TODO ES POSIBLE EN NUEVA YORK

(‘La Gaceta de Canarias’, 22-V-1994)

 

MISTERIOSO ASESINATO EN MANHATTAN

 

TITULO ORIGINAL:  Manhattan Murder Mistery

NACIONALIDAD:  USA

FECHA:   1993 DURACION:  100 min., COLOR

DIRECTOR:  Woody Allen

INTERPRETES:  Woody Allen, Diane Keaton, Alan Alda, Anjelica Huston

 

 

          Gran parte de la filosofía de Woody Allen puede resumirse en el título de la canción de Cole Porter que se escucha durante los títulos de crédito de esta película: ‘Resulta que me gusta Nueva York’. Pues este director es un típico producto de esa ciudad norteamericana, una urbe donde realmente todo es posible, como él ha demostrado en muchas de sus obras. El peculiar carácter de este curioso cineasta queda definido por aquella anécdota de todos conocida de cuando renunció a acudir a recoger el Oscar que se le había concedido por ‘Annie Hall’ (1977) porque prefirió quedarse a tocar el clarinete en su club habitual de jazz. Ese es el humor de Allen, principal representante del cine judío neoyorquino actual: una comicidad por la que esa comunidad étnica se cuestiona alegremente a sí misma sus tradiciones, peculiaridades y defectos. En el cine de Woody Allen se encuentra siempre alguna alusión despectiva, pero cariñosa, a su maestro, el gran Jerry Lewis. Fue precisamente a éste a quien se debió que Allen se iniciase en la dirección después de haber escrito guiones para otros directores, como por ejemplo el de ‘¿Qué tal, Pussycat?’ (1965), de Clive Donner, o el de ‘Sueños de seductor’ (1972), de Herbert Ross. La primera película de Allen, ‘Toma el dinero y corre’ (1969), iba en principio a ser dirigida por Jerry Lewis. Y hay quien define al director que aquí nos ocupa como un hermano pequeño de aquél que se ha preocupado por el psicoanálisis e intenta profundizar algo más en las cultura contemporánea. Ambos, por otra parte, coinciden en sus problemas con las mujeres, las catástrofes involuntarias que provocan y su freudiana torpeza ante la vida.

El crítico Esteve Riambau detecta a dos realizadores bajo la firma de Woody Allen. Uno de ellos sería aquel que, tras la citada ‘Annie Hall’, decidió evocar a Ingmar Bergman como árbitro frente a la dicotomía entre el amor y la muerte ; el otro es el cómico que consiguió introducir esa misma acidez en una visión organizada del mundo. En el historial artístico de Allen figura –antes de iniciarse en el 7o Arte- una larga actividad como articulista, creador de sketches para televisión, actor en cabarets recitando sus propios textos y teatro, actuando y también como autor. Esa experiencia le lastró sensiblemente en sus primeras realizaciones para la pantalla, que se resienten de una narrativa poco equilibrada que no logra unir del todo entre sí los diferentes momentos humorísticos. No fue hasta ‘La última noche de Boris Grushenko’ (1975) que Allen encontró por fin la coherencia entre unos presupuestos cómicos realmente eficaces y renovadores y su adecuada puesta en imágenes. ‘Interiores’ (1978), primer -y brillante- intento de Allen de abandonar el registro cómico, una interesante muestra de melodrama de inspiración bergmaniana, le sirvió como trampolín para desarrollar un nuevo tipo de comedia dramática de altos vuelos de la que quizás el ejemplo más significativo sea ‘Manhattan’ (1979), que ha definido su estilo a partir de entonces. Allen, en definitiva, se ha configurado como uno de los directores de cine norteamericanos más interesantes de las últimas décadas, un cineasta extremadamente inteligente, según la opinión del crítico David A. Cook.

Misterioso asesinato en Manhattan’, última realización de Woody Allen, se inscribe en una larga serie de sátiras psicoanalíticas de esa sociedad neoyorquina de clase media que su autor tanto ama, pero que no duda en fustigar sistemáticamente con, entre otros títulos, ‘Broadway Dany Rose’ (1984), ‘La Rosa Púrpura del Cairo’ (1985) o ‘Días de radio’ (1987). En este caso se toma como pretexto cómico una historia policíaca vagamente inspirada en el clásico ‘La ventana indiscreta’ (1954), de Alfred Hitchcock ; igual que en aquella cinta, la investigación del asesinato no es abordada por la policía, sino por una persona normal –una mujer en este caso- que sospecha de su vecino. El estilo narrativo, sin embargo, no es hitchcockiano, ni mucho menos, puesto que no se insiste tanto en el suspense como en la descripción psicológica del ciudadano medio. En ese sentido también se podría relacionar esta película con ‘El gato conoce al asesino’ (1977), de Robert Benton, otra curiosa muestra de thriller humorístico.

             En esta película, que llega a las pantallas tinerfeñas con un año de retraso, Woody Allen vuelve a hacer gala de su ya habitual maestría narrativa, trabajando sobre un guión propio verdaderamente brillante en el cual se conjuga a la perfección la comicidad de unos diálogos sin desperdicio con el misterio de la subyugante trama policial. La cámara está siempre en el lugar que debe y se mueve únicamente cuando es imprescindible, como siempre ocurre en las últimas obras del cineasta. La dirección de actores, por otro lado, es verdaderamente magistral, como de costumbre ; destaca, en un reparto muy equilibrado, la actuación de la pareja protagonista: un Woody Allen que se supera a sí mismo en su acostumbrado papel de personaje cargado de complejos, y una Diane Keaton maravillosa que le da el adecuado contrapunto. Esta actriz, que no había vuelto a actuar para Allen desde ‘Días de radio’, se encuentra visiblemente a gusto con este director, que ha sabido sacar de ella sus mejores registros interpretativos.

[ATRAS]