en el desarrollo de su trama referencias más o menos veladas a otras realizaciones cinematográficas. Esta característica, que en ocasiones puede confundir al espectador de a pie, constituye un atractivo más para el cinéfilo, que se complace en detectar sibilinamente los guiños que le está haciendo el realizador del film. Para el entendido, el principal atractivo de una película netamente comercial como ‘Gremlins’ (1984), de Joe Dante, por ejemplo, radica, más que en la excelencia de sus efectos especiales, en las abundantes citas que en la misma se hacen de films de terror de serie B y de añejas comedias de Frank Capra.

            Especialmente se nota este fenómenos en aquellas cintas cuyo argumento se refiere, como en la que aquí se comenta, precisamente al noble arte de hacer películas, las pertenecientes al género que se conoce como el cine sobre cine. El ejemplo más emblemático de esta tendencia lo constituye, por supuesto, ‘La noche americana’ (1973), de François Truffaut, donde el realizador francés, con inequívoca técnica narrativa hitchcockiana, nos conduce a través del rodaje de una película por los entresijos del cine y de la realidad. Pero hay abundantes ejemplos más antiguos: por ejemplo, ‘El moderno Sherlock Holmes’ (1924) y ‘El cameraman’ (1928), ambas de Buster Keaton, o ‘Hollywood al desnudo’ (1923) y ‘Ha nacido una estrella’ (1954), las dos de George Cukor, entre otras.

            La presente película de Robert Altman bebe camaleónicamente de múltiples fuentes fílmicas, no sólo de las adscritas al citado género de ‘cine sobre cine’ (por formar ‘El juego de Hollywood’ parte a su vez del mismo), sin también de otras muchas películas clásicas, que son citadas continuamente a lo largo del metraje, tanto en el diálogo como en las imágenes. Por ejemplo, el larguísimo plano-secuencia de la presentación pretende revivir, por supuesto, el inicio de ‘Sed de mal’ (1958), de Orson Welles, y la estructura argumental se inspira libremente en ‘El crepúsculo de los dioses’ (1950), de Billy Wilder ; también aquí la trama se basa en el asesinato de un guionista a manos de un productor.

            Altman se ha caracterizado, en todas sus producciones a partir de ‘M.A.S.H.’ (1970), por poner en solfa de una forma premeditada todas las convenciones, conceptos y clichés del cine norteamericano tradicional. Para ello ha utilizado de una forma crítica y desmitificadora todos los géneros cinematográficos: el western (‘Los vividores, 1971 ; ‘Buffalo Bill y los indios’, 1976), el cine policíaco (‘El largo adiós’, 1973 ; ‘Ladrones como nosotros’, 1973), el musical (‘Nashville’, 1975), la comedia (‘Un día de boda’, 1977) y la ciencia-ficción (‘Quinteto’, 1978). El resultado alcanzado en esta tentativa ha sido desigual, pero a lo largo de su ya larga carrera fílmica ha conseguido producir algunas obras brillantes y sumamente inteligentes, de las que podría ser ejemplo la extraña fábula alegórica ‘El volar es para los pájaros’ (1970).

Según el crítico Andrew Sarris, Robert Altman ha sido “el primer norteamericano en aplicar un tono y un estilo apropiados a las locuras absurdas de nuestra época”. Las características típicas de su filmografía, fácilmente detectables en El juego de Hollywood, son la utilización recurrente del diálogo entremezclado, el humor sardónico y el uso heterodoxo del zoom. En opinión de David A. Cook, por fin, este realizador está llevando a cabo los films más intelectualmente honestos acerca de la experiencia norteamericana que se hayan hecho desde Orson Welles. A este realizador se le considera igualmente, junto con nombres como George Roy-Hill, Sydney Pollack, Jerry Schatzberg o incluso el George Lucas de ‘American Graffiti’ (1973), de un cierto neorromanticismo psicológico moderno ligado al presente, o que finge mirar hacia el pasado para llegar a conclusiones siempre actuales. Este realizador, desmontando, como se ha visto, los grandes géneros y los grandes mitos del cine de Hollywood, ha demolido también una cierta visión romántica tradicional de la sociedad norteamericana. En el proceso ha realizado el retrato de una serie de individuos que se definen por su oposición a los valores establecidos, lo que también constituye –no hay que dudarlo- una suerte de romanticismo.

            En El juego de Hollywood, el último producto de la filmografía de Robert Altman que ha accedido a nuestras pantallas, vuelve a reflejarse todo lo dicho: el director arremete despiadadamente, con un dominio técnico envidiable acompañado de un gran sentido de la ironía, contra el mundo de las productoras comerciales del cine americano, donde lo que priva es el beneficio empresarial antes que la calidad artística de las películas. Ese extremo economicismo lleva a que se realicen mayormente cintas iguales las unas a las otras, todas con su porción de sexo y de violencia y con su inevitable happy ending, que en la mayoría de los casos contradice las más elementales reglas de la lógica argumental. Un guión magistral, en el cual ha intervenido decisivamente el propio realizador, refleja de una forma bastante sardónica el mundillo cinematográfico de Hollywood, con su fama de falsos creadores y oportunistas a mansalva. Altman consigue, además, llevar a cabo una mezcla heterogénea de géneros cinematográficos, desde la comedia al suspense, pasando por una impresionante escena de amor con la cámara fija en primerísimo plano en el momento en que el productor asesino confiesa su crimen. De todas maneras, igual que en el cine, y en una forma que recuerda a los hermanos Cohen., nada en esta película es lo que parece ; hay un final feliz, por disparatado que pudiera parecer, porque no podía terminar de otra forma una película rodada en la Meca del cine. Las apariciones cameo de innumerables estrellas conocidas de la pantalla añaden un atractivo suplementario a esta interesante cinta.

[ATRAS]