La Tribu de los Gazules, o Conquista de Alcalá

 

Canto VI

En tanto que el ejército cristiano

Con sus crecidas huestes peleaba

Derrotando al osado mahometano,

El Príncipe rëal se preparaba

Para atacar la villa, y por su mano

Reducir al Emir, que la guardaba,

El bravo Abomelic é ilustre Prima,

Últimos descendientes de Fatima.

 

Al efecto evitando, que saliese

Este atacando á Hernando por la espalda

Durante la batalla, que se diese,

Encamina á su gente por la falda

Del elevado cerro y se guarece,

En el Lário y sus selvas se respalda;

No sin lanzar de flechas una nube

Hácia Alcalá, cuando su cuesta sube.

 

Y cubierto entretanto en la maleza,

Que tiene el Lário, que á los muros toca,

Observa desde allí la fortaleza,

Por ver si encuentra en la elevada roca

Un sitio, por dó pueda con presteza

Escalar, y á este fin pone y coloca

La órden de San Jorge á alto trecho,

Y dentro de un barranco muy estrecho.

 

Llámase aqueste sitio el verde rio,

Y Guad-alger en árabe nombrado,

Donde los caballeros de más brio

Disponen del asalto deseado;

É invocando del Santo el poderío,

Que con su fé alcanzara el gran soldado,

Le prometen alzarle un régio trono,

Nombrándole del pueblo por Patrono.

 

Os pide en recompensa le entregueis

La llave de esta antigua fortaleza,

Y que con agua del Jordan regueis

Su augusta, venerable y real cabeza.

De otro modo, Señor, ya no espereis

Más que el ataque al muro con presteza;

Destruyendo tal vez en corto espacio

Vuestro reino, y tambien vuestro palacio”.

 

Vuelve”, interrumpe Abomelic con brio,

Á tu Rey á dar gracias por sus dones,

Y dile que no acepto lo que es mio

Ni admito su ducado y sus blacones;

Que prefiero quedar sin señorío

Á dejar mi creencia y tradiciones,

Que perderá mi reino ciertamente,

Pero jamás de Aláh sér un creyente.

 

Y armando las escalas presurosos,

Á los muros, que tocan con bravura,

Intentan yá subir los más fogosos;

Pero son despeñados de su altura,

Y una lluvia de dardos peligrosos

Los envuelve, y entolda la llanura,

Dó la hueste cristiana se veia

Impávida mostrar su bizarria.

 

Y el mismo Alfonso al lado de su gente

Disponia el asalto contra el muro,

En tanto que el Emir resueltamente,

Arrojando su manto mal seguro,

Trepa sobre el adarve, y de repente

Gruesas piedras desploma en tal apuro;

Aplastando la escala, y el que en ella

Sube, contra las rocas cae y se estrella.

 

Así termina, y todos prosternados

Ante el nieto de Alí, tan elocuente,

Exclaman fervorosos é inspirados:

¡Gloria a Dios y á su diestra omnipotente,

Que hoy abate á sus hijos desdichados,

Tal vez para ensalzarlos de repente,

Y darles nuevos reinos y regiones,

Y el dominio de imperios y naciones!

 

Disponed ¡oh Señor! De nuestras vidas,

Que gustosos rendimos á tus leyes,

Y abrid en nuestro pecho cien heridas,

Por dó brote la sangre, con que selles

Nuestra fé, que tal vez restañecidas

Se vean por tu mano; y que á estos reyes

Del linage escogido otros imperios

Les dés en tus celestes hemisferios”.

 

Repítese de nuevo el ciego intento

De asaltar la muralla de aquel lado;

Y se miran de nuevo en el momento

Morder el polvo en sangre salpicado,

Sin que puedan lo pies tomar asiento

Del que sube, que vuelca despeñado,

Sin que haya un valiente, que á la cima

Logre trepar del muro, á que se arrima.

 

Viendo inútil la sangre derramada,

En su empresa el infante no desmaya;

Y ordena, se aproxime la mesnada

De Don Lope de Haro, el de Vizcaya,

Al cual manda conduzca á la callada

Su gente, y á batir el muro vaya

Del lado opuesto, sometiendo en tanto

De Santiago y San Jorge el grito santo.

 

Y entonces el de Haro se desvía,

 Y trepa por la falda de la altura,

Donde cabra montés no subiría;

Llegando a aquella parte más segura.

Y allí una puerta que en descuido habia,

Sorprende, y con las hachas se apresura

Á romperla, abriéndose un portillo,

Por donde entra el alavés caudillo.

 

Los dos gemelos déudos, cual leales

Le siguen, y otros treinta caballeros;

Y blandiendo sus sables, golpes tales

Los de Rioja dán a los primeros,

Que se oponen, y luchan desiguales,

Que le abren camino sus aceros;

Teniendo tiempo acaso el gazalino

De gritar, que está dentro el vizcaino.

 

Revuélvense ajitados batallando

Por las calles y plazas todos juntos;

Y en tanto los demás, que van llegando,

Se apoderan luchando de otros puntos.

Prosigue la pelea; y ya mirando

Mezclados los cristianos y conjuntos,

Manda y espide órdenes postreras

De prender voraz fuego a las hogueras.

 

Y al momento se ven iluminados

Los ámbitos del pueblo en alta llama:

Crujen los artesones y techados,

Y el elemento aterrador rebrama,

Alumbrando semblantes demudados

De la raza infeliz, que á voces clama:

Hoy sucumbe Alcalá, fiel á su rito;

¡Gloria á Aláh y al Profeta! Estaba escrito”.

 

Sigue en tanto la lucha encarnizada,

Al rumor de los ayes y lamentos;

Mirándose la sangre coagulada

De las calles bañar los pavimentos.

Ya la densa humareda sulfurada

Todo lo invade, ahogando los acentos

De exterminio y dolor, que dan los pechos

Heridos, desgarrados y deshechos.

 

El Alcázar, en tanto, que esplendente

Alzaba sus agujas hasta el cielo,

Lo entolda el humo, y mírase candente,

Envuelto en llamas, que en su rudo vuelo

Lo invaden y rodean velozmente,

Hundiendo capiteles por el suelo;

Y á la reina Zulema allí espirante,

Que áun brilla en majestad bella y radiante.

 

Una piedra, que cae sobre sus sienes,

La desangra del golpe despiadado;

Y yá privada de sus caros bienes,

Brotan sus ojos llanto emponzoñado.

En intenso dolor á sus harenes

Se encamina con paso apresurado;

Y tomando á Abdilvár, que no se explica,

Con su preciosa sangre lo salpica.

 

Y lo besa y estrecha en desvarío,

Y se aleja y revuelve enajenada;

Y exclama en su estupor: “Pobre hijo mio;

Sálvate al menos tú, prenda adorada;

Y ampare tu orfandad sin poderío

La bella y preclarísima Granada:

Sálvale, sólo a él: yo, Aláh, te imploro;

Que él es el sólo bien, que yá atesoro”.

 

Y manda alzar poterna envejecida

Donde se abre un camino tenebroso

Que entre la roca, que se mira hendida,

Serpentéa tajado y peligroso.

Por él se encuentra embarazosa huida,

Sin saber á dó guia tortüoso:

De romanos es obra aquella via,

Que ninguno presente conocia.

 

En su entrada la Reina se presenta,

Cargada con sus joyas y el Infante;

Y al page Maza, cuyo pecho alienta

Ciega fidelidad, en el instante

Le entrega los tesoros, que él sustenta

Sobre su pecho fuerte y arrogante;

É hincando su rodilla con presteza,

Jura llevar á cabo esta proeza.

 

Dos Súsdanes, que sigan mis pisadas”,

Dice Abén-Maza en vigoroso acento;

Que os ofrezco, Prinesa venerada,

Salvar el régio Vástago en mi intento,

Ó sumirme en la sima socavada,

Siendo de lealtad raro portento:

Mas si tiene salida, como infiero,

En salvo yo á tu hijo considero”.

 

Dijo, y tomando carga tan preciosa,

Seguido de dos negros, que le alumbran,

Se lanza por la senda nebulosa

Y angosta, cuyo fin nunca vislumbran.

Y atacan á Zulema temblorosa

Vértigos, que la ciegan y deslumbran;

Y manda echar la trampa, que se cierra,

Y e su seno á Abdilvar tímida encierra.

 

En tanto que el incendio y la matanza

Se aproximan, y mujen adunados,

Y su estrago se extiende, á todo alcanza,

É invade los salones decorados;

Por ellos, entre el humo se abalanza

El Rey, á cuya vista prosternados

Caen los negros guardias, y hasta un page,

Que le queda tan sólo al real linaje.

 

Cierren las puertas”, dice este caudillo,

Del Alcázar, que el fuego ya rodea,

Y mejor que pasados a cuchillo,

¡Oh! nuestros cuerpos calcinados vea,

Con valor sucumbamos; el castillo

De Alcalá monumento eterno sea,

Que de Gazul señale aquí la gloria

Aunque suya no fuese la victoria”.

 

Así habló, y postrados en el suelo,

Cánticos orientales proferían;

En tanto que el incendio con anhelo

Se cebaba voraz, y ya crujían

Los techos: estendiéndose en su vuelo,

Los hunde, y volcanes se entreabrian

De fuego, que se traga en hondo seno,

La corte y al Monarca sarraceno.

 

Así termina la hecatombe triste

De la raza rëal de nuestra villa,

Que valerosa y grande se resiste,

Sin doblar la cerviz á la cuchilla;

Y que, creyente sin igual persiste

En morir por su fé, mas sin mancilla,

Á su pátria dejando ilustre nombre,

Y en la historia del mundo gran renombre.

 

¡Todo pereció allí! Tan sólo hallaron

Los castellanos con asombro en ella,

Del fuego y de la sangre, que manaron

Los cuerpos de Gazules, roja huella.

Su Mezquita mayor la consagraron,

Fieles guardando su portada bella;

Restos de otras grandezas, que aún ahumadas

Se miran por el suelo destrozadas.

 

El Rey cristiano y su hijo allí se hallan,

Al consagrarse el templo sacrosanto;

Y prosternados en silencio callan,

Y admiran del Gazul denuedo tanto.

Con la piedad su ejército avasallan;

Y de Obispos el coro alza el canto

Al Hombre-Dios en la Judéa inmolado,

Y por Patron San Jorge es proclamado.

 

Y el antiguo Solar, dó se albergára

Por tanto tiempo el Edrís piadoso,

Cinco siglos más tarde en él se alzára

Un Templo con su cláustro silencioso.

En él la vírgen pura ante aquel ara

Dirige su oracion á Dios, su Esposo;

Velando á las enfermas impotentes,

Y educando á las niñas inocentes.

 

¡Santo Rosario, que respeto impones,

Con las que humildes en tu espacio habitan;

Tus Walíes generosos en sus dones,

Tus vestales de hoy, que á la fé excitan,

Ganando siempre fueron corazones

Con las grandes virtudes, que ejercitan;

Y donde crece el fruto sazonado

Del árbol celestial, en él plantado!

 

¡Bendígate el Señor, sacro recinto,

Tierra sembrada de esplendor y bienes!

¡Logre el tiempo en su curso, asáz distinto,

Respetar el asilo, que contienes;

Y es perla preciada ese Jacinto,

Gala de un pueblo, que ciñó sus sienes

Con diadema rëal, que le pusieron

Los árabes de Gáza, que la hubieron!

 

Si Alméd-Edris clemente te adornára

Con mármoles y jaspes veteados,

Haciendo de su trono, que en ti alzára,

Amparo de dolientes, y cuitados;

Un santo Sacerdote te imitára.

Y estos hombres de cultos encontrados

Se copian y asemejan con sus hechos,

Dándo espansion á sus humanos pechos.

 

Diego de Viéra humilde reconstruye

Aqueste Alcázar de los Reyes moros,

Y Escuela y Hospital en él construye,

Del justo siendo altísimos tesoros:

En él la tierna juventud se instruye,

Que alegre forma angelicales coros,

Loando á Alméd el Noble, que lo funda,

Y á Viéra que lo imita y lo fecunda.

 

Así acabó la célebre campaña,

Que en Sevilla empezó fuerte y sañuda,

Y que volviera á nuestra hermosa España

Grandes comarcas tras contienda ruda.

En ella se mostró la fiera saña

Del árabe y del godo, y con la ayuda

De Dios tan sólo e llevará á cabo,

Quedando el pueblo de Ismaél esclavo

 

Refugiados algunos en Patría,

Pueblo fuerte y feraz junto á Barbate,

Disparan su veloz caballería

En la Frontera, dó al cristiano abate;

Y talan en su larga correría,

Demostrando su ódio en el combate,

Montados en blanquísimos corceles

Con sus rojas marlotas y alquiceles.

 

Así campéa el resto de esta gente,

Que se queda á la orilla de su rio,

Cuando hundiéra Alcalá su altiva frente

En ceniza y escombro, en fiero brio

Mas vencidos al fin completamente,

Arrasan su castillo y caserío;

Quedando al fin los bravos campeones

Sin familia, ni hogares, ni bridones.

 

Mas volviendo de nuevo á los reales

Del pueblo, por su nombre duradero,

Tornamos á buscar á los leales

Servidores, que siguen el sendero

Desconocido y de peligros tales,

Que arredran al más ciego aventurero,

Sólo al mirarse en vida sepultado

En un abismo lóbrego, ignorado.

 

El jóven, que la carga sostenia,

Puesto en Aláh su espíritu, marchaba,

Y sin mirar atrás se dirigia,

Bajando una pendiente, que formaba

Especie de escalón ó gradería,

Donde su osada planta resbalaba,

Seguido de sus negros servidores,

Que le alumbran los largos corredores.

 

Más de tres horas yá durado habia

La marcha por las peñas y quebradas,

Y rendidos de andar la galería,

Se detienen al pie de sus arcadas,

Por donde miran que penetra el día,

Sin saber á qué parte situadas

Se encuentran las salidas de la mina,

Y que alegre el fiel Maza ya examina.

 

Y removiendo con su fuerte brazo

Unas piedras, que cierran la abertura,

Se encuentran en el fondo de un ribazo

Ó cueva, que del Lario en la espesura

Se oculta, y llevando en su antebrazo

Á la inocente y bella criatura,

Se esconde entre las breñas al instante

Con su fardo rëal del tierno Infante.

 

Despierta, en tanto, el niño adormecido,

Y al contacto del aire gime y llora,

Y parece que mira sorprendido

El sol de estio, que su frente dora ;

Y extendiendo su cuello entumecido,

Parece ser que protección implora,

Y que exige á su madre el alimento,

Y al no encontrarla, suelta su lamento.

 

Buscan sus siervos, de emoción temblando,

Un manjar para el niño respetado,

Y por más que discurren, no encontrando,

Más que el tesoro inútil y pesado ;

Prostérnanse de hinojos, implorando

Un auxilio de Dios, el que á su lado

Hace, que se presente en la maleza

Una cabra saltando con presteza.

 

La cual, perdida entre la breña, bala

Tras cabrito que el águila ha prendido,

Y dolorosa queja ardiente exhala

Por el hijo, que busca ya perdido.

Que enantes fuera su ternura y gala,

Contestando amoroso á su bramido:

Abén-Maza la vé, y alborozado

La sorprende de pronto y trae á su lado.

 

Y allí la obliga y pone contra el suelo,

Haciendo, que le acerquen al Infante,

Y gracias dando al bondadoso cielo,

Consigue, que á su Príncipe amamante,

Y el dulce néctar sorba con anhelo,

Ciñendo con sus brazos al instante

A la rëal nodriza, que una pierna

Tocando de Abdilvár, le lame tierna.

 

Oyen, en tánto, gritos y alaridos,

Que resuenan en toda la espesura:

Son los últimos ecos doloridos

De la tribu Gazul, la sin ventura,

Que suenan en los bosques encendidos

Del Lario ó Geba-Alger y su llanura,

Y acosados del humo y del estruendo,

Atraviesan la selva, que está ardiendo.

 

Ván con Maza cargados del tesoro

Los esclavos y cabra jadeando,

Y sin parar de huir el noble moro,

Precipicios y tajos fue salvando,

En tánto que el Infante tierno lloro

Despide, y su nodriza en pos saltando,

Responde complaciente á sus quejidos

Con amoroso anhelo y con balidos.

 

Así recorren sierra y llano al punto,

Rodeados de fuego y polvareda,

Que sofocan y ocultan todo junto

El grupo interesante en la arboleda ;

Y miran á la nueva y gran Sagunto

Abrasarse á su espalda, y que se queda

Hecha montón de escombros y humeante

Para pasmo de todo caminante.

 

Y encuentran una choza, dó llegando,

No hallan humano ser en su morada:

Tan sólo en derredor se vé pastando

Una yeguada sola abandonada ;

Y en tres de ellas en pelo cabalgando,

Se internan en la ruda y erizada

Sierra de Algib, á donde coligieron

Hallar los de su tribu, que allí huyeron.

 

Panorama grandioso se presenta

En la explanada del gigante monte,

Dó una atalaya ó torre en el se asienta,

Que domina un vastísimo horizonte ;

Y en cuyo altivo muro aún fiel se ostenta

Verde pendón, que acaso yá no afronte

Las récias iras del morado hispano,

Y por última vez se agita ufano.

 

Y es tradición constante en la comarca,

Que el famoso Almanzor allí naciera

De Tarifa, la hermana de un Monarca

Ó Emir Gazul, que en ella residiera ;

Mirando de su cúspide, que abarca

Cien leguas en redondo de la esfera,

Dó de España de vén mares y puertos,

Y África con su Átlas y desiertos.

 

Que en ella el niño, que creció en su altura,

Se arrobaba también desde su cima,

Presintiendo tal vez, que su estatura

Era el emblema de él ; y esto le anima

Á lanzarse á la lid sangrienta y ruda,

Yá de la Europa, del Mogréb al clima,

Que alcanzó á descubrir con alborozo:

Fue un digno pedestal de tal coloso.

 

Y como Haljíb perpétuo fue nombrado

Del Califado Cordobés, es fama,

Que de esto Géba-Aljid fue apellidado

Este monte, que hoy así se llama ;

Y siempre de este modo fuera honrado

El recuerdo del héroe que aún aclama

La España musulmana por caudillo,

Alzándole un altar grande y sencillo.

 

Allá, pues, en su altura ó monumento,

Que recuerda a Almanzor, el victorioso,

Se presenta Abén-Maza en seguimiento

Del resto del linaje tan glorioso ;

Y levantando el varonil acento,

Convoca á aquel concurso lagrimoso

De ancianos respetables, confiados,

Que le miran con ojos asombrados.

 

Todos acuden á admirar á Maza,

Que les muestra pendiente de sus brazos

El Vástago rëal de aquella raza,

Con quien le uniéran tan estrechos lazos.

Entonces les refiere y fiel les traza

La muerte de su estirpe y los acasos,

Que le aguardan dó quier en esta tierra,

Que las cenizas de su estirpe encierra.

 

Sólo nos dá”, les dice con sonrojo,

Un asilo en Granada, nuestro hermano

El rëy de Arjona, Alhamár el Rojo,

Que allí tiene su trono soberano.

Allá tal vez nuestro mortal despojo

Alumbre, al espirar, el solo hispano …

Los que quieran seguir otra carrera,

África, nuestra madre, les espera.

 

Hoy cesaron los lazos de obediencia,

Que á la estirpe de Alí hémos jurado ;

Este Niño infeliz en la inclemencia,

Como vosotros, queda abandonado ;

Vuestro voto os devuelve, y la clemencia

Pide obtengais en el Nasir estado ;

Que halle el huérfano real allí un asilo,

Aúnque quede vasallo y por pupilo.

 

Tal vez llegue algún día y no lejano,

Que, extinguida la casa del Profeta,

Las tribus del imperio Mogrebiano,

Sin hallar en su suelo aquella meta,

Buscarán, y á Aláh dolido no sea en vano,

La estirpe de Fatima y la real veta

De su sangre, viniendo á hallarla pura,

Dó se albergue esta ilustre Criatura”.

 

Esto dijo, y le besan blandamente

Al príncipe Abdilvár mano y cabeza,

En tanto que Abén-Maza diligente

Propone dár un término á su empresa ;

Y seguido de aquel grupo impotente,

Bajan del alto Aljib por la aspereza,

Y atravesando á Ronda, la Tajada,

Marchan en lento paso hácia Granada.

 

Allí Alhamár recibe al Heredero

Del linaje escojido y lo prohija ;

Y premiando á Abén-Maza, el Caballero,

Deja que casa y bienes allí elija.

Es tronco de la tribu este guerrero

De los Mazas, que en ella asienta y fija,

Fiel siempre en venerandas tradiciones

De la estirpe Gazul á sus varones.

 

Allí viven en larga descendencia

Los Mazas y Gazules largos dias ;

Unidos, como estuvo su ascendencia

Por los lazos de amor y simpatías.

Desechando Abdilvár falsa tendencia,

Acató de Nasir las dinastías,

Y con ellas tambien al que en la cuna

Le asociára á su casa y su fortuna.

 

Sus nietos en su empeño persistieron

De obedecer la ley, que yá obligaba,

Sirviendo á los que asilo concedieron

Á su abuelo Abdilvár, cuando vagaba

Huérfano y sin abrigo, y que siguieron

Á Boabdil al desierto, que esperaba,

Volviendo á la region de África unidos,

Y á Tetüan construyen los vencidos.

 

Allí la raza esclarecida nuestra

Se extiende y vigoriza, cual portento

Del sagrado destino, que demuestra

La noble procedencia de su aliento ;

Y trás largos azares ella muestra

Su preclaro valor, su sufrimiento

En triunfos y reveses del combate,

Dó nunca su valor mengua ni abate.

 

Perseguidos después abiertamente

Del Mogreb por la odiosa dinastía,

Quien ciego encono abriga de repente,

La raza al contemplar, dó procedian ;

Se ausentan, y atraviesan el ardiente

Desierto del Anquéd y Berbería,

Y se alojan de nuevo allá en la tierra,

Que yá el sepulcro de su abuelo encierra.

 

En Témbo, población junto a Medina,

Modesto se establece este linaje ;

Y á sus sencillos hábitos se inclina,

Sin desear grandeza, ni homenaje.

Mas en vano esto fue ; que le destina

La suerte nuevo trono, y vasallaje

Le ofrecen peregrinos Mogrebianos,

Que buscan de su estirpe Soberanos.

 

Alí-Bén-Mahomád-Bén-Yusúf viene

De tan larga region, y es aclamado

En la tribu Fileli, que conviene

Con las demás kabilas ; y aclamado

Es en todo el Mogréb, que fiel se aviene

A alzarlo de Occidente al Califado ;

Que es un Xerife, pues de Alí desciende,

Y esto el fervor y el entusiasmo enciende.

 

Y reinan en las tierras, perfumadas

Por una eterna y verde primavera,

Y que se miran todas salpicadas,

Como la piel de su feroz pantera,

Por oaisis de arenas rodëadas,

Y dó crecen el mirto y la palmera ;

Region, que en dulce paz tal vez seria

Fértil y hermosa, cual la pátria mia.

 

Allí impera el linaje Cherifiano,

Dueño del gran Imperio en este instante ;

Cumpliendo el vaticinio sobrehumano,

Que le hizo Zulema al tierno Infante.

De él desciende ese Príncipe africano

Muley-el Abbas, sóbrio y arrogante,

Que al visitar la España, saludaba

El Algib del Gazul, y suspiraba.

El cual desde Alcázar, sitüada

De Tánger su ciudad, sobre una altura,

Mira la sierra enfrente coloreada

Del tibio resplandor de rosa pura,

Que el Sol dora en su cúspide elevada ;

Y palabras cortadas él murmura …

Fervoroso tal vez pida a los Cielos,

Le vuelvan al Solar de sus Abuelos.

[ATRAS]