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LA EXQUISITA PUESTA EN ESCENA DE UNA FRUSTRACION (‘La
Gaceta de Canarias’, 4-II-1990) EL AÑO DE LAS
LLUVIAS TORRENCIALES TITULO ORIGINAL:
Acque di Primavera NACIONALIDAD:
Italia-Francia FECHA:
1988 DURACION: 98 min., COLOR DIRECTOR: Jerzy Skolimowski INTERPRETES: Timothy Hutton,
Nastassja Kinski, Valeria Golino, William Forsythe El cine de Jerzy Skolimowski, realizador polaco de la misma generación que el más conocido Roman Polanski y emigrado igualmente a Occidente, no es muy frecuente por nuestras pantallas. La última realización de este director que se vio fue ‘Las aventuras de Gerard’ (1970), curiosa comedia basada en un relato de Arthur Conan Doyle ambientado en las guerras napoleónicas e incomprensiblemente mal recibida por crítica y público en aquel entonces. La película ‘El año de las lluvias torrenciales’ es también una adaptación literaria ; se trata de un relato del escritor ruso del siglo XIX Ivan Turgenev. Este autor estudio en la Universidad de Berlín, y allí llegó a conocer a fondo la filosofía de Hegel, que le dejó marcado para toda su vida ; la dialéctica hegeliana le sirvió de inspiración para la mayor parte de sus obras literarias, fiel reflejo de lo que se ha dado en llamar ‘nihilismo ruso’. El año de las lluvias torrenciales, en su versión fílmica, responde de forma magistral a dichas características. En este filme se capta la historia de una gran frustración, o tal vez sea más bien la historia de varias frustraciones, como imagen nihilista de un mundo –el humano- que se debate constantemente entre el querer y el poder, entre los dos principios freudianos del placer y de la realidad. Por ello ninguno de los proyectos que los personajes emprenden da el resultado esperado: desde perder la diligencia al principio hasta fracasar igualmente en los lances amorosos, pasando por una fiesta que termina en duelo. En definitiva lo que se plantea –igual que en Hegel- es el tema de la libertad o no libertad del individuo: la dialéctica del amo y del esclavo, que el protagonista, un aristócrata ruso, tiene forzosamente que tener en cuanta al poseer él mismo siervos en sus propiedades. Todo ello se desarrolla en un fantasmagórico clima de placidez. En un nuevo alarde dialéctico, no hay lluvias torrenciales, a pesar de lo que indica el título, como si la naturaleza no quisiese intervenir en los mezquinos dramas humanos (“el hombre es una caña movida por el viento”, diría Pascal). La puesta en escena de Skolimowski es exquisita en su sencillez ; no hay grandes alardes de decorados o efectos especiales (no se necesitan), pero siempre se han elegido los encuadres y movimientos de cámara precisos para sugerir lo que se pretende. Y, dada la procedencia literaria de la trama, la base del filme está en la interpretación de los actores y actrices, que resulta un verdadero tour de force. Nastassja Kinski está, como de costumbre, sublime. No obstante, si hubiera que quedarse con alguno de los personajes hay que elegir el interpretado por Timothy Hutton, cuya actuación resulta un prodigio de contención y mesura ; está verdaderamente insuperable como frágil ser a merced de la vorágine de los elementos, de esa ‘Idea en sí y para sí’ para la cual, como dice Hegel, “todo lo racional es real, y todo lo real es racional”. |