MARIONETAS EN LA CUERDA

(‘La Gaceta de Canarias’, 10-X-1993)

 

MAXIMO RIESGO

 

TITULO ORIGINAL:  Cliffhanger

NACIONALIDAD:  USA

FECHA:   1993 DURACION:  108 min., COLOR

DIRECTOR:  Renny Harlin

INTERPRETES:  Sylvester Stallone, John Lithgow, Michael Rooker, Caroline Goodall

 

 

            El hecho sorprendente, pero innegable, de que engendros totalmente infumables de la calaña de la película que aquí se comenta estén dando buenos dividendos en taquilla a nivel mundial merecería un análisis sociológico a gran escala, ya que sociológica tiene que ser la explicación de todo ello, si es que la hay. ¿A dónde va a para la audiencia de los 90? No es, desde luego, únicamente el producto de un gusto desmesurado por parte del público por los espectáculos violentos, ni tampoco parece que se trate en este caso de la identificación del espectador con un héroe. Más bien consistirá en el resultado de una enorme operación de marketing capaz de vender lo invendible y de hacer pasar por entretenido y emocionante lo que cualquier mentalidad medianamente lúcida diagnosticará más pronto o más tarde como uno de los mayores bluffs de toda la historia de la farándula.

            Máximo riesgo’ nace de una combinación explosiva entre dos de los especímenes más siniestros que encontrarse puedan en el llamado 7o Arte: el director de procedencia finlandesa Renny Harlin y el actor norteamericano Sylvester Stallone, esta vez colaborador también en el guión, lo que agrava aún más el desaguisado. El primero de ellos constituye uno de esos casos insólitos que únicamente pueden llegar a producirse en Hollywood y que sólo se explican por la peculiar estructura que la industria fílmica reviste por aquellos pagos. Una inepcia tan reincidente como la suya sólo la toleran allí, por la única razón de que da dinero. Y algo parecido ocurre, como todo el mundo sabe, con Stallone, que contra todo pronóstico continúa siendo un revientataquillas a nivel mundial, a pesar de los pesares.

            Renny Harlin hizo su debut en la gran pantalla con ‘Infierno en el Artico’ (1986), un insignificante subproducto anticomunista surgido durante la Guerra Fría, ya entonces en su ocaso. A continuación viene ‘Presidio’ (1987), una especie de híbrido sin mucha personalidad entre film de terror y película carcelaria, y por fin ‘Pesadilla en Elm Street 4’ (1988), posiblemente el peor episodio de esa desdichada cadena de secuelas. El primer contacto de Harlin con el cine de alto presupuesto fue la insoportable ‘La jungla dos, Alerta Roja’ (1990), que ya fue en su momento objeto de comentario por parte de este crítico, a la que precedió la única película medianamente presentable dentro de la filmografía de este realizador: ‘Las aventuras de Ford Fairlane’ (1990), un intento semifallido de conjugar mediante una estética decididamente televisiva el cine juvenil con una trama de cine negro, algo que ya había sido intentado, con bastante más sentido cinematográfico, por Martin Brest en ‘Superdetective en Hollywood’ (1984). Tal vez fue el relativo éxito de esta cinta lo que en definitiva decidió a los gerifaltes de Hollywood a admitir a Harlin en el selecto club de los famosos.

Sylvester Stallone, por su parte, es -como el director John Huston, y salvando las distancias- el prototipo del self-made man americano, que surge de la nada y al que nadie augura futuro alguno en un principio. Después de haber sido desaconsejado repetidamente por sus profesores de arte dramático en lo referente a sus posibilidades como actor, consiguió, sin embargo, introducirse en la industria del cine por medio del guión de ‘Rocky’ (1976), discreta cinta boxística realizada por John G. Avildsen y protagonizada por el propio Stallone. Este producto ganó, inesperadamente, el Oscar a la mejor película ; semejante éxito desató ipso facto una larga andanada de secuelas, algunas de ellas (las peores) dirigidas por el propio actor, otras recurriendo al auxilio de directores de segunda fila, y dio lugar, junto con la serie –igualmente nefasta- dedicada al personaje de Rambo, al subgénero de películas macho-heroicas e hiperviolentas que actualmente inundan las pantallas. Máximo riesgo, a fin de cuentas, no es más que la última entrega de esa nefanda progresión de engendros.

Lo que más molesta de Máximo riesgo no es la nula lógica de su anécdota argumental ni la a ratos excesiva violencia ; es sobre todo la más absoluta falta de ritmo narrativo de que hace gala, así como el estilo cansino de la realización por parte de Harlin, quien desperdicia de la forma más flagrante un argumento que podría haber dado mucho más de sí y un escenario de excepción: el soberbio paisaje alpino de las Montañas Rocosas. El cine de alta montaña, efectivamente, ha tenido una historia bastante gloriosa, empezando por la prestigiosas realizaciones mudas de Arnold Franck, seguidas por ‘La luz azul’ (1931), de Leni Riefenstahl, hasta los estrenos ya más actuales, como, por ejemplo, la excelente ‘El guía del desfiladero’ (1987), de Niels Gaup, cuyo argumento plagia y vulgariza Máximo riesgo, o ‘Dispara a matar’ (1988), de Roger Spottiswoode, que desarrolla con bastante más dominio del medio que en la película que aquí se comenta un asunto similar.

Tras una pretenciosa secuencia inicial que a todas luces pretendía ser una especie de tour de force introductorio, pero que cualquier cineasta ‘amateur’ habría resuelto con mayor brío, Máximo riesgo se debate en un perpetuo ‘quiero y no puedo’ donde la falta de raccord es la regla común: allí, por lo visto, no rige la meteorología ni el calendario, dado que de un plano a otro y sin comerlo ni beberlo se pasa de una impresionante tormenta de nieve totalmente invernal a un hermoso y plácido paisaje veraniego, para volver acto seguido (milagros del montaje) a la vorágine de los elementos desatados como si nada hubiese ocurrido. En el plano interpretativo tampoco hay mucho bueno que decir. Sylvester Stallone, protagonista absoluto, hace lo que ha hecho siempre: representarse a sí mismo. Sus registros dramáticos, por otro lado, tampoco dan para mucho más. Su antagonista, John Lightgow, hace un papel de villano similar al ya visto recientemente en ‘En nombre de Caín’, de Brian de Palma, con sus mismos tics y su correspondiente dosis de sobreactuación. Del resto del reparto mejor será no hablar. Cierto crítico norteamericano habla de los personajes de esta película como de “marionetas en la cuerda”, y puede que esa descripción sea la que mejor se ajusta a su nefasta labor interpretativa. El excelente trailer publicitario de Máximo riesgo que se estuvo proyectando durante todo el verano, con un montaje muy eficiente acompañado con los acordes del Requiem de Mozart, creó en muchos cinéfilos falsas expectativas acerca de esta película, y se confiaba en que Renny Harlin hubiese aprendido por fin a hacer cine. Evidentemente, las esperanzas fueron vanas ; Harlin, desde luego, no fue el realizador de aquel avance, y sigue mostrando las mismas infames características como cineasta que había dejado entrever en anteriores realizaciones.

[ATRAS]