LOS FANTASMAS DEL PASADO

(‘La Gaceta de Canarias’, 24-X-1993)

 

MADREGILDA

 

TITULO ORIGINAL:  Madregilda

NACIONALIDAD:  España-Alemania-Francia

FECHA:  1993  DURACION:  105 min., COLOR

DIRECTOR:  Francisco Regueiro

INTERPRETES:  José Sacristán, Juan Echanove, Barbara Auer, Juan Luis Galiardo

 

 

            Francisco Regueiro es uno de tantos autores malditos del cine español. Su ya extensa producción, siempre interesante, se ha visto por lo general rodeada de dificultades de todo tipo, sean de censura (durante el franquismo), sean de financiación y distribución. Gran parte de la culpa de esta circunstancia hay que achacársela al exacerbado intelectualismo de este director, cuyo estilo ha ido pasando, paulatinamente, del realismo crítico de sus primeras obras al esperpento cuasi-valleinclanesco de su última época, cuyo postrer ejemplo ha sido el film objeto de este comentario: ‘Madregilda’. Con todo, y a pesar de no haber conseguido conectar con el público en la mayor parte de las ocasiones, Regueiro ha logrado, indudablemente, a lo largo de 30 años de actividad, expresar un mundo personal bastante definido que refleja un temperamento anárquico de una lucidez fuera de toda duda. Todas sus películas destilan una especie de desesperación irónica donde se mezcla la tradición del absurdo con pinceladas de humor negro.

            Regueiro está encuadrado, junto con otros realizadores, en el según algunos mal llamado ‘nuevo cine español’, surgido durante los años 60 de la mano del productor Elías Querejeta y con el beneplácito del entonces Director General de Cinematografía, García Escudero. La nueva Ley de Censura de aquellos años (Manuel Fraga era el Ministro de Información y Turismo) abría la mano en el terreno moral, pero, por supuesto, no en lo político ni en lo ideológico. Una serie de ayudas económicas (el Interés Especial) facilitaron la incorporación a la industria fílmica de los nuevos diplomados de la E.O.C., cuya obra fílmica se plasmó en una serie de intentos de cine social y de realismo crítico a imitación de la nouvelle vague francesa. Volvió a oírse hablar de cine español en los certámentes internacionales. Por otro lado, la reacción de público autóctono ante este movimiento renovador fue, como suele ocurrir en estos casos, casi nula, y tampoco fue sólo cine de calidad lo que se produjo: el subgénero del ‘destape’, de aciaga memoria, por ejemplo, surgió igualmente de esa nueva permisividad.

            La biografía artística de Francisco Regueiro es de lo más prolífica y variada. Antes de dedicarse de lleno al 7o Arte fue, entre otras cosas, jugador de fútbol, dibujante de ‘La Codorniz’ y novelista. Su primer largometraje, ‘El buen amor’ (1963), un film sensible y cuidado, aunque intrascendente, narra el viaje a Toledo que realiza una joven pareja de estudiantes madrileños sin ahondar demasiado en los problemas inherentes a la relación de pareja. Su siguiente realización, ‘Amador’ (1965), un producto más ambicioso, ya tuvo problemas con la censura , exhibida en el festival de Cannes de aquel año, es considerada una de las obras maestras del humor negro español, pues explora a fondo el problema de la insatisfacción sexual. Esta película y la siguiente, ‘Si volvemos a vernos’ (1967), que presentaba una insólita historia de amor entre una prostituta española y un soldado yanqui de la base de Torrejón de Ardoz, contribuyeron a caracterizar a su realizador como autor maldito.

            La vena esperpéntica del cine de Regueiro se inicia con la película ‘Duerme, duerme, mi amor’ (1974), una curiosa muestra de humor negro, a la que sigue ‘Las bodas de Blanca’ (1975), un film absolutamente desquiciado y uno de los más renombrados de la última época de su autor. La descaradamente anticlerical ‘Padre nuestro’ (1984) y ‘Diario de invierno’ (1988), que según la crítica no consigue reflejar las pretensiones del director y revela de forma inexorable sus limitaciones artesanales, continúan con la misma línea estilística de Regueiro. El último ejemplo en este sentido lo constituye Madregilda, donde vuelve a revelarse la tremenda brecha existente entre las intenciones artísticas de este realizador y sus verdaderas posibilidades expresivas.

            Madregilda pretende ser una especie de visión esperpéntica de los primeros años del régimen franquista, una época en que supuestamente se escarbaba en los basureros y en las tumbas en busca de calcio mientras el pueblo asistía embelesado a la proyección de ‘Gilda’ (1946), de Charles Vidor, y el caudillo rememoraba nostálgicamente las gestas de la Cruzada mientras jugaba interminables partidas de mus en sus aposentos privados, cuidadosamente defendido por la Guardia Mora. Para ello se juega con el conocido rumor que por aquel entonces corría de boca en boca de que el Jefe del Estado había sido asesinado por un ayuda de cámara y que el que aparecía en los actos públicos no era más que un doble. La idea en sí no deja de ser sugestiva, especialmente para un argumento de comedia como éste ; lástima que los buenos momentos, que los hay, se vean ensombrecidos por un guión bastante inconexo y unos diálogos que demasiado a menudo caen en lo excesivamente campechano y ridiculizante. La sátira saludable se convierte por momentos en el descrédito sin sentido y posiblemente infundado de un personaje histórico. Algo parecido a lo que Milos Forman ya intentó en su día con Mozart en ‘Amadeus’ (1984), pero hecho con bastante peor gusto y mucho menor conocimiento del medio cinematográfico.

              A la decepcionante impresión general que se deriva de la visión de esta película no ayuda precisamente el trabajo de los actores, sin garra y rutinario en la mayor parte de los casos, excepción sea hecha de José Sacristán, que está excelente en todo momento. La interpretación que de Franco hace Juan Echanove es más bien mediocre, y en algunas ocasiones parece que a quién realmente está imitando es a Manuel Fraga Iribarne, otro gallego de pro. Los niños que intervienen en la trama se limitan a cumplir, y su único defecto palpable es la ininteligibilidad de su dicción, achacable posiblemente al deficiente funcionamiento del sonido directo ; este es, por otra parte, un mal endémico de casi todas las películas rodadas en España de un tiempo a esta parte. La música de Madregilda, por fin, resulta inadecuada en la mayoría de la ocasiones.

[ATRAS]