|
EROS Y THANATOS (‘La Gaceta de Canarias’, 13-VI-1993) LAS MEJORES INTENCIONES TITULO ORIGINAL: Den goda viljan NACIONALIDAD: Suecia FECHA: 1992 DURACION: 175 min., COLOR DIRECTOR: Bille August INTERPRETES: Samuel Fröler, Pernilla Ostergren August, Max von Sydow, Ghita Norby
El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, postula que el
discurrir cotidiano del individuo se debate entre dos tendencias congénitas:
por un lado los impulsos de vida (eros),
cuya finalidad es establecer unidades cada vez más amplias y persistir, y
por otro los impulsos de muerte (thanatos), dado que el fin último
de todo ser vivo es a la larga el retorno a lo inorgánico, como se sabe.
La persona se encuentra, por tanto, según la teoría psicoanalítica,
inmersa en una eterna lucha consigo misma y con los demás ; somos
contradictorios por naturaleza, y la dialéctica amor-odio,
seguridad-inseguridad, fe-desconfianza, etc., el yin-yang de los antiguos sabios chinos, nos acompaña por doquier,
nos guste o no nos guste. El arte y la literatura, por supuesto, reflejan
en gran medida ese conflicto, como es el caso de ‘Las
mejores
intenciones’, la película objeto de este comentario. El guionista
de esta película, que no es otro que el gran realizador sueco Ingmar
Bergman, intenta reflejar en esta historia las vicisitudes reales
ocurridas entre sus propios progenitores justo hasta el momento en que
él estaba a punto de venir a este mundo ; de hecho, se supone que la
protagonista, Anna Akerblom, está embarazada del propio Bergman al
finalizar la cinta. Se trata, pues, de un argumento autobiográfico avant
la lettre ; no es, sin embargo, el primer guión que escribe su autor,
puesto que esta actividad fue precisamente la que le permitió en su
momento iniciarse en la dirección cinematográfica. Aparte de haber sido
el autor de los guiones de sus propias realizaciones, de su pluma
proceden igualmente los de varias de las películas suecas más importantes de los años 40 y 50: ‘Tortura’ (1944) y ‘La señorita
Julia’ (1951), ambas de Alf Sjöberg, por ejemplo. En
el argumento de Las mejores
intenciones se refleja la principal característica definitoria del
cine de Bergman, a saber, una especie de nihilismo cósmico con base
religiosa de influencia kierkegaardiana que se preocupa por las cuestiones
más fundamentales de la existencia humana: el significado del sufrimiento
y del dolor, el hecho inexplicable de la muerte, la naturaleza solitaria
del ser, así como la búsqueda del sentido en un mundo aparentemente ilógico
y caprichoso. Estos rasgos, por otra parte, han sido los que han
caracterizado al mejor cine sueco de todos los tiempos, diferenciándolo
del producido en otros países, ya desde sus inicios en la época muda de
mano de realizadores como Mauritz Stiller, Victor Sjöström o Gustaf
Molander, entre otros. En el caso que aquí se comenta, la referencia más
directa sería el último largometraje rodado por el maestro, también
de resonancias autobiográficas: ‘Fanny y Alexander’ (1982). Como ya
se dijo al principio, la película de Bille August insiste y profundiza
en los acercamientos y rechazos habidos a lo largo de la accidentada
relación de pareja entre los protagonistas, una relación que, por obra y
gracia de los impulsos freudianos de muerte, estuvo en más de una ocasión
a punto de romperse, igual que suele ocurrir con la mayoría de las
historias de amor de este mundo. La historia, por tanto, no deja de ser
muy interesante, y el tratamiento que el guionista le da parece en primera
instancia ser el más adecuado, pues se describe con pelos y señales la
difícil unión entre dos seres esencialmente distintos, por su clase
social respectiva por sus convicciones, por su educación, etc.
Bille August, realizador danés, ya llamó la atención de la crítica
cinematográfica mundial con su anterior film, ‘Pelle el Conquistador’
(1987), ganador de la Palma de Oro del Festival de Cannes de aquel año,
como también ha ocurrido éste con Las
mejores intenciones. En aquella película ya se notaban las virtudes y
los defectos que caracterizan a su director. Entonces ya quedó de
manifiesto la profesionalidad artesana de August, que radica más que nada
en una minuciosa ambientación, de un gusto exquisito, y en una cuidada
dirección de los actores. Sin embargo, aunque la cinta logró competir
ventajosamente en taquilla con producciones norteamericanas más superficiales y estereotipadas, no consiguió, sin embargo, por la escasa
personalidad artística de su director, alcanzar el ritmo narrativo
adecuado, convirtiéndose al fin en un producto bastante aburrido. En Las mejores intenciones se acentúan sobremanera los defectos de Bille August, el cual no consigue imprimir convicción a la historia que está contando. El cinéfilo no puede evitar imaginarse cómo hubiera resuelto el propio Bergman el problema caso de haberse encargado él personalmente de poner en imágenes su excelente guión. En todo caso, August parece más interesado en la composición minuciosa de los encuadres que en la propia historia que cuenta y en el encadenamiento lógico de las secuencias ; por ello, frente a indudables aciertos en algunas de ellas se encuentran tiempos muertos incomprensibles, y en más de una ocasión las reacciones de los personajes no resultan en absoluto creíbles, al encontrarse éstos colocados como marionetas en un decorado ambiental en el que no logran integrarse. La película, como es sabido, fue rodada simultáneamente como miniserie televisiva (fue producida por varias cadenas europeas, al igual que la anteriormente citada ‘Fanny y Alexander’) y como largometraje para la pantalla grande, y según declaraciones de su realizador, ambas versiones partieron de guiones diferentes. Sin embargo, el resultado en cine adolece de inexplicables saltos narrativos, aducibles quizás a la supresión de secuencias enteras en el montaje con el fin de atenerse a las tres horas del metraje definitivo ; da la sensación de estar compuesta de distintos trozos que luego no se ha sabido engarzar adecuadamente. Por ejemplo, hay un evidente desajuste entre la historia del desgraciado noviazgo de los protagonistas (la parte más lograda) y los acontecimientos que tienen lugar después de la boda ; se plantean problemáticas muy dispares que no parecen tener mucha conexión unas con otras. Eso provoca a la larga que el espectador acabe perdiendo interés por la anécdota narrada y añore con ansiedad el deseado y dilatado final. Una buena historia, en definitiva, desperdiciada en su mayor parte. |