|
CAPITULO
10o: Ojeada sobre la Guerra de las Comunidades.
Padecimientos de los que tomaron parte en ella. Aventuras de Pedro de
Puelles, comunero decidido y uno de los conquistadores del Perú. Del
sangriento fin de Padilla y principales jefes de ella.- Mas es conveniente y se nos hace preciso volver atrás para encadenar y ligar ciertos sucesos referentes a los hijos de Puelles Núñez, que fueron arrastrados y envueltos en el torbellino que se llevó tras de sí a aquella briosa generación que empezó con el siglo XVI. Era el año de gracia de 1520 y residía Don Alonso de Puelles en el lugar de Irzio, junto a Miranda, al cuidado de sus haciendas y gran caudal ayudado de sus hijos Francisco y Pedro, lejos del tumulto de las ciudades y de los peligros y acechanzas de los castillos. Los dos jóvenes finaban ya en los umbrales de la juventud, en esa edad tan animosa y exaltada en que todo se mira con el prisma dorado de la ambición y de la gloria. Soñaban en los combates y los riesgos, en ves de ocuparse en el fomento de sus haciendas y del rico patrimonio de su anciano padre. Agitada ya Castilla y la mayor parte de la nobleza por la causa de la Santa Junta que defendía sus fueros y privilegios vulnerados por los flamencos, que con descaro sin igual arrebataban el oro y las riquezas que empezaban a manar del Nuevo Mundo, señalándose en particular por sus depredaciones el ministro Xebré. Oyendo cantar a voz en grito a los niños la sabida cantinela de “Sálveos Dios, doblón de a dos, pues Monsieur Xebré no topó con vos”, que indicaba el desarreglo y latrocinio de que éramos víctimas acudieron al llamamiento que todas las ciudades y concejos hicieron a los vecinos y nobles. La villa de Miranda no fue la última en encaminar sus hijos con sus pendones en defensa de las libertades públicas y de una causa general y justa en que todas las ciudades tomaron parte, poniéndose al frente de ella la misma reina madre, verdadera heredera de la monarquía, que residía aletargada en Tordesillas desde la muerte de su sentido esposo. La grandeza del reino y los concejos mandaron sus procuradores a esta villa, donde se instaló la Suprema Junta al lado de la soberana, custodiadas ambas por lúcidos escuadrones de clérigos esforzados, mandados por el célebre obispo de Zamora, Don Antonio de Acuña, y donde con el Sello Real y el pendón morado de Castilla que entregó el cardenal Adriano desde Burgos parecía residir el verdadero y supremo Gobierno. Tan creídos estaban todos de ser así, que la Regencia nombrada por el Emperador desde Flandes, compuesta de un cardenal, del Condestable Don Iñigo de Velasco y del Gran Almirante de Castilla Don Fadrique Enríquez, que habían estado hasta allí con los insurrectos y que sólo halagados por el supremo poder que Carlos V les diera habían podido volver cara a la causa nacional, encerrados en la fortaleza de Simancas con una escasa guarnición no acertaban a contrarrestar la ‘insurrección general y santa’, como se llamaba, después de las crueles hazañas de Fonseca y del célebre Alcalde Rodrigo Ronquillo, incendiando Medina del Campo porque se negó a entregar la artillería para destruir Segovia, y de los asesinatos y despojos cometidos por éstos hasta el punto de tener que ocultarse estos sanguinarios verdugos y embarcarse para Flandes huyendo de las horcas que todas las ciudades habían alzado en sus plazas para cuando fueran habidos. El incendio de Medina con las bombas alquitranadas de Fonseca y Ronquillo, y aún más que esto los ayes de dolor y patriotismo que levantaron sus bravos habitantes sobre sus ruinas en su sentida carta a los de Burgos, avivó de tal modo el fuego patriótico de los corazones que no se oyó más que un grito en toda España: [el] de indignación y de rabia contra los tiranos y sus secuaces. Lo más florido de la nobleza, los hombres encanecidos en las ciencias, los prelados, los eclesiásticos y los monjes, todos a una desnudaron los aceros y juraron imitar el heroísmo de Medina y perecer sobre los escombros de sus ciudades antes que acceder al quebrantamiento de sus fueros y libertades. Millares de jefes de la más esclarecida nobleza se brindaron a mandar y a obedecer, y la Santa Junta, en tan gloriosa rivalidad, desairando a Padilla, Garcilaso de la Vega y Bravo, que se habían dado a conocer, eligió por general a Don Pedro Girón, de la casa de los Condes de Ureña y que se mostraba por el más entusiasta patriota. En mala hora y con funesta estrella se hizo el dicho nombramiento, pues fue origen de divisiones y disgustos, y esto principió a formar una sorda y tenebrosa trama de alevosía y traición que hacía que tomando el mando del ejército comunero, lo desviara de los lugares del combate, como sucedió en Riviero, único refugio, con Simancas, de los Regentes, que no oponían resistencia ; [sin embargo] Girón se retiró a Villabrajima. Los imperiales, aunque desalentados y creyéndose derrotados, atacaron a su vez, en convivencia con el desleal, y sitiaron Tordesillas, que ocuparon tras una resistencia ejemplar de los escuadrones clericales, habiendo habido eclesiástico que de once disparos de arcabuz hizo once víctimas, mientras que el fementido Girón, arma en brazo, no se movía en su defensa, estando a una jornada corta del lugar del combate. La reina cayó en poder de los realistas, y la Junta tuvo que refugiarse en Valladolid, que se levantó como un solo hombre en defensa de la santa causa en peligro. Largo y difuso sería seguir todos los combates que en esta memorable época se libraban entre los encarnizados bandos, pero resumiendo diremos que después de dos años de correrías en que quedaron los campos por sembrar, despobladas las aldeas a causa del bandolerismo, desiertos los caminos donde desnudaban y asesinaban a los caminantes, vendidos los comuneros por sus jefes y por parte de la nobleza que los iba abandonando, minados los campamentos y las ciudades por espías que con hábitos de fraile se introducían so color de predicar la paz, como puede verse en las historias de su tiempo. Se encontraba en vísperas de perderse una santa y noble causa. Puesto de nuevo al frente el bravo Juan de Padilla con sus tenientes, y el más decidido el obispo Acuña, libró un combate en Torrelobatón apoderándose del lugar y otro en Ampudia, cuyo castillo arrasó devolviendo la villa al Conde de Salvatierra, su antiguo dueño y que seguía con sus alaveses y riojanos los pendones de la comunidad. En estos fuertes combates tronaba el célebre cañón del cardenal Jiménez de Cisneros, a quien los comuneros llamaban San Francisco y a cuyo romo eco exclamaban éstos alborozados: “¡Guárdate de los estornudos de San Francisco!” Después de esto la Regencia entro en tratos con el caudillo Padilla con el fin de adormecerle sobre sus laureles y acabarlo de minar el terreno falseado de antemano. Así fue que al romperse la tregua si vio éste en la triste necesidad de librar la batalla de Villalar, en que su numeroso ejército, tocando la cruz roja de las comunidades por la blanca de los imperiales, tras de una desesperada resistencia de algunos, vino a caer prisionero junto con su esclarecido general, que después de matar con su lanza a Don Pedro Bazán, señor de Valduerna, al grito de “¡Santiago y libertad!”, sufrió, después de rendido y herido, la villana ofensa de he- rirle la cara el indigno Juan de Ulloa. En la dicha población de Villalar fue decapitado este célebre adalid con los bravos caudillos de Salamanca y de Segovia, Maldonado y Bravo, vanagloríandose aquel en la carrera del patíbulo de su heroica muerte, mientras el héroe cristiano los exortaba a una cristiana resignación. Conocida es en la historia la triste carta que escribió en su último día a su digna mujer Doña María de Pacheco, del ilustre linaje de los Tendillos y Villenas, que enardeció tanto a Toledo que hizo que ésta se resistiera un año entero contra todas las fuerzas coaligadas, capitulando al fin por el célebre Convenio de Sisla y retirándose a Portugal la heroica viuda, donde murió, y Acuña a Francia, a cuya entrada fue preso y conducido a Simancas, donde tras tormentos crueles que su enemigo personal Ronquillo le hubo de dar, fue ahorcado al fin de una almena de su célebre fortaleza. Sembrose de sal la casa-solar de los Padillas en Toledo y fueron cortadas también las cabezas de los hombres más notables del reino, confiscados los bienes de infinitas familias, teniendo que ocultarse o emigrar los hombres de más valía. Carlos V, a su vuelta de Flandes, otorgó su perdón general en Valladolid, por lo que sus sumisos cronistas le apellidaron Clementísimo y Pío, sin tener en cuenta que había diezmado antes la población varonil, que había confiscado los bienes de multitud de familias y que a más de lo justo y santo de una revolución que siempre le dirigió homenajes y le había dirigido respetuosas misivas, había sido su buena y anciana madre la que había puesto en manos de sus caudillos el pendón y el sello real, animándolos al sostenimiento de la dignidad nacional. Nada se quiso tener en cuenta, y el reinado de la Casa de Austria se inauguraba salpicado con la más noble sangre castellana, el escabel del trono vertido por verdugos tan detestables como los Ronquillos y Zumeles, despoblando a Valencia, revuelta también con las Germanías. Después de esta digresión que nos ha sido preciso hacer al terreno histórico para explicar la decadencia de nuestro linaje de Miranda, que tanta parte le cupo en ellos, continuaré mi relato desde el punto que lo dejé, refiriendo los sucesos y raras aventuras de los dos hijos de Don Alonso de Puelles Núñez de Lara. Siguiendo la suerte de todos los jóvenes de su edad y clase, se agruparon a la sombra del Pendón Real desplegado en Tordesillas, y batallando en Torrelobatón y Ampudia, acompañaron a Padilla a Villalar. Disperso el ejército co-munero en esta villa, acordaron los dos hermanos que el mayor, Francisco, acompañara a su anciano padre, a quien le aguardaban días amargos, y el Pedro, más decidido, se refugió en Toledo con parte de los caballeros segovianos que en ella se refugiaron después de la derrota, continuando su defensa con Doña María Pacheco. Siguieron los azares de este sitio, y a su conclusión logró [Pedro] introducirse en Portugal formando parte del séquito de la mujer de su jefe y generala póstuma de la sacrosanta causa de la nación. En Portugal se hallaba emigrado, cuando declarada la guerra a los franceses que habían invadido Navarra, cambiando de nombre y como soldado mercenario, se alistó en las fuerzas imperiales, siguiendo el curso de la campaña de Navarra y pasando después con los tercios castellanos a hacer la guerra en Italia tras el Emperador, y comandado por Antonio de Leyva y el Marqués de Pescara se halló en la batalla de Pavía, y después de varias e interminables correrías y sucesos que le acaecieron en ocho años de campaña donde conoció a los hermanos Pizarro y al célebre Francisco de Carvajal, ardiente comunero como él y a quien le había corrido la misma suerte, volvió a su país después de la celebración de la Paz de las Damas, o Tratado de Cambrésis, que puso tregua a las eternas rivalidades entre Francisco I y Carlos V. Reposando
estaba de sus trabajos al lado de su decrépito padre en Irzio, a quien
tuvo tiempo de cerrar sus amortiguados ojos y de animar a su desalentado
hermano Francisco, que había quedado tan aleccionado de los reveses y
contratiempos que sobre su casa habían caído, que abjurando para
siempre de la carrera y azares de la milicia, había casado en la villa
de Altabel –hoy Altable- con una modesta señora llamada Catalina Sanz,
dedicándose por completo al cuidado de sus labranzas. Pedro, cuyos, ímpetus
y hábitos guerreros no se avenían con este género de vida, ansiaba la
ocasión de lanzarse a nuevas empresas y de restituir con su espada los
bienes que le habían arrebatado a su familia las discordias civiles
origen de sus actuales desgracias y de que él era el principal causante.
Cuenta la tradición de nuestra familia que embargado con este pensamiento
lloraba sobre el sepulcro, aún removido, de su padre y consolaba a su
hermano ofreciéndole volver a restaurar lo perdido con venideras proezas.
Y Francisco, que se había acomodado desde más joven a su modesto estado
y que empezaba a tener familia en Altabel, le disuadía de sus intentos y
le aconsejaba que renun- ciando a sus instintos guerreros se fijase a su
lado y se dedicase al cultivo, lo que fue inútil, atendida la inquietud y
sed que lo devoraba. _________________________ La chispa que al parecer desencadenó el conflicto de las
Comunidades fue la presión ejercida por las Cortes de Santiago y La Coruña,
a instancias de los consejeros flamencos de Carlos I, para que los
procuradores de las ciudades concediesen elevados subsidios. Las
‘comunidades’ urbanas tuvieron gran importancia en la Baja Edad Media,
tanto en Castilla como en Aragón. Tuvieron su origen en la repoblación
de los territorios reconquistados a los musulmanes, y sobre todo en el
caso castellano se consolidaron por el hecho de tener una zona de pastos
común. La concesión de fueros, cartas puebla y privilegios de villazgo a
ciertos núcleos dependientes de la capital dio lugar, ya en la Edad
Moderna, a la disgregación gradual de dicha tierra común, causando un
descontento más o menos generalizado que desembocó a la larga en el
mencionado conflicto. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 2.178] Más que de ‘libertades públicas’ podría hablarse en
este caso de privilegios privados,
que era lo que en realidad reivindicaban las ciudades sublevadas. En este
momento –principios del siglo XVI- estamos aún muy lejos de la
consigna de “libertad, igualdad, fraternidad” tremolada por los revolucionarios liberales de tres siglos
más tarde. La Guerra de las Comunidades no fue en realidad más que una más
de las muchas revueltas nobiliarias contra el fortalecimiento de la
monarquía que se venían sucediendo en toda Europa desde hacía varios
siglos. [VOLVER] El autor censura a éste, no obstante saber que más
adelante casó D. Bernardo de Puelles con Da Margarita
de Ulloa, de la familia de este D. Juan y de donde desciende precisamente D. Manuel Ma de Puelles. [Nota de mano
anónima, probablemente de la misma persona a que nos hemos referido más
arriba] Para algunos -como es el caso de Manuel Ma
de Puelles- la sublevación de los comuneros fue realmente un movimiento
de corte nacionalista castellano que rechazaba a los extranjeros y
contemplaba con terror la pérdida de sus costumbres e identidad, mientras
que para otros fue el antecedente de una revuelta social. Sin embargo, más
que de un movimiento política- mente consciente se trató de una revuelta
confusa y carente de toda coherencia que perdió toda su fuerza al
fracasar en su intento de atraer a la reina Juana a su lado. La Proclama
de 1521 acabó con sus pretensiones, pues pese a lo que aquí se dice, la
mayor parte de los nobles –sostén, en teoría al menos, del
levantamiento- se unieron al ejército del rey, que así pudo derrotar
definitivamente a las tropas comuneras, como se sabe, el 23 de Abril de
ese mismo año. También la antigua familia de los Zumel enlazó con la
de Puelles al casar el Corregidor de Palenzuela, D. Bonifacio de
Puelles, con Da Casilda Zumel de Velasco. [Nota
escrita probablemente por la misma mano que la mencionada más arriba] Se conocen por germanías las hermandades de gremios valencianos de principios del siglo XVI, que se enfrentaron a la nobleza en la guerra llamada de las Germanías. La motivación de este conflicto, aunque coincidente en el tiempo con el de las Comunidades, era fundamentalmente distinto al de aquél, ya que sus partidarios no tuvieron el apoyo de la nobleza en ningún momento. [Enciclopedia Interactiva Santillana CD-Rom] [VOLVER] |