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UN FALLO DE LA JUSTICIA (‘La Gaceta de Canarias’,
20-III-1994) EN
EL NOMBRE DEL PADRE TITULO ORIGINAL: In the Name
of the Father NACIONALIDAD:
GB FECHA:
1993 DURACION: 128 min., COLOR DIRECTOR: Jim Sheridan INTERPRETES: Daniel Day
Lewis, Pete Postlethwaite, Emma Thompson, John Lynch
Las películas de juicios constituyen uno de los géneros cinematográficos
más prolíficos, sobre todo desde los inicios del cine sonoro. El
tribunal de justicia ha sido profusamente utilizado por el 7o
Arte para descubrir a un criminal, y no siempre en filmes de temática
estrictamente policíaca ; recuérdese a este respecto ‘Que el cielo la
juzgue’ (1945), de John M. Stahl, uno de los grandes clásicos del
melodrama, o también ‘La mujer X’ (1929), de Carlos F. Borcosque, o
su remake de 1965 a manos de
David Lowell-Rich, basadas todas ellas, en su parte más significativa, en
tramas judiciales. De todas formas, es el thriller
el género que con mayor frecuencia ha recurrido a este recurso
argumental, pues el desarrollo de una vista jurídica da cancha a
directores y guionistas para sorprender al espectador con un final
imprevisto. El verdadero culpable casi nunca es el acusado/protagonista,
aunque sí que lo ha sido en algunas cintas memorables, como, por ejemplo,
aquella maravillosa ‘Llamad a cualquier puerta’ (1948), de Nicholas
Ray.
Es precisamente esa virtud de sorprender al respetable en la última
secuencia, derivada de la técnica narrativa de salvación en el último
minuto desarrollada por D.W. Griffith en tiempos del cine mudo, la que más
se ha utilizado en el cine de contenido judicial. Se podrían citar al
respecto innumerables películas de suspense, como por ejemplo ‘La mujer
vestida de rojo’ (1934), de Robert Florey, ‘Un rostro de mujer’
(1941), de George Cukor, ‘Testigo de cargo (1957), de Billy Wilder, o
‘Anatomía de un asesinato’ (1959), de Otto Preminger, entre otras.
Por otro lado, y al margen del puro espectáculo, este recurso argumental
ha sido también aprovechado para denunciar diversos problemas sociales
en infinidad de problem films.
Así está, como muestra arquetípica de esta tendencia, con la cual la
película que aquí se comenta guarda más de un paralelismo, ‘Monsieur
Verdoux’ (1947), una de las pocas realizaciones de Charles Chaplin con
contenido serio, que utiliza un personaje inspirado en el famoso Landrú
para dar una visión sumamente original de la época de la depresión
económica. A ésta habría que añadir el ‘Landrú’ (1962), de Claude
Chabrol y, por supuesto, ‘Una tragedia humana’ (1931), de Joseph von
Sternberg.
En ‘En el nombre del padre’ el director irlandés Jim Sheridan vuelve
a un tema que ya había abordado con sumo éxito en ‘Mi pie izquierdo’
(1989), su primer largometraje: igual que allí llevaba a la pantalla la
autobiografía del pintor minusválido Christy Brown subrayando su marginación social y ulterior integración por la vía del arte, en su último
film este realizador retorna a una historia de marginados: la de la
familia norirlandesa Conlon, cogida entre dos fuegos entre la justicia
británica y el movimiento independentista del IRA. Ambas cintas se basan
en relatos autobiográficos y
analizan la evolución personal de sus protagonistas en el seno de una
sociedad injusta. La temática es comparable con la desarrollada por el
cineasta norteamericano Oliver Stone en varias de sus obras, como, por
ejemplo, ‘Nacido el 4 de Julio’ (1989) y ‘Cielo y tierra’ (1993)
Jim Sheridan procede del mundo del teatro, donde ha ejercido como
dramaturgo y como director, esto último al frente del Proyect Arts Centre
de Dublín, y más tarde como responsable del Irish Centre de Nueva York.
Su formación cinematográfica es norteamericana, pues estudió esta
especialidad en el New York Film School. Su primer largometraje, ‘Mi pie
izquierdo’, aunque imbuido de evidentes resonancias teatrales y
televisivas que se traducían en fallos de estilo, sorprendió a propios
y extraños por la frescura de sus ideas y la valentía de sus
planteamientos, así como por su portentosa dirección de actores. Le
siguió ‘El parado’ (1990), un drama rural de resonancias
shakespearianas, para muchos muy superior a la anterior realización de su
director. El protagonista de En el
nombre del padre, el británico Daniel Day-Lewis, recibió el Oscar al
mejor actor por su interpretación en la primera película de Sheridan, y
lleva el camino de volverlo a conseguir por En
el nombre del padre. También se inició en el campo teatral. Debutó
en el cine con ‘Sunday, Bloody Sunday’ (1971), de John Schlesinger,
pero el éxito y la fama no le llegaron hasta ‘Mi hermosa lavandería’
(1985), de Stephen Frears, y luego ‘Una habitación con vistas’
(1985), de James Ivory, y ‘La insoportable levedad del ser’ (1987), de
Philip Kaufman. Ultimamente realizó una interpretación verdaderamente
magnífica en ‘El último mohicano’ (1992), de Michael Mann. Está
considerado actualmente .-y con justicia- como uno de los exponentes más
brillantes de la nueva generación de actores británicos.
La tercera película de Jim Sheridan, En
el nombre del padre, adopta resueltamente el estilo narrativo del
cine de juicios en su especialidad de análisis sociológico. El relato
autobiográfico de Jerry Conlon es aprovechado por el director irlandés
para diseccionar algunos aspectos del problema del Ulster y de la justicia
británica, y sus tesis podrían fácilmente ser extrapoladas al tema
del terrorismo a nivel internacional y de la justicia como concepto
abstracto. Sheridan prescinde conscientemente de tomar partido en el
problema irlandés ; lo único que queda en realidad patente es su
rechazo de la violencia como modo de hacer política, hágala quien la
haga. Al fin y al cabo, el error judicial que condujo al encarcelamiento
de la familia Conlon durante 15 largos años no se basaba en otra cosa,
como se desprende de la visión de la película, que en el encubrimiento
de un caso de violencia policial ; no hubo nunca, al parecer,
intencionalidad política alguna en todo el proceso, al contrario del
caso, en cierto modo relacionado con éste, relatado por Ken Loach en
‘Agenda oculta’ (1990). La película de Sheridan, que no deja de tener interés desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, adolece de defectos similares a los ya detectados en su primera realización: un esquematismo tal vez excesivo a nivel de guión que conduce a una cierta visión maniquea a la hora de presentar a los personajes y a resonancias teatrales y televisivas en lo narrativo. Frente a algunas secuencias verdaderamente bien elaboradas, como toda la introducción ambientada en el conflicto del Ulster de los años 70, hay otras donde quedan demasiado al descubierto las intenciones didácticas del director, como en toda la parte del juicio, por ejemplo. Destaca más que nada la dirección de actores, con un Daniel Day-Lewis que se supera a sí mismo, auxiliado por un excelente plantel de secundarios. |