HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Introducción y Capítulo 1
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Introducción y breves precedentes que me hacen escribirla
No es un espíritu de vanidad y necio orgullo el que me impulsa a
estos trabajos, ni tampoco, como se verá en el curso de ellos, la idea de
relatar hechos gloriosos y acciones siempre preclaras para fascinar a los
míos y hacerles creer que la sangre de su raza y las ideas de los de su
linaje se diferencian de las de los demás. Nada de esto puede guiarme,
pues las glorias y las virtudes, como las faltas y los vicios, las
debilidades como las acciones dignas, son inherentes a la humanidad y
patrimonio de todas las familias sin que ninguna pueda contarse en que la
serie de sus individuos siga constante y periódicamente un mismo camino.
Las situaciones y las épocas que atraviesan dan también cierto tinte
marcado a los hombres, y éstos se diferencian entre sí como los siglos
que están de pormedio. ¿Cómo es posible,
pues, asimilar ni poner en parangón las tendencias e inclinaciones de los
jefes de mesnadas del siglo XIII con las modestas ideas y filantrópicos hábitos
de los ciudadanos del XIX? ¿Cómo pueden juzgarse y compararse con
acierto la conducta y tendencias belicosas de aquellos hombres que todo lo
debían al hierro que los envolvía con la de los siglos posteriores a la
Reconquista, en que se acostumbraban y ocupaban asiduamente en otras de
opuesta índole y naturaleza? Por eso al ocuparme en escribir la historia
de una antiquísima y guerrera familia desde la noche de los tiempos de
nuestra actual historia hasta el día habré de tocar estos contrastes que
las diversas épocas tienen entre sí. En ella veréis las alternativas y
vicisitudes tan grandes por que han pasado sus diversos miembros hasta el
punto de descender a parajes inconcebibles y mientras relate los hechos
verídicos que les he de reseñar, aprenderán a juzgar de las cosas como
son verdaderamente en sí, así como yo al escribir y coordinar mis
noticias no me propuse otro objeto que pagar un justo tributo de amor y de
reverencia a la memoria de nuestros ascendentes, notables algunos por sus
hechos esclarecidos, otros por su bondad y virtudes y dignos de estimación
todos por su honradez y decoro, atributos inherentes a nuestra estirpe. La
consecuencia y lealtad a sus compromisos, prendas tan raras de suyo, han
sido casi siempre inseparables e identificadas con nuestro apellido. El
presentar estos modelos y ejemplos han sido los principales móviles que
me han impulsado en mi obra, y por ello creo que no debo arredrarme, pues
con tan provechoso intento debo llegar con felicidad a su fin. Si algún día
esta crónica se copia y extiende entre los de nuestro linaje, me harán
al terminar su lectura la debida justicia de penetrar las laudables
intenciones que me guiaron: no tan sólo demostrar hechos dignos de
imitarse, sino también evitar caigan en el caos del olvido los nombres de
sus autores. Alcalá de los Gazules, 26 de Febrero de 1863
Manuel Ma
de Puelles
CAPITULO 1o: Consideraciones particulares sobre las razas y linajes ; carácter especial del nuestro y peculiar al mismo
La especie humana, por más que los climas y las diversas
temperaturas del globo puedan haberla modificado en su estructura y color,
convienen todos los naturalistas que procede en su principio de una sola
raíz y de un mismo tronco ; todos los hombres provienen, pues, de un
origen no sólo real -puesto que el primero lo fue, y ‘rey’ por
excelencia de todo el globo en toda su inconmensurable extensión, sin que
nadie pudiera disputárselo ni cercenar sus derechos-,
sino, lo que es más alto y noble todavía, de un origen divino,
puesto que también el mismo Dios, al soplar su hálito omnipotente sobre
su hechura, le cedía parte de su esencia y supremos atributos, dándole a
ese mismo espíritu que le infundió esas proporciones gigantescas que le
elevan hasta su trono y pueden llevarlo y le llevan al goce del mismo Empíreo
de donde procede su espíritu. Esta es una reconocida y privilegiada verdad,
así como lo es igualmente que el mismo Dios, hermanado y entroncado con
la raza humana en su nacimiento por la pura y virgen criatura con quien
encarnó, enalteció y elevó de nuevo a dicho linaje, divinizándolo de
nuevo con este preclaro e inmerecido privilegio.
Estas sencillas y conocidas consideraciones me las sugiere la idea
de que esa subdivisión y clasificación de castas
y clases, esa explotación
que se ha ido obrando lenta y posteriormente, invención contraria a la
naturaleza, de los fuertes contra los débiles, del poderoso sobre el
abatido y del grande sobre el pequeño y tímido no da ni explica la razón
que hubo para establecer la diferencia que alguien cree debe legitimarse
desde su principio. Todos los hombres, pues, se hayan ligados de tal modo
y se confunden fuera de las anteriores razones entre sí, que aún hoy
mismo, pasado tanto tiempo, se cuidan tanto éstos en su vanidad de los
deslindes que a las veinte generaciones de abuelos son éstos tantos y tan
multiplicados que concluyen por ser unos mismos para todos: el rey y el
gran señor se confunden siguiendo esta escala y concluyen con tener los
mismos progenitores que el labriego y hasta el verdugo. No hay ni puede
haber en este caos más que una sola diferencia -y a ella nos atenemos en
tan enredoso laberinto-, y es el mayor número de personas notables con un
mismo nombre o apellido, lo que indica que suceden a otro anterior de su
clase y situación, feliz o lisonjera, y he ahí el por qué éstos tomaron
un valor e importancia que fuera de esto jamás habrían alcanzado. Más
claro, al crearse estos distintivos que en su principio fueron inherentes
a un solo individuo, se vio ya el deseo innato en el hombre de diferenciarse de los demás, queriendo que sus hijos y descendientes lo
llevaran adelante para no confundirse ni confundirlos con los que no lo
eran. La serie y encadenamiento de éstos por un crecido número de
individuos dio ya de sí la diferencia con los otros, y si por un accidente casual estas generaciones daban de sí hombres notables y
diferentes en importancia por su valor, astucia, poderío o fuerza, producía
al cabo este accidente el efecto constante y tentador de quererse
singularizar y enorgullecerse aquellos individuos al ver que su linaje
particular daba mayor número de hombres notables del común de las demás
familias. Este afán constante de señalarse, pues, de la generalidad, y
esta propensión egoísta de distinción ha sido el origen de muchos
hechos buenos, pero por desgracia también de lamentables males y
quebrantos, hijos todos del orgullo mal entendido y de la soberbia siempre
fatal. Ofuscado el hombre por las ventajas que le reportaban las
hazañas de sus mayores o las riquezas y heredamientos que éstos les
dejaban, creyeron deber tener otras exenciones y ser de diverso origen que
los que no alcanzaban iguales ventajas, sospechando en su ceguedad que
dentro de su naturaleza y sangre había algo diferente de la de sus
semejantes, sin tener en cuenta, en su ceguedad, la igualdad de
procedencia.
Verdad es que cuando una familia se
beneficia y atiende por cierto número de generaciones acomodadas
concluyen hasta por refinarse y pulimentarse sus miembros y facciones,
efecto debido a que a éstos les desgasta el trabajo material y la
intemperie, pareciendo que adquieren una marcada diferencia que se
trasmite de una generación a otra. Las manos y los pies se disminuyen, el
color se aclara y hasta la inteligencia cultivada se enaltece, trasmitiéndose
esto a los nuevos embriones, los que volverán de nuevo a ser iguales a
los demás cuando se acomodan y ajusten desde luego a las condiciones de
vida de los otros. Muchísimo puede influir la educación y cuidado
especial y esmerado de una serie de individuos para sobreponerlos a la
raza común, a semejanza de las plantas silvestres y a la intemperie ;
pero vuélvase a ponerlas bajo las mismas influencias y volverán a ser lo
que en su principio fueron. Toco estas reflexiones para venir a para y
contar ciertos precedentes y causas que puedan haberse obrado para
estereotipar y marcar a las familias y linajes entre sí, concluyendo en
su continuación por diferenciarlas de un modo especial y que las distingue grandemente en su interior o parte moral como se desvían por su
exterior y fisonomía. Así pues, al tener que hablar de nuestra familia, en cuya índole especial ha entrado por mucho y le han caracterizado esos hábitos y tendencias exclusivas a algunos linajes, deber mío es decir que las tradiciones y ejemplos que los unos se han dado a copiar de los otros han hecho que prevalezca casi constantemente como ley general de ella cierto orgullo y satisfacción que produce el obrar bien, cierto hábito instintivo de no hacer cosas indignas, viéndose esta misma tendencia desde el más preclaro varón de nuestro apellido, señor de una comarca entera, hasta el más humilde y abatido miembro de ella habitador [sic] de Ampudia, que en una carta que escribe para que lo coloquen y para poder a su vez alimentar a sus pobres hijos en una modesta comisión, quiere éste que le recomiende y garantice su apellido, al que antepone el don. Desde los campeones del Perú y Torrijas D. Pedro y D. Juan de Puelles hasta D. Justo de Puelles Montero al sentar plaza en un regimiento, todos, grandes y pequeños, poderosos o abatidos, obraban a impulsos iguales y al compás de un deber o espíritu hereditario y inherente a su familia. ________________________
Las
ideas sobre historiografía que denota aquí el autor se corresponden
punto por punto con las de la Ilustración, tal como las postulara en su
momento Voltaire ; con esto Manuel Ma de Puelles (que no
se puede describir precisamente como un ‘volteriano’, como más delante se verá) no se nos muestra en absoluto anacrónico, ya que, por
ejemplo, el famoso tratado de Alexis de Tocqueville ‘El Antiguo Régimen
y la Revolución’, que sigue básicamente las mismas directrices teóricas,
se publicó en 1856, apenas siete años antes de que comenzase a ser
compilado el libro a que nos estamos refiriendo. Voltaire hacía a los historiadores las
siguientes propuestas: (1) Depurar los mismos hechos de todas las
superestructuras fantásticas
con que el fanatismo, el espíritu novelesco y la credulidad los han revestido (la filosofía
constituiría en este caso el espíritu crítico encargado de oponerse a
la tradición y separar lo verdadero de lo falso). (2) Escoger, entre los mismos hechos, los más importantes y
significativos para delinear la historia del espíritu humano. [ABBAGNANO,
N., 1973, Historia de la Filosofía
(II), Barcelona, Montaner y Simón, pg. 360] [VOLVER] Nuestro
autor confunde aquí dos acepciones totalmente distintas del vocablo polisémico
real: (a)
adj. Que tiene existencia verdadera y efectiva. (b)
adj. Relativo al rey o a la realeza. [Enciclopedia
Multimedia Durvan CD-Rom] En la época en la que se escribió esta obra aún era bastante defendida en los medios antropológicos europeos (y especialmente en España, que adolecía, como se sabe, de un atraso de siglos en el plano científico, sobre todo en aquellos aspectos del saber que chocaban con la postura oficial de la Iglesia Católica) el creacionismo, una doctrina opuesta al ‘evolucionismo’ que afirma que las especies de seres vivos fueron creadas expresamente por Dios y no provienen por evolución unas de otras ; aplicada al ser humano, esta teoría postula que Dios crea directa y expresamente el alma de cada uno de los hombres. Afirmaciones como las que aquí se exteriorizan fueron pronto rechazadas, como es sabido, por la mayor parte de la comunidad científica occidental. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER] |