LA «PERESTROIKA» EN LA PERSPECTIVA DE LA HISTORIA

 

 

            Cuando se analiza un hecho de importancia tan trascendente como parece ser la «perestroika» es importante tener en cuenta todos los factores que pueden haber influido en el mismo. No podemos, pues, olvidarnos en nuestro caso de todo lo que ha significado el fenómeno soviético en este siglo, y es a partir de su estudio como podemos acercarnos a la comprensión de los acontecimientos recientes.

            Hacia 1967 pensaba, p.ej., el conocido estudioso trotskista isaac Deutscher, biógrafo de Stalin y de Trotsky, que la revolución rusa no había llegado aún a su término. Esta apreciación se ve apoyada, salvando las distancias, por las estadísticas actuales de la URSS: el 64% de los soviéticos expresan su simpatía por Lenin, mientras que el blanco de las máximas antipatías (54%) lo sigue siendo Iosif Stalin. El declarado leninismo de Mijail Gorbachov, por tanto, no está tan acabado como quisieran hacernos creer algunos analistas.

 

El incómodo legado de la historia

            El filósofo Herbert Marcuse, en «El marxismo soviético» (1963), trata de analizar los problemas de la sociedad de la URSS a través de las modificaciones que sus dirigentes realizaron en la teoría marxista original, ya desde los tiempos de Lenin, y que en gran parte explican el ritmo tomado por la política soviética hasta un pasado bastante reciente.

Los conceptos desarrollados por Marx y Engels acerca del desarrollo del capitalismo (especialmente el crucial de capitalismo de Estado) permitían augurar dos fases en el desarrollo del modelo socialista de sociedad: durante la primera de ellas persistiría durante algún tiempo el trabajo forzoso. Esto constituiría más tarde la ‘justificación teórica’ de la opresión stalinista.   

            Pero el desarrollo del sistema capitalista fue diametralmente distinto a como lo habían imaginado los clásicos del marxismo: este modo de producción se adaptó camaleónicamente a las circunstancias económicas de finales del siglo XIX. La nueva etapa -«imperialismo»- trajo consigo el reformismo entre el proletariado de los países desarrollados. El centro de interés de los marxistas se desplazó a países atrasados predominantemente agrícolas, con un sector capitalista marcadamente débil. Rusia parecía el lugar idóneo para el experimento revolucionario.

            He ahí, pues, el quid de la cuestión: Lenin intentó crear las bases para una sociedad socialista en un país decididamente subdesarrollado, donde el proletariado industrial constituía un porcentaje ínfimo de la población total ; a esa situación se añadió la penuria causada en el país por la Primera Guerra Mundial y la subsiguiente guerra civil. Bajo semejantes circunstancias el proyecto revolucionario se convirtió poco menos que en utópico.

            La situación desbordó por completo a los dirigentes de la revolución (que se autosituaban ‘representantes de la clase obrera’ sin ser obrero ninguno de ellos). Tuvieron que improvisar sobre la marcha, y el resto vino por sí solo. Según Marcase, fue el propio Lenin, al subestimar las potencialidades políticas y económicas del capitalismo, así como el cambio sufrido por el proletariado, el verdadero causante de la “... persistente brecha entre la teoría y la práctica ...” que ha caracterizado clásicamente al marxismo soviético. Su análisis del desarrollo capitalista a partir de 1914 se basaba, hasta hace muy poco, en los siguientes rasgos:

1)      Triunfo del capitalismo monopolista

2)      Economía de guerra, con creciente tendencia hacia el ‘capitalismo de Estado’.

3)     Subyugación económica y política de las potencias capitalistas más débiles por las más fuertes, y de éstas por la potencia más poderosa de todas: los EE.UU.

4)      Movilización total de los recursos para la lucha contra el comunismo.

5)     Restricción, o abolición si cabe, del proceso democrático, de las libertades civiles y políticas y de las ideologías liberales y humanitarias.

Esa concepción ha llevado a la URSS, durante un cierto período, a considerarse a sí misma como un país pobre, sitiado por fuerzas anticomunistas, y en todo ese tiempo no ha hecho otra cosa que prepararse contra un eventual ataque del exterior: industrialización forzosa, rearme, etc. Esta actitud, que resultó a la larga muy útil con vistas a rechazar la invasión de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, fue el caldo de cultivo ideal para el totalitarismo, tanto el personal de Stalin como el institucional del PCUS posteriormente.

 

Khrushev y los problemas del «deshielo»

            Dentro de la concepción arriba descrita de «socialismo en un solo país», Stalin y sus planificadores pensaban que la segunda fase de la transición al socialismo se produciría entre 1960 y 1965. En vista de ello se plantearon tres condiciones previas básicas a alcanzar por la sociedad soviétiva:

a)      Crecimiento constante de toda la producción social

b)      Elevación al nivel de propiedad de todo el pueblo agrícola

c)      Desarrollo cultural de toda la sociedad.

El famoso «deshielo» de Nikita Khrushev (la desestalinización), aunque consiguió indudablemente resultados espectaculares, como la eliminación de un plumazo del nefasto ‘gulag’, no avanzó mucho en sus concepciones ideológicas, que siguieron ateniéndose a los textos de Lenin y Stalin. Conforme con eso, hasta el 16 de Junio de 1953 –fecha del intento de sublevación en Berlín oriental- el Kremlin estaba totalmente decidido a retirarse (militar y políticamente) de Alemania oriental ; esto era lógico teniendo en cuenta la habitual política soviética de no enfrentamiento con Occidente, y más acabando de salir de una guerra devastadora que había semidestruido el país. Los sucesos berlineses supusieron un toque de atención para los soviéticos, que acto seguido decidieron fortalecer su dominio, al menos provisionalmente, sobre la Europa del Este.

            Khrushev y su gobierno actuaron, por tanto, con suma cautela, y con ello sólo consiguieron retrasar otros 35 años la eclosión de unos problemas que ya estaban latentes por aquel entonces. Exceptuando las revueltas ocurridas en Hungría (1956) y en Checoslovaquia (1968), amén del recentísimo caso de Polonia, el «bloque del Este» permaneció compacto hasta finales de los 80. Igual de cauta fue la reforma económica de Khrushev, tímida predecesora de la actual perestroika.

            Las medidas liberalizadoras de Khrushev, especificadas puntualmente en el «Programa de 1961», se proponían, como inicialmente también la ‘perestroika’, un “... rápido aumento del bienestar de toda la población”, acompañado de una seguridad frente al ‘enemigo exterior’ (carrera armamentística). No obstante, nunca se trató en principio –en ninguno de ambos casos- de una ruptura con el pasado, sino que los cambios se emprendieron más que nada desde el punto de vista de la economía: productividad del trabajo, emulación socialista, etc.

            En la perestroika de Gorbachov, por otro lado, se observan, junto a las lógicas diferencias, evidentes paralelismos: al estar actualmente la URSS suficientemente defendida militarmente, ya no necesita el «escudo» que le proporcionaba el ‘Pacto de Varsovia’, y se pueden concentrar todas las fuerzas de la nación en el desarrollo y el bienestar de la población (una antigua promesa que los anteriores gobiernos no habían sido capaces de cumplir). Además, con la nueva estrategia de la «Casa Común» se intenta superar de alguna forma el ya trasnochado ‘socialismo en un solo país’. Pero ¿será tal vez demasiado tarde? ¿No se encontrará Gorbachov ante una situación irreversible? ¿Habría tenido razón Khrushev en su día al no llevar adelante sus reformas con todas las consecuencias?

[ATRAS]