CINE DE ACCION COMPROMETIDO

(‘La Gaceta de Canarias’, 17-IV-1994)

 

LA CARA SUCIA DE LA LEY

 

TITULO ORIGINAL:  Deep Cover

NACIONALIDAD:  USA

FECHA:  1992 DURACION:  108 min., COLOR

DIRECTOR:  Bill Duke

INTERPRETES:  Jeff Goldblum, Larry Fishburne, Victoria Dillard, Charles Martin Smith

 

 

            Según Christian Zimmer, el cine es, en su conjunto y ya desde sus inicios, un fenómeno político, ya que se ocupa de la vida, los hombres y la realidad. Todo depende, naturalmente, de la mirada del que filma y de su intenciones ; por ello no se puede caracterizar de cine político únicamente las películas con mensaje o ‘de vanguardia’, mediante las cuales los diferentes realizadores han intentado comunicar a su público determinadas ideologías concretas, sino que habría que ampliar el concepto a la totalidad de la producción fílmica mundial, y en especial la de procedencia norteamericana, por ser los EE.UU. el país donde más cine se realiza de todo el mundo y el que más difunde sus producciones por todo el orbe. Hay quien divide la cinematografía estadouniden- se, en vez de por géneros, según sus tendencias políticas, que pueden resumirse en dos: liberal y conservadora.

            Un ejemplo sintomático de ese punto de vista es el análisis que hace del thriller el crítico Alfonso García Seguí. Para este autor, el cine ‘de gangsters’ conlleva una indudable componente reaccionaria de apología de la violencia al servicio de la ley y el orden. En esas películas, de las que cabe citar ‘El terror del hampa’ (1932) o ‘El sueño eterno’ (1946), de Howard Hawks las dos, se populariza la clásica imagen del gángster: un empedernido refractario al sistema, generalmente inmigrado (siciliano antes, latinoamericano ahora), que se burla de las libertades democráticas, corrompiendo de paso la moral puritana además de violar sistemáticamente la ley. A esa supuesta lacra social se enfrenta invariablemente un policía abnegado, modelo de virtudes tanto morales como cívicas, quien consigue triunfar al final, por supuesto, sobre su malvado oponente. Ese tipo de cine floreció sobre todo en las fechas inmediatamente posteriores a la gran depresión económica de los años 30, pero no ha dejado en realidad de practicarse, y desde entonces ha habido diferentes renacimientos del género ; actualmente se está viviendo otro de esos revivals periódicos, quizá propiciado por la situación de crisis económica por la que está pasando la economía mundial.

            La cara sucia de la ley’, de Bill Duke, no tiene, por supuesto, nada que ver con las películas violentas y fascistoides que han invadido las pantallas de todo el planeta en las últimas décadas, protagonizadas por personajes inefables del tipo de Sylvester Stallone o Steven Segal, entre otros ; enlaza más bien con una serie de thrillers más pretenciosos desde un punto de vista estético y con clara intención crítica que se han venido realizando en los últimos años, como ‘El precio del poder’ (1983), de Brian de Palma, ‘Sangre y salsa’ (1984), de Paul Morrisey, ‘Asuntos sucios’ (1989), de Mike Figgis o, más recientemente, ‘Reservoir Dogs’ (1993), de Quentin Tarantino. Todas esas películas conectan más o menos directamente con el cine de gangsters clásico, pero sometiéndolo a una especie de aggiornamento para contentar a las audiencias de hoy en día: se introduce el debatido tema de la droga, y la violencia es bastante más explícita que en aquellas añejas producciones. Por lo demás todo queda igual, y las caracterizaciones respectivas del policía y del mafioso de turno siguen siendo igualmente maniqueas y continúan ateniéndose a los cánones de costumbre.

               La película de Bill Duke –que, por cierto, llega hasta nosotros con dos años de retraso- puede encuadrarse perfectamente dentro del llamado ‘cine negro’, pues, igual que en aquel género fílmico, la trama juega con una cierta ambigüedad moral de los protagonistas principales, buscando que el espectador se identifique con ambos: criminal y policía. Argumentalmente hablando, al tratarse de la historia de un agente de la ley infiltrado en una banda de malhechores, podría trazarse un cierto paralelismo entre esa cinta y ‘Al rojo vivo’ (1948), de Raoul Walsh. Por otro lado, Duke intenta tímidamente darle a la narración un cariz político al referirse el argumento veladamente al caso de Noriega y a la presunta vinculación de algunos políticos latinoamericanos con el tráfico de drogas ; ese extremo, sin embargo, está muy poco desarrollado a nivel de guión y queda bastante confuso, al igual que tampoco queda demasiado clara la alusión a los intentos de manipulación de las investigaciones policiales por parte de las altas jerarquías políticas yanquis. El estilo narrativo de Bill Duke es, si no brillante, al menos sí el adecuado para la historia que propone, a la que confiere un ritmo casi perfecto. Destaca sobre todo la dirección de actores y el excelente casting ; se puede decir que todos los que participan en La cara sucia de la ley están perfectos en sus respectivos papeles, tanto principales como secundarios. Merece, no obstante, una mención especial el trabajo de ambos protagonistas, Larry Fishburne y Jeff Goldblum, sobre todo del segundo de ellos, quien tras su orígenes teatrales ha ido consolidando cada vez más su indiscutible estrellato tras su primer éxito de público con su magistral interpretación del complejo personaje principal de ‘La mosca’ (1986), de David Cronenberg. La actuación de Goldblum en el film que aquí se comenta raya también a gran altura, desempeñando a la perfección un papel difícil y lleno de matices.

[ATRAS]