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CAPITULO
11o: Continuación de la vida de Pedro de Puelles. La
conquista del Perú por los Pizarros ; su gobierno y bandos que ocasionaron. Desgraciada suerte que le cupo a estos
conquistadores.
Reflexiones sobre esta guerra y sus caudillos.- En esta situación se hallaba el ánimo de Pedro de Puelles, cuando cundió por los ámbitos de la Península la llegada de Hernando Pizarro, que le había presentado a Carlos V la corona aplaudida de Imperio de los Incas y los trofeos del Cuzco, su capital, ganada por los hermanos suyos. Torrentes de oro y esmeraldas arrancados de sus templos y palacios inundaron el Tesoro, enriqueciendo a las familias de los osados aventureros que habían osado llevar a cabo tan gigantesca empresa. La ‘Castilla de Oro’ se llamaba al imperio destruido en Cajamarca, y a tan sorprendente nueva y nombre porción de nobles y soldados retirados de sus campañas corrieron a alistarse para las ulteriores conquistas de este inmenso país. Del número de éstos fue nuestro pariente, que abrazó a su hermano y creyendo se iban a ver realizados sus sueños le ofreció a su vuelta parte de los tesoros de los Incas con que pensaba rehacer su antigua fortuna y el esplendor de su casa, sueño que había de tocar los límites de la realidad si no se le hubiera atravesado de nuevo la funesta influencia de la malhadada estrella que presidió a este hombre singular, digno de mejor suerte. Una mula y sus armas, con unos pocos escudos que su hermano le franqueó, fue lo que sacó Pedro de la casa paterna, y atravesando las Castillas y la Extremadura, se le apareció en Trujillo a Hernando Pizarro, que le abrazó con efusión y que en adelante había de compartir su suerte con su camarada. Acabados los preparativos de su viaje marcharon juntos a Sevilla, donde les aguardaba el célebre Francisco de Carvajal, antiguo veterano de Italia curtido y aleccionado en la escuela del gran Gonzalo y de Pedro Navarro. Este viejo y sarcástico soldado, a quien denominaron después, por sus proezas y crueldades, ‘el diablillo de los Andes’, era natural de Arévalo y se había llevado toda su azarosa vida en cuarteles y campamentos. Amigos y camaradas de Italia, los tres aventureros se holgaron mucho de ver- se y se solazaron grandemente en Sevilla con las excentricidades y dichos picarescos de Carvajal, que más tarde habría de recordar en su célebre testamento la deuda de medio real que la había dejado a deber en esta ocasión a una bodeguera del Arenal de Sevilla. En ella se juramentaron los tres amigos a encadenar su fortuna y su suerte en adelante. Embarcados, pues, en la gran flota, donde encontraron, entre otros aventureros y gente de todas clase, a porción de caballeros militares conocidos suyos, como Garcilaso, Alvarado, Luque, Sotelo y Valdivia, que iban a probar fortuna también tras la pasión que les devoraba a todos. Surcaron los mares y arribaron a Nombre de Dios, y atravesando el Istmo de Panamá, llegaron al Perú, emprendiendo a su llegada aquella conquista tan extraordinaria que abruma la imaginación y duda que ésta pudiera llevarse a cabo con tan pocos y reducidos elementos. Un poema magnífico podría haberse escrito si hubiera habido un Homero o un Ercilla que lo cantara, con las proezas de los castellanos en las regiones de los Andes, y por ser ajeno a nuestro relato el describir aquellos portentos de osadía que están consignados en las historias, renunciamos a describir lo que otras mejores plumas han bosquejado. Circunscribiéndonos a nuestro pariente, debo decir que al frente de la caballería, a cuya arma conservó gran apego por ser un excelente jinete, se encontró en todos los combates y luchas de la verdadera conquista, pues hasta entonces los peruanos no había usado de sus armas. Siguiendo a sus amigos los Pizarro y en particular a Hernando y a Carvajal, a quienes tuvo siempre particular aprecio, participó en la conquista y toma de Cuzco, donde murió Hernando, en la de Quito con Belalcázar y en la triste y memorable expedición de Gonzalo al río de las Amazonas, donde sufrieron horribles padecimientos. Cuando después de la conquista se dividieron los partidarios de Almagro y los de Pizarro, fiel a su antigua amistad siguió a éstos, participando en la sangrienta batalla de Chupas contra el hijo de Almagro, y en premio por sus especiales méritos le dieron el gobierno de Guanuco. En pugna después los conquistadores con los gobernadores que le Emperador les mandó faltando a las capitulaciones, continuó en el partido de Garcilaso, Carvajal y Cepeda, no reconociendo a Blasco Núñez Vela. Quien, después de muerto Francisco Pizarro el mayor, trató de anular las inmunidades y repartimientos que habían hecho los primeros conquistadores. Asombra y pasma que a hombres a quien Carlos V debía su territorio, que en cualquiera de sus provincias era mayor que la Península, osara [éste] arrebatar sus sagradas concesiones después de la conquista y que oscuros aventureros que llegaron después de terminada ésta con las más increíbles hazañas quisieran compartir los fueros y las preeminencias al igual que los adalides que las llevaron a cabo. Este pensamiento, hijo de la política suspicaz y ambiciosa de Carlos V, fue causa de las discordias del Perú y de que sus primitivos héroes muriesen asesinados o en los cadalsos en premio de sus servicios. No en balde Colón quiso legar a la posteridad la memoria de la ingratitud con que le pagó Fernando V su grandeza y servicios mandando enterrar con él los grillos con que le aherrojó Bobadilla y surcó los mares abiertos por él a la navegación. No en vano también Hernán Cortés apostrofó a su nieto Carlos V digno del abuelo en su última audiencia, de que salió tan pesaroso para morir de tristeza en Castillejo, cuando desconociéndole, éste le dijo que debía de sobra conocer a un hombre que le había dado a ganar más reinos que provincias heredara de sus padres. Y, no en balde repetimos, con dolor, fueron despojados, proscriptos y asesinados cobardemente en sus lechos o cortadas sus cabezas a los heroicos compañeros de Pizarro. Todos fueron segados en flor, sin que se librase tampoco la cabeza del venerable anciano Carvajal, a quien le dolía en sus últimos momentos el pesar de no haber alzado un reino para cada uno de ellos donde había extensión suficiente para que hubieran cabido holgadamente tan insignes caudillos, emancipándose 300 años antes de los que debía suceder de la metrópoli. Pero continuando mi relato de referir la historia particular de nuestro héroe, que es la de la conquista, debo decir que creyendo obrar con arreglo a su conciencia y en servicio de su rey, prefirió seguir a los Pizarro, sus más fieles servidores y de quien él era un hermano de armas y el hombre de toda su confianza. Que desdeñó los ofrecimientos del imprudente y arrebatado Blasco Núñez, que le ofrecía grandes mercados. Desde su gobierno de Quito, que le confiaron los Pizarro, los auxilió ganando para éstos la batalla de Añaquito [Iñaquito, más bien], donde murió Blasco Núñez en 16 de Enero de 1546, y viendo los emisarios del virrey que no lo podían ganar ni atraer a su partido, ni vencerlo por delante, sobornaron a un indigno oficial edecán de Gobernador llamado Fernando de Salazar, que dormía a sus pies, y un domingo primer día de Pascua de 1547 fue asesinado alevosamente por su ayudante Salazar a tiempo de despertarlo para la misa, según refieren todos los historiadores del Perú, y más detenidamente el sentido Garcilaso, hijo del capitán de este nombre compañero de Pedro de Puelles. Tendido en su lecho sangriento y desnudo, brotando humeante sangre aún, imponía temor a sus asesinos, corrieron a ampararse al campamento real temiéndole a su sombra y a su conciencia. Sabida la muerte y asesinato de Pedro de Puelles, llenó de tal horror el cruento crimen, que sus compañeros juraron vengarle. Lo que después no pudieron cumplir Gonzalo Pizarro y Carvajal sin grandes amigos, porque desde que él faltó se debilitó su causa por faltar el más robusto peón y firme sostén, y desalentados por las continuadas defecciones de Garcilaso, Cepeda y otros mil que los dejaron solos en la batalla de Xaquixaguana, al no querer exponer sus vidas y fortunas, se vieron estos últimos adalides derrotados, concluyendo con entregar sus gloriosas aunque rebeldes cabezas al hacha del verdugo. La muerte alevosa de Pedro de Puelles y la villanía de un Salazar pusieron término al glorioso episodio de los gigantes del Perú, y cuando con lágrimas en los ojos y rabia en el corazón supieron el asesinato del Gobernador de Quito, exclamó Carvajal, el experimentado y astuto veterano, admiración de su tiempo: “Nuestra causa es perdida”, cantando el refransete de Estos cabellitos, madre Dos a dos me los lleva el aire. Así terminaron las esperanzas y ensueños del héroe del Perú, compañero de tantos brazos y que tomó una de las más crecidas partes en sus hazañas, el cual, aposentado en su palacio de Quito, segunda Corte y capital del Imperio y el gobierno de más alta importancia de todo él, guardaba un inmenso tesoro fruto de tantos afanes y victorias para compensar y restituir a su hermano y familia los bienes perdidos en las Guerras de las Comunidades. Tal vez soñó en la última noche de su vida los goces y holganzas que le aguardaban algún día al retorno a su patria al lado de su familia. Y quién sabe la trascendencia que esta gran riqueza que atesoró y de que le despojaron sus viles asesinos y que guardaba ávido para los suyos sin quererse casar con las hijas de los príncipes incas y curacas como hicieron sus compañeros, reconciliado ya con el virrey, el prudente y sabio Lagasca, como lo fueron a poco de su muerte Hinojosa, jefe de la escuadra de los Pizarro, Belalcázar, gobernador de Popayán, Aldana, oficial de estado mayor de Gonzalo Alonso de Mejía, gobernador de Nombre de Dios, Carvajal, oidor de Lima y autor de la sedición, Pedro de Valdivia, que habría de inmortalizar- se después en Arauco como conquistador de Chile, todos ellos tan decididos partidarios de los Pizarro como así mismo el mariscal Alvarado. Poco antes de la llegada de Lagasca no había en todo el Perú más partido ni opinión que la de seguir la bandera de los Pizarro, legítimos representantes del Emperador y quienes veían todos los conquistadores su jefe natural y con quien se garantizaban sus inmunidades y preeminencias, en tanto que Blasco Núñez y sus desatinados compañeros los oidores de Lima, tratando de revocar las ordenanzas y fueros de la conquista imponiendo otras nuevas, volviéndose un déspota exaltado que asesinaba con sus propias manos, como sucedió con el oidor Carvajal cuando le hizo objeciones prudentes. Se constituyó desde su llegada en un bajá intolerable y un instrumento torcido de una gran injusticia. Al rey y a sus preeminencias defendían los que se llamaban ‘rebelados’ ; al rey y sus últimas disposiciones clamaban sus contrarios sin haber por medio de éstos dos bandos más separación que la que le era respectiva a sus derechos adquiridos y que los otros trataban de derribar. Unos los tenían de antiguo y les había costado el adquirirlos su más preciosa sangre, otros estaban recién llegados y sin tener ninguno querían escatimar a los otros el precio de sus sacrificios ; he aquí las causas de la lucha que se siguió a la llegada de los virreyes, Respetados los derechos y reconocidas las ordenanzas por el sabio sacerdote Lagasca a su llegada, que ganó con su breviario lo que Blasco Núñez Vela y vaca de castro habían perdido con sus dagas y sus espadas, debía todo terminar por un abrazo prolongado y por la deserción de Xaquixaguana y la muerte de los dos únicos rebeldes que llevaron su orgullo hasta el punto de sacrificar sus inmensos bienes y sus heroicas cabezas. El gran soldado Carvajal, con 84 años de edad y más de sesenta de campañas y servicios en ambos hemisferios o continentes, y el bravo y gallardo Gonzalo, último de los heroicos hermanos, con 42, pero curtido también en conquistas imperecederas para la historia, estas dos cabezas tan respetadas antes se vieron porción de tiempo después en unas escarpias a las puertas de Lima, probando con este terrible ejemplo y triste desengaño cuán fugaces y efímeros son las cosas de la tierra y cuán poca clemencia suelen desplegar los reyes con sus servidores cuando llegan cuando llegan a faltarles una sola vez. Las famosas minas del Potosí, propiedad de Gonzalo Pizarro, fueron dadas al Hinojosa en premio por haber entregado su escuadra, y los repartimientos extensos de Carvajal al otro Carvajal, licenciado y oidor, cau- sa principal de la guerra por su ruptura con Blasco Núñez. Los obispos y Cabildos, que recibían a Gonzalo con palio y tedeum, salían después al encuentro de Lagasca con cruces e incensarios. Era un juego de fortuna parecido al de los dados en el que se jugaron intereses, honra y cabezas ; las últimas jugadas y combinaciones fueron las más ciertas y decisivas. Todos fueron rebeldes y todos leales ; todos sirvieron a una misma causa y a una misma bandera, y sin dejar de ser caballeros y honrados, como convienen todos los historiadores, a unos les tocó perder vidas y haciendas, mientras que otros encontraron las suyas con los despojos de sus hermanos. El Perú, pues, fue el teatro de estas sangrientas discordias y quedó más salpicado de la sangre de sus conquistadores en sus luchas que lo fuera en su conquista con los naturales. Era preciso, pues, y estaba reservado en los inescrutables juicios y designios justicieros de la providencia el que expiaran nuestros padres su sórdida ambición y su afán de destruir y arrasar la ‘Castilla del Oro’ y el ‘Valle de Jauja’, como apodaron en aquel tiempo a la región de El Dorado, y que la raza inca y el pueblo de los hijos del Sol quedaran, antes de la destrucción de su nacionalidad vigorosa, vengados de sus sanguinarios aunque heroicos descubridores. La sangre nuestra pagó su tributo también, pero no fue en represalia de alguna justa venganza, sino infamemente vertida por un villano servidor de oprobiosa y negra memoria, que en vez de velar el sueño de su jefe y general, lo asesinó durante él por apoderarse de sus riquezas. Mal haya de ellas, que en lugar de resguardo y conservación del que la adquiera y acumula, suelen ser la causa casi siempre de su ruina y volverse su más mortal enemigo. El oro de los incas que cupo en su parte de botín al gobernador heroico de Quito pudo haber alzado la familia de Irzio, tan abatida por las contiendas civiles de la patria, pero Dios no lo quiso, y debemos acatar sus altos designios, rogándole por el que le costó los mejores años de su vida y su más preciosa sangre el adquirirlo, regándose con esta misma y sus últimas gotas el tesoro cuando saltó tras el puñal aleve del traidor Fernando de Salazar. _____________________________ Curioso
personaje este Pedro de Puelles. Un cronista dice que fue avariento, feroz
y de ánimo inquieto y novelero. Era joven cuando se trasladó a Perú
(1534) con Pedro de Alvarado. A poco de haber tomado servicio en dicho país
americano cometió una falta de disciplina contra Belalcázar, y éste le
impuso un arresto. Guardole rencor Puelles, y cuando en la batalla de Iñaquito
se vio herido y prisionero Belalcázar, tuvo el hidalgo Puelles la cobardía
de insultarle. En los días en que Gonzalo Pizarro marchó al
descubrimiento de la Canela, dejó en Quito por su teniente de gobernador
a Puelles. Este, que ejerció el mismo cargo en Puerto Viejo,
probablemente en fecha anterior, fue nombrado por Vaca de Castro, después
de la batalla de las Salinas, para que acabase de fundar y poblar la
ciudad de León de Huanaco. Allí vivía al llegar a Lima el virrey Blasco
Núñes de Vela, que lo confirmó en el cargo ; pero correspondió a dicha
merced haciendo traición al virrey y uniéndose a los revoltosos capitaneados por Gonzalo Pizarro, en cuyo servicio se mostró tan celoso
como inflexible. Su ayuda inclinó por completo la balanza a favor de los
revolucionarios. Estuvo Puelles en toda la campaña contra Núñez de
Vela, y peleó en la batalla de Iñaquito como maestre de campo de Gonzalo
Pizarro. En Quito, ejerciendo su cargo de teniente gobernador,
sorprendieron a Pedro de Puelles las novedades acaecidas a la arribada de
Pedro de La Gasca a Tierra Firme. Envió Puelles un emisario a Gasca
ofreciéndole alzar bandera por el rey si le concedían ciertas gracias.
Al mismo tiempo se preparó a marchar con tropas a Guayaquil, que se había
pronunciado contra la revolución ; pero la víspera de su salida, y con
pretexto de acompañarle a misa, Rodrigo de Salazar ‘el Corcovado’ y
otros oficiales, todos leales de última hora, entraron en el cuarto de
Puelles, que aún no se había levantado de la cama,, y en el lecho lo
mataron a puñaladas. Luego le cortaron la cabeza y la pusieron en el
mismo sitio público donde él había hecho colocar antes la de virrey
Blasco Núñez de Vela. Aunque murió soltero, dejó Puelles dos hijos,
uno varón cuyo nombre ignoramos y una hembra llamada Eufemia. [Diccionario
Enciclopédico Hispano-Americano, op. cit., XVI, pp. 554-555] Se refiere a Gonzalo Fernández de Córdoba
(1453-1515), apodado ‘el Gran Capitán’, militar español al servicio de los
Reyes Católicos. Después de intervenir señaladamente en la conquista de Granada, fue
requerido en 1495 enfrentarse
a las tropas francesas que habían ocupado el reino de Nápoles, sobre el
que Fernando de Aragón tenía aspiraciones. Tras varios éxitos que
culminaron con la expulsión de los franceses, regresó a España en
1498, don- de sus triunfos le valieron el sobrenombre de Gran
Capitán y el título de duque de Santángelo. En 1500 fue enviado a
Italia por segunda vez con el encargo de aplicar, por parte española, el
Tratado de Chambord-Granada (1500) que implicaba el reparto del reino de
Nápoles
entre los Reyes Católicos y Luis XII de Francia. Desde el principio se
produjeron roces entre españoles y franceses por el reparto de Nápoles,
que desembocaron en la reapertura de las hostilidades. Revolucionó la técnica
militar mediante la reorganización de la infantería en coronelías
(embrión de los futuros tercios) y el empleo táctico de la
artillería. [Encarta ’98 CD-Rom] Salvador
de Madariaga comenta al respecto (citamos textualmente): “Típica
hazaña de aquella era. Los hombres que explotaron y conquistaron a América
llevaron a cabo sus legendarias empresas con medios materiales de la mayor
indigencia. Todo lo hizo su espíritu. Ya Colón había dado el ejemplo
lanzándose al mar espalda a Europa con tres carabelas cuya mayor no
pasaba de ciento cuarenta toneladas. Cabeza de Vaca atravesó miles de
millas de tierra inexplorada a pie y con un puñado de hombres. Cortés
conquistó Méjico con cuatrocientos hombres y diez y seis caballos. Pocas
veces concedida, la ayuda oficial era pocas veces solicitada. Los
conquistadores y exploradores preferían emprender sus aventuras sin
trabas oficiales. Bien es verdad que casi siempre solicitaban sanción
oficial antes de lanzarse a una empresa de exploración o de conquista ;
pero lo que así buscaban en la Corte no era tanto el dinero, las armas,
los navíos y los caballos, como la fuerza moral de la autoridad legítima.
No entenderá la Conquista quien no otorgue todo su valor a esta característica,
Voluntariosos, indisciplinados, anárquicos, eran no obstante los
conquistadores hombres obsesos por la majestad de la ley, y no sólo se
guardaron siempre ... de enfrentarse con el rey de España, que remoto y
enigmático seguía sus fabulosas aventuras con ojos distraídos y abrumados por una Europa desgarrada por Lutero, sino que además buscaban
todos en la palabra real la sanción de sus hechos y el fundamento de su
autoridad”.[MADARIAGA, Salvador de, 1959, El auge del imperio español en América, Buenos Aires,
Sudamericana, pg. 35] Se refiere probablemente el autor a la expedición en
busca del legendario ‘El Dorado’, protagonizada por Lope de Aguirre
(1511-1561), quien durante el viaje por el río Amazonas dejó de ser leal
al rey de España y pretendió establecer allí un reino independiente de
la metrópoli. Para conseguir su propósito asesinó a Pedro de Ursúa, el
jefe de la expedición, y a su sucesor, Fernando de Guzmán. Sin embargo,
cuando marchaban a través de Venezuela, sus hombres fueron derrotados por
las tropas españolas, que mataron a Aguirre en Barquisimeto. [Encarta
’98 CD-Rom] Ell 8 de Julio de 1538 Diego de Almagro
murió tras ser apresado por Hernando Pizarro en la batalla de las
Salinas, en el transcurso de las llamadas ‘guerras civiles’ que se
iniciaron a su regreso de Chile y al reclamar de nuevo la ciudad de Cuzco
como parte de su gobernación. Unos años más tarde, el 26 de Junio de
1541, Francisco Pizarro fue asesinado en Lima por los partidarios de Diego
de Almagro. [ibid.] Estamos hablando de Garcilaso de la Vega, ‘el Inca’
(1539-1616), nombre que adoptó en 1563 Gómez Suárez de Figueroa, hijo
ilegítimo del conquistador Santiago Garcilaso de la Vega, compañero de
Pedro de Puelles, y de la princesa india Isabel Chimpo Ocllo, hija del
inca Hualpa Tupac. En 1560 se trasladó a España y siguió la carrera de
las armas. Intervino en la rebelión de la Alpujarra y es muy probable que
tomase parte en la Armada Invencible. Abandonó la carrera militar
probablemente movido por la insatisfacción producida por las pocas
gratificaciones que recibió. En 1590, muerto su padre, se retiró a Córdoba.
Fue esencialmente un humanista. Su obra maestra es la primera parte de los
Comentarios reales (1609), un
intento de historia del Perú donde, con una prosa clara y expresiva,
mezcla datos de economía política con problemas de cronología y
concordancia de fuentes orales y escritas. Es veraz y en ocasiones aporta
documentos de primera mano. En la segunda parte de esta obra, Historia
general del Perú, publicada póstumamente (1617), la corrección de
su estilo no llega a animar el retrato de los personajes, muchos de los
cuales conoció, ni la descripción de acontecimientos. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 4.297] Este
término designaba en Turquía a quien obtenía algún mando superior. [Enciclopedia
Multimedia Durvan CD-Rom] Blasco
Núñez Vela (muerto en 1546) fue nombrado por Carlos V primer virrey del
Perú, y a su llegada a Lima el 15 de mayo de 1544 se encontró con una
situación tensa debido a las discordias existentes entre el anterior
gobernador Vaca de Castro, Gonzalo Pizarro y Carvajal. Para resolver este
problema encarceló y desterró al primero. La puesta en práctica de las
Nuevas Leyes de 1542, que significaban la corrección de abusos en las
encomiendas y repartimientos de tierras, le atrajo la enemistad de los
conquistadores españoles y oidores de la audiencia. Desconociendo su
autoridad, la audiencia de Lima le depuso y desterró, nombrando a Gonzalo
Pizarro gobernador del Perú. Núñez Vela preparó un ejército y, pese a
la inferioridad de sus fuerzas, se enfrentó a Pizarro en la batalla de Añaquito
o ‘Iñaquito’, en la que pereció ; su cabeza fue expuesta en una
plaza pública. [Nueva Enciclopedia
Larousse, op. cit., 7108] Pedro
de Lagasca o La Gasca (1494-1565), destacado eclesiástico y político,
fue nombrado presidente de la audiencia de Lima y marchó a Perú en 1545,
con amplios poderes para realizar la pacificación del reino. Aunque
contaba con escasos recursos, consiguió con habilidad apoderarse de la
armada de Pizarro en Panamá, tras lo cual anunció el perdón de los
culpados en pasadas contiendas, hecho que le ganó a muchos de los
partidarios de Gonzalo Pizarro, y la concesión de mercedes sobre las
rentas de los tributos. Poco
después organizó un fuerte ejército, a cuyo frente se colocaron Belalcázar,
Valdivia y Centeno, y logró vencer en Xaquixaguana a Gonzalo Pizarro y a
Carvajal, que fueron ejecutados. Esta victoria puso fin a la guerra civil
y le permitió establecer definitivamente la audiencia en Lima. Después
del re- parto de Guaynarima –que originó gran descontento- y de la visita
o averiguación de las cantidades de dinero que producían los tributos de
la encomiendas de indios, hizo una cuantiosa distribución de rentas entre
los conquistadores, dictó medidas de protección para la población indígena
y autorizó diversas expediciones, entre ellas la de Pedro de Valdivia que
culminaría en la conquista de Chile. [ibid.,
pg. 4.309] Citemos nuevamente a Salvador de Madariaga: “La avenida histórica para acercarse a estos hombres y a sus hechos es por lo tanto las contraria de la que se suele tomar. En lugar de poner de relieve la frecuencia con que pecaron contra los cánones del orden, del derecho y de la caridad humana, hay que observar la frecuencia con que mantuvieron estos cánones de buena conducta humana en circunstancias que tan fuertemente les inducían a actuar sin fuero ni ley en un mundo inexplorado que les ofrecía campo sin trabas a su actividad. Ante todo eran poco dados a la introspección, y por lo tanto a la hipocresía. Sus vidas constituyeron una experiencia original, quizá la experiencia más original que el mundo conoció jamás. No pocas de las críticas y condenas que sobre su memoria han acumulado historiadores cómodamente instalados en sus bien forrados gabinetes, sobre los muelles almohadones de virtudes y prejuicios que el bienestar les proporciona, proceden de esta manera poco histórica de acercarse a sus hazañas. Los conquistadores eran a la vez anárquicos y monárquicos, díscolos y disciplinados, dispersos en un nuevo mundo virgen de toda ley y empapados en la tradición de un mundo antiguo cuya esencia misma era la ley. Por lo tanto mezclaron ley y anarquía de modo tan inextricable que de sus actos de rebeldía -como el de Cortés contra Velázquez- surgieron a veces Estados perdurables ; mientras que actos cívicos -como la fundación de tal o cual ciudad entre pergaminos y ceremonias de ley municipal- resultaron ser a ve- ces meros disfraces del desafuero”. [MADARIAGA, op. cit., pp. 36-37] [VOLVER] |