INTRODUCCION

 

            La alianza que recientemente han conseguido suscribir los eternos rivales Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin parece proyectar por fin un rayo de esperanza en el confuso panorama soviético, al vislumbrarse una posible solución a la huelga política de los mineros. El Presidente de la URSS gozará de ahora en delante de unos momentos de respiro. No obstante, aún le quedan muchas etapas que superar hasta lograr conjurar de una vez por todas a los espectros de la dictadura y del separatismo que amenazan al país.

ESTRUCTURA DE PODER EN LA URSS ANTES DE LA REFORMA DE  1988

            La visita a nuestro país de Mijail Gorbachov, el merecidamente célebre Presidente de la Unión Soviética, ha disparado entre el público español el entusiasmo por este insólito líder («gorbasmo» llama el periodista Ismael Fuente a este fenómeno sociológico en DIARIO 16). Porque es cierto que desde Nikita Khrushev no había habido ningún político de la patria del ‘socialismo real’ que despertara tanto fervor popular en Occidente. Gorbachov, en efecto, ha conseguido por fin cambiar la imagen que la URSS tenía entre nosotros ; el sobrenombre de «huracán de las libertades» con que lo ha bautizado Emilio Romero no le viene ancho.

            El apoyo al presidente soviético ha sido casi unánime, aunque es probable que las razones de unos y otros para apoyarle sean distintas. Así, por ejemplo, en Noviembre de 1990 la jet-set de Londres celebró por todo lo alto una «collapse of communism party» de dudosa significación, y resulta cuanto menos curioso el interés que han manifestado por la labor gorbachoviana personas de conocido ideario conservador como Emilio Romero o Emilio Attard, por citar dos casos llamativos. Diferente es, sin embargo, la postura del ultraderechista Francisco-Félix Montiel. Para éste todo el guirigay de la ‘perestroika’ no es más que una maniobra encaminada a enmascarar los ocultos propósitos de ‘los rusos’ de dominar el planeta con ayuda del comunismo mundial. Nuestro carpetovetónico Blas Piñar, por su parte, opina que la visita de Gorbachov al Pardo es “... una afrenta a la Historia ...”.

            Desde el viaje a nuestro país en Octubre del año pasado hasta el recentísimo al Japón, el líder soviético ha aprovechado el carisma de que indudablemente sigue disfrutando fuera de las fronteras de la URSS para recabar ayuda financiera para su proyecto de reforma, respaldando sus peticiones con una actuación política realmente sorprendente, donde el derribo del «Muro de Berlín» no es precisamente lo más importante, aunque sí lo más espectacular:

§         Programa de control de armamento que proponía la supresión de las armas nucleares a finales de siglo.

§         Ampliación general de la libertad de expresión, basada en su famosa política de ‘glasnost’.

§         Reformas en los derechos civiles y revisión del Código Penal soviético.

§         Reformas económicas: incentivos personales y libre mercado.

§         Tendencia gradual a una mayor democratización en la sociedad soviética.

§         Completa reorganización de la política exterior soviética y del aparato de propaganda.

Todas las reformas –económicas y políticas- emprendidas por Gorbachov a partir de 1985 se dirigían a intentar paliar los problemas planteados por la difícil situación en que se encontraba su país desde el ‘período de estancamiento’ (años 70 y primeros 80). Estas dificultades se puede resumir en un único punto: el rotundo fracaso del sistema de planificación centralizada, que se caracterizaba por la tenencia en propiedad por parte del Estado de la mayoría de las estructuras económicas.

            Tratando de obviar la hipotética ‘explotación’ inherente al sistema de mercado, las empresas de la URSS (y de los antiguos «países del Este») no disfrutaban de autonomía de gestión alguna. Estaban dirigidas por personas nombradas por los ministerios correspondientes (la nomenklatura) que disfrutaban de un poder cuasi absoluto de decisión. Cualquier conato de sindicalismo libre era sistemáticamente reprimido.

            Pero en realidad, la principal lacra del sistema soviético era, como es sabido, la burocracia, que, irónicamente, adolecía de todos los inconvenientes que Kart Marx achacaba a la burocracia capitalista: “la parte superior confía a los niveles inferiores la comprensión de los detalle, mientras que los niveles inferiores creen en el conocimiento que la parte superior tiene de lo general, por lo que todos son mutuamente engañados”. Esta característica afectaba de manera especial a la economía doméstica, que se veía inerme ante los abusos del aparato burocrático.

            Según un famoso informe (1983) de la socióloga Tatiana Zaslavskaia, el sistema hacía agua por los cuatro costados, debido a un evidente desfase entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas. Al ya de por sí defectuoso funcionamiento de  la estructura económica se añadían otros factores que empeoraban la situación: crecimiento del costo de extracción de las materias primas, problemas demográficos, efectos climatológicos, etc.

            El resultado más palpable de todo este desbarajuste ha sidota paulatina aparición en escena de una ‘economía complementaria’ de impresionante volumen: realización semitolerada de trabajos privados, especulación, concesión de gratificaciones, entrega de obsequios a cambio de prebendas, amén de otras actividades más o menos ilegales. Ese sistema económico paralelo sigue en funcionamiento hoy en día y constituye una de las dificultades más acuciantes a que deben enfrentarse Gorbachov y sus colaboradores.

 

Las reformas de Gorbachov

            En la historia soviética más o menos reciente ha habido intentos de relanzar la economía del país. Aparte del «Plan Khrushev» de 1961, que tratamos más ampliamente en otro lugar, está la «Reforma Koshiguin» (1964), la cual, aunque fue escasamente apoyada en su momento por la cúpula del poder político, se anticipaba en unos años a la manifestación de la crisis y proponía soluciones en un momento en que esto aún era posible.

            Las ideas de Koshiguin fueron ‘resucitadas’ en 1979 por el equipo de Brezhnev, pero no se lograron los resultados esperados. Por último, la reforma económica iniciada por Andropov en 1983 constituye el preámbulo de la actual, al plantearse como objetivos el progreso tecnológico, el cumplimiento de los contratos y una relación más estrecha entre trabajo y remuneración.

Para enfrentarse al estancamiento económico, la nueva dirección de la Unión Soviética propone, ya desde 1985, las siguientes medidas reformistas, ratificadas el 25 de Junio de 1987 ante el Comité Central y que se han ido poniendo en práctica escalonadamente en el país con desigual fortuna:

  • Una drástica expansión de los márgenes de independencia de las empresas estatales transformándolas al sistema de plena contabilidad de costos.

  • Una transformación radical de la dirección centralizada de la economía, impidiendo al centro las interferencias en la actividad cotidiana de los cuerpos económicos subordinados.

  • Una reforma fundamental de la planificación, los precios, las finanzas y los créditos.

  • Creación de nuevas estructuras de organización que impliquen a la ciencia de un modo más directo en la producción.

  • Transición desde un sistema de dirección excesivamente centralizado a otro más democrático.

En los primeros años de perestroika los resultados de las reformas sólo fueron moderadamente alentadores. Así, en 1986 se cumplieron las previsiones en cuanto a grandes cifras, con escasos avances, sin embargo, en algunos terrenos clave (la deuda con los bancos occidentales, p.ej., creció significativamente). 1987 se caracterizó por una preocupante reducción del ritmo de crecimiento económico ; empezaron a notarse los primeros síntomas de desabastecimiento alimentario. La situación se ha ido agravando a partir de 1988.

Según Javier Alvarez Dorronsoro, no ha existido en realidad en la perestroika un modelo de reforma global. Así, en un primer momento la orientación reformista se centraba sobre todo en la economía: se hablaba de una ‘renovación del socialismo’. La política de glasnost (transparencia informativa) no pretendía, por tanto, otra cosa que estimular entre los intelectuales y en el propio Partido la crítica hacia las inercias burocráticas. Esa apertura democrática, no obstante, ha ido generando cada vez nuevas demandas de democratización, planteando simultáneamente al gobierno de la URSS algunas cuestiones de difícil solución.

 

El problema del nacionalismo

            La sovietóloga Hélène Carrère D’Encausse, en «L’Empire éclate», vaticinaba ya en 1979 la inevitable desmembración de la Unión Soviética debido al empuje de las diferentes nacionalidades que la componen. En ese libro se centraba el problema nacionalista en las repúblicas centro-asiáticas, lugar donde la presión demográfica parecía ser mayor. El tiempo se ha encargado de desmentir esas predicciones, ya que el nacionalismo se ha desatado precisamente donde menos se esperaba hace 12 años: en el Báltico y en las repúblicas transcaucásicas.

            Para Carlos Taibo, estos movimientos nacionalistas son una consecuencia directa de la transparencia informativa ; parece ser que “... la población, y en algunos casos la propia dirección política, de algunas comunidades ha identificado la reforma con una promesa de solución de los conflictos existentes y estaría intentando sacar partido de los resortes que ofrece la política de transparencia para manifestar reivindicaciones que antes eran objeto de una abierta represión”.

            En opinión de Fernando Luengo, estos problemas suponen uno de los retos más importantes a los que se enfrenta la dirección del PCUS, al mismo tiempo que constituyen un test sobre el alcance del proceso de reforma económica y política puesto en marcha. Pues, mientras que muchas de las demandas cuestionan el modelo centralista que ha prevalecido en las décadas precedentes, otras hunden sus raíces en el antiguo imperio zarista.

            El conflicto entre Armenia y Azerbaiyán en torno a la región autónoma de Nagorno-Karabaj, por ejemplo, se inscribe en el secular enfrentamiento entre las comunidades religiosas azeríes –musulmanas- y armenias (de tradición cristiana), aunque también subsiste en la zona un grave problema ecológico derivado de la implantación de industrias químicas contaminantes o centrales nucleares.

            Los países bálticos, por otra parte, mantienen un contencioso con Moscú desde la anexión de esas repúblicas (junto con la parte norte de Moldavia) por Stalin en 1940 a consecuencia de los Pactos Germano-Soviéticos. Ni Lituania, ni Letonia ni Estonia reconocen la validez de dichos pactos, y sus reivindicaciones abarcan desde solicitar cotas más elevadas de autonomía hasta la segregación política pura y simple. Lituania ha prendido la mecha con su declaración unilateral de independencia, secundada por declaraciones similares en Letonia y Estonia. Moscú respondió con el boicot de los suministros de ciertos productos fundamentales a esas repúblicas, y recientemente con la intervención de los ‘boinas negras’, como es bien sabido.

 

Conclusiones

            Prácticamente desde la subida al poder de Mijail Gorbachov no transcurre un solo día sin que los medios de comunicación difundan algún rumor concerniente a su próxima defenestración y la vuelta a la ‘normalidad’ en la URSS. También se suelen hacer vaticinios diversos acerca de una supuesta involución en el pensamiento del líder soviético. Por suerte para su país y para el resto de la humanidad, las susodichas predicciones no suelen ser corroboradas por los hechos.

            Gorbachov sigue, pese a quien pese, manteniéndose al timón de su nave y cada vez con mayores cotas de poder, por lo que parece (lo cual no quiere decir necesariamente –pese a las advertencias de Shevardnadze- que se esté convirtiendo en un dictador). Para lograrlo no duda en pactar con quien sea, consciente de que no es precisamente pureza ideológica lo que el país necesita. Eso, por supuesto, le acarrea más de una incomprensión. La actual huelga minera lo prueba.

            La tarea de Gorbachov no es fácil ; tiene que vencer sinnúmero de obstáculos para conseguir desmantelar un sistema obsoleto que se defiende con uñas y dientes, y tiene que enfrentarse, muchas veces en condiciones de desigualdad, a todos aquellos que pretenden excederse en sus atribuciones. En este proceso es donde interviene el actual Presidente de Rusia, Boris Yeltsin.

            Para muchos (especialmente para cierto sector de la oposición) este curioso personaje es la única alternativa posible al poder de Gorbachov. Para otros, en cambio, no es más que un simple demagogo con tendencias fascistizantes. De todas formas, estas apreciaciones no dejan de ser negativas ; en un país donde se considera conservadores a los comunistas (es decir, a las ‘izquierdas’) cualquier cosa es posible.

            Sea como sea, en estos momentos a Gorbachov le conviene más que nunca tener a Yeltsin de su parte. La alianza que han suscrito recientemente para hacer frente a la crisis es testigo de ello.

            Otro asunto mucho más complicado es el concerniente al separatismo, a esas seis repúblicas que no han suscrito el Tratado de la Nación. Es más que probable que por lo menos alguna de ellas acabe separándose de la Unión Soviética a la larga. De todas formas, es posible que lo más que preocupe a Mijail Gorbachov de todo este embrollo sea que el proceso, sea cual sea, discurra pacíficamente. Ese tema, que algunos puede que consideren secundario, resulta primordial en la URSS ; una guerra civil en una potencia nuclear podría acarrear consecuencias funestas para toda la humanidad.

[ATRAS]